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093.- Giribaile

Antonio Jesús Soler García

 

Al levantar la mirada en aquel primer día el color verde intenso de aquellas hojas de olivo era inapreciable. En la cabeza sólo rondaba aquel cruce de caminos donde dos coches se cruzaron mientras alcanzaba el lugar donde empezaría una etapa desconocida y para la que el ímpetu parecía más importante que la fuerza física. Estar allí no había sido posible sin un empujón de una persona que aún hoy ronda por la cabeza. Josefa fue quien intermedió para que después de tocar el suelo en todos los sentidos solo sirviera de empujón para retomar el pulso de una vida aún con muchos capítulos por delante. Ella había sido una luchadora desde tiempos atrás. Experta en lo que los jiennenses conocen como la aceituna. Una todo terreno. Una luchadora por la vida. Una de esas mujeres de pasta especial por la que recorría aceite verde oliva por sus venas para ser como era. Humilde y de esas personas que te tocan el alma fue capaz de hacerme llegar hasta aquel lugar donde era un extraño, pero confiaba en mí. Enferma de cáncer habíamos hablado muchas mañanas y tardes de la vida. De cómo cambia todo, de cómo las fuerzas si no se tienen solo se está al 50% de haberlo dado todo. De cómo se puede vencer cuando no te dejas de llevar. De cómo todo lo que te invade y te derriba sirve de aprendizaje para llegar a volver a tí mismo. Eran conversaciones cortas mientras en aquella casa de mis familiares me manchaba con el mayor de los gustos de blanco para limpiar de harina cualquier esquina o abastecer de leña desde la puerta aquel horno que inundaba la aldea de la pedanía de Vilches del inconfundible aroma de pan recién hecho. De pan, pan en aquel mar de olivos que acariciaban casas de no más de doscientas personas y que estaban en un enclave lleno de historia íbera como es la ciudad fortificada de Giribaile. En ese momento que recorre la cabeza de cómo y por qué se llega hasta ese instante en mitad de una jornada de campo se mira hacia atrás. Y al presente. Atrás para ver cómo aquella mujer que tenía unas manos rudas y que había sacado adelante a su familia junto a su marido Manolo era un ejemplo de fortaleza para recoger los trozos que hubieran quedado desprendidos de las entrañas de un alma atormentada que se situaba en el punto de partida para volver a dibujar la silueta de todo lo que se quedó en el camino y después darle color. Verde sería el primero, en honor de quien me hizo ver desde otro prisma cosas de la vida que solo Josefa sabía poner en sus labios pese a su enfermedad y tal vez falta de esos estudios que todos tenemos pero que ella no necesitaba porque era instructora, catedrática en la vida, pero desde el olivar…

Con el corazón partido en dos es más complicado alcanzar con la vara las aceitunas que hay en las últimas ramas mientras se repela. Libera bastante por el asunto de soltar rabia por aquello que no fue decisión de uno mismo y cura. O quizás es lo que uno sentía en ese momento equivocado. La cura a las cuestiones que no están relacionadas con el cerebro son de otro color, aunque el verde ayuda bastante. Tras varios días enfrascado en aquel frenesí de palos, guitarras (que es como llamaba el manijero a la vibradora), y mantos (también conocidos como lienzos) se limpia el espíritu físico atenazado muchos años por la falta de deporte y el sentirse oxidado. No era mi sitio realmente, pero aquella oficina al aire libre me hacía pensar en silencio. Cabizbajo, pero lleno de oxígeno en esa parada para comer en la que el mejor sitio era ese olivo por el que habías pasado y ya apenas quedaban de sus frutos. Era una decisión el estar allí, como otras tomadas por mí lo fueron anteriormente. Era sentirse en la tesitura de querer andar. De querer ser como Josefa. De querer dar aquellos pasos que esa mujer mostró en los caminos de olivos de su aldea. Era la decisión de resurgir en lo que la esencia de mi tierra tiene. Desde dentro de ella misma, pese a que en el pensamiento siempre me doblegara la misma imagen sin darme cuenta que no era aquella una decisión mía y que no había otro camino que saltar para avanzar. Pero ese miedo del abandonado atenaza. Le ata las manos y los pies. Y casi es capaz de amordazarlo.

