107. Descubriendo el Obispado

Eduardo Leonelli García

 

—Beatriz, tienes una visita.

Beatriz miró el reloj, sin darse cuenta, ya eran las tres y media pasadas. Asintió con la cabeza para que dejaran entrar a Carmen, con la que había quedado.

Carmen había estado en Madrid aquel viernes para hacer unas gestiones, no era fácil verla en la capital, era una entusiasmada de su pueblo, al sur, pasado Valdepeñas. Desde la universidad, tenía pendiente una visita a su tierra, pero jamás se había animado a cruzar la A4 rumbo a la España vaciada, solía pensar que no habría nada por allí.

—No, no. — Decía Carmen mientras entraba en la oficina — No te vas a librar de mí, pillina.

Era una buena amiga, una buena persona. De hecho, al verle la sonrisa, le entraron hasta ganas de pasar un rato con ella, incluso de visitar su pueblo. Carmen entró en el moderno despacho de aquella agencia de marketing del paseo de la Castellana, y bajó la pantalla del portátil de su amiga.

—¿No te has enterado? —Dijo la recién llegada con su melódico acento andaluz— Ya ha comenzado el fin de semana, chiquilla.

Ambas se miraron unos instantes, no hacía falta decirse nada. La expresión de Beatriz decía algo como “en serio me vas a llevar a ese pueblucho aburrido en el que nunca pasa nada”, y la mirada de Carmen respondía con “déjame que te saque de aquí para que puedas respirar un poco, que sé que lo necesitas”.

La separación de Beatriz estaba siendo dura, muy dura, y Carmen lo sabía pues era una de esas personas que escuchan, que te entienden, que leen entre líneas. Y a pesar de esa fachada de ejecutiva de marketing que puede con todo, se estaba desplomando por dentro. La situación en la oficina era de lo más incómoda, Juan había sido, además de su pareja, su compañero de trabajo durante años. Y ahora, en la empresa, se habían creado bandos, se había deshecho el buen rollo, destruyendo el espíritu de equipo.

Ante aquella sonrisa apretada, Beatriz se rindió ante su amiga.

—Está bien, Carmen, vámonos — dijo poniéndose en pie y sacando de un rincón una maleta de esas de cabina, de avión.

—Menos mal, aquí los parkings cuestan un riñón.

Ambas salieron a la calle, la gran Avenida de la Castellana estaba terminando la semana laboral. Oficinistas bajando al metro, taxis circulando. La pequeña operación salida de cada viernes. Todo madrileño que podía trataba de escapar, ¿por qué no lo habría hecho ella antes?

Últimamente era el tinder y sus morbosas citas lo que le hacía salir de su pequeño loft. Desde que Juan se fue a Londres, tirando por la borda una relación de casi cuatro años, su vida era un caos. Y eso había notado la buena de Carmen en las redes sociales, con los posts esporádicos que su amiga madrileña colgaba en Instagram. Beatriz pasaba por un mal momento, y necesitaba tomar el aire fuera de esa fuente de decibelios y estrés que era la gran capital.

El atasco les pilló delante de la universidad y aquello avivó el debate entre ambas, sobre los buenos tiempos que pasaron allí. Allí se conocieron, allí comenzó todo entre ellas. En las aulas de económicas de la complutense. Pudieron revivir los viejos momentos, entre risas y anécdotas. Una conversación que se avivó hasta pasada la salida de Ocaña.

Dejando atrás el Tajo entraban en la llanura manchega, Beatriz jamás había estado más allá. Era un lugar cercano, pero desconocido al mismo tiempo. Era un paisaje tranquilo, sin apenas coches. La autovía cruzaba pueblos pequeños, del tamaño de un centro comercial madrileño, pero llenos de encanto, algunos con nombres de lo más divertido, como Guarromán.

Beatriz comenzó a animarse de verdad. Puede que aquella escapada fuese de verdad lo que ella necesitaba en ese momento. Aquellos prados ocres hasta donde alcanzaba la vista, regado con la animada conversación de Carmen, y el regusto de la nostalgia de una juventud compartida, por poco la emocionan. Fue entrar en Andalucía y comenzar a ver olivos. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía olivos? Quizás fue en algún programa de televisión durante la pandemia.

