105. La magia de los olivos

Yolanda Checa de la Rosa

 

Era una hermosa madrugada de noviembre, en la que la escarcha baña toda la comarca manchega con su manto blanquecino y brillante, cuando rezongó el llanto más hermoso jamás oído. Fue tal estallido, que su eco llegó a lugares lejanos como signo de alarma que anuncia algo inesperado.

Pues sí, el 24 de noviembre nació, en una familia humilde, una hermosa niña. Era tal su belleza, que todo el que iba a visitarla salía asombrado porque nunca habían visto semejante don.

La niña tenía el pelo tan rubio que rozaba el albinismo. Sus ojitos eran rasgados, su boca de un rosa apetitoso  y su nariz parecía un botón colocado en su faz de forma armoniosa y elegante. Pero, lo que realmente destacaba era su tez porque parecía aterciopelada y tenía una tonalidad  nunca vista. Su piel era de color aceituna, verde, y cuando lloraba se transformaba en colores rojizos y violáceos. En ocasiones, cuando el llanto era muy desesperado, su piel se volvía parduzca e incluso negra (como si se tratase de las fases por las que pasa el fruto del olivar que no se recolecta).

La familia Merino estaba encantada de ser tan afortunada con el nacimiento de su hija. Como tenía el cutis verde oliva, y la oliva, en tierras manchegas, abundan los campos de olivares, tras mucho pensar decidieron llamar a la criatura Paz. Como eran cristianos, de ahí su nombre, ya que el olivo es símbolo de paz. Cuenta la Biblia que Noé, tras el diluvio, soltó una paloma y ésta regresó con una ramita de olivo en el pico. Por lo que el patriarca dedujo que las aguas habían desaparecido y la paz regresó, volviendo todo a la calma y a su ser.

La chiquilla fue creciendo de forma deslumbrante. Sus cabellos de un rubio inmenso resaltaban de su piel, dándole una magia espectacular. Ya tenía dos años y corría que se las pelaba. Había que tener mil ojos con ella porque no paraba, siempre investigando, todo lo cogía y lo chupaba.

Una tarde fueron a visitarles unos parientes que también tenían hijos. Los padres se metieron dentro de la casa y los niños se quedaron jugando al escondite en el jardín.

Después de un buen rato, los menores entraron en la casa asustados porque no encontraban a Paz.

El corazón les dio un respingo, se miraron los unos a los otros y salieron despavoridos al jardín, llamando a la criatura. Se pasaban las horas y la niña seguía sin aparecer, entonces fueron a la comandancia a comunicar la desaparición. Todo el mundo se puso manos a la obra, hicieron grupos de búsqueda, se distribuyeron por zonas y salieron campo a través en busca de la menor.

Se hacía de noche, no sabía dónde estaba, solo veía caminos infinitos de olivos. La niña, asustada, corría por doquier buscando una salida. Tanto corrió, que estaba exhausta y se acurrucó en un olivo. Empezaron a deslizarse unas lágrimas por tan lindo rostro y se quedó dormida.

Los olivos estaban asombrados, absortos ante tal belleza y no dejaban de mirar. Entonces se oyó una voz ronca, grave pero sabia, que decía:

– Esta niña tan preciosa se ha perdido, la noche está encima y va a refrescar. Tenemos que hacer algo para cuidarla porque si no va a coger hipotermia e incluso puede morir.

Todos los olivos se asustaron al oír la palabra /morir/. Entonces, sin saber de dónde vino, salió un gato negro, de ojos verdes brillantes y dijo:

– Lo tenemos fácil: vosotros con vuestras ramas cubriréis a la niña para arroparla. Yo, me acurrucaré junto a ella y le ronronearé para si se despierta, no se asuste y siga durmiendo sin miedo.

A todos los árboles olivares les pareció una buena idea y se pusieron manos a la obra.

El gato negro se acurrucó junto a la pequeña, de forma que también la protegería de otros animales nocturnos en busca de sustento.

