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098.- Una lección gastronómica

Blanca Minami

 

Sin lugar a dudas hoy, para Natalia, es uno de los mejores días porque, por fin, se decide que harán para conmemorar el día de Andalucía. Era uno de sus días favoritos porque hacían muchas actividades, no daban clase y, al día siguiente, siempre suele ser fiesta. Este año, al estar en quinto, les tocaba recabar información y preparar una exposición, en el que se exhibiesen las ideas más importantes del tema que te tocase, escogido previamente por su tutora, Laura.

Tras llegar a la entrada de la escuela, se despidió de su madre y se reunió con sus compañeros en la fila, segundos antes de que tocase el timbre. La puntualidad no era algo de Natalia o su familia.

Natalia rápidamente vio a sus amigas Raquel y Paula delante de ella y las saludó. Tras sonar el timbre, subieron ordenadamente en clase después de los de cuarto curso, y entraron en su aula. Natalia dejó su abrigo en el perchero e, inmediatamente después, fue a su asiento. Sus amigas se sentaron a su lado mientras otros niños charlaban de lo que habían hecho el día anterior, que estribaba en jugar a videojuegos, pedirse alguna tarea que no hubieran hecho o hablar de algún partido de fútbol.

La profesora Laura llegó inmediatamente y los saludó a todos con una calurosa sonrisa, mientras los instaba a sentarse. Puso en la mesa una pequeña caja marrón en cuanto la clase se serenó. Ella les mostró trozos de papel doblados.

—Bien chicos, vamos a comenzar el sorteo. Que cada secretario del grupo venga y tome un papelito. En cada uno vendrá la temática que tendréis que abordar en vuestro trabajo.

Natalia miro emocionada a sus compañeras mientras esperaba su turno. Fueron saliendo poco a poco algunos temas que ellas querían como: los monumentos más importantes, las costumbres de cada provincia, las fiestas más relevantes, las playas más visitadas, platos típicos…

Natalia, cada vez, estaba más nerviosa incapaz de dejar de mover sus pies, mientras esperaba impaciente. Finalmente, su profesora llamó a su equipo y ella se levantó, dirigiéndose hasta la mesa. Natalia vio que solo quedaba un papel y lo tomo con cuidado. Al abrirlo leyó en voz alta, como todos los demás, qué le había tocado.

—El desayuno molinero—dijo Natalia completamente desilusionada. Ella pensaba que no había un tema más feo que el desayuno molinero. ¡Ella ni siquiera sabía a qué se refería!

Volvió a su asiento y vio la desilusión en el rostro de sus compañeras. Esto había sido un completo fiasco. A su alrededor, sus compañeros estaban charlando animadamente de cómo lo abordarían mientras que ellas, simplemente, se miraron no muy contentas.

—El desayuno molinero es pan y aceite ¿no? —pregunto Paula insegura—¿Qué más quiere que busquemos la profesora de algo tan sencillo?

Raquel, que siempre ha sido algo competitiva, simplemente miró a sus amigas—. Yo no pienso rendirme. Haremos el mejor trabajo, cueste lo que cueste.

Natalia y Paula no estaban tan decididas como su amiga.

*

Paula, Raquel y Natalia habían quedado en la casa de ésta para ponerse a trabajar. Natalia abrió el portátil. Pensaron que lo mejor era buscarlo en Internet y apuntar lo que saliera, pero la verdad es que llevaban un buen rato y la información parecía repetirse una y otra vez. Apenas llevaban una cuartilla y llevaban trabajando horas delante del ordenador.

Oyeron ahora como la puerta se abría y las tres niñas vieron cómo entraba la madre de Natalia ahora con la merienda. Las niñas tomaron los pequeños bollitos y los comieron con ansias, agradeciendo previamente a la madre de Natalia por los mismos.

—¿Cómo va el trabajo? ¿Qué tema os ha tocado?

—El desayuno molinero—dijeron las tres niñas a la vez, no demasiado contentas.

—¡Qué tema tan interesante! —les dice su madre y Natalia mira a su madre sin creerla.

—No, mamá. ¡Es un rollo! ¿A quién le importa el desayuno molinero?

—A mí—oyeron, nuevamente, la puerta abrirse y vieron cómo alguien entraba en la habitación. Era José, el abuelo de Natalia.

Natalia adoraba a su abuelo y sus historias desde pequeña. Como sus padres trabajaban, siempre había pasado mucho tiempo con él. José no era el típico abuelo que llevaba sus nietos al parque o los recogía del colegio. El abuelo la llevaba por el campo siempre que podía, pasaban horas perdidos entre los árboles y descubriendo todo tipo de animales y plantas, pero lo que más le gustaba era contar sus historias de juventud, cuando él trabajaba en el campo en la recolecta de olivos.

—Abuelo ¿Nos puedes ayudar con nuestro trabajo? Estamos buscando información sobre el desayuno molinero—preguntó con intriga Natalia.

Éste asintió rápidamente y se sentó en una de las sillas cercanas mientras sus ojos cansados observaban a las tres niñas, que sostenían sus cuadernos y lápices para escribir todo lo que él dijera. Pensaban que sería mucho más interesante que la información de Internet.

