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084.- Mi otra patria

Mari Ángeles Molina Godoy

 

Alexandra había dormitado durante un par de horas. Unas turbulencias hicieron que el avión de Iberia en el que viajaba, se moviera de una forma extraña y las azafatas pedían tranquilidad a los pasajeros.

Empezaba a amanecer y por la ventanilla redonda que había al lado de su asiento, observó el paisaje desde la altura que el avión ofrecía.

Sus pensamientos volaban también en aquel viaje. La tierra con sus accidentes geográficos, mostraba su complejidad y a su vez la magnitud de aquellos extensos campos que se divisaban. A vista de pájaro los paisajes se mezclaban y se repetían en el trascurso del camino. ¡Tan parecido todo y a su vez tan distinto! ¿Cuántas personas y cuántas vidas bullían en diferentes lugares? ¡Cuántas historias tendrían que contar cada una de estas personas! A pesar de la diversidad, todas ellas especiales, con sus penas y alegrías, con sus verdades y sus secretos.

Abrió su bolso de cuero marrón y de dentro de su cartera, sacó una fotografía. En ella aparecían varias personas en mitad de unos campos de olivos. Los hombres sostenían unas varas largas y llevaban sombrero para cuidarse del sol, mientras las mujeres con pañuelos en la cabeza cubriendo su pelo, y ropas bastas y largas, agarraban unas espuertas en sus manos. Todos sonreían. La fotografía en blanco y negro estaba desgastada en sus esquinas. ¿Cuántas veces la cogería José en sus largas y frías noches, para recordar sus raíces? ¡Qué duro debió de ser su destino cuando abandonó España, su patria!

Unas semanas antes murió el padre de Alexandra. Revolviendo los cajones de su casa en Leningrado para recoger las pertenencias del difunto y guardar los recuerdos, apareció dentro de un sobre amarillento la fotografía. Esto cambió sin saberlo el curso de su historia.

Jelena, su madre, desveló entonces una historia que nunca hubiera imaginado. Su abuelo Xoce, al que ella nunca conoció porque murió a temprana edad, llegó a Rusia montado en un barco, en el que viajaban los niños de la guerra. Durante la guerra civil española, muchos padres tuvieron que anteponer la vida de sus retoños, a tenerlos cerca de ellos. La crueldad de la situación hizo temer por sus vidas: los bombardeos, las detenciones, los robos de niños huérfanos y el miedo, sufragaron las ilusiones de una sociedad que agonizaba en aquellos años a principios del siglo XX.

Celia y Francisco enviaron en un tren a sus hijos hasta el País Vasco, donde unos familiares los esperaban para embarcarlos junto a los suyos, destino a Rusia. José salió con Alfonso, su hermano pequeño, envueltos en miedo e incertidumbre. El hambre era su compañero. Cuando el barco paró en la costa francesa, Alfonso vio como algunos niños bajaban al reclamo de unas hogazas de pan, y en un descuido de José, salió tras ellos. El barco zarpó y los dos hermanos se separaron para siempre. La mirada triste de Alfonso en el puerto, se perdió en el mar que los distanciaba.

José fue adoptado por una familia rusa. Era muy pequeño cuando se marchó y el tiempo hizo de aquel país su hogar, por lo que nunca regresó a Jaén, la provincia de la que procedía. Solo conservaba una fotografía como vestigio de su pasado y ahora aquel insignificante detalle, era un legado en manos de Alexandra.

Los extensos campos de olivos se proclamaron tras su largo viaje, como una inmensa colcha bordada en verde, cuando llegó a su destino. La imagen de aquellos aceituneros en el campo y el nombre de un pueblo, era la única pista que tenía para encontrar su procedencia.

Algo hizo que su sangre circulara más rápido por las venas. Una emoción inusual la embaucó. Los árboles que se agarraban avariciosos a la tierra con sus raíces, para extraer el jugo que los alimentaba, parecían en sus extrañas posturas de troncos retorcidos y ramas abiertas al sol, hablarle desde la distancia que los separaba. Sintió una atracción indomable, difícil de explicar. Ella nunca había visto los olivos con tal magnitud y necesitaba acercarse a ellos para que la abrazaran, como si la estuvieran esperando.

Baeza se mostraba ante sus ojos, como una elegante dama conservada en el tiempo, que lucía hermosa a pesar de ello.