Era un gato corriente por el día, con un pelaje negro azabache, ojos de color aceite refinado y sus pupilas eran pequeñas y alargadas. En cambio, por la noche para defender su territorio, se convertía en el peor de los felinos. Lo que parecía un gato negro, se transformaba en una feroz pantera negra  dispuesta a todo para defender su feudo.

La noche pasó tranquila y nuestra bella durmiente feliz. Poco a poco, al asomar el sol sus rayos dorados, la cría fue despertando. Cuando vio al gato, ronroneando a su lado, comenzó a darle besos  y achuchones. Apartó las ramas de los olivos y abrazó, todo lo que podían dar de sí sus pequeños bracitos, al enorme olivo que le había servido de cama.

Con los primeros rayos de sol salieron de nuevo los grupos para seguir con el rastreo de la  niña. Esta vez, también iban perros e incluso un Dron.

Como era de esperar, Paz tenía hambre, pero ¿Qué podría comer?…

La pequeña veía unas aceitunas que asomaban por las ramas de los olivares, como diciendo e incitando a la niña que las cogiera. El gato, que era muy observador, al ver las olivas se subió de un brinco y comenzó a darles zarpazos a las ramas, mientras las aceitunas volaban descendiendo hasta el suelo para luego rebotar en el suelo tantas veces como la inercia de la caída les permitía. La niña daba palmaditas, de contenta, y sin premura se agachaba a recogerlas para comérselas.

– ¡Niña, con cuidado! Dijo el gato, que el tito no se come.

El gato también comió olivas hasta hartarse, y sin más preámbulo, se acurrucó con la niña para que lo acariciara. Estaban tan a gusto…

De repente, una bandada de aves de toda índole aparecieron revoloteando el cielo: mosquiteros, alcaudones, papamoscas, currucas, petirrojos, estornino pinto, zorzales, lavandera blanca, bisbita común…

– Pajaritos, decía la niña con su lengua de trapo.

Un ave papamoscas, de apenas 15 cm de tamaño, les contó: hay un jaleo infernal. Dicen que se ha perdido una niña y la están buscando como locos. Creen que esté muerta por las friuras de la noche y sin alimento.

– Es esta criatura, la tenemos nosotros y la estamos cuidando para que no se muera y la encuentre su familia. Replicó el olivo más milenario.

– Genial, ¡Qué bien! Se me ocurre que podríais enderezarla por ese sendero y así, todo el gentío humano que la busca, den con la menor lo más pronto posible. Comentó el pequeño ave.

– Tienes razón, no la podemos tener con nosotros para siempre. Sí, nosotros la guiaremos con nuestras ramas y que el gato la acompañe para hacerle compañía y poderla proteger, en caso necesario.

El ave, rápidamente, se incorporó con el resto de pájaros para seguir su camino.

Los  grupos de búsqueda se juntaron todos para establecer otra estrategia de rastreo y peinar en las zonas que no habían llegado todavía.

– El grupo 5 se dirigirá a los campos de los olivares, no sea que haya andado tanto y ha conseguido llegar hasta aquél paraje. Y el resto de grupos repeinaran las zonas rastreadas y, a mayores, buscarán por las zonas que se les vaya comunicando por los Walkie talkie.

¡Manos a la obra!

Paz y el gato comienzan el camino que les ha recomendado el pájaro pero la niña apenas empiezan andar dice a medias lenguas:

– ¡Tengo sed y estoy cansada!

El animal está tan absorto pensando que le alerta un ruido entre unos olivares…

– ¿Quién anda por ahí? El gato se coloca en posición de ataque: se esponja cada pelo de su pequeño cuerpo (parece el doble de tamaño), echa las orejas hacia atrás, emite unos gruñidos y comienza con unos resoplidos con fuerza y furia…

– Tranquilo, gato…

De repente, aparece entre los árboles, un burro desorientado, con poca chicha y asustado.

