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107.- El secreto del oro verde

José Raúl Moreno Blanco

 

Ese año volví a Jaén de vacaciones. He de reconocer que a pesar del calor que hace en las provincias del interior de Andalucía, estas tienen un encanto especial que no tienen las de costa. La sensación al pasar Despeñaperros era siempre mágica: los desfiladeros, barrancos, peñones y vegetación agreste, tienen la virtud de hacer que el viajero imagine los escenarios más variopintos posibles. Digo esto porque es lo que me pasaba a mí: me imaginaba que esas rocas habían conocido el mar, la magia, tribus y comunidades antiguas, penurias, peste, batallas… Mi mente se encontraba enfrascada en esos escenarios hasta que veía que, efectivamente, ya estaba en la provincia de Jaén. Pero ese año, la provincia me depararía una situación que jamás me habría imaginado. Jamás.

Mi hermano llevaba seis años trabajando como enfermero en diferentes zonas de la provincia de Jaén y, como era habitual desde que empezó a trabajar, todos los veranos íbamos mi mujer, mi hija y yo unos días a visitarlo a la ciudad o pueblo en el que estuviera destinado.

Llegué pasadas las doce de la mañana a Jódar. Jódar era una localidad situada en la Comarca de Sierra Mágina, en la que Luis llevaba trabajando once meses. Hacía un calor terrible. Yo siempre le decía que en un destino con playa estaría mucho mejor, pero él siempre me argumentaba que aquella provincia andaluza escondía tesoros que merecían ser difundidos y que estaba harto de playa. Según mi hermano, la localidad en la que trabajaba gozaba de un pasado histórico nada despreciable, muy ligado al agua, al olivar y, evidentemente, al aceite de oliva. Se le llenaba la boca al hablar del pueblo, de su patrimonio y, sobre todo, de alguien muy especial que había conocido allí. Cada vez que hablábamos, me daba la impresión de que ese iba a ser su destino, si no definitivo, al menos, por mucho tiempo.

No había hecho nada más que bajar de mi coche cuando vi aproximarse al lugar donde me encontraba un todoterreno que me resultaba muy familiar. Pocos vehículos amarillo huevo, con cinco letras jota escarlata de vinilo distribuidas por toda la carrocería, había en España. Era mi hermano Juan. No me lo podía creer. Llevábamos casi seis meses sin vernos, concretamente desde su boda en un pequeño pueblo de la Coruña. Tenía un aspecto inmejorable. Se notaba que el matrimonio iba viento en popa y tenía una buena vida. Al igual que yo, venía solo.

Nos dimos un fuerte abrazo y como siempre, me echó el discurso de que tenía que comer menos, hacer más deporte, los hidratos, bla, bla, bla… Le pregunté que qué hacía allí, siendo el viaje tan largo y encima, sin decirme nada. Juan puso cara de intriga y me dijo que nuestro hermano le había pedido, por favor, que se acercara a Jaén, que tenía que hablarle de un asunto de suma importancia y que, como yo venía, pues aprovechaba y nos lo comentaba a los dos.

Después de lo que me dijo Juan, me di cuenta de que mi hermano Luis tenía algo entre manos bastante importante. La idea de casarse con ese alguien especial me vino a la cabeza, pero no tenía sentido hacer venir a Juan desde Galicia para eso. Y yo, que soy de los que siempre están dándole vueltas a la cabeza, no podía esperar el momento de recogerlo del centro de salud y que me contara.

Tomamos un tardío desayuno en una pintoresca cafetería de la calle: dos cafés con leche templada y dos medias tostadas con tomate y un buen aceite de oliva virgen extra local. Estuvimos charlando cerca de treinta y cinco minutos sobre nuestras vidas y las costumbres tan diferentes que existían entre el norte y en el sur. Como todavía nos quedaba un rato largo de espera, le pedimos al camarero que por favor nos indicara cuál era la mejor almazara para poder comprar aceite. Era innegable que el mejor souvenir que se podía llevar uno de Jaén era su preciado oro verde, que, además de tener inmejorables propiedades para la salud, según mi hermano, estaba exquisito.

Fuimos con el coche de Juan a la almazara indicada y compramos cuatro cajas de garrafas de cinco litros de aceite. La encargada de la almazara nos dijo que el aceite tenía un buen precio de venta, aunque eso estaba suponiendo pérdidas para los agricultores, recolectores y demás personas dependientes del olivar. De hecho, había manifestaciones convocadas para pedir el establecimiento de un precio justo.