Fue a la altura de Bailén cuando se desviaron hacia el interior, y allí delante de la gran nave de Picualia, Beatriz comentó:

—¿Es que todo lo que tienen por aquí es aceite? Creo que necesitaré algo más fuerte…

—Es mucho más que eso, y lo sabes —repuso Carmen, un tanto resentida.

Al poco se habían alejado de la autovía y se dirigían hacia el interior, rodeadas por un mar de olivares que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Giraron por un camino apenas asfaltado y se dirigieron entre hectáreas de olivos centenarios, hacia una casona tan antigua como misteriosa. Beatriz miraba entusiasmada por la ventana. Estaban a apenas tres horas de Madrid. Poco más de lo que se tardaba en Madrid en ir de un lugar a otro en hora punta, sin embargo, con buen rumbo podías acabar allí, en un paraje tan pintoresco y tranquilo. ¿Por qué no habría venido antes?

Mientras se acercaban a la casona, la silueta de un jinete comenzó a aparecer entre los campos. Tenía un aire a Don Quijote, aunque ya habían dejado atrás La Mancha. El caballero se acercó a la carretera, Carmen detuvo el coche a su lado y abrió la ventanilla.

Era un hombre joven, con barba de varios días, moreno por el sol. Vestía impecablemente, con unas botas Panama Jack, unos tejanos, y una camisa arremangada de color granate intenso. Beatriz se ruborizó, tenía unos ojos verdes que había visto en alguna parte. El hombre bajó de su montura, una preciosa yegua blanca, para poder asomarse por la ventanilla del copiloto.

—¿Vienes acompañada, veo?

Beatriz le tenía muy cerca, era muy apuesto, y parecía de buen humor. Se paralizó, no supo qué contestar. Por suerte, Carmen tomó la palabra.

—Es Beatriz, viene conmigo. La he rescatado de la movida madrileña.

—¿Te quedas para el fin de semana? — dijo el hombre, cogiéndole la mano y llevándosela a los labios para darle un beso en el dorso desde el exterior.

Beatriz asintió, pero fue Carmen quien contestó:

—Para el fin de semana, o para siempre, eso nunca se sabe.

El hombre sonrió, y volvió a montar mientras decía:

—Comenzaremos con un buen trago, y con el mejor aceite, voy a buscar una buena botella, nos vemos allí.

El jinete se alejó saludando con el brazo.

—¿Ese es tu hermano? ¿Antonio?

—¡Creía que no te acordarías! Ahora llevamos entre los dos el obispado.

Beatriz recordó algún encuentro en sus épocas de juventud, Carmen le presentó a su hermano, y se vieron en varias ocasiones, pero, ¿sería su hermano un obispo?

—Espera, ¿qué? ¿Está en la iglesia?

Carmen lanzó una carcajada de la que le costó recuperarse.

—Claro que no. Se trata de nuestra almazara, el Obispo de Mendoza, nuestra marca de aceite. Lo llamamos el obispado para abreviar, y porque queda chic.

Aquello era casi un palacio. Eran unas modernas instalaciones para la elaboración de aceite en una nave inmensa, adjunta a una casona casi medieval. A parte de la producción de uno de los mejores aceites de oliva de Jaén, habían acondicionado la almazara para el oleoturismo, una apuesta de futuro que comenzaba a dar sus frutos. En el exterior del enorme cortijo, como en una placeta, había mesas, y sentados varios turistas tomándose unas copas, unas tapas y degustando aceites mientras reían alegremente. Habrían venido en el minibús junto al que aparcaron ellas.

