MásQueCuentos

099.- Olivar apuñalado

G. J. Castro

 

A algunos metros del sembradío de olivares, perteneciente a la familia Olivares, yacía una joven mujer de unos 16, tirada en el suelo en medio de un charco de sangre, desnuda y estrujada, con muestras de violencia, cuello apretujado, moretones en su rostro, y cabellos rubios teñidos de sangre. Una herida que parecía ser la entrada de un arma blanca, por la que un hilo de sangre se había esfumado de su cuerpo y la había dejado sin aliento. Quizás había sido violada, tal vez la habían torturado, algún enfermo del pueblo, tal vez un ex convicto que pasaba por allí, o alguien cercano quién sabe por cual motivo.

Jaén, un pueblo muy tranquilo, se preparaba para el almuerzo con aquella horrible noticia. Primer «femicidio» conocido, un toque de pedofilia, pues era menor de edad, y sinceramente nadie esperaría que un adolescente le hubiera hecho eso, o tal vez sí. Todo era tan confuso, el perpetrador del hecho no dejó rastro a simple vista.

—Martha Alicia ha sido encontrada en su casa, muerta y violada —le decía el comisario del pueblo al señor Ramón Olivares, mientras éste recogía algunas aceitunas. Se cayeron al suelo, ya no pudo retenerlas más, pues el padre de Martha estaba en shock.

Era otoño y el final de envero hacía prever una buena ganancia, por ello Martha Lucía, la madre, también estaba recogiendo las aceitunas de cornezuelo, pero en otro punto de la granja de olivares, pues era bastante extensa.

—¿Por qué están esos policías aquí? —preguntó la señora Martha a uno de sus trabajadores-ayudantes. Los pataleos de Ramón, hacían prever una trágica noticia y Martha Lucia se privó en llanto y se desmayó casi de inmediato.

El comisario y dos policías de pacotilla, se propusieron a encontrar el asesino, a esclarecer el hecho y a limpiar las lágrimas de la familia Olivares, al menos esto fue lo que manifestaron a Ramón, que con rabia y dolor levantó el teléfono para avisarle a su hijo.

—A tt, A tu…. —intentaba decir Ramón Olivares.

—¿Que dices papa? —preguntaba Ramoncito, que no entendía nada del tartamudeo de su padre. —A tu hermana la mataron —logró decir Ramón a su hijo, que lanzó el teléfono con tal rabia que lo partió, pensó que le jugaron una broma. Estaba estudiando ingeniería agrícola en Granada, pero de repente cambió su destino y se enfocó en la criminología. Quería justicia, o en su defecto venganza, pues amaba a su hermana.

Al día siguiente, hacía un día lluvioso y oscuro, que entraba en consonancia con lo que sentía aquella familia de luto. Llegó Ramoncito que se vino en el bus de la mañana, y las miradas lo enfocaban, pues tenía dos años fuera de Jaén.

Había varias personas en el entierro. Un hombre misterioso que vestía chaqueta y tenía lentes, Jaramillo, la señora María, Quique y Osman Pallares, quien dio las condolencias a Ramón, y este las aceptó solo por cortesía. Osman había peleado muchas veces con Ramón, por cuestiones de negocios, y negaciones de Ramón a vender su granja.

«No debiste estar lejos, tenías que cuidar a tu hermana» las voces que se imaginaba Ramoncito. Tenía 21 años, y el cabello un poco más oscuro que el de su hermana, y los ojos tan hinchados y colorados, que no lograba notarse el gris de su iris.

En casa, Ramoncito presentó a sus padres al detective Emilio Delgado, al que había conocido por casualidad en el bus. También estaba en Granada y había sido encargado de investigar de forma independiente el caso de Martha Olivares. El alcalde Pérez-Títe se había tomado muy en serio su trabajo y quería a toda costa que el hecho se resolviera. De más está decir que había cierta desconfianza en la policía local.

Pasaron dos días y otro hecho deleznable ocurrió. El señor Jaramillo, un viejo de unos 60 años, procedente de Colombia, estaba tendido en la calle, cerca de su casa, pero más cerca de otras casas. Jaramillo repetía en el preludio de su muerte: «Vrgen …sstraz Vrgen», lo decía sin parar, con sus últimos alientos. La señora María fue quien informó más tarde al pueblo de los últimos suspiros de Jaramillo, y también quien gritó, para que auxiliaran a Jaramillo. El policía Julián, uno de los que siempre acompañaba al comisario, estaba de turno rondando por el barrio cuando escuchó los gritos de María pidiendo auxilio. Julián alejó a María del casi cadáver de Jaramillo, hasta que murió. Quique vivía muy cerca, ni salió, menos Pallares que ni se asomó, el resto de vecinos sí miraban para informarse de lo ocurrido. Julián no tuvo novedades, parecía que escuchó los últimos de «los últimos» suspiros de Jaramillo, aunque después no dijo si logró entender algo.