Aquella tarde tras la jornada no había nadie en casa. La espera se hizo en el mismo suelo. Los días eran calurosos y en la aceituna eso condiciona el trabajo porque físicamente se sufre más. También reconforta el hecho de ver que se puede y que puedes con lo inesperado de un trabajo duro y para que no estás preparado. En la espera la cabeza se apoya en la pared de la fachada junto a la puerta y los ojos se van al cielo. Más que azul, volvería a decir que verde, porque en Jaén el cielo tiene ese azul que se acerca al turquesa por el aroma que desprenden los olivos. En el silencio del pensamiento y al bajar la mirada no podría olvidar la mirada que mis padres me hicieron . Acababan de llegar. No los veía desde hacía semanas y nuestra relación estaba, más que erosionada, en un punto de ruptura que nunca llegó. Sus ojos se clavaron en mí. Mi madre derramó lágrimas al verme allí sentado. Manchado por todos sitios. Perdido del verde y morado que dejan las aceitunas y de lo que ella, como Josefa también había vivido tiempo atrás. Eran lágrimas de reconciliación sin palabras. Solo con ellas y sus ojos, a los que acompañaba los de mi padre, fueron suficientes para restañar heridas. Pero no solo fueron aquellas miradas de sorpresa, incredulidad o tal vez hasta indignación de lo que lucharon por mí para que tuviera la posibilidad de tener aquella carrera que ahora era papel mojado. Fue su presencia, con el dolor que acompañaba a mi padre con la misma enfermedad que Josefa. Otro luchador. Y a dúo con mi madre, indestructibles. Esa esencia que dejó aquel aterrizaje había ido borrando dolores y curando heridas que sin aquella colaboración en mi tía María Inés habría sido algo difícil de superar. Pero las heridas curan, restañan y son gracias a las manos que te ponen encima desde el amor. Ese que te abandonó una mañana y que en un cruce de caminos, coche ante coche, dejó un río de lágrimas. Los paños calientes, las gasas y sobretodo el olor de aquel molino de aceite de Miraelrío impregnaron las vendas de la vacuna necesaria para comenzar a levantar el cuerpo y el alma…

El día de cobro es de esos que te pintan una sonrisa en la aceituna. Son los jornales de toda una semana y en un sobre. Cada semana es así. Y ese día cuentas y recuentas y te sonríes. Hacía tiempo que no lo hacía… Pero como diría la chica que manejaba la sopladora, “el dinero de la aceituna viene y se va rápido”. Había que ser inteligente en eso también. Y había que mirar a que el esfuerzo tiene esa recompensa. Pero hay un sobre cerrado que no había abierto todavía porque en la finca en la que estábamos todavía quedaba una semana entera de jornales. Una semana de sonrisas en aquella oficina al aire libre en la que trataba de adaptarme pero en la que no daba pasos en lo que al trabajo del olivar se refiere de forma firme. El último en llegar era al que le caían demasiadas cosas encima o errores. Y yo de aquello estaba curado de espanto porque a los que ya había cometido en mi día a día del pasado más cercano también tenía los del presente para mantenerme en la cuadrilla que tenía que ir a otras fincas. Y para eso hay que estar fuerte. Creo a día de hoy que más que físicamente, mentalmente. Los oídos no se pueden tapar ante las quejas de los expertos compañeros, pero aún así con la piedad que supone cuando al arrastrar un manto que parece el copo de un barco al recoger sus redes llenas de pescado. Esa es la satisfacción final de la recolección mientras los que saben de esto de la aceituna hablan incluso mientras trabajan a destajo del rendimiento del fruto en toda la mar de olivos que rodean a la comarca del Giribaile. Los golpes que sufría en el lenguaje contra mi persona por el trabajo que realizaba no hacían mella como días anteriores. Porque entre comentario y comentario a cerca de si la aceituna era o parecía de plástico por que no caía al manto siempre estaba de por medio yo mismo para reseñar que los pájaros se iban a poner las botas porque no repelaba bien las copas. No herían porque lo hacían desde la honestidad. No herían porque mi cuerpo tenía demasiadas cicatrices dejarse sentir por sus palabras. No herían porque mi alma se había puesto en pie ya y comenzaba a caminar. Y no herían porque ya había llegado a esa pelea contra el cielo verde que era aquel paraje.

