111. Lázaro

Dela Uvedoble

 

El olivo centenario llegó en un motocarro una mañana invernal. Hubieron de ayudarle a bajar varios hombres, su edad y sus miembros nervudos dificultaron en grado sumo la maniobra; aun así, a media tarde ya dotaba de solera a la Plaza Nueva.

Contra lo deseado llega la primavera y no florece. El consistorio sopesa la conveniencia de sustituirlo por la obra inmarcesible de cierto artista lugareño.

Apiadada, una noche mi Tata corta una rama al moribundo con su navajilla de cachas nacaradas. Después me busca, el dedo índice sobre los labios implorando silencio, llevándome a su alcoba. Rezamos una plegaria que me enseñó de niño mientras sostenemos la rama entre los dos. Luego la besa y subiéndose de pie en la cama, va engarzándola entre los brazos del Crucificado que guarda su cabecera. Acariciando el madero murmura Señor, a tus manos lo encomiendo. Yo la acompaño en estas supersticiones, inofensivas pero ineficaces, dado el gran cariño que nos une.

Con asombro, veo que la rama desprendida amarillea mientras el olivo reverdece cubriéndose de cálida granizada, promesa de fertilidad y medra con ansia adolescente, sombreando la plaza y dando cobijo a las irreverentes pandillas de trovadores.

Alumbra el olivo sus aceitunas mientras la Tata cierra los ojos para no volver a abrirlos. Yo, el descreído, elevo los míos hacia el Nazareno e imploro hasta convencerme de que no habrá otro milagro. Entonces la lloro sin inquietud; sé que ella acepta gustosa SU sabia voluntad.