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086.- Oliva y pan

Silvana Petrinovic

 

El viaje a Mendoza, la cordillera de los Andes, acequias, viñedos y olivares quedarían registrados en su corazón. ¡El viaje había sido un éxito!

Regresó a Buenos Aires cargado de aceites de oliva, regalos y proyectos a futuro. Los Zuccardi eran, sin dudas, los mejores anfitriones y recorrer los olivares cargados de historias lo dejó impregnado de buenos augurios.

Pero la ciudad capital de la Argentina lo recibió en estado de “alerta por pandemia”. Lo conocido había desaparecido. El sentido común yacía preso tras las rejas de una cuarentena sin fin.

Los comercios, bares, restaurantes y hoteles cerraban sus puertas día a día. No obstante, el cocinero había tomado la decisión de mantener la producción del local gastronómico a cualquier costo. Al borde del precipicio y de la quiebra, seguía horneando pan cada mañana. El miedo y la incertidumbre recorrían las calles de la ciudad coqueteando con la muerte, que asomaba de tanto en tanto la mano para atrapar a algún mortal descuidado. El virus tomaba envión y se transformaba en un tsunami de enfermedad; aun así, el cocinero repartía sus productos puerta a puerta, día a día; ni el frío, cargado de fracasos que se amontonaban en los rincones de su corazón, lograba detenerlo.

Aquella noche, después de hacer el reparto y de controlar el cierre del local, volvió a su casa para reponer fuerzas. Necesitaba dormir… Dejó la ropa contaminada en una bolsa y disfrutó de una buena ducha caliente. El sofá lo recibió una vez más. Cómodo y al resguardo, buscó el libro Oliva, dedicado para él por su autor, y se dispuso a leer un nuevo capítulo. Con el correr de los años, había aprendido unas cuantas técnicas para llamar al sueño, leer un buen libro era una de las indicadas.

El confort del sillón lo llevó a sumergirse en las espesuras de harinas y cereales dorados. Metió las manos de niño en la mezcla y –como todo un experto– consiguió una masa suelta que embolló al compás de la música. Una vez leudado el amasijo tomó un cornet y cortó trozos de masa iguales. Una vez leudados y convertidos en pancitos, los cocinó en el horno de la cocina familiar. Calientes aún, los acomodó en una canasta y salió a venderlos a la plaza del barrio de la infancia.

Logró una buena recaudación que atesoró en el bolsillo del pantalón. Al pasar por el quiosco de diarios compró una revista que hablaba de aceites de oliva y panes. Hacía tiempo que quería leerla. Las páginas de la revista gourmet corrían entre sus dedos hasta que llegó a la editorial que tanto le interesaba. La nota veneraba las cualidades del aceite de oliva argentino. Contó los billetes que le quedaban de la venta de los panes. Por suerte le alcanzaba la recaudación para comprar una botellita de aceite de oliva en la despensa de la esquina de su casa.

En la próxima horneada de pancitos, separó uno y lo cortó en rodajas. Las ubicó en una tabla y las bañó con el aceite de oliva que había comprado.

Salió a vender. ¡Vaya sorpresa! Sus clientes, encantados por el sabor del pan con aceite, le encargaron el doble para la próxima horneada. Regresó a la casa de la niñez excitado y lleno de planes…

De improviso, observó los brazos y notó que habían crecido. Buscó un espejo para aguzar los sentidos el asombro lo invadió. El rostro de niño se había convertido en el de un hombre, una copiosa barba cubría las odiosas pecas. Los brazos se habían transformado en troncos venosos acicalados con tatuajes. Observó las manos, las encontró repletas de cortes y cicatrices. Con el rabillo del ojo examinó el lugar en donde se encontraba. No fue difícil darse cuenta, ¡estaba en la cocina de un restorán!

Sostenía una cuchilla cuyo mango llevaba impresas las iniciales de sus nombres, que también estaban bordadas en la chaqueta que llevaba puesta. Un cajón de salmones a medio despinar estaba sobre la mesada. Del otro lado, una olla arrocera chillaba la cocción finalizada del arroz. Los gritos de los mozos, que lo llamaban desde el salón, le exigían obediencia y velocidad para emplatar la comanda con destino a las mesas. Aturdido, se cubrió los oídos con las dos manos para no escuchar nada más y cerró los ojos.