—El desayuno molinero era muy importante para nosotros debido a que era nuestra comida principal, la más importante. Todos los molineros… ¿Sabíais que trabajaba en un molino?

Natalia sí asintió, pero las otras niñas negaron con la cabeza. El abuelo las miro sonriendo:

—Trabajaba en un molino gigantesco. Fue mi padre quien me enseñó todo lo que yo debía saber sobre el oficio desde que era muy pequeño. Como molinero era el encargado de convertir el trigo en harina, que usamos después para hacer, por ejemplo…

—Galletas—añadió Paula.

—La masa de la pizza—comentó Raquel emocionada.

—Pan—dijeron a la vez, cómplices, Natalia y su abuelo.

El abuelo de Natalia prosiguió con su relato:

— El molino no era mío, sino que trabajaba moliendo el trigo para el dueño del mismo. Yo tenía que mantener limpio el molino y hasta tenía un huerto al lado donde plantaba tomates y…

La madre de Natalia negó con la cabeza:

— Papá, les estabas contando sobre el desayuno molinero.

El abuelo asintió nuevamente, rascándose la cabeza.

— Efectivamente, el desayuno molinero era un gran banquete para nosotros. Me acuerdo cómo nos reuníamos los que terminábamos de trabajar en los molinos por la noche, con los que entraban de madrugada. Muchas veces, era el único momento en el que teníamos un momento para descansar.

—¿Y tanto os alegraba un pan con aceite? —preguntó sin entender Paula.

El abuelo negó rápidamente, algo enojado.

— ¡Eso son inventos modernos! El verdadero desayuno molinero, de toda la vida de Dios, era nuestro pan tostado, con aceite, eso sí, y aceitunas. Pero ¡no solo se le echaba eso! Recuerdo que por las fiestas del pueblo siempre me llevaba naranjas y, si había dinero y habíamos podido comprar, bacalao o chacinas.

Natalia miró a su abuelo.

— ¡Sí que llevaba ingredientes!

—¡Y de buenísima calidad, Natalia! El pan del pueblo, hecho con nuestra harina, el aceite de Oliva Virgen Extra y las aceitunas aliñadas por nosotros mismos. Tu abuela, que en paz descanse, las hacía riquísimas.

Las niñas no dejaban de apuntar en sus cuadernos toda la información. La madre de Natalia apareció ahora con una pequeña caja que le entregó al abuelo. Él sonrió con melancolía mientras les decía a las niñas que se acercasen. Las niñas observaron las fotografías en blanco y negro.

—Mirad, ahí podéis ver el molino. Ese de la derecha es mi amigo Paco. Él también trabajaba cerca del molino como agricultor.

Natalia vio una imagen de su abuelo y una mujer muy joven, ambos tomados de la mano y supuso que era su abuela. Se la dio al abuelo y vio como sus ojos se empañaban ligeramente de lágrimas.

—Ella era tu abuela, Dolores. Nunca olvidaré el día que la conocí. Estaba trabajando en el molino. Hacía un día horrible. Había estado lloviendo muy fuerte, una tormenta repentina que nos pilló a todos por sorpresa. Me refugié en el molino e iba a cerrar la puerta cuando la vi, llegando empapada, pidiéndome ayuda. Por supuesto, yo siempre he sido un caballero y la dejé pasar, ofreciéndole una toalla para secarse. Ella era muy hermosa y no recordaba haberla visto nunca por el pueblo. Resulta que era la sobrina de una de las familias del pueblo, que venía de visita de la gran ciudad. El autobús la había dejado en el pueblo de al lado y había venido caminando todo el trayecto, hasta que la tormenta le pilló. Hablamos durante horas y luego, la acompañé a su casa. Ella me gustó desde el principio y pronto nos enamoramos y casamos.

Natalia, Paula y Raquel sonrieron a la misma vez ante la historia, mientras la madre de Natalia colocaba sus manos sobre los hombros del abuelo, con dulzura.

— Me encanta esa historia, papá.

El abuelo sonrió y miró a las niñas, con una gigantesca sonrisa:

—Y bien ¿Qué pensáis ahora del desayuno molinero?

—¡Qué vamos a hacer la mejor exposición de la clase! —respondió Raquel emocionada mientras el abuelo les prestaba sus fotos para acompañar la exposición.

*

Paula, Natalia y Raquel no estuvieron nerviosas, sabían que todo lo que iban a comentar sobre el desayuno molinero era verídico y muy interesante. Las anécdotas del abuelo hicieron reír a muchos y también ayudaron a entender la importancia de este desayuno y su tradición.

Cuando terminaron su exposición, el alumnado y el profesorado les aplaudió e, inmediatamente, sonó la alarma que indicaba que era la hora del recreo. Los niños, de los diferentes cursos de Primaria y de Infantil, se organizaron en largas colas para recibir su merienda especial, el bocadillo de pan caliente con aceite y, de manera opcional, podías echarle azúcar o no.

Paula, Raquel y Natalia devoraron el suyo, en cuestión de minutos y se pusieron, nuevamente en la fila, para pedir un segundo. Sin duda alguna, las tres amigas tardarían en olvidar ese día y todo lo que aprendieron de él.

 

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