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100.- Aceitunas rojas y negras

Manuel de Pinedo García

 

Dedicado a C de P.E

 

Transcurría un mes de agosto, de calores y sospechas.

Javier, un hombre fuerte y orgulloso, que rozaba los cincuenta años, conversaba con su esposa, María, dos años más joven que él; ella era delgada y elegante, como escapada de las páginas de una revista de modas.

—Este año vamos a tener una buena cosecha de aceitunas – dijo el marido.

—¿Qué rendimiento tendrán? – preguntó María.

—Aún no se puede saber, querida.

—El año pasado, si no recuerdo mal, fue del veinticinco por ciento, ¿verdad?

—Sí; un poco más.

Una larga sonrisa unió al matrimonio. ¡Qué bonito cundo se sonríe! Si todos fueran así…

Vivían en una pequeña aldea del sur, donde las tierras no eran demasiado buenas y necesitaban regarse con frecuencia, porque el agua que lloraban las nubes no bastaba para que las cosechas – igual pasaba con las vides y los almendros – fuesen rentables; aunque, la mayoría de los labradores aspiraban a obtener productos para el propio consumo, y si sobraba algo… ¡gracias a Dios!, podrían ganar unos euros.

Javier le recordó a su esposa un refrán, que él había aprendido de los más ancianos de la aldea:

— “En san Pedro y san Juan, la aceituna no se ve “na”. En Navidad se ven a millar.”

—¡Cuánto saben los viejos! – exclamó María.

—Así es.

Javier cogió los aperos necesarios y se dispuso para marcharse al olivar. Antes de irse… le recordó a su esposa que no regresaría para almorzar.

—Ya lo sé; te llevaré la comida, como siempre.

— Gracias.

Y se despidieron con un cálido y suave beso.

Javier, por el camino hacia el olivar, no dejaba de mirar al cielo, porque unas nubes por el levante podrían… podrían traer alguna tormenta, y, ya se sabe, las tormentas, en esa época del año, no son buenas.

Realmente, dicen otros, no son ni buenas ni malas.

Javier, también ¡cosa rara!, tuvo la sensación de escuchar unas voces extrañas, que decían, algo así como: ¡Agosto, sangre en el rostro! Quedó atónito.

— “¿Qué significará eso?” – pensó.

Continuó andando, despacio, asustado, sin dejar de mirar hacia todas partes.

Se repitieron las voces y él apresuró el paso.

La azada que llevaba al hombro parecía que le pesaba más de mil kilos; nunca había experimentado una sensación igual.

Llegó al olivar, se limpió el sudor de la frente y contempló, lleno de orgullo, cómo corría el agua entre los surcos de los olivos.

Sus pensamientos, ahora, se volvieron exclamaciones de felicidad, también de alguna duda:

—¡Ay, mis olivos! ¡Sudor y verde de muchos días, de muchos meses!

Acariciaba con mimo las ramas, mientras decía:

—Son los mejores de esta comarca. Por eso, la gente de esa maldita aldea me tiene envidia.

¡Ay, la envidia!

Javier comenzó sus tareas con entusiasmo y cariño. Miró al cielo: las nubes habían desaparecido. Suspiró aliviado.

—“La envidia – pensó – no acarrea nada bueno, si no que… que se lo pregunten a la familia de los “blanquillos”. ¡Pobre gente, por un pedazo de secano…!”

Descansó unos minutos para liar un cigarrillo y su pensamiento, en ese instante, fue para su madre:

—“Si ella viera ahora cómo están los olivos…, la pobre murió un año antes de que yo los comprara, con su herencia, naturalmente.”

A veces, los hijos no son nada, o casi nada, sin el apoyo económico o sentimental de sus mayores.

Javier suspiró, entristecido.

—“Las personas se van – dijo para sí—, y… y los olivos, el trigo y las almendras permanecen. Es la ley de… de esta jodida vida.”

Apagó el cigarrillo y consultó su reloj.

—Aún es temprano.

Siguió la faena y, de nuevo, se escucharon las voces: “¡Agosto, sangre en el rostro!”

Maldijo una y mil veces.

