115. Del por qué de ser longevos

María Cristina Maciel

 

La calle empinada estaba convertida en una cinta ocre, despintada por la sequía inclemente que durante los inviernos asolaba la región. Pero, el cielo celeste, aguamarina contundente, y el sol _poncho de los pobres_ se prestaban para realizar una caminata en ese rinconcito preñado de atractivos, de secretos, de odios y amores que se trenzaban en la memoria de Leonor y Aldo.

Leonor se abrochó su saco y cerró la puerta de la casa tomando del brazo a Aldo, que aguardaba impaciente ese momento de sus días. Y aunque lo hacían cotidianamente, nunca era igual, ni el paisaje que mutaba en manos de una naturaleza demandante, ni los personajes con los que compartían su vagar, desde bandadas de innumerables aves,   cabritos y chivillos trotando tras sus pastores,  tropillas de caballos relinchando briosos en busca de algunos pastos, u otras parejas ansiosas de recibir ese calor antes que el atardecer trajese sombras frías.

¡Cómo amaban esa tierra dura, casi pétrea, testigo desde más allá de la historia, de lo que fue determinando este hoy, pletórico de logros, que consideraban su “ombligo del mundo”!

Descendiendo de los valles calchaquíes, el paisaje dominante estaba constituido por una extensa planicie en la que numerosos propietarios hacían alarde de sus cosechas anuales, cuando los olivos cargados de aceitunas se prodigaban con excelentes resultados por la riqueza del suelo, con minerales y sustratos apropiados, recibiendo, además, el riego del agua dulce que el dique construido al este de la población, suministraba a manos llenas.

¡Cómo no amar lo que poseían desde el primer día de sus vidas, herederos de los sueños de sus ancestros, que con enorme pujanza dieron trascendencia a esa actividad, perfeccionando, estudiando, practicando técnicas que daban por resultado frutos perfectos y derivados oleosos de una calidad insuperable, obteniendo premios y el orgullo de ser reconocidos como “el pueblo de la fiesta nacional del olivo”!

Pero los turistas y viajeros quedaban sorprendidos al recorrer los olivares, por una característica que ostentaban los lugareños, como Leonor y Aldo. No era el optimismo contagioso con que mostraban sus plantaciones, ni tampoco el regocijo con que exponían sus elaboraciones, como aceitunas rellenas o frascos con variedades de drupas negras o verdes, ni los atrayentes recipientes conteniendo aceite del más exigente proceso.

No. Pues esos rostros rozagantes, saludables y felices conformaban una estirpe de longevos, consecuencia de una vida sana, en una región sin polución, sustentada en la base de una alimentación en la que día a día, el aceite de olivo irrigaba sus platos generosamente, dándole su sabor único, especial, bendito, a las ensaladas, a los tallarines aderezando la albahaca, a los tomates rellenos con lo que las amas de casa diligentes encontraban a mano…

Leonor, con sus noventa y dos años y Aldo cerca de los noventa y seis, desconocen la diabetes, las arritmias, la poca visión y hasta la caída del cabello. Pero sí conocen bailar, más pausadamente por supuesto, arrancando la admiración en sus épocas más juveniles, cuando era un placer asistir a los bailes. Y recorrer su campo de fieles olivos les colma el alma de placidez. Qué harán sus hijos cuando ellos ya no estén no les quita el sueño. Las nuevas generaciones poseen otros sueños, ambicionan otra realidad, emprenden nuevos caminos, pero, silentes y solariegas, siempre estarán aguardándolos, de pie, sus queridas plantas de troncos sinuosos, de follajes voluminosos y de tentadoras proveedoras pulpillas de aceite.

Esa caminata no es una más; los aguarda una vecina de otro olivar para compartir la merienda. Siguen por la senda, tomados de la mano, en un silencio rico en sensaciones muy profundas, que nacen de esa convivencia tan poderosa como las raíces del más antiguo de los olivos. Así distinguen la casona con su techumbre de tejas rojas donde María Antonia atiende su explotación agrícola, compartida con una especie de turismo rural, ofreciendo sencillas comidas en una amplia sala, cuando algunos viajeros detienen sus pasos alejados del mundanal ruido.