Encontró hospedería en el hotel Juanito y desde allí paseó por las murallas ancestrales de la ciudad, disfrutando de su magnífico paisaje plagado de olivos. Por su enredado de calles llenas de hermosos edificios, iglesias, palacios y fuentes, llegó hasta la Puerta de Úbeda, vestigio de la cultura musulmana en su ocupación, siglos atrás. A la caída de la tarde las buenas temperaturas que ofrecía el verano, hacía que algunas personas salieran a la calle para tomar el fresco.

Ella no sabía cómo localizar alguna pista que la llevara hasta la procedencia de aquella estirpe suya, que vivió dentro de esa ciudad. Después de mostrar la fotografía que portaba a varias personas que movían su cabeza en negativo, cuando ella preguntaba si conocían a alguno de los que aparecían en la imagen, un anciano a pesar de su corta vista, reconoció un cortijo que asomaba al fondo de los aceituneros que posaban.

–El cortijo que se ve, es el de la Hacienda la Laguna, señorita– le dijo.

Le explicó que ésta se ubicaba cerca de la ciudad, en el Puente del Obispo, una pedanía de Baeza.

–Mucha gente trabajó allí hace tiempo en la recolección de la aceituna. El Marquesado componía más de cien mil olivos y sus dueños, los Marqueses de Viana o Marqueses de la Laguna, fueron los impulsores de una amplia infraestructura. Es un lugar digno de visitar muchacha. Quizás allí le puedan dar más información– concluyó el hombre.

Viajó hasta ese lugar en un taxi al día siguiente y admiró de cerca aquel complejo que se distribuía en torno a cinco patios, con distintas edificaciones a su alrededor, que le hacían presentar aquella hermosa hacienda en su mayor esplendor. Agustín le mostró las distintas instalaciones del lugar. La infraestructura de molturación en sus bodegas; los tres molinos hidráulicos para extraer el aceite de los frutos recogidos de los campos de olivos y la laguna grande que abastecía el riego de los árboles, mediante una red de canales que desembocaba en un acueducto. Explicaba dentro del museo del aceite, el afanoso ritual que se seguía antaño, para extraer tan rico jugo. Alexandra admiraba cada detalle que el hombre le mostraba y se deleitaba con los distintos aceites que le daba a probar. Su paladar se llenó con el sabor de aquel aceite virgen que acentuaba sus sentidos, como ningún otro alimento que hubiera probado hasta entonces. En la escuela de cocina que se había creado dentro del lugar, los chicos y chicas se movían con sus delantales blancos y sus gorros cubriéndole el pelo, haciendo todo tipo de comidas y postres, donde el aceite de oliva virgen, era el protagonista.

Terminada la visita guiada, ella sacó su fotografía. Agustín no podía reconocer por su temprana edad a aquellas personas, pero sí había alguien que lo podía hacer, según le comunicó. Cerca de la Hacienda vivía un matrimonio que los años se habían encallecido en sus cuerpos y con casi un siglo de vida, conocían muchas historias de personas que vivieron o pasaron por allí.

Una anciana de cuerpo curvado y pelo cano le abrió la puerta. Era una pequeña vivienda encalada, en mitad de los campos de olivos, con un huerto en la parte delantera. Paquita la invitó a entrar en la casa con amabilidad, y una vez ella le explicó lo que la llevó hasta allí, se fueron las dos hacia el huerto donde su marido miraba entre las matas de tomates, para recoger los que ya habían madurado.

Fabián les dijo que se sentaran para conversar en un banco de piedra, que daba miras a los extensos olivares que se mostraban diáfanos bajo el amenazante sol de la mañana. Su vista no era ya buena, y su mujer le trajo unas viejas gafas redondas que puso sobre el pico de su nariz. Examinó la fotografía en silencio, pareciendo estudiar hasta el mínimo detalle que aparecía en ella. Pasados unos minutos dejó caer sus manos con la imagen sobre sus rodillas y fijó su vista al frente.