—“¿Me hablan, realmente, o…o quieren que me vuelva loco?”

— ¡El agua no es de todos!

—¿Quién dice eso? – se enfrentó, desesperado, al aire y a las ramas de los árboles.

—¡Hay leyes que deben cumplir los plebeyos y los reyes!

Javier dejó escapar una fuerte carcajada y volvió a su trabajo, sin dejar de pensar…

—“El hombre fuerte, y armado, como yo, no teme a nadie.”

Cabalgaron los minutos.

Los cincuenta años de Javier… le envolvieron en una vejez prematura.

—¡Maldito sol de agosto! Luego dicen que el aceite está caro. Aquí me gustaría ver yo a… a esos “señoritos” de tres al cuarto. Me reiría de… de sus camisas aterciopeladas, sudorosas, salpicando suciedad a sus caras de cera. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Caras de cera y piernas de paja!

Se repitieron las voces: “¡Agosto, sangre en el rostro!”

El labrador, loco y desesperado, se volvió hacia el valle.

—¿Por qué no os vais a la cañada vieja y os despeñáis por el tajo?

Se hizo el silencio, silencio que, poco a poco, calmó los nervios de Javier.

Cuando el sol estaba en la vertical, apareció María, con una cestita bajo el brazo.

— Esposo, ¡qué largo se hace el camino!

—Sí. Vivimos en esa maldita aldea, que está lejos de… de todas partes.

—Nosotros elegimos el lugar, Javier.

Él, para compensar el esfuerzo de su mujer, le dio un beso en la frente.

—Se agradece después de…, después de la caminata – repuso ella.

—¡Ay! ¡Si no fuera por ti…!

— Querido – le interrumpió —, hago lo que tengo que hacer; si no… no sería ni buena esposa ni buena madre.

Y él, orgulloso, pasando el brazo por la cintura estilizada de María, exclamó:

—¡Eres la mejor de estos contornos! ¡Tú, la niña y los olivos!

—Te traigo un libro.

—¿Un libro? – se sorprendió él.

María sacó de la cesta un librito y se lo ofreció a su marido.

—Es de tu sobrino Jaime, el que está en Uruguay; son poesías, y una de ellas está dedicada a ti.

—Jaime era, y es, supongo, un mozo estupendo; se ve que ha triunfado en ese país.

Y, después de un corto silencio, Javier le pidió a su esposa que le leyera esa poesía.

María buscó en el libro, llegó a la página y leyó, un poco afectada:

—“Los olivos bailaban con las almendras.
¡Qué maravilla! ¡Qué pena!
En el secano,
Un árbol tísico suspiró,
era feo, estaba enano.”

—Yo…, no acabo de entenderlo. ¿Y tú?

—Los jóvenes ven la poesía y… y la vida… de otra manera, diferente a la nuestra.

—Será eso. Guárdalo y… y acuérdame que le escribamos un día de estos para darle las gracias.

—Sí, Javier – y guardó el libro en la cesta.

A los pocos segundos, ella se entristeció. Javier no comprendía… ese repentino cambio en la actitud de su esposa.

—¿A qué viene esa tristeza en tu rostro?

—Se oye que…

Nuevo silencio, tan embarazoso como el anterior.

—¿Qué se oye, María? En esa aldea… siempre se escuchan cosas. ¡Parece que las lenguas son de hierro!

—Pues, hablan, dicen, comentan…

—¡Déjate de rodeos!

—Dicen que… que estás regando sin… sin que te corresponda el turno del agua.

—¿A quién le corresponde, según esos… esos “picapleitos”?

—A Tomás, el mayor de la Gregoria.

—Bien. Deja ahí la comida y vete a la aldea; en casa es donde deben estar las mujeres.

—Me da miedo, Javier.

—María, ¿qué pude temer un hombre con… con una azada y una navaja como ésta, del mejor acero?

—¡Ten cuidado, amor mío!

— Vete tranquila y… y aguarda a que llegue.

—¿Cuándo?

— Con los últimos rayos del sol.

María, llena de desconfianza, se alejó del lugar, no sin volver la cabeza hacia atrás varias veces; su rostro se había transformado en una estampa de amargura.

