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116.- Verdeo cuáquero

Maximiliano Sacristán

 

Dicen que la libertad acaba cuando empieza la necesidad. Pues bien, yo había viajado haciendo dedo (o autostop, como lo llamaban allá) por la idealizada Península de mis antepasados con una mochila sobre los hombros, feliz de no tener norte en mi marchar, entusiasmado de pisar esa tierra que llevaba en la sangre… hasta que se me acabó el dinero. Había estirado cada euro que traía de mis ahorros (y canjeados por un montón de devaluados pesos nacionales) hasta el extremo de comer sólo una vez por día y de dormir dentro de una vieja bolsa militar, renunciando a los hoteles y sus colchones. Pero a la larga me quedé seco. Entonces recordé ese lema que mi padre, aventurero y buscavidas durante toda su juventud, solía repetirme cuando me contaba sus andanzas: “Trabajar para vivir, y no a la inversa”. En efecto, el viejo, hijo de inmigrantes zamoranos llegados a Sudamérica desde la Tierra del vino, se sumaba a la cosecha del maíz en el norte de la patria, durante dos meses, y con el dinero ganado seguía viajando. “El estar en movimiento evitaba que nos oxidáramos”, me aseguraba. Cuántos solazos y escarchas habrá soportado sobre sus hombros para no regresar a la casa materna, para sentirse liberado de la patria potestad (de la patria “protestad”, rezaba un adagio libertario). Por “nosotros” se refería a sus amistades andariegas, los llamados “linyeras”, italianismo con que se denominaba a los trabajadores golondrinas de aquella Argentina ya extinta del siglo pasado, o simplemente a los viajeros errantes que andaban por andar, trajinando el país sobre el techo de los trenes de carga.

Pero yo ahora recorría España, y ya no cargaba con una “linyera” sino con una moderna mochila, aunque el hambre que traía nos hermanaba. Finalizaba el mes de septiembre, y el azar de mi errabundia me sorprendió cerca de Sevilla durante la cosecha de la aceituna, o el “verdeo”, como le decían a la tarea de recoger los frutos de los olivos. A unas dos horas de haber salido de la ciudad, me acerqué hasta una finca pequeña, de unas treinta hectáreas, supe después; saludé y pedí hablar con el encargado. Una mujer joven que recolectaba haciendo equilibrio a horcajadas de una escalera llamó a los gritos a un tal Juan, sin quitarle los ojos a las ramas que tenía entre manos. ¿Era normal que se aparecieran sujetos como yo? Desde lejos vi aparecer y avanzar hasta la tranquera de entrada a un hombrecito que frisaría los sesenta años. Me pareció por su rictus, que se acercaba receloso: ¿qué podría querer un veinteañero con mochila por esos lares? ¿Agua, un plato de comida? Quería trabajo, le expliqué, necesitaba ganarme “algún dinerillo” y estaba dispuesto a hacer lo que necesitaran. El hombre me dijo que podía darme empleo por el jornal, es decir, sólo por ese día, pues ya estaban con la plantilla completa y la cosecha avanzada. Ni bien abrí la boca me supo extranjero, por mi tonada, y creo que a la postre me dio una mano más que nada por notarme tan desorientado y agotado.

“¿Tienes experiencia en esto?”, me preguntó señalándome con un brazo extendido a los cosechadores, mientras me franqueaba la entrada a la finca. Le dije que no, pero que aprendía rápido, y que de todas maneras me pagarían por el peso recolectado. Así que si era lerdo ganaría menos… “No es por eso que te pregunto, hombre, es porque este trabajo es muy cansador, aunque sean aceitunas, y al parecer la carretera te ha dejado medio maltrecho…”, me aclaró el capataz semblanteándome de perfil, mientras me guiaba hasta una casilla de madera. Era cierto, mi aspecto no mentía: los últimos días había caminado mucho, sin automovilista que se detuviera, y una ampolla en la planta del pie derecho me hacía renquear del ardor. “Si no llego al final de la jornada espero poder avisarle un minuto antes de desmayarme”, bromeé, y lo hice sonreír por primera vez. Ya dentro del cobertizo, que olía a óxido de herramientas, Juan me indicó que dejara la mochila en un rincón y me entregó un par de guantes más unas rodilleras como las que otrora usaban los guardametas de fútbol. Yo las rechacé con una sonrisa, haciéndome el valiente. “Las necesitarás, créeme”, insistió el hombre. Me las calcé, recogí la gorra y una botellita con agua que llevaba a todos lados y lo seguí.