Una vez fuera de la almazara, fuimos a recoger a nuestro hermano Luis. Luis era el más pequeño de la familia. Cuando terminó el bachillerato decidió estudiar enfermería en Almería, en vez de hacerlo en Madrid. A mi madre le iba a dar algo cuando le dijo que se iba a Almería. Pero a él le dio igual. Terminó la carrera y comenzó a trabajar en la provincia de Jaén. Y ahí seguía.

Lo vimos salir por la puerta del centro de salud. Estaba más delgado y pálido que de costumbre, cosa que me pareció bastante extraña puesto que, con el solo hecho de ir desde tu casa al trabajo, eras capaz de coger un tono de moreno equivalente a tres días de playa.

Cuando nos vio, sonrió y nos hizo señas para que aparcáramos al volver del centro de salud. Aparcamos y salimos del coche. Luis giró la esquina, corrió hacia nosotros y nos abrazó tan fuerte que dolió.

Se emocionó. Y eso fue muy extraño. Era muy difícil que Luis llorara o se emocionara. En un principio pensé que el amor lo había transformado, cosa muy normal, por una parte. Pero esa idea se disipó rápidamente. Tenía la impresión de que algo no iba bien.

Después de preguntarnos por la salud y la familia nos montamos los tres en el discreto todoterreno y nos dirigimos a su piso. El inmueble estaba cerca de la Plaza del Ayuntamiento, en pleno casco histórico, en una calle denominada “La cava”, debido al paso de agua que hubo en esa zona. La vivienda era pequeña pero muy coqueta; tenía dos dormitorios, un salón, una cocina, un baño y una amplia terraza desde la que se podía divisar la majestuosa iglesia del pueblo y el imponente castillo. Mientras Luis se cambiaba, Juan no podía dejar de mirar las sierras, los olivares y, sobre todo, la fortaleza que se divisaba desde la terraza.

No habían pasado más de veinte minutos cuando llamaron al portero. Mi hermano Luis salió corriendo del dormitorio, pulsó el botón del portero y abrió la puerta. Cinco segundos más tarde llegó un repartidor de comida con un pedido. Al ver esto, le pregunté a mi hermano si no íbamos a comer fuera y disfrutar un poco de las muchas virtudes que, según él, tenía la localidad. Mi hermano Juan dijo lo mismo. Luis se quedó en silencio, puso la comida sobre la mesa y nos miró con semblante serio. Nos propuso comer en casa porque tenía que contarnos algo muy importante. Algo que había hecho y estaba muy arrepentido.

Me dejó sin palabras. Por mi cabeza empezaron a revolotear pensamientos no muy agradables. Juan también estaba muy serio y desconcertado. Le pedí que por favor no se anduviera con rodeos y que nos contara qué le pasaba.

Tras una breve pausa, Luis comenzó a contarnos. Había conocido a una chica que trabajaba en un supermercado que había en la esquina. Se llamaba Lola. Nos contó que lo suyo había sido amor a primera vista. Lola era muy guapa y tenía don de gentes. Todo el mundo la apreciaba y las clientas estaban encantadas con la relación que tenía con el enfermero madrileño. Después de unos meses, Lola presentó a Luis como novio en su casa. Sus padres se alegraron muchísimo y entablaron una buena amistad. Un día, estando celebrando el cumpleaños de Mateo, el padre de Lola, le comentó que un primo suyo vendía una parcela con ochenta olivos de secano. Mateo le dijo que por qué no la compraba y así invertía el dinero que tenía ahorrado.

Según mi hermano Luis, es muy común que la gente de los pueblos de tradición olivarera ahorre para comprar alguna parcela o ampliar el patrimonio olivarero que ya tienen. “Por lo menos para el aceite”, dicen.

Mi hermano siguió contándonos. Nos dijo que, después de pensárselo durante un par de días, accedió y compró la parcela. Yo le recriminé que había cometido una locura puesto que no sabía dónde se establecería definitivamente.

Según él, el negocio resultó exitoso y, el mismo día que firmaron en la Notaría, fueron a ver qué tal iba la parcela. La parcela estaba situada en una zona conocida como “Los Biarrales”, muy cerca de un río llamado Jandulilla. Era un paraje precioso con algunos cortijos en los alrededores y los restos de una antigua atalaya.

Hasta ahí todo sonaba relativamente bien. Mi hermano Juan y yo nos mirábamos de vez en cuando con cara de desconcierto, esperando algo peor de lo que nos estaba contando.