Paquita trajo un refresco y unas aceitunas aliñadas con hinojo, sal y tomillo, para que la chica tomara un refrigerio. Estaba ensimismada al igual que el hombre, esperando su reacción, pero aquel aperitivo que degustaba tan exquisito, la llevó a entablar una pequeña conversación con la mujer. La anciana le explicaba cómo cogían las aceitunas verdes del árbol antes de madurar, ordeñando sus ramas con las manos para que no se estropearan. Más tarde eran machacadas para romper su carne verde, y puestas en agua para que perdieran el amargor. Una vez las aceitunas, tras varios cambios de aguas, habían endulzado, las apañaban con sal y las hierbas aromáticas, para pasados unos días degustarlas acompañadas con pan, o de entremés en la comida. En tanto el hombre seguía callado, mirando la fotografía de vez en cuando con cara de sorpresa, hasta que rompió su silencio y comenzó a decir:

–Uno de los niños que aparece en esta fotografía soy yo muchacha. No tenía ningún vestigio de estos tiempos y este retrato me ha transportado a unos recuerdos que añoro en la distancia y a su vez, me producen sufrimiento. Por eso mi silencio en este rato. Debes de perdonarme.

– ¿Conoce usted a alguien más? Mi abuelo José creo que aparece en ella, o alguien de su familia.

–Tu abuelo José es el niño que se apoya en mi hombro sonriente, y sus padres son los dos que aparecen a mi izquierda portando una espuerta en las manos.

Alexandra sintió que el corazón le daba un vuelco y la respiración empezó a agitarse de repente. La anciana le agarró la mano siendo consciente de la emoción que sentía en aquel momento y su calor fue un bálsamo para ella. Fabián entonces continuó su relato con voz pausada y lágrimas reluciendo en sus hundidos ojos.

–Éramos muy amigos, ¿sabes? ¿Ves aquellas paredes de piedra casi derruidas que se ven cuando la pendiente termina? –decía señalando con la mano el horizonte– Aquel era su cortijo. Allí vivían sus padres, su hermano Alfonso y él. ¡Qué tiempos aquellos! Éramos pobres, pero felices. Ayudábamos a nuestros padres en el campo; cogiendo la aceituna, hacinando la leña cuando cortaban las ramas viejas tras la cosecha, labrando la tierra y cortando las pestugas en el verano siguiente. Jugábamos después como pájaros libres entre los olivos, en los arroyos y bancales. Pero luego llegó aquella maldita guerra que nos hundió a todos en la tragedia y la desesperación. Muchos murieron y otros desaparecieron para siempre. Tus bisabuelos vieron una salida a este drama, alejando a sus hijos de aquí, con la ayuda de unos parientes que vivían en el norte de España. Y nunca nos volvimos a ver. ¿Qué fue de él muchacha?, cuéntame.

Alexandra le explicó su relato, le dijo que nunca conoció a su abuelo y que fortuitamente aquella fotografía la condujo hasta su cuna cuando su padre murió.

El hombre quedó de nuevo pensativo y dijo:

–Pronto me reuniré con él. ¿Tú crees que en el cielo o al lugar que vayamos una vez muertos, habrá olivos? Todos morimos antes o después, todos vamos a la tierra que nos acogió y nos dio la vida. Me gustaría que las raíces de algún árbol se alimentaran de mi cuerpo y luego el alma o lo que quede de nosotros ¡si queda algo!, vuele sobre estas tierras, para nunca perder de vista estos olivos milenarios que han sido testigos de tantas historias.

La nostalgia asomaba en sus palabras. La paz del lugar, el clima y aquel paisaje, envolvía a tan peculiar trío.

–¿Conoce a alguien más de mi familia aquí? –preguntó Alexandra.

–Pepita y Álvaro Lechuga, son los hijos de un hermano de tu abuelo, pero no sé si viven en el pueblo de Baeza o en otro lugar. Llevo mucho tiempo sin tener noticias de ellos. Nosotros ya no nos movemos de este cortijo y vemos a poca gente.

Alexandra bajó por aquella pendiente del terreno, hasta alcanzar el lugar donde se encontraban las ruinas de la vivienda de sus antepasados. Un canal cruzaba por los olivos y los juncos se recreaban a su vera, absorbiendo el agua que rebosaba o se filtraba por la acequia.

Rodeó aquellos muros de piedra imaginando la vida allí. Una higuera crecía silvestre en un lateral y los vestigios de un emparrado se derrumbaban salvajes junto a la casa. Descalzó sus pies para mojarlos en el agua y refrescarse. Luego descalza, caminó sobre la tierra y se agarró al troncón de uno de los olivos para abrazarse a él. Las aceitunas colgaban de sus ramas en racimos, cogiendo ya un tamaño considerable en aquella época del año. Acercó su cara a aquel fruto y absorbió su aroma. El sol se filtraba por sus ramas y brillaba como no lo había visto nunca.

