117. La génesis del olivar colombiano

Amy May

 

Horas después de que el viejo fraile Clemente de la Merced murió en las raíces del único olivar colocado en la plaza principal del pueblo, muchos de sus habitantes entraron en total desesperación y angustia por los extraños rumores que corrían en torno al suceso. Varios ancianos aseguraban que el franciscano humilde de ojos brotados y de sabio pensamiento era quien mantenía vivo el último árbol de Olea europaea que existía en Colombia gracias a un vínculo oculto que nadie conocía, y que, además, según cuenta la leyenda, si alguno de los dos moría, el otro, irremediablemente, también lo haría. Los pobladores mencionaban resignados, mirando el cadáver tapado con una sábana blanca, que, si levantaban y enterraban lejos de ese lugar los restos mortales de ese siervo de Dios, eso sería el inicio prematuro de la ruina y desastre inimaginables en la población. Entre llantos y rezos, los residentes contaban el relato del viaje que había hecho aquel fraile a Europa cuando tenía once años y de cómo este olivar casi había muerto por la separación que habían tenido ellos dos, lo que había causado hambre y plagas en los cultivos de aquellos campesinos. También se escuchaban relatos de cómo habían sido llevados en barcos, desde el mediterráneo, tres mil árboles de olivo al país y de cómo había logrado sobrevivir solo uno (solo ese) por ciento veintiséis años, a pesar de las circunstancias.

Unas horas después, todo era caos. Se observaba a mujeres y niños llorando y corriendo descalzos con sus maletas en aquella plaza. La entropía había tomado forma de éxodo. Mi abuelo, que estaba sentado en una roca a unos pasos de la multitud, perdió la paciencia al ver tal alboroto. Él se encontraba leyendo El castillo de Otranto, una novela de Horace Walpole. Dejó su libro favorito sobre la piedra, apagó su pipa y gritó de un golpe a todos los que estaban allí:

—¡Tranquilícense, por amor a la Santísima Trinidad! ¡Calma! Con mi nieto Juan Bartolomé, les voy a contar la verdadera historia del olivar para que recuperen la paz en sus corazones. Asimismo, les ruego que tengan el discernimiento de la situación para tomar con serenidad cualquier decisión. Teniendo en cuenta que me lo han pedido cuantiosas veces en el pasado y he hecho caso omiso, hoy lo veo ineludible. —Muchos de los que partían angustiados de ese lugar quedaron estupefactos ante sus palabras—. Como algunos de ustedes saben, mi abuelo viajó a España con el padre del fraile Clemente en busca del oro líquido, de la fuente de la eterna juventud, del manjar de dioses o, como también lo llaman, el aceite de oliva. Y yo, en pleno uso de mis facultades mentales, siendo el año 1877, a mis ochenta y dos años, declaro que sé con exactitud todas las crónicas de ese viaje. Por tal razón, les pido un poco de tranquilidad. No tienen necesidad de destruir el pueblo; tampoco pueden dejarse llevar por las pasiones y por el afán. No hay por qué lastimar a los caballos, que los sirven desde la lealtad y desde el amor. De este modo, si me lo permiten, les contaremos todo lo ocurrido en esa travesía única en Colombia… —Hubo sosiego por algunos segundos, ya sea por la ilusión de que aquellas palabras habían llevado paz a los moradores del sitio, o porque algunos miraban con condescendencia a ese viejo.

—… Aunque algunos de ustedes miren con inexpresadas emociones a mi nieto, debo decirles que tenemos a nuestro favor todas las memorias escritas que surgieron de esa aventura y que servirán de bastión a este relato, que les contará mayormente Juan Bartolomé. Tienen que entender que este cansado cuerpo no soportaría tal trajín. Sé, sin llegar a sonar presuntuoso, que lo que escucharán hoy persistirá en el tiempo y en el espacio. Pueden salir de aquí y huir los que no crean en las palabras de este joven. Los demás, abran bien sus oídos para que no cometan un error. Puedes comenzar a narrar, hijo mío.

