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080.- El retrato

Arnau

 

La casa del abuelo era oscura y fresca, desangelada y misteriosa. Cada verano abandonábamos la ciudad en busca de unos muros que nos refugiasen del calor tórrido de nuestro pequeño piso y, en mi caso, de unas calles que representaban la libertad del juego al aire libre, de los amigos estivales, de los campos inmensos al atardecer. Aquel agosto parecía otro más, similar al anterior e idéntico al venidero, pero no lo fue. Todo cambió una mañana en que regresé demasiado pronto, por culpa de una herida en la pantorrilla que sangraba más de lo debido. Habíamos trepado a un murete que nos separaba de un hermoso manzano y me había caído al tratar de ahuyentar a una avispa de un manotazo que me hizo perder el equilibrio. Nada que no sucediese con frecuencia, pero la sangre me manchaba los calcetines, pese a haberme taponado la herida con las hojas de una higuera cercana, como siempre hacía nuestra amiga Maruja en esos casos. Por eso, tanto ella como Pablo, un chiquillo que vivía en Barcelona, me habían convencido de volver a casa y pedir ayuda. Apartamos la persiana verde que protegía la puerta, abierta de par en par, y llamé, sin recibir respuesta. Era extraño que no hubiese nadie en casa, pues la abuela salía poco, ocupada siempre con comidas o limpiezas o sentada en un sillete bajo con sus eternos ganchillos y, cuando alguna vez se ausentaba, dejaba cerrada la puerta sin llave, solo con el picaporte. Por eso, al encontrar ambas hojas contra las paredes del comedor, imaginé que estaría en la cocina y hacia allí nos dirigimos.

—¡Abuela, abuela!

Llamarla era una costumbre entre aquellos muros, donde jamás se me habría ocurrido recurrir a mi madre en primer lugar. Al llegar a la cocina y no encontrarla, bajé los escalones que llevaban al patio, convencido de que estaría sentada a la fresca de la higuera.

—¡Abuela, abuela!

El silencio comenzó a pesarme mientras sentía la sangre enfriarse contra mi piel, tras salir tibia a golpe de latidos. Y llegué a la puerta de la almazara, donde tenía prohibido entrar. Nunca he comprendido por qué no se me ocurrió subir a la cámara, pero sentía que era allí, tras esa puerta de madera recia y áspera, donde podría encontrar ayuda. La abrí despacio, temeroso. Era la primera vez en mis siete años que me atrevía a desobedecer la orden. Pablo y Maruja me siguieron. Al principio, en la penumbra, solo distinguí el olor a humedad del suelo de tierra, que se fundía con una acidez desconocida, el aire denso y fresco, el contorno alto de las tinas panzudas que doblaban mi estatura, los rayos de luz que entraban por un ventanuco a mi espalda y hacían bailar pequeñas partículas de polvo, el silencio. Luego, entre las sombras de un inmenso aparato del que solo pude reconocer unas grandes ruedas metálicas y unos enormes embudos, sobre el suelo, junto a una tapadera de madera, vi que yacía mi abuelo. Miraba al techo, sucio de telarañas, y tuve que inclinarme sobre él para que se fijase en mí.

—El molino, ve al molino.

—¿Al molino, abuelo?

—Sí, al molino.

No podía entenderlo. Sabía que muchos años atrás, cuando mi madre era niña, su familia había vivido en un molino de agua, a las afueras del pueblo, y allí se habían ocupado de moler el grano de los vecinos, muchas veces ignorando las limitaciones que imponían las autoridades, pero para entonces, aquel edificio no era más que unas ruinas, sin techo, sin agua en el arroyo que antes lo movía, sin ni siquiera los chopos que lo protegían. Cada verano acudíamos allí alguna tarde a merendar y mamá recordaba su infancia y nos describía cómo era la vida entre aquellos muros ya desvencijados. Sin embargo, jamás lo visitábamos bajo el sol tórrido del mediodía. ¿Por qué querría mi abuelo que acudiese allí? Y además, ¿cómo iba a dejarlo solo, con esa mirada turbia y esa saliva que le humedecía la barbilla? Busqué a Pablo a mi espalda, para rogarle que acudiese él, por si mi abuela estuviera allí, pero no lo vi. Tampoco encontré a Maruja.

—Abuelo, levántate, yo te ayudo, venga. ¿Dónde te has hecho daño? ¿Cómo te has caído? Vamos, anda, inténtalo.

Pesaba tanto que se me escurrían sus brazos como si se tratara de piedras. Recuerdo que pensé que nunca me había parecido que fuese tan fuerte, con lo flaco que estaba.

—Vamos, abuelo, por favor. Yo solo no puedo levantarte. Pesas mucho.

