109. El olivo agonizante

Barlovento

 

Madinat-Al, así se llamó mi bonito pueblo amurallado que da cara a la cercana Sierra Morena, en las estribaciones finales de la meseta. Desde que mis gentes procedentes de África llegaron a este país que los antiguos Godos llamaban Spania, para nosotros siempre fue un paraíso comparado con las tierras africanas de donde llegamos, por eso lo cuidamos y lo mimamos más que a nosotros mismos.

Los míos se encontraron cuando subían por la península desde Yayyan (Jaén) numerosos campos de olivos traídos por los romanos, nosotros enamorados de su jugo dorado seguimos aumentando estos, superando sierra morena y sembrándolos también aquí en mi tierra donde son muy apreciados y los cuidamos con esmero.

Mi nombre es Abbas, mi padre me lo puso recordando a aquel sabio cordobés que intento volar. El se llamaba Ziryab, era un hombre respetado por sus hazañas en mil batallas en las guerras en las fronteras del norte de Al-Andalus.

Yo por desgracia nunca he podido emularle pues para mi desdicha soy cojo de nacimiento y desde pequeño mi padre conociendo mis limitaciones se empeñó en que me instruyera bien en la Madrasa, pero eso si comprensivo y justo desde pequeño vio mi inclinación por el cuidado de las plantas y en ese arte me ayudo a prosperar.

Pronto destaque ante mi Imán, que observaba como pasaba largas horas leyendo textos de Maimónides o Averroes, siendo mi natural inclinación los tratados de botánica.

El mismo, viendo que mi padre era pudiente y comprendiendo que su biblioteca se quedaba pequeña para mi ansia de saber, le recomendó que sería conveniente me enviase a Córdoba por algunos años, pues después todo el pueblo se beneficiaria de lo que allí aprendiese.

Con una carta de recomendación del Imán, partimos cruzando Sierra morena con varios caballos de refresco y dos sirvientes que nos ayudarían y protegerían en el viaje.

Fue un viaje bonito pues era primavera y todo el camino rebosaba de vida y de la floración de muchas plantas que hicieron mis delicias, por fin una tarde contemplamos el imponente poderío de los bellos edificios de la capital Omeya.

Quede bajo la protección del que era médico y afamado botánico y horticultor

Ibnacil al-Wafid, hombre afable que me tomo como aprendiz haciendo mi estancia en la capital fácil y agradable, era como una esponja aprendiendo de sus largas conversaciones y las muchas horas en las que le ayude en su jardín y su huerto, se me hicieron cortos los tres años que pase allí, cuando partí de vuelta, tanto el como yo lloramos abrazados, hizo que trajera para mi tierra libros y utensilios a la vez que regalos, tantos como pudieron cargar los caballos de mi padre.

Descanse unos días en los que todos me preguntaban en Madina-Al, sobre lo aprendido en Córdoba.

El Imán, puso una cuadrilla bajo mis órdenes y nos pusimos a la labor de preparar terrazas de piedra en los huertos que alimentaba la abundante fuente bajo las murallas del pueblo, pronto todos estaban maravillados de mi pericia en el manejo del agua nivelando regueras con muy poco desnivel y a la formación de una comisión de ancianos del pueblo que repartían las horas de riego entre los vecinos, fueron años de mejoras en los huertos y en los olivares que rodeaban el fuerte, les enseñe nuevas formas de podar y de recolectar la aceituna sin dañar el árbol, además de la forma de abonarlos y en qué meses labrarlos muy superficialmente, solo para retirar las malas hierbas.

Mi padre compro tierras y orgulloso contrato jornaleros para ponerlos a mis órdenes.

Dirigí la reconstrucción de la Almazara antigua donde todo se hacía con la fuerza de los brazos, desde entonces fue mucho más eficiente, estaban encantados con el molino de tres piedras cónicas que giraban unidas por un eje por la parte más delgada, estas descansaban en una gran piedra en forma de recipiente donde las aceitunas se machacaban solo con las vueltas de un burro que movía el ingenio, los más hábiles esparteros construyeron las «capachetas» tal como yo se las dibuje, La prensa la prepararon en la fragua también con uno de mis dibujos y las rectificaciones que les hacía con mis visitas, les enseñe como calentar la mezcla tras la prensa en un recipiente cilíndrico de cobre que les enseñe a fabricar  que aportando agua que se calentaba con un horno de ladrillos se destilaba hasta la última gota del dorado líquido.

En el patio de la almazara los canteros prepararon diez cubetas de piedras conectadas con un canalillo y en desnivel se recogía el aceite que flotaba en el agua que se desechaba con el alpechín.

El día en que comenzó a funcionar, todo el pueblo, niños incluidos bajaron a verla y maravillados prepararon una gran fiesta, los panaderos bajaron pan en abundancia que mojado en aceite del primer prensado fue una exquisitez que ya siempre quedaría en los desayunos de nuestras gentes.