Avanzamos por uno de los senderos de ese olivar reticulado, entre árboles y cosechadores locales, y de pasada mi Virgilio terrenal me indicó que me llevara de una pila una cesta vacía con correderas (“macaco” las llamaban los paisanos), que debía calzármela por delante, como si fuera una mochila frontal. Todo esto lo iba deduciendo mientras observaba a mis compañeros de ocasión, pues como dice el refrán: “A donde fueres haz lo que vieres”. Era claro que don Juan no tenía tiempo para entrenar al personal temporario. Simplemente me indicó una hilera de olivos cargados, comenzando por el último, y me dijo que recogiera las aceitunas (una variedad regordeta y sabrosa que llamaban “manzanilla”) asegurándome de no pasar al siguiente hasta no haber “pelado” el árbol por completo. Luego dio media vuelta y se alejó por donde habíamos venido sin darme más detalles.

Como buen buscavidas, desde mi primera salida a los dieciséis años supe rebuscármelas para adaptarme a lo que viniere. Juntar aceitunas no podría ser tan difícil. Me puse a observar a un hombre que, trepado a una escalera o en el suelo, yendo y viniendo, rodeando el árbol como en un juego, iba desplumándolo de sus frutos con una velocidad asombrosa, al menos para mí, que ensayaba este oficio por primera vez. Recuerdo cómo de un solo manotazo les quitaba todas las aceitunas a una rama, sin por ello arrancarle ni una sola hoja. A pesar del manoseo agresivo, el arbolito permanecía indemne, sin sus frutos pero con todas sus hojas. Pues claro, estos trabajadores vivían de lo que hacían; yo, en cambio, era un turista “lumpen” que necesitaba con urgencia un puñado de euros para poder seguir recorriendo la península con menos penuria. Aunque era una rara avis allí, nadie me prestaba atención, concentrados como estaban en sus quehaceres. Antes de arrancar hice una pausa para vivir el momento. Por entre las hileras de olivos escuché una voz femenina que canturreaba unas dulces coplas; otras voces masculinas, más allá, reían y bromeaban a los gritos de árbol a árbol; algunos silbaban para amenizar la mañana. Sin distraerme más, comencé a cosechar las aceitunas que mi escaso metro con sesenta centímetros de altura me permitía alcanzar en puntas de pie. Como temía dañar al olivo, le arrancaba de a una aceituna por vez, con mucho cuidado. No llegué a completar una cesta cuando entendí que necesitaba hacerme de una escalera como la que tenían los demás, de madera y plegables a dos lados. Salí al sendero y observé a mi alrededor. ¿Debía solicitarla en algún lado?

Fue entonces que conocí a Paco, el “cuáquero” (así lo apodé para mis adentros y para estas memorias, ya verán). A unos diez metros de donde yo estaba, este andaluz simpático, un cincuentón regordete y completamente calvo, como si me adivinara la intención me anunció: “¡Coge la mía, chaval, que yo no la uso!”. Allí estaba don Paco, sonriente y con el cráneo brillante de sudor, medio oculto por otra fila de árboles. Agradecí y me llevé la escalera hasta mi olivo arrastrándola con mucho cuidado, la lentitud exasperante para hacer lo que fuera me delataba como un aprendiz de primer día. En fin, me trepé pasito a paso, escalón por escalón, incómodo por el “macaco” que traía contra el pecho como a un crío lactante, y pronto me olvidé de quien me había ayudado. El sol pegaba fuerte allí arriba.

