118. Una colección de oro y paz

María Isabel Colmenero Pérez

 

La niña, de puntillas, apoyándose con dificultad sobre los dedos de sus pies, levantando su cabecita, miraba una y otra vez aquella serie de botellas que su madre custodiaba, como un tesoro, sobre una repisa de la cocina. Las había altas y estilizadas, pequeñas y regordetas, de cristal y de plástico. Las guardaba allí, en la casa de campo donde pasaban sus vacaciones, pero también en el piso de la ciudad. Cada vez había más, todas distintas. La pequeña entornaba los ojos intentando infructuosamente descubrir el contenido de los envases. Sentía como si un hilo invisible la uniera a lo que guardaban, una atracción irrefrenable.

—Mamá, ¿cuándo me vas a decir qué hay en esas botellas? ¿Por qué tienes tantas, cada vez más? ¿Dónde las vas a guardar cuando ya no tengas sitio? ¿Por qué son…

—¡Calla un poco Olivia! Pareces una cotorra —la interrumpió la mujer con una carcajada—. Te lo voy a contar todo ahora, ahorita mismo —sonrió con cariño.

Hizo una pausa mientras le acariciaba el pelo, amarillo como el oro, recogido con un lazo verde aceituna.

—Colecciono esas botellas. Tengo muchas más que algún día te enseñaré. Pero lo más importante es lo que guardan en su interior.

—¿Qué es?

—Oro, oro líquido.

La niña hizo un gesto de extrañeza.

—Aceite, Olivia, que es tan valioso como el oro, pero mucho más saludable.

—¿Y quién hace el aceite?

La madre volvió a reír. Señaló unos árboles que se veían a través de la ventana.

—Lo “hacen” las aceitunas de los olivos. La rama del olivo es símbolo de la paz, y de ahí viene tu nombre, Olivia.

La niña sonrió satisfecha. Por eso se sentía tan unida al aceite, al oro líquido. Nacía del olivo, igual que su nombre. Era como… como si fueran hermanos.