100. Te pido perdón

Juan Manuel Chica Cruz

 

Cuarenta años después ponía de nuevo los pies en el pueblo donde me crie con el corazón bombeando vergüenza y tristeza. Me llamó María. Le costó localizarme. Llamó a varias empresas de metalurgia preguntando por mí, hasta que dio con la mía. La compañera que la atendió me puso al habla. A través del auricular recibí una corriente de dolor envuelto en memoria que me dejó petrificado.

“Creo que deberías saberlo: Augusto ha fallecido”, dijo. Había empleado para comunicarme la muerte de su marido siete palabras. Una más de las que cuarenta años atrás usó para decirme que lo nuestro había terminado.  “Lo siento. Le quiero a él”, dijo entonces.

Recorriendo el pueblo me invadía una sensación extraña. Por una parte, seguía siendo el mismo a como cuando lo abandoné lleno de rabia y dolor, pero por otra era diferente. La rotonda a la entrada y estatuas de personajes insignes del pueblo; calles bien asfaltadas; infinidad de vehículos aparcados a las puertas de las casas donde antes nuestros abuelos ataban a los burros. Otra luz. Más luz. Otra alegría. Más alegría.

Asistí al funeral y el párroco me brindó la oportunidad de dar unas palabras, pero de mi garganta no podría salir una sola palabra. Quería pedir perdón por haberle odiado. Perdón por culparle de mi fracaso, pero no pude decir nada. Después de acompañar el féretro al camposanto me encaminé a la finca de olivos de papá, que seguía cuidando Augusto hasta ahora. Bajé por la cañada junto al arroyo y llegué al olivar. Con la muerte de Augusto aquellos olivos donde nos criamos viendo a papá trabajar quedarían reducidos a leña para chimeneas y nuestra memoria convertida en humo. La ofrenda de perdón a mi hermano sería seguir luchando por cuidar de aquel olivar.