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114.- Mi Cantarillo

Mari Ángeles Molina Godoy

 

Acercó sus manos huesudas y enjutas a la áspera corteza del olivo. Acariciaba la rugosidad del árbol, recreándose en sus formas, palpando cada milímetro de la superficie seca y ruda, pero a su vez cálida y armoniosa.

—¡Ay cómo te añoraba! Soné contigo cada noche y cada mañana. Mantuve una porfía por años, sintiendo que te tenía cerca, sabiendo que me esperabas como espera la hembra al macho, la vigilia a la gula, o el despecho a la esperanza, intentando escapar de la modorra que produce la nostalgia incierta, de lo que está tan lejos y tan cerca…

Allí quedaron los sueños desterrados de su infancia, allí los dulces recuerdos, allí las noches más claras.

Allí quedó su nombre escondido entre las sábanas: “¡Ay alma de cántaro, alma de cantarillo!”— decía su padre cuando lo veía; su niño, la rama que más quería, la prolongación de su estirpe, la sangre que fluye por escarpadas rutas, blincando intrépida para encontrar las aguas que rugen nítidas, escapando de las rocas carceleras que se adueñan de su vida. Y su Paquito dejó de serlo, para ser su Cantarillo, lo que más amó en el mundo, lo que sin pensar perdió en la curva de un camino: “¡Ay alma de cántaro, alma de cantarillo!”

Escupieron las sombras presagios ocultos, arrancando del alma oscuros vestigios, y robaron, robaron… lo que no era suyo.

Donde el verde olivo se derrama por los campos, donde la gente se sienta en la puerta de las casas para refrescarse, y habla y habla, y ríe sin miedo y siente el calor esperando la escarcha, allí creció Cantarillo a la sombra de un olivo.

La piel curtida, como trigo los cabellos, huesos recios que el cuerpo aprieta, sintiendo que el aire no es regalado en las auroras claras, en los arreboles desmesurados y las noches calladas.

Y allá en la distancia, tras los barrotes que asfixian y apartan, donde las horas convierten a las criaturas en vísceras y despojos que no valen nada; Cantarillo llora, Cantarillo canta, Cantarillo muere, soñando con las cañadas. Le duele el cuerpo con inclemencia, pero lo más doloroso es, la desazón del alma.

¿Dónde está mi tierra? ¿Dónde el pecho que me crio y la cara noble de mi padre en la mañana? ¿Dónde está la tierra, la artesa donde hacíamos la matanza, el botijo de agua en mi ventana? ¿Dónde está el olivo que me vio nacer, la rama que me despeinó, las aceitunas negras, el aceite verde, el arado y la guadaña? ¿Dónde las sonrisas libres de mis hermanos, la vecina que nos traía huevos de sus gallinas y leche de sus cabras? ¿Dónde está mi madre que la quiero ver, para que me cante una nana?

Cantarillo no te rindas, que te espera el olivo, ¿cómo puedes olvidar la vereda que te llevaba hasta su nicho?

Lo robaron de su casa siendo él casi un niño, lo arrastraron como un saco a lo largo de un camino, y, en la cara imberbe de Cantarillo, se disipó la inocencia y chocó de frente con el miedo al destino. Acribilló la guerra los sueños de cuna y tintados los campos de rojo, esperan a la luna para enfriar el miedo, para dormir la hambruna.

El drama colmó el pasar de los años, familias, amigos y sueños, se fueron marchando, y quedó el llanto, y quedó el miedo y el espanto, que ni el sol más ardiente podía consolarlos.

Las cigüeñas miran sobre los tejados pardos, al lado de la cruz de los campanarios, esperan que las campanas repiquen y se disuelva el llanto, que trine el colorín y el alzacola, la avutarda vuele en la campiña del Guadalquivir y el quebrantahuesos limpie de carroña la tierra calma, y que cesen los disparos y los gritos desgarrados… que cesen por Dios, que cesen…

Y el batiburrillo de sentimientos atropella el alma de cántaro, cada día, cada mes, cada año, cada bienal que pasa encerrado, matando lentamente como veneno amargo.

Salió pues un día sin esperarlo, achicado y con arrugas que no eran suyas, enroscado como un gusano, chasqueando con los dientes la desazón enmascarada y lloró como aquel niño que quedó en la cañada, con el olor del cocido que preparó su madre entre paredes encaladas.

—¿Dónde está mi padre? ¿Dónde mis hermanos y las manos suaves que me acunaron? ¡Ay madre mía!, ¿dónde te has marchado?

“Y el recio troncón del olivo, retorcido por la pena me estaba esperando, para consolar mi duelo y curar mi espanto”.

Le contó el olivo, cómo sus ramas se encorvaron con la miseria de las hierbas profanas que robaron su jugo. Cómo escuchó gritar la cuesta abajo, a la madre del herrero cuando se lo llevaron, a los tres churumbeles hijos del aguador, que se arrastraban agarrados a su pantalón hasta que lo desgarraron, y allí en la calle tirados… allí quedaron. Y cómo, antes de caer la noche el pregonero voceaba entre las esquinas el toque de queda, y el miedo se encerraba. Y las paredes blancas se volvieron negras y dejaron de perfumar las azucenas, y el río cubrió de ovas las piedras lisas y arrastró los cañaverales que lo arropaban.

Tembló al sentir la mano de Cantarillo, como tiembla el viento, como tiembla el trigo, y alzó sus ramas orgulloso de aquel chico, que dejó de serlo en largos años, que para el árbol, son un chasquido.

Se sentó bajo su sombra y agarró la tierra que dejó antaño como testigo, la acercó a su cara, aspiró su aroma, se ciñó al tronco y lloró hasta vaciarse, quedando hueco de suspiros.