Jaramillo tenía la garganta parcialmente cortada y tres apuñalamientos en su abdomen y una herida en su brazo casi cerrada. El comisario llegó a la escena del crimen, y los forenses procedieron a levantar el cadáver, también el detective.

—Me presento: soy el detective Emilio Delgado, soy de Sevilla, y estoy aquí para investigar el caso de Martha —dijo al comisario, cuando estaban levantando el cuerpo de Jaramillo. Aquel hombre que tomaba nota en el entierro de Martha, era un investigador que venía a poner fin a la incertidumbre del asesinato, los Olivares ya estaban al tanto, ahora los policías también.

—¿Y quién lo envió? —preguntó el comisario.

— El alcalde Pérez-Tite —replicó Delgado, que, con mirada de seguridad, procedió a sacar sus garras y adueñarse del caso. El comisario lo miraba con recelo.

Al día siguiente, los policías y el comisario, llegaron a casa de los padres de Martha, también estaba Ramoncito. Julián dijo:

—Según investigaciones, Jaramillo, tenía antecedentes de abuso a menores, había huido de grupos armados que lo querían matar, y ahora estaba en España viviendo como si nada.

—Maldita sea… ¿Porque no investigáis a los extranjeros que entran al país? — decía Ramón al comisario. Mientras le daba un golpe a la mesa.

—¿Y si tal vez Martha tenía un novio? ¿Y este por venganza lo mató? Sabía que Jaramillo era un cerdo antes que lo supiéramos nosotros —conjeturó Julián, mientras Pedro, el otro policía, y el comisario pensaron que tenía algo de lógica el argumento. De pronto pasó de ser de un policía de pacotilla a un excelente conjeturador o en su defecto conspirador. Y pensaron inmediatamente en Quique: el día del entierro se desvanecía entre lágrimas, siempre había sido muy cercano. Delgado estaba expectante, solo anotaba y analizaba, estaba escuchando todo en la sombra, detrás de la pared que da con la cocina, los policías no sabían que estaba allí.

Los policías fueron a buscar a Quique. Cuando éste los vio salió corriendo. Se perdió. Osman Pallares mientras tanto estaba muy tranquilo al lado en su chalet, viendo aquella escena sin nada de incredulidad, ni siquiera preguntó qué ocurría. Delgado, más atrás veía todo lo acontecido.

Afortunadamente murió esa lacra, decía la señora María, cuando se enteró de lo que dijo la policía. No se imaginaba que Jaramillo un hombre muy risueño y amable tenía ese oscuro pasado, ahora muy relacionado al hecho de Martha. Por lo ocurrido parecía indicar que Jaramillo había sido asesinado por Quique en venganza por lo de Martha.

—Delgado, yo no creo que Jaramillo haya sido —dijo Ramoncito al detective.

Ramoncito no quería creer, pues Jaramillo había sido un apoyo en su infancia, ni su padre le había enseñado tanto, Jaramillo había trabajado duro, y había comprado seis hectáreas de olivares, más artesanal que profesional y prolijo, pero le servían para sustentarse de buena manera en España. Su amabilidad incitaba a los niños a enjuiciarse con el negocio del cultivo de olivares. Uno de esos fue Ramoncito, que aprendió a cultivarles, a extraerlos y sacarlos, y estaba estudiando para perfeccionar la cosecha.

—A veces este tipo de enfermos tiene recaídas, pueden pasar años sin hacerlo y después recaen —dijo Delgado.

Delgado fue a visitar junto a Ramoncito a Yessi, Mary, Xisca y Eleonor, cuatro de las mejores amigas de Martha, la intención era averiguar acerca de la relación entre Martha y Quique. Quique tenía 20 años y desde muy joven había estado inmiscuido en temas de pandillas y robo de cultivos. Era algo violento, y una vez dejó el ojo morado a Martha. Esta dijo que se había caído, la excusa «cliché» que todas dan.

Ramoncito estaba enojado, al haber permitido que su hermana sufriría abuso, no solo por parte de su asesino, su supuesto novio también la maltrataba.

—Pero, a pesar de todo, él la amaba —dijo Xisca con lágrimas, mientras recordaba a su amiga.

Había razones para pensar que Quique había matado a Jaramillo por venganza, pero la pregunta es ¿Cómo se enteró antes que la policía que había sido Jaramillo el asesino?

En la noche Ramoncito le dijo a su padre.

