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097.- El olivo del rey (El último viaje de Abén Humeya)

Yusuf Humeya

 

 

“Los designios de Alá recorren las vidas como fluye la savia por un centenario olivo: tienen la potestad de navegar en el tiempo, andando y desandando caminos y despertando recuerdos que duermen ignorados en la sangre de las generaciones.”

(Fragmento de un códice aljamiado
hallado junto a los Libros plúmbeos del Sacromonte)

(…) También tuve la suerte de nacer en el seno de una familia con un claro sentido de los valores que contiene el Corán, sin que ello nos llevara a los extremos de intolerancia que tan frecuentemente desacreditan nuestra fe. Mis padres me inculcaron el respeto a las ideas de los demás, aunque no compartieran nuestros principios religiosos. Por desgracia, abandonaron este mundo a edad temprana, dejándome huérfano de sus cuidados y enseñanzas, pero no desprotegido, ya que siempre me sentí arropado por nuestra comunidad.

Recuerdo que, a pesar de mi juventud, en aquellos años poseía ya la madurez necesaria para comprender la importancia de la formación y me fijé como meta labrarme, mediante los estudios, un porvenir que me garantizara el sustento, sobre los cimientos de un oficio adecuado a mis inquietudes y a las perspectivas de mi entorno social, económico y geográfico. Con ese propósito asistía en Melilla, mi ciudad natal, al segundo curso de un módulo profesional relacionado con las labores que siempre me atrajeron y con el que, en pocos meses, obtendría el título de técnico en aceites de oliva. Pero, para ello, antes debía superar un periodo de prácticas en una empresa del sector y quiso el destino que mi tutor concertase la almazara de un íntimo amigo suyo, “quinto de la mili” lo definió, en un pueblecito de la Alpujarra granadina.

Yo no ignoraba lo que Andalucía representaba para los míos desde hacía generaciones: el Al-Ándalus perdido y añorado, la tierra que durante ochocientos años tantas alegrías, afanes y finalmente tristezas reportaron a los moros, como ellos les llamaban. Sin embargo, no podía ni tan siquiera sospechar los estrechos vínculos que me unían a la comarca alpujarreña, de la que apenas había oído hablar. En un primer momento sentí dudas ante la perspectiva de pasar el verano en un lugar extraño, rodeado de desconocidos con costumbres diferentes. Pero algo en mi interior me decía que podía, ¿por qué no?, aprovechar esa oportunidad para compaginar el aprendizaje en una empresa con excursiones por aquellos remotos parajes.

La víspera de mi partida, ya con todas las necesidades materiales cumplidas, me dispuse a visitar al imam con la intención de aprovisionar mi espíritu con sus sabios consejos y recabar su bendición. En la mezquita le expuse mis planes y, cuando oyó mencionar el pueblo al que me dirigía, abrió los ojos con una mirada emocionada y a la vez de intensa alegría contenida. A continuación, me habló de esta manera:

“Hijo mío, durante cuatro siglos hemos ansiado que llegara este momento. Estaba escrito en los jofores, nuestros textos proféticos, que tal cosa acaecería. Ahora puedo desvelarte algunos de los misterios que rodean tu origen: tu verdadero nombre es Humeya, Yusuf Humeya, y eres el último descendiente vivo del caudillo de los moriscos de la Alpujarra, una comarca que todavía hoy se extiende por las provincias españolas de Granada y Almería, en Andalucía, nuestro Al-Ándalus.

Tu antepasado, Abén Humeya, era un caballero de la corte granadina que atendía al sobrenombre cristiano de don Fernando de Córdoba y Válor, villa esta donde tenía su casa solariega y que Alá ha puesto en tu camino. La estirpe de don Fernando, y por lo tanto la tuya, entroncaba con la prestigiosa dinastía Omeya, los califas de Córdoba. Tras la rendición del reino nazarí de Granada y las capitulaciones de Santa Fe, se sometió en contra su voluntad, como otros muchos miembros de la nobleza local, al dominio de los conquistadores a cambio de conservar sus posesiones y privilegios y, sobre todo, de no abandonar su patria. Pero, tras una acusación inicua y la imposición de unas leyes arbitrarias que prohibían a los de nuestra religión hablar la algarabía y hacer uso de sus costumbres y vestimenta, no dudó en ponerse al frente de la rebelión de los moriscos contra el opresor cristiano y fue coronado rey de la Alpujarra. Poco tiempo después, las rencillas entre los clanes y el desprestigio en que había caído debido a sus costumbres relajadas y su falta de liderazgo militar propiciaron la traición y su posterior asesinato a manos de sus lugartenientes, en unas circunstancias que nunca se esclarecieron, aunque la leyenda quiere que el regicidio se perpetrara en un olivar.

