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118.- Eco

Adolfo Horno García

 

Tenía el cuerpo dolorido por el paso del tiempo, me había pasado por encima tan deprisa que no me dio tiempo a apartarme. Estaba allí atropellado e inmóvil ante tanta capacidad inabordable y descomunal de una dimensión invisible sobrevenida. Tuve la sensación allí, en ese momento, de todo lo vivido. De la película, de la que siempre hablan, que pasa por tus ojos; me pregunté si no me estaría muriendo, y yo sin saberlo.

Desde luego no moría, no todavía, no allí, perdido y solo. La vida me había tratado bien, siendo rico, nadie diría lo contrario. Tenía todo lo alcanzable con dinero, todo lo que la sombra de un billete pudiera sobrevolar. Tenía la boca llena de una saliva, que mojaba el paladar que pocos podrían llegar a conseguir.

Hace tiempo me mudé al centro, vivía en el ático más alto posible de esta calle. Mucho tiempo cuidado por otros, decidí vivir solo, rodeado por mí mismo, mis recuerdos, mis libros, mi música. Solo dos días a la semana venía una mujer a visitarme, a limpiar, a traer la compra y hacer poco más. Hoy era el segundo día que tendría que venir, y estaría a punto de llegar. Me levanté para ir al baño, ya dentro, escuché como se abría la puerta, el sonido de llaves y de bolsas de plástico, de pasos que se arrastraban por el suelo.

Cuando salí del baño me dirigí hacia la cocina, allí estaba ella, de espaldas a mí, metiendo la compra en el frigorífico.

— ¡Buenos días! – dije medio dormido aún.

— ¡Buenos días! Espero no haberle despertado – me contestó sin quitar la mirada y la cara de la compra y del frigorífico.

— No, ya estaba despierto. ¿Qué ha comprado hoy?

— Lo de siempre, hay cosas que ya se le estaban acabando y las estoy reponiendo.

Mientras me decía eso, la mirada se me fue hacía una cajita verde que estaba encima de la encimera.

—¿Qué es esto? — pregunté mientras leía el envase.

—¿El qué? — se dio la vuelta— ¡Ah! Eso es un té nuevo que han sacado, está hecho con hojas de olivo.

—¿Con hojas de olivo? ¿De verdad? – me quedé todo impresionado leyendo en el envase: “Té de hojas de olivo”.

—Dicen que tiene muchos beneficios para la salud, he pensado que le vendría bien para lo suyo— me dijo mientras me miraba a los ojos, la primera vez en mucho tiempo.

—Lo mío ya no tiene solución, pero lo probaré, gracias.

Aquella tarde, ya solo, mientras la luz de la calle iba aspirando la de mi salón y tragándola, para ir recogiéndola para la noche, decidí probar uno de esos tés, los de hojas de olivo.

Dentro de la cajita venían unas bolsas que había que meter en agua hirviendo para que el té tomara su aroma y su sabor. Cogí una taza, la llené de agua y la metí en el microondas. Mientras el agua se calentaba cogí una de esas bolsitas entre mis dedos. Dentro se podía ver perfectamente los trocitos de hojas de olivos. Cuando el timbre me avisó de que el agua estaba lo suficientemente caliente yo tenía una media sonrisa que se me había escapado. Cogí una cucharilla, y el sobrecito lo introduje en el agua. Esta se fue oscureciendo, invadiendo poco a poco todo el líquido incoloro. Salí de la cocina, y con la taza en la mano, me dirigí al salón dejando el té en la mesita, pegando al balcón de la calle; y mientras veía los detalles que las sombras dejaban en los edificios, fui tomando aquel té.

Con cada trago, la infusión me fue llevando a un profundo sueño, como hacía tiempo no pasaba. Fue después de un rato incalculable para mí, cuando desperté, sobresaltado, con la luz de la luna proyectándose sobre mí, como si fuese un actor en mitad del escenario, a oscuras y solo: Un haz de luz para el protagonista de la obra, para recitar su monólogo final.

Mientras miraba la luna empecé a llorar sin saber muy bien por qué, las lágrimas se desbordaban y mi monólogo final se convirtió en un sollozo de pensamientos y sentimientos que se amontonaban dentro de mí.

Después de un momento entendí la razón de mi llanto. Me vino la imagen lejana de mi madre, de sus manos, agrietadas por el viento y el agua, el sol y el calor. Las manos abriendo, desde su vientre, un bollo de pan, desmigándolo para hacer la base de un recipiente dispuesto a recibir el líquido que lo humedeciera, lo empapase de vida; de un aceite de oliva que caía suave, convirtiendo aquel interior del pan, blanco, en un color verde dorado, que hacía retroceder la sequedad del hambre y daba paso por la garganta a la saciedad de la tierra y de su fruto. Un recuerdo olvidado que llegó fresco y directo a través de un trago caliente y abrasador de la conciencia. Supe que esa dulce imagen la digerí con el té; la luna me la evaporizó y dibujó, aquella noche, delante de una luna tan sola como yo.

No dormí más. Esa noche el pecho retumbaba por un corazón que latía fuerte, sano, joven, implacable al tiempo. Fuera, en la calle, el viento se hizo más violento, las copas de los pocos árboles que había se movían cada vez más deprisa, distorsionando la tranquilidad de la vista, zarandeando las sombras.