Prosiguió con su relato. Nos contó que, al día siguiente de la compra, se matriculó en un máster sobre plantas medicinales y se había ilusionado con poder moler él mismo su aceituna, fabricar su propio aceite, embotellarlo, experimentar, etc.. Mientras nos explicaba eso, su cara se iluminaba. No en vano, su primera opción de estudio fue botánica y su trabajo de fin de grado versó sobre plantas medicinales y su aplicación a la medicina y a la enfermería.

A la semana siguiente de la compra, volvió a la parcela. Estuvo paseando un buen rato disfrutando de la soledad que, a veces, nos decía que necesitaba. Todavía quedaba algo de barro debido a la gran tormenta que había caído tres días antes. Enfrascado en sus proyectos, tropezó y cayó al suelo. Nos contó que no pudo parar de reír, tirado en la tierra y que comenzó a revolcarse como un animal. En fin, las cosas de mi hermano. Juan se reía imaginándose la escena.

Después de reírnos los tres, hubo una pausa y mi hermano Luis comenzó a frotarse las piernas de delante hacia atrás, señal de que lo que iba a contarnos a continuación, ya no iba a ser tan gracioso.

Una vez en pie, nos dijo que le llamó la atención una zona de aproximadamente un metro cuadrado, bastante lisa. Cuando se acercó, se dio cuenta de que era una losa de piedra con muescas en la superficie. La fuerza de la lluvia había arrastrado la tierra y la había dejado al descubierto. Se agachó e intentó descubrir los límites de la piedra y vio que las muescas formaban un dibujo ornamental un poco rudimentario. Su corazón comenzó a agitarse e intentó, con más fuerza, descubrir la losa en su totalidad. Movido por la curiosidad e intrigado por aquel hallazgo, empezó a escudriñar los bordes de la losa y las juntas. Comenzó a saltar con la intención de ver si se movía o se deslizaba hacia algún lado. Pero todo fue en vano.

Luis se quedó callado por un momento. Entonces, mi hermano Juan, intrigadísimo, le preguntó si consiguió retirar la losa y ver si había algo debajo. Luis negó con la cabeza y nos confesó que no había vuelto a ir a la parcela. Con lo supersticioso y agorero que era, seguro que pensaría que sería una lápida antigua o algo relacionado con la muerte. Y no me equivocaba. Estaba arrepentidísimo de la compra y no sabía qué hacer. El hallazgo no le daba buena espina ni quería meterse en líos con Patrimonio.

Juan se levantó y se dirigió a la puerta acristalada que conducía a la terraza. Miró a través de ella, se dio la vuelta y nos dijo que en cuanto termináramos de comer, nos íbamos a la parcela para ver qué había allí.

Y así fue. Terminamos de comer, recogimos un poco la mesa y nos montamos en el todoterreno.

Primero fuimos a casa de Lola para conocerla. Era una chica muy agradable y simpática. Después de un par de horas, y de comernos una torta de casi dos kilos hecha con aceite de oliva que había preparado su madre, nos dirigimos hacia la parcela. Luis tomó prestado de Mateo varios útiles y herramientas. Dejamos a Lola en el supermercado y seguimos nuestro camino.

Recuerdo que el paisaje hasta llegar al campo de olivos era precioso: mares de olivos y una frondosa zona de verdes pinares. Casi sin darme cuenta, mi hermano Luis dijo que habíamos llegado.

Una vez allí, cogimos el pico, una pala y un hierro para hacer palanca y nos dirigimos a la losa. Allí estaba. Cubierta con un poco de tierra. Sin pensárnoslo mucho, nos dispusimos a descubrirla y a intentar levantarla. Con muchísimo esfuerzo y algo de maña, conseguimos retirarla y abrir un hueco de unos cuantos centímetros.

El fuerte olor a humedad que desprendía el hueco casi nos tira de espaldas. Empujamos un poco más y abrimos un espacio lo suficientemente grande para entrar una persona.

Nos quedamos mirando hacia el interior y pudimos ver unos escalones excavados. Mi hermano Luis comenzó a ponerse nervioso. Yo estaba alucinando y mi hermano Juan, emocionadísimo.

Nos preguntábamos qué habría allí abajo. Luis se negaba a bajar, vaya que pasara algo extraño, se hundieran los escalones… Juan quería bajar a toda costa y… yo no iba a ser menos.

