113. El elegido

Oliva en rama

 

Nuestras miradas se cruzaron de nuevo y, a mi manera, volví a sonreírle. Él no podía acordarse de mí. De hecho, no podía ni imaginar ―¿o sí?― que era la misma que, meses atrás, se quedó mirándole. Yo, sin embargo, sí lo reconocí a él. Desde el primer momento.

La primera vez que vi al joven muchacho iba paseando entre bancales de olivares, allí, en Jaén, mi tierra. ¡Bendito oleoturismo!, pensé, sin dejar de observarlo. Acababa de cruzar un pequeño riachuelo por el vado habilitado al efecto, junto a la almazara, y, de repente, posó su vista sobre mí. Como hipnotizado, la mantuvo durante un largo rato, tanto que, por primera vez en mi vida, me hizo sentir alegre y especial. ¡Alguien se había fijado en mí!

Yo apenas era nada o, al menos, eso sentía en aquellos días. Me consideraba, si acaso, poco más que una florecilla presumida y enamoradiza, de modo que, en ese preciso instante, en ese mágico encuentro a la hora en que decae la tarde, lo elegí en secreto. Me guardé en la memoria su aspecto de estrella pop adolescente, sus ojos color cielo y sus hermosos y carnosos labios. Ay, esos labios gruesos que esperaba que algún día me besaran y saborearan con amor.

Tristemente, el muchacho desapareció y no volví a verlo más. Era otro turista cualquiera, recorriendo mi mundo rural de olivas y aceites. Pero era mi turista y, desde entonces, mi elegido. ¿Podrá, realmente, desaparecer una persona así, para siempre?, me preguntaba día sí y día también, mientras esperaba, impaciente, un regreso cada vez más improbable.

Pasó el tiempo y, aunque nunca dejé de pensar en él, cambié mucho. Había crecido a lo largo y ancho y me habían aplicado algunos tratamientos con la sana intención de realzar mis virtudes que, aunque yo no lo creyese, eran muchas. La jovencísima florecilla que fui había quedado totalmente irreconocible y, encima, me obligaban a abandonar ese entrañable mundo agro en el que me había criado. Sí, a mí, que no quería dejar mi tierra por si el joven muchacho volvía, me mandaban a cualquier ciudad lejana y desconocida.

No podía hacer nada para impedirlo, así que me resigné. Segura de que así perdía toda posibilidad de que mi elegido me encontrara, hasta me daba igual a dónde me enviaran. Podía ser Oslo, Murcia, Bonn o Nueva York, qué más me daba. La cuestión es que me sentía triste, porque no sabía qué me iba a encontrar y qué iba a ser de mí en tan extraño y lejano lugar.

Sin embargo, a los pocos días de llegar a la gran urbe me llevé una grata sorpresa. Sucedió lo que menos podía haber imaginado, lo que, si alguien me lo hubiera pronosticado, nunca hubiera creído. Lo que solo pasa en películas y libros ñoños. Y es que allí, lejos de mi tierra y a través del cristal, fue donde lo vi por segunda vez. ¡Me habían enviado a la ciudad de mi elegido! ¡Olé!, pensé al verlo, nerviosa de repente. ¡Qué hermosa coincidencia!

No me explicaba cómo había podido ocurrir. Tal vez se lo pedí tanto a la luna, durante sus baños de plata nocturnos, que se hizo realidad. O puede que, simplemente, la magia exista. La cuestión, la maravillosa cuestión, es que volvimos a encontrarnos, como si nuestros ADN, tan distintos, hubieran sido diseñados para juntarse.

 

Fue en una pequeña tienda de barrio, a mediodía. El joven muchacho iba acompañado de una señora mayor ―tal vez su madre, aunque se veía más ajada de lo que cabría esperar― y sus ojos, como ya dije, se volvieron a clavar en mí. Desde casi la otra punta del local me observó largamente y frunció el ceño. ¡Era imposible que supiera que era yo!, pensé. No obstante, la realidad se impuso y, con una sonrisa, se acercó a donde me hallaba, allí, junto a las inigualables botellas de aceite de oliva que un cartel anunciaba como procedentes de Jaén. ¡Yo temblaba en mi interior! ¡No me lo podía creer! ¿Me había reconocido? ¡Con lo cambiada que estaba! ¡Madre mía! ¡Si hasta había engordado un montón!

El elegido me miró con atención, como si se acordara de mí. Por si acaso, le volví a sonreír. Contra todo pronóstico, él amplió su hermosa sonrisa y hasta se mordió el labio inferior. Una chispa brilló fugazmente en sus ojos y me sentí deseada. Parecía a punto de suceder lo que me parecería más increíble aún: que a su vez mi elegido me escogiera a mí. ¡A mí! ¡A la que lo eligió a él! ¡Madre mía! ¡Y yo que no creía en la magia!

El joven llamó entonces a su abuela ―ahí descubrí el parentesco― y la buena señora se acercó a dónde estábamos, despacio y apoyándose en un elegante bastón. Yo me sentía tan nerviosa y todo sucedía tan rápido que apenas podía asimilar lo que ocurría.

―Abuela, ¿te acuerdas de cuando estuvimos en Jaén?

¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡No es posible que se acuerde! ¡Y, menos aún, que me haya reconocido! ¡Si parezco otra!