En una bocanada de ese viento, las puertas del balcón se abrieron y sentí toda su fuerza en la cara, en el pecho y en las piernas, casi caigo del sillón. Fue como la onda expansiva de un eco que explotó delante de mí, aunque a mil kilómetros de distancia. Su fuerza era tal, que incluso a esa distancia su detonación hizo que sintiera su poder, tan agudo, tan hondo y profundo, que mi piel se estiró y se contrajo a cámara lenta, mi cara se deformó envejeciendo y arrugándose más aún para acabar volviendo y retrocediendo a la plenitud de sus días. La mesita cayó, la taza se rompió, el poco té que quedaba se derramó por el suelo dejando una pequeña mancha en forma de hoja, alargada y fina.

Cuando me repuse, me levanté para cerrar las puertas del balcón, utilizando toda la fuerza que podía, empujando contra aquel viento que me traía la oscuridad. Después cogí la mesita y la puse otra vez de pie; y los trocitos de la taza fui cogiéndolos con las manos. Los llevé a la cocina y los eché en la bolsa de la basura. Cogí una bayeta húmeda para limpiar la mancha del té en el suelo.

Me agaché y fui empapando la mancha; mi sorpresa fue cuando me di cuenta que la mancha no se iba, se quedó como incrustada en el suelo, como un tatuaje. Daba igual con que le diera, no se iba. Harto de intentar limpiarla, desistí porque ya estaba cansado, así que ya me dio igual que no desapareciera, y me fui a dormir. No sé ni qué hora era, debía ser tarde.

A la mañana siguiente el día se presentó lluvioso. El sonido de las gotas del agua chocando contra el cristal de las ventanas fue mi despertador… Abrí los ojos. Mientras miraba el techo, tumbado en la cama, pensaba en lo que había pasado la noche anterior. Escuchaba la fuerza del agua arremetiendo contra la cajita en la que se había convertido aquella habitación. En ese momento me vino a la cabeza un pensamiento, como que yo era una hoja de olivo guardada en esta caja, y la lluvia venía a mojarme para convertirme en té. Hizo que me riera, pero me gustó esa sensación. Ser una hoja de un olivo centenario, perenne e increíblemente perfecta, con la tonalidad oscura de un verde que me daba esperanza; y de una tonalidad, en la otra cara, de un verde claro, que solo podía significar el nacimiento de algo mejor. Una hoja inalterable, serena, que nunca retrocede a los golpes, imperturbable al frío más seco y al calor más abrasador. Una hoja puntiaguda y afilada para defenderse contra sus enemigos, como diciendo: No me doblarás porque antes inyectaré toda mi fuerza en tu miedo y haré que entiendas que soy más que una sombra en el suelo, un color en el paisaje o una vela del viento. Me hice inmortal sintiendo aquello, como una simple hoja de olivo eterna apoyada en su rama.

Cuando ya me había vestido y volvía del baño, pasé por el salón; estaba todo como lo había dejado la noche anterior. Solo había cambiado una cosa: La mancha del té se había ido ya. No estaba en el suelo, había desaparecido, duró el tiempo que había dormido.

———

El primero de los dos días, de la siguiente semana, la mujer volvió al ático. Abrió la puerta y, como siempre, se dirigió a la cocina con las bolsas de la compra. Al llegar a la cocina se extrañó: Estaba demasiado limpia, y sin muchas cosas en medio. De todas formas fue metiendo la compra en el frigorífico y en los armarios.

Pasado unos minutos, volvió a extrañarse: No se oía nada en el piso. Ningún ruido de movimientos de una persona o ruidos en el baño. Dejó todo y fue a dar una vuelta; pasó por el pasillo, por el estudio, por el salón, no había nadie. Se dirigió al dormitorio, la puerta estaba abierta, entró, la cama estaba deshecha, había ropa en medio, pero no había nadie.

Lo siguiente a donde dirigió su mirada fue a la puerta del baño, y también estaba cerrada. Volvió a extrañarse, solo había silencio. Llamó a la puerta y no hubo respuesta; giró la manivela y fue abriéndola poco a poco. Fue metiendo la cabeza, como con miedo de ver algo que no quería ver. Con los ojos bien abiertos miró, y volvió a sorprenderse: Tampoco había nadie.

De estar sorprendida pasó a estar preocupada. Volvió por el camino que había venido. Cuando fue pasando por el salón, poniendo los ojos por todos los rincones, se dio cuenta de un detalle que se le había pasado por alto. Observó que encima de la mesita, junto al sillón, había un sobre cerrado. En el exterior ponía su nombre, lo abrió a toda prisa, rompiendo el papel. Dentro había una carta y un sobrecito de té de olivo. La carta decía:

Sé que te preguntarás dónde estoy, eso no es importante. Lo importante es que quiero que sepas que estoy bien y que no volveré.

He arreglado todo para que te quedes este piso. Creo que es una buena forma de pagar todo lo que has hecho por mí. Puedes hacer con él lo que quieras, te lo puedes quedar o venderlo, ya es tuyo, así que haz lo que te apetezca.

Yo llevaba tiempo siendo alguien extraño. Ya jamás volverá a pasar, el minuto que me quede.

Un beso y un abrazo.

 

 

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