114. Peces de tierra

Capilla Palomino Kayser

 

Paseando por el campo, una mañana de enero, tuve el privilegio de encontrarme frente a unos olivares que se preparaban para la recogida. Vi engalanadas de domingo las ramas repletas de frutos a punto de parir bajo los tímidos rayos del sol que brillaba en sus hojas afiladas como cuchillos.

Mis pupilas reflejaban la aceituna madura. Su redondez, su color verde, su aroma, su porte, despertó en mí un sentimiento de orgullo y rememoré la letra del poema “Aceituneros”, de Miguel Hernández: Andaluces de Jaén, Aceituneros altivos…”

Por la carretera se oían risas de muchachas que se acercaban al tajo ataviadas con pañuelos a la cabeza y pantalones con faldas. Tractores, remolques y cajas se amontonaban en las inmediaciones.

Comenzaba la fiesta, temblaba el árbol y llovía el fruto no prohibido por los dioses; los vareadores ayudaban como buenos parteros a terminar de desprender aquellas aceitunas que se aferran a las ramas. Manos expertas cómo peces de tierra, enfundadas en guantes, seleccionan el fruto, volaba del fardo a las cajas y de estas al remolque.

Una niña llegaba al fardo, con las manos repletas de aceitunas, manchada de verde su blusa.

Cuando caía la tarde y se anunciaba el fin del tajo, salían los tractores hacia la almazara, detrás los trabajadores y las mujeres buscando el merecido descanso. Se despedían hasta mañana si Dios y el tiempo lo permitían. Yo también continué mi camino, menos cansada que ellos, pero con una experiencia vivida que jamás olvidaré.