– Anda, de dónde sales tú… Ven, tranquilo, ssssss… También te has perdido, ¿eh? Vente con nosotros, que a buen puerto llegaremos. Estoy pensando, que nos vienes de perillas porque así puedo subir a tu lomo a la niña.

Lo dicho, sube a la niña sobre el podenco y siguen por el camino en busca de algún riachuelo donde poder beber y refrescarse.

Los perros han encontrado el olivo donde durmió la niña y el gato. Eso es buena señal porque les da un aliciente de que la niña está viva y de que hay alguien con ella. No saben quién, pero confían en el buen hacer de la naturaleza y con más tesón, rebosado de energía positiva, reinician la marcha. El grupo 5 comunica por la emisora al resto de los grupos, el hallazgo de una pista alentadora y todos los grupos se dirigen hacia los campos olivares.

Los olivos siguen marcando el camino con sus ramas. La niña, sigue en el lomo del burro y con sus manitas lo acaricia y le dice: ¡Bonito! El gato no deja de mirar por todas partes en busca de agua. Al final, se da cuenta de que hay un pequeño sendero guiado por una acequia y se desvían por el sendero para poder comprobar si la acequia lleva agua o está seca.

– Hemos tenido suerte, tiene agua. ¡Por fin podemos beber!, comentó el felino.

Para poder acercar a la niña a la acequia, el asno la agarro por el vestido y la subió al pequeño canal, sin soltarla porque era peligroso para la pequeña.

De repente, el gato hizo un tras pies y se cayó al agua, pero la cría tuvo unos reflejos impresionantes, agarró al animal por el rabo y consiguió sacarlo.

Estaba claro, formaban un equipo espectacular…

Una vez saciada su sed, nuestros amigos emprendieron de nuevo el camino que les marcaban los olivos. Iban tranquilos, fresquitos y felices.

Han llegado los perros a la acequia tan sedientos como era de esperar con el calor que hacía, cosa típica de la estación otoñal: por la noche y madrugada hace frío, pero a medida que avanza el día suben las temperaturas. Los rayos solares todavía tienen fuerza. Cuando éstos se esconden comienzan a descender las temperaturas, y así van pasando los días en este otoño tan especial.

– Han estado bebiendo aquí, pero los perros olisquean varios olores. Estamos muy cerca…

Es el momento de descansar a la sombra de un olivo, de comer otras pocas olivas y poder luego reiniciar la marcha con más fuerzas. De nuevo, el gato se sube al olivo y con los zarpazos zarandea las ramas y las olivas caen al suelo a borbotones.  El jumento se come hasta los titos.

– ¡Mira que eres borrico, que el Tito no se come! Dijo el minino a carcajada limpia.

Una vez descansados, retomando la caminata, siguen andando por el polvoriento camino. El sol ya empieza a declinar, por lo que los pasos que dan son más rápidos para evitar la caída de la noche sin haber encontrado a los humanos.

Por el cielo se ve volar un objeto muy raro y nuestros amigos, asustados, corren a esconderse en el olivo más grande que ven. Allí refugiados comienzan a ver como caen titos de aceitunas sobre sus cabezas, y al unísono, todos miran hacia arriba. Una ardilla se estaba dando un festín de olivas.

– ¡Pero bueno! ¿Por qué nos tiras los titos? Le pregunta el pollino

– Pues, que yo sepa… ¡el tito no se come! Contestó el roedor.

– ¿Dónde vives? Le preguntó el gato

– Me he perdido. Mi amo abrió la ventana y salí a investigar el terreno. Después me perdí y por aquí ando, vagueando. Y ¿vosotros con esa niña tan bonita? Dijo la ardilla.

– Nos hemos perdido también, y a la nena la están buscando los humanos. Nosotros vamos, por este camino, a su encuentro. Explicó el burro.

– Pues voy con vosotros y os ayudo, murmuró la pequeña roedora.

