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119.- Lola

Rafael Pérez Pérez

 

La finca era el mejor lugar para dar sus paseos nocturnos.

Don Felipe tiene ya la edad de setenta y dos años, padece gota crónica en el pie derecho e incontinencia urinaria, pero por dentro su espíritu es el de un niño que interactúa con el mundo que le rodea y que no puede quedarse quieto. Cuando en su reloj de mesa dan las dos de la madrugada y se despierta por la vejiga, que le exige hacer una parada obligatoria al lavabo para descargar la mercancía, se levanta, se lleva las manos a la espalda por el tirón en los músculos de haber estado durmiendo en una mala postura, llega como puede al baño, descarga, se da un meneíto ahí abajo, se lava las manos después de haber entrado en contacto con el piso inferior, sale del baño, baja las escaleras sujetándose al pasamanos con fuerza para no caerse, abre la puerta del porche cerrada con llave y sale afuera a mirar las estrellas. Él sabe que una vez que se despierta en mitad de la noche, ya no puede volver a conciliar el sueño al menos en dos horas, por lo que prefiere al menos aprovechar ese tiempo y moverse un poco. Si estuviera en el piso de Madrid, lo que haría sería prepararse un tentempié nocturno acompañado de un vasito de leche y se iría a la cama a leer un poco mientras esperaba a que le entrara la modorra de nuevo.

Pero no estaba en el piso de Madrid, estaba en la finca, la finca de olivos que fundó su abuelo, que fue heredada por su padre y que ahora le pertenecía a él, donde era dueño de la tierra y podía hacer lo que se le viniera a la mente. Podía salirse y dar un paseo por el campo bajo un mar negro de peces estrellados mientras acariciaba los olivos, oía el dulce canto de los grillos y recordaba su pasado. En cierta forma, aquellos árboles lo habían acompañado desde que él tenía memoria. Aquel un poco inclinado era donde se echaba siestas cuando tenía doce años. El que estaba acariciando las hojas en ese momento, era el que llevaba su nombre, plantado el día que nació. Ese otro era donde su abuelo lo subía cuando tenía seis años para que se sintiera el rey del mundo. Ese que tenía un corte en la corteza, donde a los dieciséis había intentado grabar un corazón con su nombre y el de la chica con la que salía por aquel momento (Marta era su nombre, creía) con su navaja cuando su padre lo pilló en plena faena y recibió una somanta de palos que estuvo en reposo durante dos días en cama. Y el que tenía delante suyo ahora…

Se detuvo en seco. Era Lola. Instintivamente, se alejó unos tres pasos de aquel olivo, de aquel árbol, de aquello que tanto mal le había traído a su vida. Lola, un olivo como cualquier otro de los cientos que tenía en el área. Lola, un olivo de cuatro metros de altura, copa ancha y tronco grueso. Lola, que ya tenía su fruto preparado para que se recogiera desde mañana. Lola, que arrebataba la vida y que solo traía la muerte y la desgracia, la tragedia y el olvido.

Cuando hubo superado el terror inicial que siempre le entraba cuando veía aquel árbol, aquel ser maligno que crecía tan cerca, volvió a aproximarse a él. Miró las aceitunas, el fruto del diablo, se decía a sí mismo, mientras su mirada las recorría de una en una. La mayoría de ellas ya estaban maduras. No le importaba ni lo más mínimo, mañana las recogería todas y las quemaría en su chimenea. Ese árbol era propiedad privada, su propiedad privada. Nadie debía tocarlo ni aprovechar su fruto si lo que quería era conservar su trabajo. Era el motivo también, por el que estaba dispuesto a despedir a todos sus empleados, con tal de evitar que una nueva tragedia ocurriese, que se volviera a derramar sangre.

Don Felipe ha terminado de observar las aceitunas y ahora está examinando las hojas de Lola. No ve nada, lo cual supone un alivio para él. Ahora mira el tronco y el alivio desaparece para que lo sustituya el terror, la sensación de angustia que siempre sentía cuando ocurría aquello.

Un nombre se podía leer grabado en la corteza de Lola. En cuanto sacó su linterna y vio cuál era, la angustia pasó a sorpresa. Tenía que hacer una llamada urgente. Y rápido.

Miguel Torres, abogado granadino, padre de familia e inversor en bolsa se encuentra ahora montando en su monovolumen híbrido Toyota con una mano al volante y la otra pegada a la oreja junto al teléfono. Sabe de sobra que hablar por el móvil mientras conduce está prohibido por la ley y que no debe de hacerlo, que se arriesga a una multa y a perder puntos en el carné, pero ahora mismo ese es el menor de los problemas. Está llamando a su anfitrión para informarle de que llegará en veinte minutos. La hora es las seis de la madrugada y la falta de sueño al volante se debe a dos cosas: a la taza de café que se ha derramado en las pantorrillas esta mañana y a la urgente cita a la que debía de acudir en menos de una hora. La llamada había sido hace una hora, cuando aún seguía abrazado a su mujer como si se tratara de un koala que se aferra a su rama. Las instrucciones que le dieron por la línea fueron rápidas, la llamada fue corta y breve: Sal cagando leches a Jaén.