Mi nombre es Juan Bartolomé de Castilla e Hidalgo, y tengo diecisiete años. Lo que tengo que contar hoy sobrepasa en gran manera mi imaginación y la realidad. Para que me entiendan, es una historia llena de magia y misterio, inscrita en la causalidad del amor. Es el relato de cómo el hombre intentó vencer a Dios para hacer un paraíso en esta Tierra y de cómo este se interpuso y dejó que un solo olivar viviera para dar testimonio de su poder. Escuchen todos… Cuando el Virreinato de la Nueva Granada ordenó por decreto real que las tierras en las américas debían ser premiadas con la presencia de un nuevo cultivo, ordenó la importación de tres mil árboles de olivas. Fue un deseo del rey Felipe, porque había soñado, días antes del decreto, que se bañaba en un lago de aceite de oliva y que sus penosas enfermedades se iban extinguiendo a medida que este líquido abandonaba su cuerpo. Entonces, decidió escoger a los dos hombres más valerosos de aquella época para este desafío: Clemente II de la Merced y Bartolomé de Castilla y Navarra.

Era un martes de principios de abril del año 1717 cuando al puerto de Barranquilla llegaron, por primera vez a Colombia, doscientos olivares. Y era muy curioso para ese entonces que un cielo siniestro, como jamás se había visto en estas lejanas tierras, diera la bienvenida al único barco que había logrado sobrevivir a las inclementes olas del mar Caribe, una sentencia de muerte que abrigaban todas las embarcaciones desde que salieron del puerto de Sevilla. De los ocho barcos que zarparon, solo el Real Mari tuvo una mínima destrucción. Esta embarcación vagó por el océano atlántico por seis meses, y según escribieron en las minutas, el aceite de oliva que iba en tinajas a las américas salvó la vida de aquellos marineros.

¡Atención a estas palabras que registran su autenticidad desde la escritura! Durante la noche, descargaron con gran dificultad, por las olas que azotaban el Real Mari, todos los árboles de oliva, y los llevaron de forma segura hasta la playa. Ocho hombres perdieron la vida en los mástiles de aquella embarcación; nadie sabe cómo pasó: solo los encontraron como si estuviesen en posición de pelea, como si se hubieran asesinado entre ellos y todo por la planta más frágil que se encontraba en medio de los cuerpos. Era como si hubiesen querido robarla y esa fue su maldición. Aquella estaba intacta, ni siquiera tenía rastros de sangre en sus frágiles hojas. Según se escribió, eran las cinco menos quince de la madrugada cuando se bajó esta última mata del barco y que, por misericordia de Dios, el mar quedó en total calma. El crepúsculo se asomaba de forma tímida, y los ritos religiosos también empezaron a manifestarse en los que eran testigos del infortunio de aquellos ocho desdichados, que aún se hallaban húmedos y en una salinidad casi infecciosa. Nunca se supo qué ocurrió. Al ver este suceso sobrenatural en el mar, los demás integrantes de la delegación decidieron cargar provisiones y volverse de forma inmediata a España. Conforme a la información que se supo más adelante, este barco fue capturado por los ingleses durante la batalla del cabo Passaro. Nunca se supo cómo había llegado esta embarcación allí. Vagaron por el océano Atlántico por dieciséis meses. Nunca llegaron a Sevilla.

Habían pasado dos días después de las trágicas muertes de esos marineros. Y era curioso, según el relato que les estoy contando, que en la zona más cálida de nuestro país nevara por esos días. Jamás había ocurrido tal acontecimiento. Y lo contaré en las palabras de mi tatarabuelo, que escribió con mágicas letras: «Inusitada nieve protege las plantas de oliva del sol, ¿qué es el milagro, sino este raro suceso?». Clemente y Bartolomé tomaron un coraje digno de admirar después de estos hechos, y resolvieron culminar con el enrevesado reto. Aunque ellos estaban completamente solos y sumidos en una incertidumbre infinita, tomaron la decisión de alquilar una gabarra y viajar desde la costa atlántica hasta el puerto de Girardot por el río Magdalena a contracorriente. De nuevo estaban navegando sobre aguas, pero esta vez en el afluente de agua dulce más importante y más imponente de toda Colombia. Estos dos esforzados hombres tenían, bajo su custodia, el cargamento más valioso llevado desde España hasta ese momento en la historia de la Nueva Granada, sin que lo supieran.