—Papa no creo que Jaramillo lo haya hecho, aunque todas las pruebas apuntan a él —reconoció, pero sintiendo una corazonada mantuvo su argumento.

En la casa de Jaramillo encontraron unas cuerdas que concordaban con las marcas que tenía en el cuello Martha. Varios tipos de cuchillos, entre esos unos de sierra, y unos de corte preciso de no más de 7cm de largo, puntiagudos y de mango negro de resina. Martha tenía una herida de cuchillo como las que puede hacer una de estas piezas que tenía Jaramillo. Pero en realidad, muchas personas en Jaén tenían cuchillos similares, y uno de estos casos era la propia casa de la familia Olivares, en la que faltaba un cuchillo con estas características.

Ni el día que mataron a Martha, ni el día que mataron a Jaramillo nadie vio nada.

—Puede ser que Jaramillo intentó violar a tu hermana…—decía Delgado, mientras Ramoncito cerraba los ojos con fuerza intentando no imaginarse lo que le decía el detective. — Y ella buscó el cuchillo para defenderse. Jaramillo la dominó, pero tal vez fue herido en el brazo un poco, la asfixió con unas cuerdas, la v… y la asesinó. Se trajo el cuchillo, salió de la casa y nadie lo vio, seguramente lo habría planeado por mucho tiempo.

—Pero no fue él, las amigas de Martha nos dijeron que no era tan inocente como parecía, y no le abriría la puerta a cualquiera, fue alguien que conocía perfectamente los caminos para entrar y salir. Pudo haber sido un trabajador de tus padres o alguien cercano, o alguien que inspire confianza, tal vez un policía, pero ¿Por qué?

Los exámenes de ADN de los fluidos seminales encontrados en el cuerpo de Martha pronto llegarían de Madrid, y serian cotejados con los de Jaramillo, todo en secreto, porque los policías se habían negado, por prepotencia porque no querían que un investigador externo les resolviera el caso.

Delgado fue a investigar en la casa de Jaramillo y observó que había una lata que sobresalía y podría cortar de forma peligrosa. Había rastros de sangre. Presentó su brazo en la lata y observó que era factible cortarse como Jaramillo tenía la cortadura. Solo faltaban los exámenes de ADN para asegurarse y comprobar su hipótesis; Jaramillo no fue.

Pasaban los días y Martha, la madre, solo decía «Encuentren al culpable», entre lágrimas. Los ayudantes de Ramón Olivares no habían ido a trabajar por temor a dejar a sus hijas o hijos solos en casa, y porque la familia estaba destrozada, habían dejado el trabajo en segundo plano.

Los trabajos en la granja de olivos y en la fábrica no se reanudaban. El luto se extendía.

Osman Pallares, aprovechó esto y fue a visitar a Ramón, le llevó una botella de aceite y de vino y le ofreció dos millones de euros por la compra de la granja y la fábrica. Tenía mucho dinero guardado y creyó ese momento propicio para comprar las propiedades.

Ramón muy alterado, contó esto en la casa mientras Delgado anotaba.

—¡Fue Pallares! Él es el culpable —sentencio el detective.

—Pero ¿Cómo va a ser? —dijo Ramón, Ramoncito se intentaba contener, Martha estaba iracunda, todos estaban enojados y confundidos.

—Se le nota tanta envidia y resentimiento en su mirada, pero hay que demostrarlo —dijo Delgado.

—Tengo que resolver este caso porque ya me encomendaron otro en Cádiz y la semana próxima debo estar allá, antes de que las pruebas se enfríen —añadió el detective.

La granja de los Olivares anteriormente pertenecía a Ubencio Pallares, abuelo de Osman. Una de las investigaciones previas que habían hecho decantar a Delgado por aquella hipótesis.

Delgado había vigilado en secreto a los policías del pueblo, y había notado que el policía Julián, era demasiado despistado, a veces displicente. A Ramoncito nunca le dio buena espina el otro policía, Pedro, y a Ramón el comisario. Cada uno tenía su sospechoso particular. Podía ser que aquí encontraran al cómplice o que la investigación diera un giro y uno de estos policías tuvieran algo que ver.

Julián, frecuentemente tomaba brandy con Osman, y otros hombres. Eran amigos, pero no confidentes

Y Osman siempre decía que quería apoderarse del aceite «Ultra Virgen de Oliva». Y Ramón era el mejor productor de este aceite ultra puro. Sus olivares tenían más de 70 años, eran irrigados y la cosecha tenía un rendimiento increíble. Esto escuchó Delgado mientras tomaba un whisky disfrazado, en el bar que Osman frecuentaba mientras hablaba con Julián y sus amigotes.