¡El restorán y la cocina aturdidora habían desaparecido…!

Caminaba entre bolsas de harina y azúcar que, apiladas en hileras, dejaban un estrecho sendero por donde transitar. Intentó mover las manos sin resultado alguno. Pretendió levantar el brazo y el hombro se le deshilachó como las escamas de los salmones que había despinado en aquella cocina.

De todos modos, atravesó el pasillo entre nieblas de lágrimas que brotaban sin pedirle permiso. Sorteó ratas que mordían las bolsas de harina, hasta que por fin logró llegar al final del pasadizo. Ahí lo recibió una molienda de aceitunas. Millones de frutos verdes y carnosos se amontonaban dentro de grandes recipientes de metal.

Una puerta lo invitó a cruzarla y así lo hizo. La luminosidad del lugar lo condujo hasta “el Gran Olivo”.

Grandioso, el Viejo Arauco se presentó ante el cocinero maltrecho y abombado, y comenzó con él una conversación:

—Soy el Viejo Arauco —dijo el árbol—, único sobreviviente de una tala despiadada de olivos que ordenaron los reyes del imperio español hace tres siglos. Soy el gran ejemplar “Patagónico Argentino”. Amigo mío, te esperaba — continuó el árbol.

El Viejo Olivo lo invitó a disfrutar de su sombra, para alivio del joven, que apoyó la espalda contra el inmenso tronco y escuchó uno a uno los relatos del veterano árbol que conmemoraban la historia de la humanidad y de los olivos. Con suavidad de anciano, le contó que todo había comenzado cuando Dios hizo un pacto con el hombre y después del gran Diluvio Universal, mandó una paloma con una ramita de olivo en su pico para sellar el acuerdo. También Jesús predicó en el Monte de los Olivos.

—Los libros sagrados de las religiones hablan de nosotros, los olivos, como árboles sagrados, abundantes y prometedores. Sobrevivimos a las conquistas y caídas de los imperios en la antigüedad. Muchos años después nos trasladaron a América. Hemos servido de luz, fuimos medicina y alimento para los humanos —decía el Arauco. —Aquí estoy, soy uno de tantos olivos. Mis frutos dieron miles de hijos y poblamos los suelos argentinos. La cordillera de los Andes nos protege y las acequias nos alimentan con agua de deshielo. Tengo más de cuatrocientos años y, a pesar de ser el “más viejo del continente”, sigo dando aceitunas. He sobrevivido a la tala que mandó un rey llamado Carlos, no tengo dudas, puedo decirte que aquel hombre fue el Herodes de nuestra familia de olivos —dijo el árbol casi en llanto.

Y continuó:

—Mi presente es incierto, como lo es el tuyo —susurraba el olivo.— He escuchado que tengo pronóstico reservado y puedo morir en cualquier momento. Una bacteria se ha metido dentro de mí. Nada le importa al diminuto veneno que yo sea el único ser vegetal declarado monumento histórico en Argentina. No quiero aburrirte con mis relatos de viejo, pero ¿sabías que Colón trajo semillas y sarmientos que fueron mis antecesores? La calidad de nuestros frutos llegó a oídos del rey —aquel al que he llamado nuestro Herodes.— Disgustado, comprobó que las aceitunas americanas eran más ricas y carnosas que las europeas. Alterado por las diferencias que le jugaban en contra al comercio de la época, ordenó la tala y quema de todos nosotros desde el Perú hasta el Río de la Plata.

Luego de una pausa, agregó:

—La razón, mi querido cocinero, fue nada más ni nada menos que por “envidia”. Nuestras aceitunas grandes y carnosas despertaron lo peor en los humanos de la época. Lo más loco es que aquellas aceitunas hoy se disfrutan en Argentina, Chile y Perú. ¡Quiero contarte que estoy aquí gracias al amor! ¡Una mujer me salvó! Se llamaba doña Expectación Fuentes Ávila, quien me amparó de retoño y me escondió en su finca de Aimogasta.