Escuchen todos, por favor, y crean que es verdad todo lo que digo ante un Dios que todo lo ve. ¡Durante las tres semanas de viaje por el río, los días se hicieron más cortos y las noches, más largas! De acuerdo a estos escritos, anochecía a las dos y trece minutos de la tarde y amanecía a las nueve y trece minutos de la mañana. Por veinticuatro días, sucedió este fenómeno, que mantuvo esos olivos frescos en la zona tropical más cálida de las américas. El capitán de la gabarra no podía creer tan fascinante evento, de modo que siempre lo veían, en las horas que tenía que descansar, besando de rodillas esas plantas que transportaba en su nave. Pero, cuando llegaron al puerto de Girardot, su destino final, él había desaparecido con veinte de estas. Según rumores de los pobladores, el navegante fue comido por un jaguar de seis metros. Entonces, la Iglesia tuvo que intervenir y desmentir tales sucesos. No podían creer que un felino de esta magnitud fuese real. En aquel momento, decidieron comunicar a todas las personas que este marinero de agua dulce era un vil ladrón que había huido hacia la ciudad de Santa fe de Bogotá.

Para menguar a la mayor brevedad este fuerte rumor y para que estos extranjeros desaparecieran pronto, el párroco del municipio dotó con veinte mulas y con el mejor nativo expedicionario a estos caballeros y los invitó a salir ese mismo día de aquel poblado. A lomo de animal, tenían un mes de camino desde Girardot hasta la región de la Manta Real o, como se llama ahora nuestra hermosa tierra, Boyacá. Fueron treinta días de haber estado sorteando un terreno selvático y hostil; no cabría mencionar estos detalles porque ya ustedes lo habrán vivido en sus viajes (aunque, en esa época, era mucho más agresivo el camino). Lo realmente importante es contar lo que se escribió de aquellos días. El nativo llamado «Fernando» era un experto viajero y poseía un increíble instinto para la supervivencia. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había realizado ese mismo viaje. Pero, a los pocos días de haberse involucrado en esta aventura, olvidó la ruta que los llevaría a su destino y no se explicaba por qué. Esto causó que los días fueran más largos y las noches, más cortas. Según cuenta mi tatarabuelo, «Por gracia divina del Dios salvador, tengo que dar testimonio de lo que ven mis ojos. El sol comienza su camino a las cuatro y trece de la madrugada y esconde su calidez y luminiscencia a las doce de la noche. Aún mantenemos vivas nuestras esperanzas; el Señor quiere darnos más luz para que encontremos el verdadero camino». Ahora, esto que cuento desde el fondo de mi corazón, y aunque se hallen un poco incrédulos, no es nada en comparación con lo que tengo por decir. El decimoctavo día del viaje, llegaron al valle de Cundinamarca, Fernando, Clemente II de la Merced y Bartolomé de Castilla y Navarra, justo después de que había concluido una de las batallas más grandes que se han librado en el territorio nacional y que muchos de ustedes la conocen perfectamente: la lucha entre el esclavo Rey Barule y los grandes terratenientes y plagiarios de la época. En la disputa perecieron más de setecientas personas. Escuchen bien, por favor: las mulas siempre tuvieron un fin, un objetivo claro en sus testarudas cabezas: ir en busca de aquel esclavo guerrero. El porqué no lo entendemos aún, aunque, se han escrito detalles de aquel día donde mencionan que estos animales pasaron sobre la cabeza del agonizante comandante de los terratenientes cuando perdió la batalla y se inclinaron ante su Rey. También cabe mencionar en este relato, que cuando estos tres valientes estuvieron frente al rey, pensaron que sus vidas llegaban a su fin, según cuentan, no pudieron bajar de aquellas bestias, estuvieron hipnotizados por algunos minutos. También sintieron que la muerte reclamaba el tiempo de su larga espera, pero no fue así. El rey de los esclavos, en un acto de misericordia y al ver que los animales cargaban las plantas más hermosas que él había visto, encontró una ofrenda de gratitud de parte de aquellos desconocidos. Entonces, tomó las diecisiete mulas con los ciento setenta y nueve olivos, y desapareció con las personas que liberó ese día. Mientras lo hacía el día se hizo noche y el sol se llenó de oscuridad y de sangre. Barule, quien había sido esclavo durante toda su vida y en ese momento era proclamado soberano del Palenque de Tadó, con el tiempo, liberaría a la mitad de los negros en nuestro país y según cuentan los sobrevivientes de las batallas, el Rey siempre llevaba una planta extraña que le daban un poder casi único, casi infinito. Cabe mencionar y ya para culminar este relato, que el libertario de esclavos solo les dejó tres mulas a aquellos tres hombres y una sola planta de oliva, la pequeña y frágil, la misma por los que habían perecido aquellos marineros. No hubo más detalles escritos de este día ni tampoco del paradero de este gran líder, del increíble Barule.