Cuando él se quedó solo, se repitieron las voces.

—“¡La muerte está ahí! ¡La muerte no advierte!”

—¡No! ¡No! ¡No! – gritó Javier, tapándose los oídos con ambas manos.

Daba la sensación de que el horizonte se alejaba, envuelto en nubes rojas y negras, que pretendía imitar a un extraño arco iris.

Javier, sin apetito, por todo lo que estaba viviendo, comió durante unos minutos; luego, alejó la cesta y se acercó a un olivo, sin dejar de mirar hacia el lugar por donde se había marchado María.

—“Está atardeciendo y… y por aquí no aparece nadie”

Él pensaba que todos le tenían miedo en la aldea. Pero no fue así, porque, coincidiendo con un fuerte relámpago, aparecieron Tomás y su hijo Andrés.

—¡No creáis que os temo porque seáis dos!

—No estamos armados, amigo.

Y Javier, sonriente e irónico, le respondió:

—¿Ahora me llamas amigo? ¿Cuándo hemos comido juntos, o cabalgado en la misma yegua?

Tras unas dudas, Andrés intentó que se retirara el padre.

—¡Qué importan unas horas de riego! – le dijo.

—Tu hijo tiene razón, Javier. ¿Por qué no regresáis a la aldea?

Tomás dio unos pasos hacia adelante. Javier, sin pensarlo dos veces, le clavó la navaja en el vientre.

—¡Asesino! – gritó Andrés. Y, sin saber qué hacer, huyó horrorizado de aquel lugar.

Javier, envuelto en una nube de contradicciones, dando la espalda al cadáver, gritó:

—¡Son mis olivos! ¡Son míos!

Comenzó a llover.

El silencio, sólo roto por el incesante goteo, se apoderó del olivar.

Y volvieron las voces:

—“¡Matar por el agua! ¡Ahí tienes agua, maldito asesino! ¡Ojalá te ahogues con ella!”

—¡No! ¡No! ¡No!

Apenas había transcurrido media hora, cuando, envuelto en sombras, se presentó, aún con lágrimas en los ojos, Andrés, empuñando una pistola.

—¿Qué vas a hacer? – preguntó Javier, sin perder la calma —. Eres muy joven para… para utilizar armas. Podemos hablar y luego…

Se produjeron dos disparos y el cuerpo de Javier se desplomó, herido de muerte.

—Ya está todo hablado.

Andrés se guardó la pistola y, lentamente, regresó a la aldea; en su mente bullía la idea de… de entregarse a las autoridades.

No se sabe si por el camino se cruzaría con María, la viuda de aquella criatura cruel y ambiciosa. El caso es que la mujer desafortunada se presentó en el olivar y, al suponer lo que había ocurrido, se arrojó sobre el cuerpo ensangrentado de Javier.

—¡Esta sangre ya nunca tendrá latidos de flores para mis labios! ¡Esta sangre ya no es roja, se ha vuelto oscura, como los olivos negros! ¡Maldito aceite! ¡Maldita agua!

Y volvieron a escucharse las voces:

—“¡No maldigas el agua, mujer! ¡El agua es de Dios!”

María, levantando la cabeza al cielo, con rabia, exclamó:

—¿Qué ha hecho ese Dios para impedir mi soledad sin cobertores ni enaguas? ¿Qué ha hecho para impedir que mi niña crezca sin caricias ni amapolas?

Y besó la frente de Javier. En ese momento, el cielo se abrió en claridades.

Ella, con una extraña resignación, dejó escapar de sus labios unas palabras débiles:

—La luna aleja a la noche. Así no me sentiré tan sola.

¡Ay, luna de sangre! ¡Ay, luna de amores rotos! ¡Ay, agua! ¡Agua! ¡Agua!

Pasaron los meses y los años. Nunca se olvidaron aquellos muertos.

—¡Luna de amores rotos! ¡Luna de sangre! ¡Luna de agua!

Pero, desde aquel día, en la aldea, el lugar sería conocido como el olivar de las aceitunas rojas y negras.

 

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