Parecía sonreír mientras seguía con su historia:

—Después de tanto vivir y procrear, resulta que una bacteria llamada Xylella me recorre por dentro. Mis arterias casi humanas se secan y mueren mis ramas. Tal vez pronto muera yo. —sollozó el Arauco— ¡Ojalá que nos salve otra vez el amor! Hombres y mujeres vienen a observarme, saben de tratamientos de prevención para mí y los demás olivos, pero no tienen la cura… Escuché por ahí que tal vez sea una chicharrita la culpable de mi enfermedad. Es un coyuyo que pica mis aceitunas y me envenena de a poco con la bacteria. Humanos que me abrazan hablan sin darse cuenta de que puedo escucharlos.

Y siguió:

—¡No estoy bajo de defensas, porque peleo la vida a pesar de mi vejez! ¡Tengo el follaje saludable y ofrezco aceitunas cada año! —gritó el árbol. — ¡Qué parecidos son nuestros destinos, amigo mío! El virus, que es pandemia en el mundo, te tiene acorralado. ¡Mucha prevención y poca cura! —se lamentó el Arauco — Pero ya no hablemos de mí, ahora es tu turno —concluyó el viejo.

Nuestro cocinero podía sentir en la piel la energía del “Gran Olivo”. Necesitó acomodar la garganta para contarle de sus pancitos, del aceite de oliva que había comprado con sus ganancias, del gusto que causó entre sus clientes con el pan y el aceite que vendía en la plaza del barrio de la infancia. Pero no podía recordar cómo había llegado hasta la caja de salmones de la aturdidora cocina, que eran partes de la historia de su vida también…

El árbol, al verlo llorar, le extendió una rama para acariciarlo. Su rama se transformó en una mano. El apretón de manos entre los dos, amoroso y sincero, hizo que el cocinero lograra recordar la cantidad de cajas de salmones que despinaba cada día. Conmemoró aquellos viajes por autopistas desiertas en las madrugadas frías, cuando el viento helado se metía entre las hojas de los cuchillos que llevaba atesorados en la mochila. Carga pesada, que olía a cocina y a pescado rancio.

Le mostró al Arauco los brazos tatuados, los hombros saturados de dolores. Habló de envidias, traiciones, de amores y de humos cargados de aceites. Le contó de inviernos hambreados y recordó su historia con aquel chiquillo que comía la basura que tiraban del restorán donde trabajaba. A hurtadillas del patrón, cada noche le daba de comer polenta caliente bañada con aceite de oliva y rodajas de pan recién horneado; escondidos los dos, en el escalón oscuro del fondo de la cocina del restorán. Pequeño y maltrecho, el chiquillo se nutrió del calor de sus manos; pasado el tiempo, cuando los cachetes pintaron rojeces, lo saludó a través del vidrio de la cocina y nunca más volvieron a verse.

El viejo olivo lo escuchó con atención…

¡Ahí estaban los dos!

El cocinero, amenazado por el virus de la pandemia, y el viejo Arauco atacado por una bacteria desconocida. Con las manos apretadas de ramas y cicatrices llegó a ellos una pregunta que resonó en el aire de la noche rara:

—¿Nos salvaremos de morir esta vez? — preguntó el viejo árbol.

—No podremos saberlo, mi querido Arauco. Escuché por ahí que la moneda está echada y nunca se sabe para qué lado va a caer —le respondió el muchacho.

Un silbido de frenos en la calle de la ciudad despertó al cocinero. Al encender la luz, el libro Oliva yacía sobre sus piernas y un par de fotos del viaje a los olivares cuyanos se amontonaban en el suelo. Con la incertidumbre de no saber si estaba dormido o despierto, controló el día calendario y la hora en su reloj.

¡Era el momento de encender el horno de la panadería!

La pandemia, las traiciones, las pérdidas y los fracasos, el virus y la bacteria esperarán la caída de la moneda. ¡Que sigue echada todavía…!

 

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