Llegó a la entrada de la finca y la enorme verja metálica se abrió ante él. Entró, aparcó donde siempre y se apresuró a reunirse con los demás en la entrada de la casa. Allí se encontraban el notario y el dueño del campo de olivos, Felipe López, uno de sus clientes más antiguos y uno de los que pagaba más. Durante la breve reunión, abogado y cliente no compartieron ni una palabra hasta que se hubo marchado el notario una vez terminado el papeleo. Quien empezó la conversación fue Felipe.

—Bueno, ¿tú qué opinas?

—¿Qué quieres que opine? Me llamas en plena noche despertándome a los críos y a medio barrio, me dices que tengo que venir inmediatamente a tu casa porque me necesitas para redactar tu testamento así de la nada y sin avisar. Opino que hay algo que no me has contado, socio.

Un largo suspiro. Don Felipe se levantó, se asomó a la ventana y observó el campo con los olivos en silencio. Unos segundos después, sin girarse, reanudó la conversación.

—¿Quieres saber el motivo por el que he montado todo esto? Vale, te lo contaré. Pero no quiero interrupciones ni risitas, ni comentarios sarcásticos sobre lo que te voy a contar. ¿Entendido?

—Soy una tumba cerrada.

Otro suspiro. Este más largo que el anterior. Don Felipe volvió a su sitio, se acomodó en el sillón y empezó a narrarle.

—Yo nací para cuando la guerra civil ya había terminado, allá por el cuarenta y dos, cuando las cosas no eran tan sencillas como ahora con el internet, el Netflix y todo lo que vosotros los jóvenes disfrutáis. Yo viví con mis padres en esta misma casa durante los años en los que mi abuelo dirigía la finca. Mi abuelo Rodrigo quería que yo heredara esto después de mi padre, así que cuando tenía yo unos once años, me pusieron a trabajar el campo. A mi padre le parecía bien, porque la mano de obra escaseaba y porque según él “así aprendía pronto a ganarme el pan de cada día”, pero mi madre estaba en contra de aquello. Sufría al verme madrugar por la mañana para ir a trabajar y lloraba cuando me veía llegar a casa tan tarde y manchado hasta las rodillas. Yo, como mi madre, no tenía ni voz ni voto en aquel asunto, así que cuando me tocaba trabajar, no me quejaba y procuraba no crear problemas y cuando mi madre lloraba la consolaba diciéndole que me lo pasaba bien y que no era tan malo.
Así pasaron cinco años hasta que un día mi padre me llamó para que fuera a hablar con mi abuelo que quería pedirme un favor, que ya no podía mantenerse en pie y pasaba la mayor parte del día tumbado en cama. Mi abuelo me contó que necesitaba mi ayuda. “Ve a mirar uno de los olivos a ver si han escrito un nombre en él, me dijo, uno que está apartado de los demás y que se encuentra cerca del almacén. Cuando lo hayas hecho, vuelve a verme”.
Fui corriendo a comprobar el susodicho olivo con emoción, porque yo sabía a cuál se refería. Se refería al que me tenían totalmente prohibido acercarme, uno que mi abuelo plantó hace años y que no dejaba ni que se acercaran mis padres a probar sus aceitunas. Lo miré y no vi nada, así que volví con mi abuelo que se mostró muy tranquilo con mi respuesta. Al día siguiente volvió a pedirme que revisara el árbol, lo visité de nuevo y tampoco había nada. Así seguimos una semana hasta que me encontré con que en el árbol aparecía su nombre completo, le avisé y al pobre hombre casi le da un patatús. Llamó a mis padres y al estar todos juntos nos pidió que nos quedáramos con él durante todo el tiempo posible, porque tenía claro que iba a morir y que no tenía forma de evitarlo.
Mi abuelo murió enfermo antes de que oscureciera. Yo no podía dejar de pensar en aquel olivo y en el nombre que había tallado en él, no podía dejar de pensar si tenía algo que ver con la muerte de mi abuelo. De modo que los siguientes días estuve revisándolo constantemente para ver si aparecía un nuevo nombre, hasta que apareció. Una mañana me levanté antes de tiempo, me acerqué y en la madera se leía “David Martínez Serrano”. Yo no tenía ni puñetera idea de quién era ese tipo ni de qué hacía su nombre escrito en el árbol. Pasó el tiempo mientras yo me seguía preguntando quién era hasta que por un casual leí un trozo del periódico de aquel día donde aparecía una foto del tipo y su nombre debajo. Era una necrológica. Había muerto en un accidente de coche el mismo día que su nombre había aparecido como por arte de magia en el olivo, al que bauticé con el nombre de Lola, porque me enseñó un amigo de mis padres que estudió griego en la universidad que uno de los significados de aquel nombre en griego era muerte. Estuve casi cuatro años obsesionado con Lola y los nombres que aparecían en su tronco. Me quedé noches enteras a su lado para ver quién era el que tallaba los nombres y cómo podían desaparecer al día siguiente así, sin más. No sirvió de nada. Siempre acababa dormido y nunca veía nada. Encima dormir al lado de Lola me producía unas pesadillas espantosas. ¡Espantosas! Pero lo que me atormentó durante esos cuatro años, era la idea de que mi nombre o el de mis padres apareciera en aquel árbol y eso fue lo que casi me hizo perder la cabeza. Todos los días, no importaba si llovía o hacía sol revisaba a Lola constantemente para ver quién iba a morir y si podía evitarlo. Ah, el optimista. Evidentemente no sirvió de nada, porque claro, ¿quién iba a creer a un chico que decía que un olivo sabía quién dejaría de vivir?
Lo de las hojas fue dos días después de que mi padre muriera. No fue por Lola, él falleció al recibir un tiro por accidente durante una tarde de caza. Yo estaba desanimado y sin ganas de nada, con el deseo de que mi nombre estuviera en ese condenado olivo para poder irme con él. Pero cuando lo fui a ver, me llevé uno de los mayores sustos de toda mi vida. Lola no tenía ningún nombre en su tronco, pero sí en cada una de sus hojas. Había más de una decena de nombres ahí, cada uno diferente y único. Yo no entendía del todo qué significaba aquello, así que una miradita en el noticiario me bastó para entenderlo. En Asturias había explotado una mina por el grisú, lo que había causado la muerte de todos los infelices que estaban allí abajo. Esa fue la primera vez que me plantee talar ese endemoniado árbol infernal. Sin embargo…