Fueron años felices donde me fui haciendo mayor y ya con muchos achaques además del dolor de mi pierna, fui bajando en actividad, pasaba cada vez más tiempo en una choza que hice construir en mi huerto donde hacia los experimentos sobre plantones e injertos, esto coincidió con los tiempos de la batalla de Alarcos donde los jóvenes del pueblo tuvieron que ir a la guerra, vencimos, pero muchos de los míos volvieron tullidos y tan machacados que poco podían hacer.

Pero nos repusimos y todo volvió a ser como antes en nuestro pueblo fortificado.

Una tarde, sentado en mi huerto viendo como mi ayudante regaba abriendo y cerrando porteras, repare en una cosa que había visto muchas veces, pero a lo que nunca preste demasiada atención; el ganado pasaba todas las tardes rozando mi huerto bajando de un cerro al que llamábamos Cabricería, siempre como cada tarde se paraban en una de las esquinas del huerto y comían allí, esta tarde pudo más mi curiosidad que mis dolores y ayudado de mi bastón me acerque, pude ver que casi enterrado estaba el viejo tocón de lo que fue un antiguo olivo tan grande que me lleno de asombro, pues por estar mucho tiempo cubierto de unas zarzas que eliminamos este año no había reparado antes en el.

Entonces entendí que las cabras comían los tiernos brotes que nacían de el y no lo dejaban recuperarse, lo observe largo rato pues sin duda era el contorno más grande que nunca vi de un olivo, este debió de ver a los romanos guerreando por estas tierras, pues nuestras murallas las reconstruimos partiendo de las suyas cuando llamaban a esta población Mariana, esto me conto el Imán, que sin duda era un hombre sabio, me contaba que la abundante agua que manaba de la fuente que jamás se secó ni en las sequias históricas es lo que hizo de este enclave preferido de muchos y poblado a través de los milenios.

Que agua más fresquita salía de ella y en lo más crudo del invierno templada, la fuente nos daba de beber, regaba nuestras verduras y frutos y llenaba de la alegría de nuestras mujeres el lavadero junto a ella. Este también lo ayude a mejorar, separando la alberca del lavadero de otro más pequeño del ultimo enjuague de la ropa y el abrevadero de las bestias, además prepare el cargadero de los burros con cantaros con una gran piedra sobre el abrevadero, todo según el modelo de uno que vi en la capital, es la joya que todos los pueblos de alrededor vienen a visitar para copiarlo.

Pero vuelvo a mi estupor ante lo que fue el olivo sin duda asombroso en su tiempo. Llame a mi ayudante y nos dispusimos a despejar el tocón y a rodearlo con una cerca para librarlo de las cabras, incluso con un canalillo le hacíamos llegar el agua del riego para animarlo en su resurrección.

La naturaleza es agradecida y en la primavera siguiente comenzaron a surgir fuertes brotes, esto me llenó de una extraña alegría, era como si yo también pudiese resurgir como el y volver a vivir una nueva juventud, esto me dio una extraña energía, parecía que los dolores me daban una tregua y al guiarlo y podarlo para que se formara bonito y fuerte me parecía renacer a una vida en la que deje detrás muchas cosas por mi afición y entrega a mis trabajos de la comunidad.

Me daba cuenta que me creía mucho más viejo de lo que en realidad era, solo tenía cuarenta y cinco años y me sentía aun con muchas ilusiones, aunque acomplejado por mi cojera nunca me atreví a dirigirme a una mujer, algo que me amargo siempre pero que no supe superar a pesar de ser muy querido y respetado en mi pueblo.

Esa tarde cuando el Muecín, lanzaba a los cuatro puntos cardinales la oración, le pedí en silencio a Dios que me diera fuerzas para vencer mi timidez y perder mi miedo de acercarme a la bella viuda que cuidaba un huerto cerca del mío que hacía que soñase cada noche con caricias y suspiros que veía inalcanzables.

Mire al olivo renacido y respire con fuerza, con paso firme me acerque a Fátima que dejo su azada para escucharme, le dije todo lo que mi corazón sentía y lo hice con una vehemencia y una dialéctica que me extraño hasta a mí. Me sonrió y me dijo que lo pensaría, pero me lo agradeció con otra de sus bonitas sonrisas, sé que me costara un tiempo conquistarla pues las mujeres se hacen un poco de rogar para que nos rindamos más a sus encantos, pero sé que lo conseguiré, la he cercado con el amor de mis palabras como hice con cañas con el viejo olivo.

Ahora sé que el renacimiento del gran tocón fue un mensaje que la naturaleza me enviaba para que yo también en mi madurez renaciera, sé que conseguiré que el gran olivo sea lo que fue hace quizás milenios, pero ahora también sé que si yo por mi edad no lo podré ver, mis nietos se refugiaran en su sombra.