Finalmente, tras dos años de encarnizadas batallas, don Juan de Austria, al frente de los tercios de Italia, aplastó a sangre y fuego la revuelta, pacificó la comarca andaluza y fueron expulsados los levantiscos, incluida tu familia. El palacio de Abén Humeya asolado, los olivares talados y cubiertos los tocones con sal. Partieron los nuestros de Al-Ándalus hacia un triste exilio que dura ya cuatrocientos años, sin querer olvidar ni resignarse a la pérdida, cargados de recuerdos que se mezclaban con añoranzas en un tapiz tejido por la nostalgia y heredado de padres a hijos, de madres a hijas, quienes aún hoy guardan como un tesoro las llaves de sus casas con la esperanza puesta en un retorno que nunca se produjo.

Como único miembro, pues, de tu linaje, y ya que Alá te ha puesto en este trance, te conmino a que, además de servir al propósito que tu futuro oficio te depara, cumplas con un fin cuyos designios no conocerás hasta que hayas concluido tu misión.”

Y así, con gran respeto me entregó una cachimba de madera de olivo historiada con filigranas arábigas que, según él, había pertenecido al rey morisco y una bolsita de tela con una mixtura secreta preparada por sus propias manos, con el encargo de fumar al pie del olivo más antiguo que encontrara allí, en Válor. Antes de dejarme ir, en una ceremonia improvisada, recitó una asura mientras me ungía la frente con el dedo índice impregnado en óleos aromatizados.

Aquella noche, mis sueños se poblaron de heredades calcinadas por las que vagaba como alma en pena una figura solitaria envuelta en brumas, y al despertar me invadió la imperiosa necesidad de hacer realidad los anhelos transmitidos de generación en generación y recuperar las raíces de los míos en estos tiempos más propicios. Y a ello me dispuse, alentado por las crípticas revelaciones y los consejos del imam, el desarrollo de los medios de transporte y la mayor tolerancia hacia los de nuestra condición en tierras de infieles.

El viaje por mar se me hizo grato, cruzando el Estrecho en ferry hasta Almería, con la mente distraída imaginando las emociones que me aguardaban. No tan amena resultó la odisea hacia Válor: al autocar de línea, “la alsina”, como le decían, le llevaba casi ocho horas cubrir apenas cien kilómetros, con tediosas paradas en cada pueblo para depositar el correo y las medicinas. El calor, el tufo a gasóleo y las curvas incesantes me provocaron un intenso mareo con angustias que me impidió disfrutar de las vistas.

Repuesto como por ensalmo, a lo que contribuyó no poco el aire de la sierra, puse por fin el pie en los lugares arrebatados a los moriscos, rescatando sensaciones atávicas de colores, sonidos y aromas que pertenecían a tantos hombres y mujeres del pasado, pero que, sin saberlo, pervivían en mí. Las carreteras estrechas y sinuosas, solapadas sobre los caminos que trazaron los árabes, las montañas, los barrancos, los cultivos en terrazas circundadas por balates y el agua de las acequias me daban la bienvenida a casa. Parecía como si nunca hubiera salido de allí.

El intenso e inconfundible olor del alpechín me evocó vivencias compartidas con espíritus que no podía identificar, pero que eran tan reales como las personas que me cruzaba en mi camino de vuelta al hogar. En mi mente se dibujaron bancales y paratas salpicadas de olivos de troncos retorcidos, hojas verdes y ramas dobladas preñadas de bayas oscuras. Rememoré, como en un trance, escenas tradicionales en las que los campesinos, afanados en varear los árboles con garabatos primero, para arrancarles su fruto y recogerlo del suelo con toldos después, acarreaban finalmente las aceitunas a la almazara en serones, a lomos de mulas, y las molían con los grandes conos de caliza hasta obtener el espeso caldo dorado que era la otra sangre de la comunidad.