 

Cuando Bartolomé estaba terminando de contar esta historia, muchos de los que estaban allí presentes tiraron ramajes y guijarros a aquel joven con una violencia desmedida. Además de insultarlo, no paraban de increpar con pasión que era mentira todo lo que contaba. La gente estaba enardecida por los ánimos impetuosos que da el desespero; no resistió un segundo más en ese lugar y huyó despavorida, no sin antes destruir todo lo que se puede apreciar en la ignorancia de los que pierden la razón. Se presenció la inhumanidad que hay en el humano. Los saqueos y los incendios arrasaron las viviendas del poblado, como una plaga de langostas.

En aquel olivar, quedaron los cuerpos sin vida del fraile Clemente de la Merced, Juan Bartolomé de Castilla e Hidalgo, y el abuelo de aquel muchacho.

* * * *

—¡Mira, papá, que árbol tan hermoso! ¿Puedo tomar otra fotografía? Tiene algo que no tienen los demás, es lo más lindo que he visto en mi vida  —habló el niño con una ternura casi exagerada.

—Pero, hijo, has tomado muchas fotografías de cientos de árboles similares. ¿No preferirías hacer tomas de los cactus florecidos que están por el lado de allá? —sugirió el padre, con el fin de continuar el recorrido.

—Perdón que interfiera de esta forma tan abrupta en su conversación —habló una voz angelical—, pero no pude dejar de escuchar las palabras de este hermoso niño y de advertir su curiosidad. —Se inclinó a la altura del menor—. Hola, mi nombre es Andrea de Castilla, y mi linaje (que es como un abuelo, un antepasado que llegó hace muchísimo tiempo desde España a esta región) sembró este árbol que ves acá. Este olivo forjó, desde sus semillas, un milagro extraordinario: hizo que nacieran cientos de árboles más, como puedes observar. Todo este cultivo se llama olivar, todos estos árboles y, para que sepas, es el único que hay en Boyacá (mejor dicho, ¡en Colombia!). Te voy a contar un cuento para que jamás olvides este recorrido…  Esta historia que escucharás hoy persistirá en el tiempo y en el espacio. Nace cuando, a causa de un incendio que destruyó todo a su alrededor hace dos siglos, dio como consecuencia la formación de este desierto y, aunque para muchos campesinos parecía imposible, creó las condiciones necesarias para que este árbol de oliva, el primero en nuestro territorio ¡por fin diera frutos!