Mientras estaba encaramado a la escalera, recogiendo las aceitunas de las copas, noté que dos hileras más allá los olivos se sacudían, espasmódicos, cada unos diez minutos más o menos, siguiendo la dirección del verdeo, pero desde mi altura no podía adivinar qué era lo que los hacía temblar así. No me distraje más de tal llamativo fenómeno y acabé de desplumar a mi primer arbolito. Debí bajarme, arrastrar la escalera hasta el otro lado de la copa y volver a escalarla. Temía estirarme mucho y venirme al suelo con aceitunas y todo. Hubiera sido un papelón, pero lo cierto es que nadie por allí me prestaba atención, a pesar del espectáculo lamentable que estaba dando. Cuando finalicé la recolección recomencé con las ramas bajas del olivo siguiente. Noté que aún no había llenado la primera cesta. El problema surgió cuando necesité trasladar la escalera de un árbol hasta las cercanías del próximo. Entonces salí en la búsqueda de Paco para que me diera una mano.

Hallarlo y verlo en acción fue una sola sorpresa, dejándome pasmado. El hombre verdeaba de una manera muy particular: agarraba el tronco del olivo y lo sacudía con tal vehemencia que se le caían todas las aceitunas de una sola vez. Era como si el hombre entrara en trance, en un Baile de San Vito bien controlado. Lo descubrí en su salsa, y lo primero que pensé fue en los “quakers”, esos “tembladores” protestantes. No sé si los miembros de esta secta temblaban de verdad, poseídos por algún rito, o si simplemente se hacían llamar así, como metáfora de su temor reverencial ante la divinidad. Comoquiera que sea, presencié a don Paco haciendo temblar los olivos para desprenderles sus frutos y lo imaginé un inspirado cuáquero a la hora de verdear.

Sin que él me notara, me quedé viéndolo trabajar: aferraba con ambas manos el tronco del olivo a la altura de sus ojos, se aquietaba, tomaba aire, y luego lo sacudía con tal furia y presteza que el arbolito temblaba hasta su última hoja y soltaba todas las aceitunas sin resistirse. Ya aquietado, el cuáquero andaluz se dedicaba a recoger del suelo los frutos conseguidos mediante técnica tan peculiar. En un momento me descubrió, ahí parado, y me sentí descubierto. “Has visto por qué no necesito escalera…”, dijo por todo comentario. Tardé unos segundos en pedirle ayuda, que era para lo que lo buscaba. Mientras levantábamos al unísono la escalera, Paco me confió que todos en la finca estaban enterados de su particular modo de verdear, menos el capataz y los inversores que rentaban esos terrenos, “que de todas maneras nunca vienen por aquí”. Por supuesto, Paco les ganaba a todos en cantidad de aceitunas recogidas. El calvito era un tembladeral ambulante, un inefable torbellino de olivares…

En varios momentos de la mañana abandoné el trabajo y me acerqué para verlo recolectar. Sabía que era un espectáculo que no volvería a atestiguar. El cuáquero seguía zarandeando olivos, como si los acogotara, pero dejándolos sanos y salvos luego del sacudón; despojándolos de sus aceitunas y recogiéndolas del suelo sin apuro, que así y todo les ganaba en efectividad a cualquiera de sus compañeros.

Al finalizar el día nos presentamos con un apretón de manos y regresamos hacia el casco de la finca charlando. Él me preguntó de dónde venía, yo quise saber dónde había aprendido a verdear así. “La naturaleza imita a la tecnología”, me dijo con una sonrisita enigmática. Años después me enteré que existía una máquina que recolectaba nueces de esta manera, haciendo vibrar las ramas del árbol para que se desprendiesen solas. ¿De allí habría sacado la idea don Paco? ¿O, a la inversa, algún ingeniero agrónomo lo observó trabajar e inventó la máquina?

Para terminar diré que, a pesar de mi paupérrimo desempeño, a la hora de la paga don Juan me gratificó como si hubiera recolectado el promedio diario esperable para un cosechador experimentado. Y como recuerdo me regaló una bolsa con un puñado de aceitunas “para degustar en el camino”. Guardé los billetes, agradecí el regalo, me despedí de todos con un saludo general y regresé a la carretera. Serían cerca de las tres de la tarde. Traía la intención de encontrar algún hotel o posada con habitaciones en alquiler que me albergara por aquella noche. Necesitaba sin falta una ducha caliente y un colchón que le diera un descanso a mi lumbalgia. Durante toda una semana de aquellas vacaciones, gracias a ese conchabo pude comer dos veces por día y olvidarme de los rigores de una vida a la intemperie. Ah, claro, y también degustar las aceitunas más sabrosas del mundo.

 

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