María Antonia, la menor de las dos hijas de un inmigrante andaluz, incondicional a las tradiciones mantenidas por sus padres, al quedar sola con su hermana Águeda, continuó administrando y explotando el olivar, pero su vocación más rotunda consistía en probar, experimentar, platos basados en el arte culinario español. Es que los relatos y la habilidad de su madre trayendo a la mesa las costumbres, el sabor y la gastronomía mediterránea por ser oriundos de la bella Granada, le hacía poner de manifiesto, la herencia árabe, con sus condimentos milenarios. Ingresar a su casa permitía admirar la huerta, fundamental para que esta mujer hiciera maravillosos sembradíos cosechando habas, berenjenas y alcachofas para sus espectaculares cazuelas con jamón, aliñadas con su insustituible aceite de oliva. Aunque la favorita era la tortilla de Sacramonte, en la que a los huevos los mezclaba con diferentes hortalizas enervando los sentidos el aroma que se elevaba con el borboteo del aceite más verde y tentador que imaginar se pueda.

Pero al llegar Aldo, la mesa estaba tendida con una pulcritud exagerada para que él degustara las torrijas fritas al aceite y los buñuelos dorados, dejando para lo último las rosquitas de anís. Y como Leonor prefería gustar los salamines que se elaboraban en la misma finca con los cerdos allí criados, las dos mujeres se instalaban en un cálido rinconcito de la cocina, paladeando un té de manzanilla, apreciando el aceite y el ajo en los productos de la huerta, con sus ensaladas y sus aceitunas, riéndose a más no poder con ese humor característico en todo cordobés.

María Antonia, sola en la propiedad, pues su hermana al casarse tenía su hogar en otra provincia, no aparentaba sus largos ochenta años, luciendo con garbo su cuerpo ágil y robusto. Una trenza pesada rodeaba su cabeza enmarcando un rostro de imperceptibles arrugas en el que dos mejillas broncíneas hacían resaltar su blanca dentadura. Y ambas mujeres se ponían al tanto de los precios que sobrevenían en cada temporada, calculando los gastos que deberían emprender entre peonada, abonos, transporte y otros aspectos inherentes al mantenimiento del principio y fin de sus anhelos; del orgulloso sentir que es recorrer el prodigioso estallido de las copas cubiertas de frutos pequeñitos que se vuelven voluminosos con su carga de aceite…

Como broche oro para estas gourmets, porciones de queso de cabra de la región, rociadas con la dorada miel de abejas, que pululaban en los campos donde la manzanilla crecía libre, obligaban a María Antonia, en un ritual esperado ansiosamente por Leonor, a recitar: “Anoche cuando dormía, soñé bendita ilusión

Que un colmenar tenía dentro de mi corazón…”

Y con su memoria estupenda, la poesía de Machado se desgranaba lánguida en la tarde impregnando de belleza el encuentro de quienes habían apostado, como sus antepasados, a vivir con los dones obtenidos en esa especie arbórea tan legendaria, originaria de aquella tierra fecunda que se abrió gozosa, brindando los frutos verdes, de seda, también rojinegros, seductores, pero más aún, misteriosos. Aquellas capsulitas, asaeteadas por abejas, mariposas y aves, comenzaron una travesía por el Mediterráneo, dejando atrás ese suelo esplendoroso y mitológico de los griegos.

Las guiaba en los barcos conquistadores, un dios, Dionisios, que, simbolizando la fecundidad de la naturaleza, coronado con una guirnalda de hierbas fue conducido por el dios Eros a través del mundo. Cargó pues, sus ánforas con más frutos y el jugo prensado de ellos que iba encontrando en toda Grecia y en su vagabundeo recaló en Egipto, haciendo construir toneles aprovechando la bondad y riqueza de sus árboles. Luego, la diosa Cibeles lo arranca de ese trashumar, pero fieles a él los romanos y los españoles valoraron su poderoso encanto poblando de infinitos olivares besados por el sol mediterráneo.

