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087.- El milano sobre el olivar

Juan González Repiso

 

Parecerá mentira, pero fue un milano el que me contó la historia de este olivar. Privilegio inigualable de este Ícaro alado. Lo llevo viendo toda mi vida, cómo sobrevuela altanero los campos en busca de alimento y cómo descansa avizor sobre las catenarias que bordean la carretera. Observándolo, sin mediar palabra, me ha ido narrando todo lo que ha vivido. Me contó que los íberos ya andorreaban por estas lomas cenicientas recién abandonado el nomadismo; tiempos de piedra, madera y brezo, incipientes huertanos y ganaderos huyendo del hambre y de los fríos invernales. Mi confidente, el milano negro al que nunca puse nombre, aprovechaba los despojos de aquellos hombres para no contradecir su instinto de carroñero.

Yo pasé mi infancia correteando entre estos olivos retorcidos, sabiendo que un día, no muy lejano, serían míos. Mi abuelo, que siempre llevaba un puñado de aceitunas en el bolsillo de la chaqueta, afirmaba que los pájaros en la finca era una suerte de buena señal, que todo en la tierra tiene una razón de ser y estos animales hacen, sin saberlo, que todo esté en equilibrio. Conocía todos los habitantes de aquel cerro; currucas mirlonas y alcaudones de capucha roja, sobre todo, que inundan de trinos estos paisajes.

Así pasé mis días de chaval, con una infinita curiosidad, oteando horizontes cuajados de olivos que muestran tenaces los arañazos producidos por el tiempo. El viejo me contaba que el árbol del olivo aguanta bien el calor, menos las extremas heladas, pero no crece sano en los charcos ni en el barro. Que han de podarse en el momento oportuno para que crezcan mejor. Más de una vez fui a varear con los mayores, aprendía mucho con ellos; me encantaba contribuir a aquella liturgia agrícola que mantenía a toda la familia. Minerva nos protege, decía, mientras apoyaba su mano firme sobre mi hombro, pero yo no le entendí entonces. Tampoco el gesto de agarrar un puñado de tierra yerta con su mano y dejarlo caer con deleite de artesano. Supuse que chocheaba, pero no, ahora lo hago con la misma fe que él transmitía. Ya sé qué se siente.

El milano, esto fue mucho más tarde, vio llegar las legiones romanas, empeñadas a hacerse con esta feraz Bética que con tanta generosidad colmó de aceite de oliva a la insaciable Roma. Me dijo que los restos de los cántaros que utilizaban para transportar el oro líquido, las olearias, dieron origen a una montaña de escombros, que es hoy colina romana, el Testaccio. Todo el río se jalonó de alfares que fabricaban vasijas de terra sigilata, un lujo para la época, y de calzadas que, por fin, comunicaron la geografía infinita de aquella ubérrima Hispania.

Pero fui creciendo y, ya como jovenzuelo con ganas de comerse el mundo, aprendí que las cosas no duran eternamente y que, igual que ahora llegan para la invernada zorzales y petirrojos, mañana quizá no vengan. Que las cosas nunca son del todo como quisiéramos y que hay que adaptarse a los designios de la naturaleza; contradecirla, que es lo que hacemos, es como mear contra el viento.

A veces, me sentía nostálgico; temía por el abuelo, castigado por la vida como cualquier labriego empecinado en no retirarse. Pero aprendí tanto de él, que nunca podré olvidar el afecto que repartió entre los suyos sin pedir nada a cambio; salvo respeto y que viviéramos con dignidad.

A veces me entretengo calculando, a ojo de buen cubero, cuantos miles de longevos olivos puede haber en esta campiña, con sus troncos torcidos y rasgados por un aire que no perdona. Por mayo aparece la trama, racimos de blancas inflorescencias adornan los árboles si ha habido agua suficiente. Así se adivina, más o menos, cómo será la cosecha. Un espectáculo de la contumaz naturaleza, otro más. Me dijo el abuelo que, según los augures itálicos, si un rayo impactaba en un olivum, se acababa el período de paz. Y debió haber tormenta, porque los desconfiados godos, gente áspera de constantes motines, desplazaron a los del imperio y asentaron aquí sus torvas posaderas. Ellos no eran gente de olivar, y les importó un bledo que el mismísimo Hércules, que anduvo por aquí en plan fundador, usara madera de olivo para fabricar el mango de su maza.

El milano, entre vuelo y vuelo, fue, año tras año, testigo de cómo madura la oliva; que pasa en siete lunas del joven verde, después al verde amarillento, para alcanzar la madurez en el morado azulado. Fue ya mi padre el que me enseñó la plantación otoñal por estacas, ceremonia de un lustro que originó el mar de hileras que hoy contemplo con el orgullo del vástago que cuida sus campos.

Estudié, que ya mi abuelo no estaba para contar historias pasadas, que este apetecible sur se hizo musulmán, tierra de frontera. Llenaron los pueblos de acequias y regueros sonoros. Maestros del agua, inmejorable legado para lugares en constante estío. Las razzias agarenas avanzaron hacia el norte y un estruendo de monterías inundó nuestros bosques. Miríadas de ciervos y jabalíes triscaban avisados a las orillas del Guadalquivir. Las heredades se adornaron con palmeras y arrayanes. Llamaron Az-zayt, de ahí aceituna, al rico legado de pulpas que habían dejado los romanos. El ave rapaz me contó que huyó de la pólvora tanto como de las trampas del hombre. No entendía en qué molestaba su planeo primaveral sobre las madrigueras de los conejos y los topillos. Él se libró de la cetrería, no así muchos hermanos suyos que dejaron de señorear por las peñas de la sierra para acabar con una capucha de cuero sobre la cabeza.