Habíamos terminado una hora antes la jornada en aquel último día en Canena, lugar donde la localidad la vigila un castillo renacentista del siglo XVI obra de Andrés de Vandelvira que dejó en nuestra provincia su arte a modo de olivar. El dueño de aquella finca que hacía también las veces de manijero se había encargado de agasajarnos por terminar un día antes. El esfuerzo había sido colosal al ir ‘tirando’ más de 80 olivos de tres y cuatro pies a diario. Nos trajo pasteles, una copita de licor y hasta mantecados de la Navidad recién pasada. Eran todo sonrisas. Estaba de por medio también el sobre. Nos mirábamos todos porque de ahí habría que saltar a otro lugar, otra finca. Habían pasado cerca de 30 días y todos brindaban. Todos. Incluso yo. O tal vez era eso lo que creía porque, a pesar de sonreír, ya me había marchado. El olivar de aquel sitio me había marcado dos ‘hiladas’ de olivas que se perdían en el horizonte. En el fondo se alzaban varias nubes con aspecto de tormenta. Y deslizaban un goteo pequeño, pero continuo. Es el ‘chirimiri’ que cerraba días de calor y de una mirada que avanzaba más allá. Aquello que yo divisaba se parecía a unas puertas enormes. No las cielo, sino aquellas que habíamos comentado Josefa y yo en alguna ocasión repetidas veces. “Cuando uno está triste, destrozado y debe sostenerse no encuentra el lugar hasta que sabe quién es realmente”. No se puede ser más preciso porque en sus palabras era más la idea que la literatura propiamente dicha. Y más que las palabras aquello que te se abría era la sensación del punto y seguido. Allí, en el fondo. Justo en el centro. Era el instante, el momento… El trueno que sonó y trajo la lluvia dejó en el olvido muchas cosas, aunque las marcas que nos hicieron siempre serán nuestras. En aquel agua verde olivo que nos caía se podía levantar hacia el cielo la cara para limpiarse. En aquella tarde se matizaba con más claridad que la vida había nacido. Justo como al ir al molino y ver lo turbio de su néctar en la primera prensa. El amargo verde. El oro. Pero más aún el resplandor de que en esas hiladas torcidas se abría un camino, con luces y sombras. Con aguaceros que llegarían como siempre, pero con una silueta en el fondo hacia la presa del Giribaile que caminaba hasta perderse en sus pasos…

En aquella cama cuando los ojos se entrecierran después de una vida la tierra mojada y su aroma impregnan de una forma diferente un adiós. Ese instante es cuando la seguridad de los años en la última madurez humana se detienen mientras el rastro que queda es el de las huellas que nuestros antepasados dejaron allí. Ese que en cada despedida surca un desfiladero que conduce a la misma Vía Heráclea que se confunde con el Camino Real de Toledo. Por allí caminaba Josefa, en paz, devolviendo a su tierra su cuerpo, a sus olivos su sangre verde que impregna desde el santuario al cenobio plaocristiano llegando al castillo almohade del Giribaile, en pleno corazón de Cástulo. Despidiéndose desde las defensas de Orisia y mirando atrás hacia ese escarpe de unos 20 metros en vertical donde su sonrisa de satisfacción mientras los olivos la aupaban al cielo, casi al lado de la luna una vez caía la noche, para pedir por mí que cuidara de mis sueños para que el sol no me los arrebatara por la mañana.

 

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