El Nuevo Mundo, odre gigantesco para recibir todas las simientes, incitó a sus pobladores a trazar los surcos donde cobrarían vida esas frágiles ramitas que se irían transformando en añosos troncos de formas inimitables. Tan o más longevos que algunos ejemplares europeos. Con sus dones que devolvían, en una simbiosis perfecta, un ¡gracias! a sus dedicados propietarios.

Como gorriones bullangueros, Leonor y Aldo picotearon hasta las últimas miguitas dando fin al encuentro. Quedaban muchas labores por realizar: la dueña de casa debía cortar abundante acelga para sus famosas tortillas, tan apreciadas por su clientela, y luego mantener una reunión con el capataz de la finca ya que era imperioso comenzar a extirpar las malas hierbas que dormitaban entre surco y surco de los olivos, aprovechando que las heladas terminaban de cubrir los campos por la inminencia de la estación primaveral. Luego dejaría brillante su cocina para ir a descansar en la enorme cama que guardaba sus secretos de mujer solitaria, que en su adolescencia levantara un castillo de naipes imaginando ser la esposa de Cosme, el hijo mayor de la familia Castell, ocupante del predio más grande de la zona. Pero aquel joven en la fiesta del pueblo, sesenta años atrás, bailó toda la noche con una muchacha, rubia como trigal maduro y de una belleza especial, que hacía recordar a la Madonna de la iglesia, enamorándose hasta los tuétanos.

Ahora, Cosme albergaba en la centenaria construcción de gruesos muros de adobe, a todos sus hijos con sus respectivas familias, escuchándose algunas veces, cuando el viento traía sus voces, exclamaciones y risas de los juegos que este patriarca compartía con sus nietos, en una eterna juventud que resultaba de su vida sana que comenzaba con el alba de nubes rosas y finalizaba con la aparición del Lucero sobre la cresta de las sierras azules.

Tiempo atrás había superado una terrible crisis económica, causada por una curiosa enfermedad en los olivos. La conocían como “parálisis parcial”, en la que un virus, se manifiesta primero en la copa de las plantas cuando las ramitas muestran hojas amarillas, que al secarse quedan pendiendo, para continuar luego por todas las ramas que terminan secándose. Y así se extiende por las copas hasta matar las plantas.

Ni lerdo ni perezoso, Cosme partió hacia la escuela de Agronomía, inscribiéndose como oyente en cursos vinculados a agricultura, para hallar una solución, interiorizándose que la enfermedad tenía un comportamiento muy irregular de un año a otro, con síntomas muy vinculados con las condiciones vegetativas de las plantas y los factores climáticos reinantes en la época. La lucidez y certeza en sus definiciones le valieron muchas felicitaciones causando admiración cómo recuperaban la lozanía sus olivos.

Y desde entonces, como una vidriera al mundo, la gente acudía a palpar con regocijo su exposición y venta de productos en el coqueto salón que la familia construyera al frente del hogar, encontrando al laborioso Cosme ofreciendo el fruto de la tierra.

Y allá, en el otro extremo del camino rural, Leonor preparaba su tejido de crochet para sentarse en la cálida sala de ventanales al jardín, escuchando la radio con su programa favorito, el de música de tangos, que ella, en una especie de karaoke, modulaba con su voz de campanilla. Aldo, cuando finalizara sus ocupaciones afuera, cerrando el taller de herramientas, la verja del frente y juntando la ropa tendida, ingresaría con su fiel Lobo.

El enorme can, de pelaje renegrido, manso y obediente, había permanecido todo el tiempo cumpliendo su función de guardián bajo la liebre que colgaba de un gancho, ya cuereada, que su amo cocinaría al disco, en un burbujeante lecho de aceite de oliva y guarnecida con rodajas de naranjas, exquisitas en la temporada invernal.

Habiendo cumplido con su misión, Lobo movía la cola siguiendo a Aldo porque su recompensa sería estar en la tibieza de la casa junto a estos seres que tanto lo amaban. Y que, sin analizarlo en profundidad, en ese mundo de las simples cosas, o de las pequeñas grandes cosas, sobrellevando adversidades y gozando de los logros que conquistaron siempre codo a codo, mientras el aroma de las hojas del olivo les embargaba el alma de sensibilidad, sus cinco sentidos intactos, son la impronta más cabal de una longevidad exquisita.