Me parecía increíble, pero sí que debía de haberme reconocido y, por ello, le pidió llevarme a casa ―volviendo a recordarle lo del viaje a Jaén y hasta lo de la almazara junto a la que nos cruzamos―. Ella me observó, seria y evaluadora. Estaban a punto de cumplirse todos mis sueños y, para conseguirlo, puse el mejor de mis gestos, el de inocencia y bondad suprema. Finalmente, tras un largo silencio ¡la abuela aceptó que los acompañara!

¡Me sentí tan feliz! ¡Iba a estar con él para siempre! ¡En su casa! ¡Hasta lo acompañaría en su mesa! No podía parar de temblar por dentro. ¡Qué emoción!

Llegamos a la casa de la anciana, donde también vivía el elegido. Mi elegido. Durante el camino, pude deducir de la conversación, que era huérfano de padres y que por eso vivía con la venerable anciana. Y vi que hacían una pareja adorable, enternecedora. Él se desvivía por que su abuela no tuviera ningún percance y estuviese cómoda. La hizo sentarse en un sillón orejero y, después, se quedó conmigo en la cocina, colocando la compra en armarios y estanterías. Debían de estar muy solos en la vida, pensé, lo que le habría hecho valorar la importancia de la familia y de las raíces, así como el respeto a los mayores. ¡Me encantaba ese chico! Sin duda alguna, lo había elegido bien.

De repente, cuando ya estaba todo colocado, la abuela, que se había levantado del sillón, apareció en la cocina.

―Casi es hora de comer ―dijo la buena señora―. ¿Te apetece picar algo?

―¿Un aperitivo? ¡Claro! ¡Eso siempre, abuela! Pero no te preocupes, siéntate en el sillón y…

―Déjate, déjate ―lo interrumpió con vehemencia―. No me protejas tanto, que me voy a volver inútil. Además, también es bueno que haga cosas, para no anquilosarme.

En apenas un suspiro, entre los dos, abrieron bolsas, latas, tarros y paquetes varios. También partieron un tomate y lo rociaron con un buen chorro de ese estupendo aceite de oliva de mi tierra que habían comprado hacía un rato. En definitiva, prepararon un aperitivo digno de un gran mandatario. Llevaron todo al salón, mientras yo los observaba como una boba, sin saber muy bien qué hacer. ¡Estaba tan nerviosa! ¡Tenía tantas ganas de besar esos labios tan apetecibles! ¡Y a cada minuto que pasaba faltaba un poco menos para tan mágico y maravilloso momento!

Sentados alrededor de una pequeña mesa redonda, abuela y joven nieto conversaban y daban buena cuenta del condumio. Saboreaban trozos de tomate que refulgían con un brillo dorado que solo el aceite de oliva podía darles. También comían mejillones, patatas fritas y otros manjares, mientras yo me dedicaba, impaciente desde mi sitio ―y muy quietecita―, a observarlo a él. Cómo masticaba, con qué gracia manejaba los cubiertos, cómo se limpiaba esa deliciosa boquita con la servilleta… Ay, esa boquita. ¡La miraba y me derretía solo de pensar en su primer beso!

Entonces, llegó el momento tan esperado por ambos. Me miró con deseo. ¡A mí! ¡A ninguna otra! ¡Solo tenía ojos para mí! ¡Una simple aceituna más del montón! Pero eso sí: ¡la oliva más romántica del tarro que acababan de comprar! ¡Tranquila! ¡No tiembles! ¡Seguro que te coge la primera!

Ajeno a mi nerviosismo, y como si una cosa fuera consecuencia de la otra, de entre todas me eligió a mí, tal y como, desde el principio, yo intuía que haría. Me sujetó con sus cuidadosos dedos de esa forma tierna que le caracterizaba, llena de recuerdos, suyos y míos, compartidos. Lo hizo de un modo, al fin, que me hizo sentir tan especial que olvidé, en ese preciso instante, que yo era una más del montón.

Fue un momento maravilloso. El mejor de mi vida. Yo me entregaba, en ese preciso instante, por puro y generoso amor. Él ―del que todavía no sabía si también lo hacía por amor a mí― primero me acarició con sus labios, en esa especie de beso que tanto había deseado, salado y dulce a la vez. Vi de refilón que su abuela también cogía a una de mis compañeras y amigas y se la metía en la boca, a la vez que él cerraba la suya, conmigo dentro.

Noté entonces, a oscuras, cómo me saboreaba el elegido. Creo que hasta cerró los ojos para ganar intensidad. Me mantuvo un buen rato en la boca y me masticó con extremo cuidado, casi se podría decir que con cariño. Con amor. Y, cuando escupió mi hueso en su mano y se quedó mirándolo como en éxtasis, pude confirmar que no me había equivocado, que lo había elegido bien y que el joven muchacho también me amaba tanto como yo lo había querido a él. Y si supe todo eso no fue solo por la forma en que me había mirado en nuestros encuentros previos, ni por el modo en que me había sujetado entre sus dedos antes de nuestro maravilloso beso, ni por la delicadeza con la que me había masticado y saboreado, no. Lo supe, más bien, por las palabras que mi elegido dedicó a lo que quedaba de mí, a ese huesecillo mío que seguía sosteniendo sobre su juvenil palma y del que no apartó la vista en ningún momento, como si quisiera conservarme para siempre en su vida. Pronunció aquellas esperanzadoras palabras, las que nos mantendrían juntos por toda la eternidad, con un acentuado tono de absoluta felicidad:

―Abuela, ¿y si lo plantamos en nuestro jardín?