A la noche ya en el hotel se dio una ducha fría en su habitación y bajó a cenar. Los aromas que salían de la cocina despertaron su apetito. Se pidió unas alcachofas con panecillos y choto frito con ajos, todo regado con el oro líquido de la tierra, el aceite de oliva virgen extra. La gastronomía estaba ligada con el aceite directamente y daba a los platos un sabor especial, que ella disfrutaba en cada una de las comidas. Cuando se fue a la cama, sacó el ordenador de su maletín para tele trabajar desde allí. Su trabajo era hacer artículos del día a día, para un periódico en Leningrado. El último que hizo antes de viajar hasta Jaén, fue sobre los sin techo, y comenzaba haciendo alusión a los que abandonaban su cuerpo en mitad de la calle, gélidos, a merced de las bajas temperaturas y la intemperie. Hoy eran sus sensaciones las que le llevaban a contar, el maravilloso rincón que encontró y del que había descubierto, que sus raíces y su sangre tenían procedencia. Y sin pensarlo siquiera comenzó a teclear sobre él:

De la noche a la mañana nuestra vida cambia y nada es lo que parece. He descubierto que no soy quién pensaba ser. Mi apellido es Lechuga y mi corazón hoy se divide en dos. Una de estas partes está en Rusia, en sus calles, con su gente, sobre las cúpulas de sus iglesias y monumentos, flotando en las aguas del río Volga. La otra parte está en España, en un rincón de Andalucía llamado Jaén, en Baeza, en el cortijo blanco de una pedanía de la ciudad, en sus campos de olivos, en sus cortijos blancos, en su tierra seca y fértil, en su sol. He descubierto, que del fruto de los olivos se extrae una de las esencias más exquisitas que el paladar pueda degustar; el aceite de oliva virgen. Que las comidas, la leña, la cultura, las tradiciones y la economía, se mueven en torno a este oro líquido, de sabor amargo y a su vez afrutado. He admirado cómo el sol brilla más en este punto del mapa, cómo la gente se sienta en las puertas de sus casas para refrescarse a la caída de la tarde. Que los hombres y mujeres sudan la camisa en los campos y que este sol que los empapa, es el que les da fuerza para vivir. He degustado las aceitunas aliñadas que prepara Paquita, una anciana con casi un siglo de historia, que junto a su marido, esperan sentados a la puerta de su casa contemplando como maduran las aceitunas y colorean los tomates de su huerto, hasta que llegue el día para reencontrarse con sus seres querido que se marcharon de esta vida. Me ha contado Fabián, que quisiera que su cuerpo alimentara las raíces de un olivo y su alma pudiera volar para no dejar nunca de ver los campos que le rodearon a lo largo de sus años. He disfrutado en un pequeño hotel donde la cordialidad y el amiguismo hacen gala, enamorando los paladares con las recetas tradicionales de la mujer de Juanito, Luisa, (ambos fundadores de esta pequeña y agradable hospedería). He regado con aceite el pan en el desayuno y he probado las gachas. Me contó Agustín cómo, antaño, un burro hacía girar la prensa que exprimía la pulpa de las aceitunas entre capachos de esparto, para luego por decantación en agua caliente, hacer que el jugo de la aceituna se separase, obteniendo el aceite. He descubierto que, en un cajón, cuando la pena de una pérdida irreemplazable asola tu vida, puedes encontrar dentro de un sobre amarillento, los vestigios de un pasado que te hacen reactivarte de nuevo. Y que, si sigues tu destino, encuentras una paz que sosiega tu vida. Hoy sé que tenemos muchas Patrias y que todas nos acogen y nos dan almohada, pero que el lugar donde tus ancestros nacieron y vivieron, lo llevamos metido en la sangre, aunque no seamos conscientes de ello. Hoy he descubierto que la sangre tiene memoria y al abrazar un olivo, he sentido que abrazaba a todos los familiares que lo cuidaron y lo amaron como un Dios especial: El Dios que alimenta, que da sombra, que contempla a los amantes en la noche y que deja jugar en sus ramas, a los niños que nacen de ese amor. Siempre habrá un mañana… siempre habrá personas que cuiden la tierra, y todos ellos pasaran por el lado del olivo sin saber que éste los observa en su longeva vida, mientras sus troncones se retuercen por sus llantos y sus risas. He aprendido que ni la crueldad de una guerra, tiene poder para hacer olvidar.

 

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