Apenas me costó trabajo encontrar la almazara, junto a la carretera que franqueaba el pueblo, ya casi a las afueras. La construcción presentaba un aspecto no muy diferente al del resto de las edificaciones de Válor: terrado de launa, alares de piedra alpujarreña y muros encalados cuyo resol es cegador casi todo el día. Esta arquitectura, también de herencia árabe como supe después, se había conservado inmutable desde tiempos inmemoriales, adaptada a las condiciones climatológicas y a los materiales de la zona. Flanqueaban el sendero de entrada dos hileras de orondas tinajas de barro, parientes de tierra firme de aquellas marineras ánforas griegas y que, convertidas ahora en meros elementos ornamentales, fueron un día centinelas de la cosecha. Un rústico conjunto escultórico compuesto por el oxidado engranaje, aún con restos de hollejo petrificado, y las muelas de granito melladas que tantas aceitunas habían triturado antaño completaba la decoración exterior. Y en la fachada, un cartel que rezaba “El olivar del rey”.

En el umbral, fui recibido por el dueño y mi futuro jefe, Julián, que acompañaba con gestos amables y efusivos palabras de bienvenida que, en el habla tan peculiar de la zona, a duras penas comprendía.

Ya en el interior, la espaciosa nave, de techos altos cruzados por vigas de madera, contenía las prensas, depósitos y útiles apropiados para las funciones del procesado. Sin embargo, lo que llamó mi atención fue una de las paredes laterales. Allí, en hornacinas protegidas del polvo mediante cristales, se exhibía un pequeño museo de objetos en desuso que habían tenido que ver con el aceite y cuyos nombres fui aprendiendo: zafras, alcuzas, orzas, palmatorias, candiles y lucernas de variadas formas y tamaños.

Y fue así como me inicié en el mundo laboral.

En su afán por hacerme amena la estancia, Julián solía referirme mil y una anécdotas con que entretener las tareas cotidianas. Una de ellas, que daba cuenta de la forma de hablar de los valoríes (que a veces ni entre ellos se entendían), había sucedido años atrás en un cortijo, en el transcurso de una comida de cazadores, con un pastor, persona de buen fondo, aunque algo simple, que unía al acento alpujarreño cerrado una tartamudez incontrolable. Para colmo, iniciaba sus frases con una muletilla con la que se había ganado el mote por el que todos lo conocían: el Nesnés. Al parecer, concluido el festín, ya en la sobremesa, el paisano, algo ajumado por el vino, se arrancó de esta manera:

“Pos, nesnes que lo que me nno me entra en la mollera es lo de la oliva. Nesnes que ssi yo tengo mis buenos dineros, bien ganaos, ppor qué tengo que pagar la oliva”.

Los comensales, también achispados, se miraban entre perplejos y burlones, aunque acostumbrados a las ocurrencias del buen hombre, sin alcanzar a comprender qué diantre tenía que ver el dinero con la oliva. A las preguntas de los otros, el pastor volvía una y otra vez, cerril, sobre sus argumentos.

Pasado un buen rato, tras desentrañar el galimatías del Nesnés, los cazadores descubrieron sin poder contener la risa que se refería al IVA, un impuesto recién implantado en España.

La hospitalidad de mi anfitrión hallaba su punto culminante en la mesa: la gastronomía morisca entreverada en la cocina alpujarreña ofrecía recetas tan suculentas como la pipirrana, con su cebolla, su tomate, su pimiento verde y su pepino; el arroz liberal, generoso en especias y al que los cazadores aportaban las piezas cobradas; o las migas con engañifa de temporada, hechas a base de harina de sémola de trigo –una versión aceitosa del cuscús–. Pero el plato que me cautivó fue el potaje, esa zambra culinaria al son de las habichuelas de la vega, las papas de secano, los brotes tiernos de hinojos y los cardos silvestres arrancados de los taludes próximos a las acequias … y marcando el ritmo, ¡cómo no!, el delicioso zumo de nuestra almazara.

Una vez familiarizado con el acento de los lugareños, con el propósito de llevar a cabo mi misión secreta pregunté a los pocos días por los viejos olivares y allí encaminé mis pasos. Contemplaba, situado en el cerro cercano, un panorama que apenas había cambiado desde los tiempos en que dicen que fenicios y romanos injertaron los acebuches autóctonos con esquejes traídos de las otras orillas del Mediterráneo.

A la sombra del longevo patriarca, milagrosamente salvado de la saña del hacha de don Juan de Austria, aguardé la caída de la noche, procurando al abrigo de su negro manto ponerme a salvo de miradas inoportunas. A medianoche, el bancal se convirtió en un campo de batalla en el que formaba un ejército de sombras inmóviles, expectantes, como si del séquito de un alto dignatario se tratara. En la oscuridad, noté que un extraño halo verdoso envolvía el olivo, confiriendo a la escena un aire fantasmal y sentí, lo confieso, cierto desasosiego. Bajo una media luna estival, sentado y con la espalda apoyada en el tronco sarmentoso, armándome de coraje cebé la cachimba con el contenido de la bolsa, la prendí y comencé a fumar, tal y como me había instruido el imam. Enseguida, los vapores que emanaban de la cazoleta me sumieron en un dulce sopor en el que se me apareció el mismísimo Abén Humeya en todo el esplendor de su reinado, ataviado con sus más lujosos ropajes, y me rogó que, para el eterno descanso de su alma, le diera digna sepultura.