Ya por la mañana, con los primeros rayos de sol, olvidó el ocaso vespertino y agarró la mañana con entereza, como el hombre que era —no como el niño— y sintió la fuerza de la tierra y del olivo, al que dijo con pesadumbre: “Ya solo me quedas tú, por traiciones del destino” —a lo que el árbol contestó — “No. Te queda la vida, no te engañes amigo”

En lo más alto de la cuesta, en la calle Tres Caminos, desolada está la casa despojada de sonidos, con las persianas caídas, tres tiestos de tierra seca donde quiere brotar un lirio, y el escalón de piedra donde antaño se sentaban tres niños.

El chirrío de la puerta de madera, con las bisagras oxidadas y la manecilla para abrir caída, espera que alguien la ocupe para llenarla de vida.

“¿Qué pasó con mi familia, quién me la robó? ¿Qué desdicha se cebó con criaturas inocentes, que nada de malo hacían? Mi padre solo araba, trabajaba noche y día, recogía aceitunas, segaba y luego volvía a casa, nos contaba un cuento y dormía. Mi madre lavaba en las pilas de la fuente del Acebuche, limpiaba toda la casa, nos mandaba a la escuela, cocinaba y después cosía. ¿Es esto un delito? ¿Tiene acaso condena, intentar que tus hijos crezcan y que no les falte comida sobre la mesa? ¡Que crueles son las guerras!, fantasmas con sábanas blancas, que rugen para asustar y debajo guardan la ira”

Y en la parte alta de la casa, donde las telarañas se hacen dueñas de las esquinas, hay una pequeña cuna de madera, que al tocarla se mueve y se balancea.

Cantarillo se asoma a su nido y ve la cara de tres chiquillos, el Jacinto, la María y el Pedrucho chiquitillo.

“¿Quién cortó mis tres lirios, cuando apenas habían florecido?, ¡ladrones, ladrones, ladrones…! por no decir asesinos”

Al lado de la ventana miraba tras los visillos. La gente caminaba por la calle, deambulando con sigilo. Las bestias salían cargadas de aperos, mientras los campesinos agarraban las riendas para conducirlos hasta el camino, y los niños corrían cuesta abajo con las carteras en la mano y la cara helada por el frío.

Nada parecía haber cambiado, pero no era así, hasta los tejados de enfrente descolgaban cándalos de hielo, frías lágrimas congeladas por la pena de lo vivido.

Y arrugado el mantel que cubría la mesa, por las manos de Cantarillo, el que antes fue blanco y luego era amarillo, se riló un lápiz al suelo que seguramente dejó el Pedrucho chiquitillo, antes de ir… (¿quién sabe a dónde?). Antes de partir, a su oscuro destino.

Buscó en su cartera, sacó su libreta llena de cuentas de sumar y restar, de dictados incompletos y de mapas coloreados sin disciplina, saltando los bordes en las esquinas.

Las últimas hojas estaban en blanco y quedó abierta la libreta encima de aquel mantel, esperando la mano que le diera vida.

La azada golpeaba con fuerza la tierra basta, rompiéndola en terrones hasta desmenuzarla. El sol derritió la escarcha, jugó con las hojas de los olivos y goteó en su punta sobre la tierra de la cañada. Y allí Cantarillo comenzó a sudar su rabia empapando su camisa de agua salada, engullendo sin mesura las palabras veladas, los días lúgubres y las noches opacas.

El viento quería refrescar su pena, la tierra se dejaba, la azada resonaba y de repente; una extraña melodía envolvió el agreste espacio donde regurgitaba todo lo pasado, desde lo más oscuro, hasta lo más claro. Sus movimientos se aceleraron y como un ánima deambula por el espacio, salió de su cuerpo y comenzó a danzar alrededor de éste, que no cesaba en movimientos repetitivos, que chocaban la azada sobre los duros terrones. El viento lo movía subiéndolo hasta el cielo y lanzándolo de nuevo en busca de su cuerpo, voló con los tordillos sobre los olivos y comprobó la majestuosidad de éstos, al lado de los trigos. Se revolvió en la grama que crecía a la linde de los caminos, entró dentro de las flores donde las mariposas y las abejas buscan su néctar, saboreando el dulce manjar de sus delirios. Quiso agarrar las nubes con las manos y reía cuando estas se disolvían, formando figuras y siendo atravesadas por espigas de pájaros que volaban libres como el mismo día. Y allá a lo lejos percibió la mirada de alguien, que le decía:

—¡Ay mi alma de cántaro, mi Cantarillo! No tengas pena mi hijo, que aunque lejos estamos de ti, no nos hemos ido. Cuida los olivos, siembra los trigos, canta en la mañana, ríe y llora cuando tengas gana, pero vive para soñar, para tener tus propios Cantarillos, para descubrir el amor, pero sobre todo… sobre todo vive para contar lo que has vivido. Di a tus hijos que carguen sus armas con versos, con bonitas palabras, con trabajo y esfuerzo, con los pies sobre la tierra desterrando los malos presagios. Que las balas las oculten en el foso más lejano y perdido, y allí mueran ausentes, alejadas del odio, de vilezas e intereses de los que quieren matar, para engrandecerse.

Y a la noche en su casa, en la calle Tres Caminos, sentado en la mesa con el mantel que fue blanco y luego era amarillo, agarró el lápiz de su Pedrucho chiquitillo y comenzó a contar lo que nunca pensó que contaría, lo más amargo de su vida, devorando las hojas blancas de la libreta como si fueran alimento para el alma que había perdido.

¡Ay cántaro, mi Cantarillo! ¡Quién te quiso callar matando tus ilusiones, arrancó de ti palabras que volaran por el infinito!

¡Ay alma de cántaro, mi Cantarillo!

 

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