Los jornaleros me enseñaron que el exceso de calor perjudica el fruto cuando las panículas están en flor y que la falta de agua deja mermado el esquimo. Experiencia de generaciones laboriosas que van transmitiendo a sus hijos para que no se pierda. Mi padre tomó el testigo del suyo y peleó cada hectárea como si fuese la última sobre la tierra. Nunca le brillaba tanto la mirada como cuando llegaba el vareo. De él he aprendido, como del abuelo, a faenar estás calizas cenicientas, que deben estar bien aireadas. De mi madre, la nobleza y la constancia.

Cuando ya tuve edad de remangarme heredé la finca. Lejos quedaba el tiempo en que los cristianos, con férreas espadas y jacas castellanas, se quedaron con las espléndidas haciendas del califato. Descubrí, no sin sorpresa, que tras un año de abundancia venía otro de mala cosecha; es lo que se llama el misterio de la vecería. La tierra, la vegetación, todo guarda un secreto; la práctica es el único camino del descubrimiento para que la cosecha salga sana y abundante. Esa fue mi labor desde que, ya adulto, me hice cargo de mi propio destino. Amaba el campo, aún lo amo, porque mi abuelo, y mis padres, me enseñaron a ser agradecido con las cosas que nos llegan. He aprendido a respetar con entusiasmo el ecosistema que nos alimenta. Es nuestro mundo. Por eso cuando se retiran los remolques henchidos de aceitunas, con el otoño bien entrado, me gusta ir al ceremonial del molturado, savia alimenticia de una comarca marcada por el sol del mediodía.

Ya no se ven cruces de Santiago y Calatrava sobre capas blancas tomando rumbo a la Alhambra, joya que se resistió rendida a golpe de espingarda, éxodo musulmán a los pies del Mulhacén. Fin de una época que aún mantiene su blanca huella sobre todas y cada una de las ciudades de Andalucía, una historia escrita con cal y narrada con el murmullo del agua.

El milano me confesó que se sobresaltó con la fusilería de las tropas francesas invadiendo lo que no era suyo y presenció desde lo alto su silenciosa capitulación frente al coraje y la furia de aquellos miles de andaluces de gorra y alpargata que se agarraban a su tierra como en un naufragio.

Aprendí de esos aceituneros altivos, como dijo el poeta, que no deben darse sombra las copas redondeadas sobre sus vecinas. Saber milenario de ancianos que han pasado media vida en hinojos, encorvados por la bina o agachados sobre las verdes varetas. Supe de aquella tarde en la que ardieron muchos olivos y del milagro de su regeneración por el prodigio de las yemas latentes. Fue la única vez que vi llorar a mi padre.

Esta tierra vibra con sus romerías y sus paseos de caballos. Tradiciones que se transmiten por gente campera que creen en lo que quieren creer; Minerva, ahora, ya no sestea a la sombra de un árbol junto a la ribera del ancho Guadalquivir. Aquel paganismo sigue, aunque de otra manera.

Mucho después, decía, hubo Junta Soberana de Andalucía, Cantón Federal, años convulsos de discursos ampulosos, de gente de chaqueta, no menestral. Tormenta de dos Españas inexistentes que empezaba a encapotar el cielo por estos andurriales.

Un día sorprendí a mi amigo el milano en sus reclamos agudos llamando a la hembra, que no todo es oteo y vigilancia. Que son un ser vivo como otro cualquiera; no sapiens, sí rapaz altanera que enarca sus cejas cuando alguien se acerca.

Este terruño fue, in ictu oculi, primero republicano, después nacional, ajustes de cuentas, banderas enfrentadas, cunetas de muerte y dolor por todos lados. Terrible historia que nunca debió abrirse paso en una tierra de paz.

Así llegó la miseria, los agudos ojos del ave tuvieron que ver partir a multitud de emigrantes de chaqueta raída y maletas atadas con una guita. Búsqueda perpetua del pan y la sal, del incierto futuro entre lenguas extrañas. Éxodo a lo desconocido, lucha y sudor con la ilusión marcada en los rostros.

Aún, en las noches estrelladas, sale mi amigo de caza, que de buena vista lo dotó la biología también. Todas las constelaciones boreales lo iluminan en el empeño de vivir otro milenio, agazapado en su atalaya de madera antigua, tranquilo y expectante. A mí también me entusiasma mirar al cielo y buscar la Vía Láctea, espectáculo gratuito e inigualable que comparto con mi mujer en las noches de agosto.

Ahora, que ya peino canas, sé que con la década el olivo da toda su esencia, y que quiero seguir viviendo aquí, curioseando los entresijos de este pueblo perseverante. Los hombres y mujeres que vareaban su estructura, ahora usan máquinas que rugen hambrientas entre las hileras cuajadas de sol y agua. Pelean la cochinilla, cuidan con primor su ancestral tesoro, peleando sus terruños palmo a palmo, que la vida no espera ni los chiquillos entienden de escasez. Aliño humano de tomillo y ajo, universo picual de brillos mágicos, cimiento y esqueleto de una comarca rica en aceites y sonrisas al atardecer.

 

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