– Genial, alegó el gato mientras la pequeña Paz daba palmadas de alegría.

El grupo 5 ha llegado al viejo olivo, donde se habían escondido nuestros aventureros y cada vez notaban la presencia de la niña más cerca, pero a la par, estaban más confusos de con quien se iban a encontrar.

Eso tan extraño que habéis visto por el cielo es una especie de robot, explicó la ardilla.

– Y tú, ¿Cómo lo sabes? Preguntó el gato.

– Porque mi amo tiene uno parecido o igual. Añadió la ardillita.

– Pues… Entonces eso significa, que si lo vemos otra vez, debemos salir y hacer señas para que nos vean. Expuso gato.

– Exacto, afirmó la ardilla.

Ahora estaban ante un dilema: el camino se bifurca en tres direcciones, derecha, de frente e izquierda.  La pequeña apuntaba con el dedito a la izquierda, el podenco que seguir de frente y la ardilla decía que a la izquierda. Justamente, cuando el gato iba a decantarse qué camino tomar, se oyó un bufido tremendo. Todos miraron hacia la derecha y allí estaba: un gato precioso, atigrado, con babero y patucos blancos. Sus ojos saltones y las orejas hacia atrás, se quedó paralizado esperando qué movimiento harán los contrincantes.

En ese momento, gato frunció los ojos y se dio cuenta, que ese gato era su hermano.

– ¿Hermano? Preguntó el gato.

– ¿Hermano? Musitó el gato intruso

Se empieza a oír un ruido tremendo, las hojas y las olivas de los olivos revolotean de un lado para otro. Nuestros amigos muy asustados ven un bicho tremendo que baja desde el cielo parándose de frente a ellos.

Se oyen unos ladridos, unas voces de muchedumbre que decían:

– ¡La niña está aquí!, ¡la hemos encontrado!, ¡está bien!, ¡tranquilos, tranquilos!

Unos hombres bajan de ese bicho, que por lo visto es un helicóptero y avisan a resto de los humanos que ya han encontrado a la niña perdida.

Cuando llega todo el gentío al cruce, se quedan boquiabiertos al ver la estampa: una niña subida en un burro, dos gatos a cada lado y una ardilla en el hombro de la pequeña.

El padre y la madre de la menor corren a coger a su hija y comerla a besos. Un señor sale de entre la gente gritando de contento porque su burro “Chaparro” ha aparecido. Una joven, con lágrimas en los ojos, corre para coger a sus gatos “Kleyn y Bimbo” que se habían extraviado.

A lo lejos, se ve venir a un joven con el dron que grita sin parar el nombre de ¡Arhi!, su ardillita. El roedor emocionado, corre para encontrarse con su amo.

El alcalde de la comarca, dijo unas palabras:

Es increíblemente digno de admiración este paraje mágico de olivos y gracias a ellos junto con estos animalitos han cuidado de Paz como si fueran sus padres y estamos completamente agradecidos por la labor realizada. En honor a este momento, se alzará un monumento para que todo visitante que venga a estos lugares conozca la historia jamás vivida.

De vuelta todos a sus casas, la familia Merino tuvo que dar un baño con aceite de oliva a su hija para poder quitar la mugre de su bella piel y de sus cabellos rubios.

A nuestro amigo Chaparro (el burro), su amo le cepilló con aceite escanciado por todo el cuerpo para recobrar brillo y lozanía en su pelaje.

A Kleyn y Bimbo (los gatitos) su dueña los bañó con aceites especiales para recuperar el brillo de su pelo. Y, a nuestra amiga Arhi (ardillita) también, su dueño, le ungió con aceite de oliva para fortalecer su piel y que su pelaje recuperase vitalidad y protección.

Desde aquella hazaña, los árboles olivares y sus aceites confirmaron su valor como símbolo de resistencia, de valentía, victoria, de bendición divina, sanación, reconciliación y paz.