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105.- Infinito

Pilar Alejos Martínez

 

A Miguel lo cobijó un olivo nada más nacer. Adelantó su llegada porque era temporada de verdeo y no quiso perdérsela. Su familia vivía de su cultivo. Sus padres tenían por delante mucha aceituna por recoger y demasiadas bocas que alimentar.
Por eso, aun estando casi fuera de cuentas, María, su madre, no pudo permitirse el lujo de quedarse en casa. Cuando los dolores se intensificaron y fueron insoportables, buscó el mejor lugar para dar a luz. Lo parió en una de las camadas del olivar, sobre un lecho de halderas que le preparó Juan, su marido.
Despuntaba el alba y aquel otoño hacía tanto frío que, cuando Juan cortó el cordón umbilical, pensó que el pequeño estaba muerto. No se movía ni tampoco respiraba y su piel estaba completamente amoratada. Sin perder ni un segundo, María se levantó la ropa, lo colocó sobre el lado izquierdo de su pecho, piel con piel, y lo abrigó con la temperatura de su propio cuerpo mientras lo acunaba con la nana que canturreaban sus latidos. Exactamente lo mismo que hacía con ella su madre para que se calmara antes de dormir. Fue algo instintivo, sin pensarlo. Lo vio tan desvalido que le salió del corazón su instinto maternal. Lo acarició con ternura, lo cubrió con su aliento para darle calor y esperó a que se produjese el milagro. Poco a poco, su cuerpecito se fue templando. Al momento, notó que el bebé se movía y rompió a llorar. ¡Dios mío, está vivo!, gritó María. El resto de la cuadrilla llegó corriendo al escucharla. No se lo podían creer. El bebé, con los ojos cerrados y guiándose por su olfato, agarró el pecho con sus manitas. Acercó su boquita al pezón, lo atrapó entre las encías y succionó con fuerza. María sabía que era demasiado pronto. Aún no tenía leche, pero no importaba. Estaba tan emocionada por verlo con vida que lo amamantó con ternura y calmó su sed con sus lágrimas.
Cansado de chupar sin sacar nada, el pequeño Miguel se quedó dormido. Todos los de la cuadrilla aportaron alguna prenda de abrigo con la que improvisaron una cuna en el interior de una espuerta. María lo acostó dentro con sumo cuidado y lo arropó con su vieja chaqueta de lana. Mientras los hombres vareaban las copas del olivo con las haraperas, se arrodilló bajo sus ramas y recogió aceitunas con los dedos congelados hasta llenar el macaco, como si nada extraordinario hubiera sucedido momentos antes. Aquel año, la cosecha fue muy abundante. Por eso, siempre le decía a Miguel que había nacido con un pan debajo del brazo.
Pasaron los meses plácidamente. Miguel creció fuerte y sano. Se crio en el olivar. Al principio para que su madre lo amamantara, pero ya no hubo quien lo alejase de allí. A veces se mimetizaba tanto con el paisaje que era muy difícil controlar dónde estaba. Sus ojos eran tan verdes como las aceitunas que le vieron nacer. Su pelo, ensortijado y negro como la noche. Su piel canela, tostada por el sol, fue adquiriendo el mismo color que la tierra en la que jugaba. Gateaba por todo el olivar mientras todos trabajaban. Sentía una atracción especial por los troncos retorcidos de los olivos. Los chupaba, los abrazaba, los acariciaba, los olía, y le sirvieron de apoyo cuando empezó a dar sus primeros pasos. De ellos aprendió cómo resistir el frío en invierno y el calor en verano, el hambre y la sed. A mirar el cielo. Siempre le gustó más trepar hasta las ramas más altas que andar bajo sus copas. Desde allí arriba, podía ver y sentir cómo el viento peinaba los cabellos de la sierra. Cómo las hileras de olivos ondeaban su ramaje en aquel inmenso mar verde. Podía reconocer el aroma que traía la brisa tras descargar el cielo su oro líquido sobre los campos sedientos. Casi podía rozar las nubes con los dedos y allí, siempre se respiraba silencio.
Aquella afición suya por las alturas le costó más de un disgusto. Sus piernas fueron el pergamino donde escribió su historia con arañazos y cicatrices. Cuantos más daños sufría, menos lloraba. Ni siquiera se quejó cuando se hizo una buena brecha en la frente al golpearse con una rama y empezó a sangrar. Todos, muy asustados, corrieron a socorrerlo. Mientras lo curaban y le daban unos cuantos puntos de sutura, él sonreía embelesado señalando al cielo. Acababa de descubrir la belleza de las estrellas fugaces que titilaban con mayor nitidez esa noche.
Miguel se convirtió en el hijo y el hermano de todos. Eran su familia del olivar. Con su mirada despierta los observaba mientras realizaban el ordeño de los olivos. Aprendía muy rápido y ellos siempre estaban dispuestos a sembrar la semilla de su sabiduría ancestral en su insaciable curiosidad.
Él los escuchaba con muchísima atención cuando le decían:
—Miguel, mira. Tienes que elegir los mejores plantones si quieres que crezcan fuertes y te den las mejores cosechas.
—Niño, así es cómo se planta y se cuida un olivo. Nunca lo olvides.
—Oye, Miguel, tienes que cultivar y recolectar con inteligencia si quieres obtener el mejor aceite.
Absorbió todos sus consejos con avidez y los inundó de preguntas juiciosas, que no eran propias de su corta edad. De todos aprendió el oficio. A ellos les debía que no se perdieran sus raíces. Calaron tan hondas sus enseñanzas que enraizaron en su ser. Se convirtieron en su esencia y pasaron a formar parte de él.