—Le faltó el pulso para hacerlo —concluyó Torres.

Don Felipe aprovechó la interrupción de su compañero para tomar un trago de su vaso de agua. Tenía la garganta como papel de lija.

—No pude porque ella me habló. Lola me habló. No. No sé cómo explicarlo…me habló en sueños y me advirtió de las consecuencias que tendría mi acto. Mi vida estaba ligada a Lola y si yo acababa con ese olivo me llevaría conmigo. El día en el que yo me iría aún no estaba próximo. Es por eso por lo que todavía sigue ahí. Por eso no me casé, por eso no tuve hijos, por eso estoy solo. ¿Hay algo más horrible que vivir sabiendo que tus seres queridos están atados a un nombre tallado en un olivo?

—No me lo imagino —Torres bostezó con falsa modestia— ¿Y sabe alguien más esto?

—Solo usted. A día de hoy, nunca he sabido de dónde venía ese olivo ni porqué lo tenía mi abuelo ni porqué lo plantó aquí. Sé tan poco como usted. Lo que sí sé, es que nunca se irá. Seguirá aquí hasta que decida marcharse y entonces, solo entonces, desaparecerá de este mundo. Y Dios sabe dónde irá.

Torres se puso de pie. Había tenido suficiente de los desvaríos de aquel viejo. Recogió sus cosas y se preparó para irse. Él se dio cuenta.

—Juzgo por tu mirada que no crees mi historia.

—Por el amor de dios, Felipe, ¿un olivo que predice la muerte? Parece salido de un relato corto de Kafka o Poe. ¡Joder, hasta de ese paleto de Maine! No puedo creerme un disparate como el que me cuentas. Siento mucho lo de tu abuelo y lo de tu padre, pero no creo que una planta sea el ejecutor del destino. Francamente, creo que estás padeciendo algún tipo de demencia y en cuanto salga de aquí llamaré al doctor Ferreiro para que venga a verte.

—Como quieras— le respondió el otro con tono cansado. Tal y como supuso, no le creía.

Torres estaba a punto de salir de la casa, ya tenía la mano puesta en el pomo, pero una idea juguetona se le pasó por la cabeza y no pudo evitar ponerla en práctica. Ya que todo aquel chanchullo del testamento había sido por los desvaríos de un carcamal, al menos que se fuera echándose unas risas.

—Espera –regresó a donde había dejado a Don Felipe, que no se había movido de su sitio. Le veía con una cara de curiosidad, como si no entendiera por qué volvía— Espera que me imagino ya lo que está pasando aquí.

— ¿Ah sí?

—Sí. Me has llamado a las tantas y me has hecho conducir dos horas hasta aquí para escribir tus últimas voluntades porque has visto tu nombre en tu olivo mágico. ¿Me equivoco?

Esperó una confesión o algo parecido. No la tuvo. Lo que recibió en su lugar, fue una risotada descomunal del viejo y una respuesta tan tranquila como cargada de frialdad.

—Ah no —le dijo con gran crueldad en su voz— el mío no.

 

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