Con estas palabras me susurró indicaciones precisas para hallar la fosa y elegir el sitio donde inhumar sus despojos y que, una vez repuesto de la impresión, juré seguir al pie de la letra:

“Las raíces de este olivo han preservado mis huesos –me dijo–. Mi memoria se ha conservado en la corteza de este árbol fiel, cuya savia ha hecho las veces de mi sangre, y ha sido, a un tiempo, mi morada anónima y mi exilio interior durante cuatro siglos. Morí como Abén Humeya –prosiguió ante mi estupor–, sin tan siquiera recibir los santos óleos ni el consuelo de un funeral, más deseo reposar en sagrado, a la espera del Juicio Final, como cristiano, como el don Fernando de Córdoba y Válor que fui, en mis tierras solariegas y al amparo del divino patrón del lugar, el Santo Cristo de la Yedra.”

No fue esta la única conversación que mantuvimos. Tras comprobar mi buena disposición a obedecer sus últimas voluntades, su confianza en mí le animó a sincerarse y me relató con toda suerte de detalles las vicisitudes de su breve reinado, el desarrollo de la guerra de las Alpujarras mientras estuvo al mando y las infames acciones que acabaron con su vida. Guardo para mí las profecías que me transmitió, que atañen a mi papel en el destino de nuestro pueblo y el futuro de Al-Ándalus, y que me prohibió revelar. Con la llegada del alba, su espectro descendió para siempre al reino de los muertos y yo me dispuse a cumplir la palabra dada, con la inestimable ayuda y discreta complicidad de Julián.

En un túmulo, acorde al fin con su alcurnia, deposité con reverencia sus restos envueltos en una jarapa. Antes de cubrirlos con la tierra abonada, rocié con el hisopo generosas gotas del aceite más selecto y distribuí sobre la mortaja un puñado de aceitunas, en la esperanza de que con el tiempo brotara un hermoso ejemplar a modo de lápida. Finalmente, hicimos inscribir en una cruz de alabastro el epitafio que él mismo me dictó antes de emprender su último viaje.

Satisfechos sus deseos y los compromisos que me ligaban a Julián, regresé junto a mi gente, junto a los vivos, el espíritu sereno por el deber cumplido, llevando conmigo, como testimonio del encuentro onírico, el sello real que me entregó mi ilustre trastatarabuelo, una rutilante gema de olivina engastada en oro viejo, única joya que le había sido respetada por los traidores en honor a su rango.

Y como prueba fehaciente para las generaciones venideras de aquella mágica experiencia, de la que jamás sabré discernir a ciencia cierta si me hizo soñar lo vivido o vivir lo soñado, mandé labrar un cofre de la madera del tótem del monarca en el que custodiar el anillo regio y la cachimba mística, reproduciendo, talladas en el frontispicio, las mismas palabras que presidían su enterramiento:

“Yace aquí aquel que fue rey, yerto,
envuelto en esencias de olivo,
ya que las añora ahora muerto
quien antes las gozara vivo”

Epílogo.

Huelga decir que, al concluir mi aventura, volví con un elogioso informe bajo el brazo y la evaluación positiva de las prácticas. El título obtenido me auguraba una exitosa incursión en el sector olivarero y hoy soy el orgulloso propietario de una modesta aunque próspera explotación oleícola a las afueras de Melilla, llamada Zaytun almalik, Olivo del rey. Y en mi tiempo libre ejerzo de alfaquí.

También he formado una familia que ha dado el fruto deseado de tres hermosas criaturas, que son mi mayor tesoro y que aseguran la continuidad de la dinastía. Mi mentón se ha poblado con una barba algo rala que, junto con la cabellera de azabache –ya con algunas hebras de seda–, la tez cetrina y los ojos aceitunados, confieren a mi aspecto un porte noble que me hace digno sucesor del rey de las Alpujarras, Abén Humeya.

(*) Extracto de las Memorias de Yusuf Humeya.
Traducción del árabe: Juan Francisco Escudero Cobo.

 

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