A su lado el tiempo transcurría veloz, pero llegó el momento de asistir al colegio. Al principio no lo aceptó y se resistió a ir. Lloró y pataleó, agarrado con brazos y piernas alrededor del tronco de un olivo. No entendía por qué tenía que alejarse de lo único que había conocido hasta entonces: el campo.
Aunque adoraba su vida tranquila en el pueblo y el latido milenario del olivar, que había escuchado desde su primer aliento de vida, no podía dejar de mirar al cielo. Era superior a él. Era su sueño, su delirio incontrolable.
Le costó un verdadero sofocón, pero al final la razón doblegó a su espíritu libre. No le quedó más remedio que asistir a clase.
Aquel era un mundo completamente desconocido para él. Le asustaba. Acostumbrado a vivir en libertad en medio de aquel mar de olivos, fue muy duro para él pasar tantas horas encerrado en aquel lugar. Se sentía preso. Se asfixiaba. Necesitaba ver el cielo.
Los primeros días se aburría muchísimo, pero pronto descubrió las ventajas. Comprendió que, además de aprender, allí también podía jugar con otros niños de su edad. Sus hermanos eran más mayores que él y no le prestaban demasiada atención. Desde pequeños se vieron obligados a trabajar en el campo. Se acostumbró a estar solo y a tener siempre la cabeza en las nubes.
En cuanto aprendió a leer, destacó en el colegio. Su inteligencia era muy superior a la media de sus compañeros. Le decían que era como una esponja. Llegaba cada día a clase impaciente por aprender y ávido de conocimientos. Era muy bueno en todas las asignaturas, especialmente, en las de ciencias. Su profesora estaba muy orgullosa de tener entre sus alumnos a uno tan aventajado. Miguel alucinó el día que le enseñó cómo debía de utilizar un microscopio. Aquello que vieron sus ojos a través de las lentes le recordaba mucho el cielo. Se abrió ante él un nuevo universo, una puerta hacia lo desconocido. A lo que no pueden ver los ojos sin la ayuda de instrumentos. Le encantaba estudiar. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía que sería astronauta o astrónomo. Su sueño era conocer la luna y los demás planetas de nuestra galaxia. Dedicó mucho tiempo a formarse para ello.
Pero, a veces, la vida nos corta las alas y nos devuelve al suelo.
Sus hermanos mayores fueron emigrando a la ciudad en busca de un trabajo menos incierto, más seguro que el campo. A él, como hermano pequeño, no le quedó más remedio que quedarse en casa al cuidado de sus padres, que ya eran mayores, y del olivar.
Los primeros años, intentó compaginar estudio y trabajo, pero la enorme exigencia del campo no lo hizo posible. Llegó a la conclusión de que era como una novia celosa. Acaparaba todo su tiempo y no le permitía alejarse ni un solo día de allí. Antes de que se diera cuenta, pasaron los años. Se hizo un hombre y la adolescencia quedó atrás. A lo largo de esos años, lo intentó con varias novias, pero ninguna pudo competir con su gran amor, la luna.
Su padre enfermó gravemente y murió. Su madre no pudo con tanta tristeza. Perdió a sus padres casi a la vez al finalizar la cosecha, cuando se enlutó de blanco el olivar con los primeros suspiros del invierno. Los incineró, tal y como ellos lo habían dispuesto en su testamento. Luego, esparció sus cenizas entre las hileras de olivos en las que había derramado el sudor toda su familia durante generaciones. Se quedó completamente solo.
Por eso, ahora, cuando se ahoga de soledad en su silencio, se mece entre las ramas que lo cobijan en el olivar y mira al cielo.
Al anochecer, libera sus anhelos bajo las estrellas. Observa el universo a través de un sofisticado telescopio que compró por Internet tras años de ahorrar con mucho sacrificio. Pasa largas horas sin dormir trazando un dibujo de cada constelación. Luego, lo dobla junto con sus deseos y lo guarda en el bolsillo. No necesita beber nada para que se espume su imaginación. Hace mucho tiempo que su mundo se le ha quedado pequeño.
Pero se siente infinito cuando, siguiendo la estela de las estrellas, atrapa sueños bajo la luz de la luna. Ha aprendido a utilizar una cámara especial para inmortalizarla haciéndole miles de fotografías. Así puede seguir admirándola, aunque sea de día. Aún se le acelera el corazón con cada nuevo hallazgo, con cada descubrimiento de una nueva de sus caras desconocidas.
Pero al llegar el amanecer, se siente preparado para una nueva jornada de trabajo en la sierra. En el campo no hay descanso. El olivar necesita su compañía y sus cuidados. Nadie conoce como él cada olivo, cada sufrimiento, cada esfuerzo realizado para crecer, cada cicatriz tatuada en su tronco. Sabe calmar su sed, curar sus heridas y, cuando maduran sus frutos, aliviar su carga. Hablan el mismo lenguaje. No necesitan palabras. Comparten las mismas raíces y el aceite corre por sus venas.
Aunque, de tanto soñar con las estrellas, ha empezado a notar más etéreos sus pies. Algunos dicen que lo han visto volar sobre el olivar las noches claras de verano, pero nadie les cree.
Eso es porque jamás lo han visto regresar a casa con el cuerpo cubierto de estrellas, el universo oculto en su mirada y, en los labios, pedacitos de luna.

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