Al final bajamos los tres. Contamos diez escalones. Al llegar abajo todo estaba oscuro y esperamos a que nuestra vista se acostumbrara a ver con la poca luz que entraba desde arriba. El habitáculo medía aproximadamente diez metros cuadrados. Conforme íbamos recuperando visibilidad, pudimos ver que el foso estaba sustentado por pilares y travesaños de piedra. Al fondo del habitáculo, había una especie de mesa también de piedra, parecida a un altar. Con muchas dudas (y bastante miedo) nos acercamos y pudimos observar una serie de relieves en la superficie de la mesa. Como no podíamos distinguirlas bien, Juan sacó un mechero para iluminar aquellos relieves. Mi hermano Luis comenzó a gritar diciendo que nos fuéramos de allí, que eso tenía mala pinta. Siempre había sido una persona muy negativa y asustadiza, aunque la verdad, aquella situación era un poco escalofriante.

Después de calmarlo un poco y con muchos nervios, nos acercamos a los relieves: en el primero se veía una figura humana al lado de una mesa y lo que parecían ser frascos de laboratorio muy rudimentarios. En la segunda, otra figura humana con una especie de mortero, una roca o piedra en la mano y al lado de la misma, tallada, “MATERIA PRIMA, LAPIDIS PHILOSOPHORUM”. En la tercera se veía un olivo y una figura humana estrujando una especie de rama con aceitunas y el líquido obtenido cayendo en un mortero. En la cuarta se veía una mano con un trozo de metal extraído, al parecer, de una fragua, introduciéndolo en un mortero. Y en el último, ese mismo trozo de metal con destellos tallados a su alrededor y debajo, la palabra “AURUM”.

Nos quedamos desconcertados. No entendíamos nada de lo que estábamos viendo. Luis se dirigió velozmente hacia los escalones y subió lo más rápido que le permitieron sus piernas. Juan y yo decidimos salir también de allí.

Una vez fuera, mi hermano Luis estaba dando vueltas con una mano en la frente, como si quisiera sujetarla, y la otra en la cintura. Cuando nos vio, se acercó hacia nosotros y nos dijo que había cometido el mayor error de su vida comprando la parcela. Sabía que lo que se ocultaba abajo era valiosísimo. Pero realmente no quería saber tanto.

Nosotros le animamos y le dijimos que no pasaba nada, que pensaríamos qué hacer. Mi hermano Juan sugirió que lo derrumbáramos y se quedara sepultado. Luis se negó en rotundo. Siempre había estado en contra de los expoliadores y de la destrucción del patrimonio.

Abatidos, desconcertados y con un hermano al que consolar, nos volvimos al pueblo. Luis no habló nada durante el trayecto. Una vez en casa, mi hermano pequeño se encerró en su cuarto mientras Juan y yo nos duchamos y colocamos la ropa de nuestras maletas.

Unas horas más tarde, Luis salió de la habitación agitado y braceando. Nos invitó a que fuéramos al salón.

Allí los tres, comentó que había estado navegando en internet buscando información y ya sabía de qué se trataba. Juan y yo, impacientes, le escuchamos.

Luis comenzó a hablarnos sobre los alquimistas. Los alquimistas creían que añadir plomo, hierro o un material innoble fundido a una pequeña parte de una piedra denominada como filosofal, convertiría ese material en oro. Pero claro, en realidad nunca se llegó a verificar esa transformación. Al parecer, según Luis, solo existió una pequeña comunidad, que, según fuentes históricas, estaba emplazada en la parte sureste de Península, entre lo que ahora son las provincias de Jaén y Granada, que consiguió realizar la transformación. Pero esta fue eliminada por los enemigos de la alquimia y destruyeron todo legado que permitiera realizar la conversión.

Estuvimos un rato tratando de asimilar toda la información. Si eso era así, increíblemente y al parecer, estábamos ante el descubrimiento de un tratado tallado en piedra sobre alquimia y la conversión de los metales en oro. No dábamos crédito a lo que nos estaba pasando.

Pero nuestro hermano todavía tenía guardada la traca final. A la conclusión que él llegó, según los relieves, era de que el ingrediente que hacía que ocurriese la transformación era el zumo de aceituna. Ese ingrediente era el artífice de la conversión. Conversión que casi nadie fue capaz de realizar.

Atónitos, le dimos la razón a nuestro hermano. Todo estaba hilvanado y tenía sentido. La pregunta ahora era qué hacer. Pero Luis lo tuvo clarísimo: el oro verde seguiría siendo verde. Nunca amarillo.

Se prometió a sí mismo que jamás desvelaría ese gran descubrimiento. Jamás.

 

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