—Jaramillo sabía algo. Pues antes de morir repetía algo como «Virgen», Osman cada 30 segundos repite la frase «Extra Virgen» —le contó el detective a los dos Ramones, para justificar su hipótesis.

—Estoy seguro que el móvil es la envidia. Él quería un posible desmoronamiento familiar, para comprar luego a precio de ganga —añadió.

Delgado fue a visitar a Osman, uno de los vecinos que no fue entrevistado por la policía curiosamente. Este no le permitió a Delgado pasar a su casa, y tapó descaradamente con su mano, una herida cicatrizada de arma blanca, que tenía en su pierna.

—Me la hice arreglando la moto —fue lo que dijo.

Delgado se fue de allí con más certeza de su hipótesis, y en la noche, Quique volvió al pueblo.

Ramoncito lo vio pasar a hurtadillas por la calle, como si intentara esconderse, pero con poca gracia y con mucha incoherencia, parecía que su razonamiento estaba fallando. Le avisó inmediatamente a Delgado y ambos lo siguieron sin que se diera cuenta. Este se dirigió a la casa de Osman. Que no tardó en abrirle la puerta y dejarlo pasar. Pero, no sin antes, ver hacia los lados, como asegurándose de que nadie haya visto. Se escucharon unos golpes a la puerta que previamente habían cerrado.

Y cuando iban a acercarse a tocar, Quique salió despavorido, como si estuviera alucinando. Tenía un cuchillo en mano, parecía que era el de los crímenes. Ni Quique, ni Osman notaron la presencia de los investigadores.

—Allanamiento a casa 24, calle Sáenz, tipo Chalet —dijo Delgado a un número desconocido, mientras seguían cautelosamente a Quique. Este se dirigía a la salida de Jaén, como un loco. De algo estaban seguros. Quique era un «drogo» un drogadicto que estaba en abstinencia probablemente y ahora era muy peligroso.

Se dirigía a la casa de los Olivares, y procedió a tocar la puerta con violencia, afortunadamente Ramoncito advirtió, y Quique se dio cuenta.

—No Papa te va a matar es Quique, no abras —dijo con algo de miedo Ramoncito.

Delgado sacó su pistola y ante la insistencia de seguir en desorden de Quique no tuvo opción que dispararle en la pierna, y seguidamente en un brazo.

Lo retuvieron hasta que los paramédicos llegaron.

—Los mataré —decía de manera furiosa.

Los vecinos no entendían cómo aquel muchacho quería matar a otra persona, si se supone que ya había tomado venganza del sospechoso, Jaramillo. O tal vez pensó que en realidad el propio padre había matado a su hija, pero Delgado lo tenía claro.

—Caso resuelto. Mañana cuando lleguen las pruebas se va a demostrar que el semen no era de Jaramillo, solo falta confirmar que era de Quique, él fue quien cometió aquel atroz crimen. Luego deben llegar pruebas toxicológicas de lo que había consumido, y seguramente tendrá daños neurológicos. Solo espero que algún imbécil no lo deje en libertad por estar bajo efectos de las drogas o por loco, aunque fue manipulado, igual es culpable —sentencio como un juez, Delgado, el detective.

Mientras tanto, uno de los policías llamó a los paramédicos para recoger dos heridos de bala más. Osman había disparado contra un policía, y Julián en respuesta contra Osman, luego del allanamiento «extraoficial» que solicitó Delgado.

En la casa de Pallares, se encontraron varios kilos de droga, entre las que había una sustancia desconocida. Era narcotraficante, por ello podía desembolsar grandes sumas, para comprar la granja de olivos de Ramón Olivares. Por lo menos tenían un cargo por el cual enjuiciarlo, el otro que podía imputársele es el de asesinato, si todo era como Delgado pensaba.

Delgado, en un último esfuerzo aquella noche, llevó una linterna de luz UV a la entrada de la casa de Pallares que estaba custodiada por varios policías, y observó salpicaduras de sangre en la entrada, que se extendían hacia afuera y habían sido limpiadas con agua.

Autor intelectual Pallares, tal vez quería matar a Ramón y su esposa, no a sus hijos, o tal vez aprovechó el hecho de que Quique era pareja de Martha Alicia para meterle ideas en la cabeza y manipularlo con la droga aquella. El autor material fue Quique, salvo en el caso de Jaramillo que todo parece indicar que fue el propio Pallares.

—Bueno mi amigo Ramón, el caso está resuelto, en las próximas semanas haré llegar mi informe a la corte, y en caso de ser necesitado asistiré al juicio, fue un placer colaborar con la familia Olivares, iré a tu casa a buscar mis cosas —decía Emilio Delgado mientras apretaba la mano derecha de Ramoncito, y se despedía de Ramón el padre.

—Cádiz me espera —finalizó.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up