Beatriz se sentó en una de las mesas, la suave brisa de la tarde del septiembre andaluz daba una buena atmósfera mientras el sol bajaba ya por el horizonte. Tuvo que fastidiarle oír hablar inglés, además, con ese fuerte acento británico. No tenía nada en contra de los británicos, pero su ex pareja, su novio Juan, la había dejado para irse a una oportunidad laboral en Londres, y aquellos inesperados visitantes se lo recordaron. Carmen había entrado a pedir, así que ella aprovechó para curiosear las redes sociales, y ver qué estaba haciendo su ex pareja. Descubrió una foto que había colgado hacía apenas media hora “Así terminan la semana en #London #friday”, en la foto se podía ver una gran jarra de cerveza, un bocadillo de pan de molde de queso fundido y patatas medio asadas medio fritas, algo destrozadas, junto a un ticket de caja que ascendía a 23 libras. Aquello pretendía ser gracioso, pues era todo lo contrario a las bondades de la gastronomía española. Y si lo comparamos con el queso curado y las crujientes croquetas que traía en ese mismo momento Carmen, conseguiríamos el mayor de los contrastes. Aquella repugnancia podía quedarse, como toda su isla, bien lejos de nuestra Unión Europea.

Carmen colocó los manjares sobre la mesa y comentó:

—Mañana visitaremos la almazara, y te enseñaré cómo hacemos el aceite, como cuidamos de los árboles, y cómo funciona todo. Ah, no hará mucho calor, así que, si sabes montar, podremos dar un paseo a caballo con mi hermano… o lo podéis dar juntos —continuó con un guiño—. Ahora traerá una buena botella.

Al poco apareció Antonio, con el mejor de sus vinos y tres copas. Sirvió a cada uno una y brindaron por los viejos tiempos. El queso de la región estaba delicioso, y las croquetas, dignas de la mejor abuela del mundo, pero el aceite rojizo, solo con mojarlo en pan ya se regocijaba el paladar. Aquello era artesanía, aquello era arte.

Ambos hermanos hablaron del viaje de Carmen a Madrid. La almazara estaba buscando una agencia de publicidad, alguien con idiomas y dominio de las redes, que actualizase la web y entrase, al fin, al obispado en el siglo XXI. Pero con poco éxito. Por desgracia no había muchos dispuestos a cambiar sus suntuosas y apretadas oficinas por campos de vides.

El que parecía el guía del grupo de británicos sacó una guitarra, y al son del ocaso, comenzó a puntearla como un profesional. Al poco habían apurado la botella y terminado el aceite. Se trataba un aceite de oliva royal, que exigía mucho cariño y trato especial, estaba exquisito, procesado personalmente por Antonio, de tono rojizo, con un sabor, un aroma, y un regusto excepcionales. Lo mantenía oculto en su almacén privado, reservado tan solo para ocasiones.

—Solo le falta una cosa a este viernes para que sea perfecto, darle ritmo a este pasodoble —dijo Antonio, tendiéndole la mano a Beatriz, sacándola a bailar.

A las luces del crepúsculo andaluz, aquella oficinista de Madrid, se sintió liberada. Con el regusto del aceite de royal en su garganta, y entre los brazos de aquel jinete, como sacado de Pasión de Gavilanes, al ritmo del punteo de la guitarra española, mientras Carmen les seguía con la mirada desde la distancia.

Qué lejos quedaba su oficina. Qué lejos quedaban sus pesares. Y aquello había estado siempre a su alcance. ¿Para qué? ¿Para qué tanto estrés y tanto agobio? ¿Para qué tanta ansiedad cuando estamos en la mejor tierra del mundo? ¿Qué tendremos en las grandes ciudades que nos hace tener prisa todo el tiempo? Y, así, en el fondo de su corazón sopesó la posibilidad de lanzarse a aquella locura. ¿Cómo sería vivir en aquel paraje? ¿Cómo sería formar parte de él? Miró a su pareja de baile riendo, pues notaba a Antonio debatiéndose entre cuadrar sus pasos ordenadamente, o dejarse llevar por el ritmo.

Aquella preciosa tarde de septiembre, cuando el sol teñía de rojizo el horizonte y anaranjaba toda la campiña, Beatriz decidió darle a su vida la oportunidad que siempre se había merecido.

Mientras tanto, la astuta Carmen escuchaba la música, y pedía otra botella de vino y otro plato de croquetas sonriendo para sus adentros. Sentía los pensamientos de su amiga. Siempre había querido que Beatriz formara parte del obispado. Al fin, había sabido encontrar el momento, había sabido jugar sus cartas.