Era imposible. Ni siquiera me miraba. Seguía contemplando el techo, así que me tumbé a su lado, para distinguir qué era aquello que tanto le interesaba. Entre la cal oscurecida por los años, las telas de araña atrapaban insectos que engrosaban su urdimbre. ¿Cómo podría interesarle aquello?

—El molino.

Creo que fue él quien repitió ambas palabras. Quizá fui yo. Ambos seguimos tumbados, en silencio, hasta que los gritos de mi madre y los brazos de mi padre me arrancaron de su lado.

—¡Ay, Dios mío, tanta sangre!

—Es del niño, la sangre es del niño. Vamos, hijo, ¿qué te pasa?

—¡Padre, padre! ¿Me escucha? ¡Padre!

* * * * *

Tras aquella mañana, y durante un curso escolar, volví casi a diario a entrar en la almazara del abuelo que antes me estaba prohibida. Mi tío se ocupó de ella desde entonces, pero aquellos meses, como mi madre y yo nos quedamos para atender a la abuela, a quien el disgusto había provocado un pequeño ataque y había recluido entre la cama y su mecedora, pude contemplar tareas que desconocía. Estuve en el campo, pisando la tierra grisácea y reseca, aprendiendo a distinguir los olivos.

—Padre nunca quiso varearlos todos, sobrino. Mira, los de estas hileras, decía que eran los mejores, los de vuelo, y no quería que la aceituna tocara el suelo, para que no sufriese, así que hay que ordeñarlos y llevar el fruto enseguida a la almazara. Aún aguardaremos un par de días para hacerlo. Pero a estos otros no los estimaba tanto, así que el vareo es más rápido. Ayúdame a extender los lienzos para recoger la oliva.

Estuve sobre el tractor, camino de la trasera de casa, lavé la aceituna en el patio después de aventar la de suelo, ayudé a pesarla, a llenar los cestos, observé cómo mi tío trepaba a la escalera para verterla en la tolva y molturarla, extendí la pasta sobre capachos de esparto que alineamos con cuidado, circulo tras círculo, hasta formar una pila que escaldamos y prensamos. Día tras día. Despacio. Sin prisas.

—Esta rueda es la del antiguo molino, sobrino. La misma con la que padre molía el trigo hasta después de la guerra. Luego salió una orden y se obligó a entregar el grano que no fuese a usarse de simiente y nos lo precintaron, así que nos vinimos al pueblo, preparamos la almazara y trajimos la rueda en el carro, que aún recuerdo a los vecinos ayudando a moverla. Moler siempre es moler, decía tu abuelo, no importa lo que se muela.

Día tras día observé con impaciencia los aclaradores, a la espera de que se separara el aceite limpio del alpechín, de esa agua oscura que, junto a las impurezas que se depositaban en el fondo, sacábamos pronto para evitar su olor a podredumbre. Día tras día, hasta reconocer el aroma a frutos, hasta respirar el olivar en la almazara.

—El alpechín hay que sacarlo muy pronto. Un poco es bueno para abonar el campo, pero solo un poco, que es muy traicionero. El resto, a la balsa, a esperar a que el sol y el aire se lleven el agua.

Día tras día, trabajando despacio, aguardando a que las horas obrasen el milagro. Así, día tras día, se fueron las jornadas, entre mi tío y la almazara, entre Maruja y aquella escuela distinta, en la que todos, sin importar la edad, nos reuníamos en la misma sala y yo observaba con admiración los dibujos que salían de las manos del maestro hasta cubrir el encerado y el pelo castaño de mi amiga. Día tras día se me escaparon los meses entre campos y olivos, entre sonrisas y miradas robadas.

* * * * *

La almazara del abuelo tenía unos grandes conos de molturación, un par de prensas de tornillo en hierro fundido, grandes tinas de barro tapadas con piezas de madera y la piedra del molino. Durante años, el recuerdo de aquellas vasijas panzudas, de la umbría fresca y el olor a tierra y frutos, del polvo suspendido a la espera de hallar un punto de destino insospechado, de los ojos del abuelo, presos en las telarañas del techo, inundaron mis sueños y me despertaron en medio de la noche. Tardaron en llegar, es cierto, surgiendo solo desde la distancia, como si en la cercanía de aquel año en que pude tocar la piel rugosa de las tinajas y respirar el aire encerrado de la almazara no fuera preciso recordar, como si la memoria solo abarcase lo perdido.

Aquel verano se nos fue la abuela, incapaz de superar la pérdida o el abandono amargo que inundaba sus “No es posible; él, no”. Y con ella se me fue la almazara y el pueblo entero. Se me fue la escuela de un curso que siempre añoré, las mañanas de estío cerca del arroyo, las tardes entre vides y olivos, los anocheceres junto a Maruja. Durante meses, en mi pequeño piso de la ciudad, entre mis compañeros de siempre, se me fue la vida o las ganas de vivirla.

Pero como nada es eterno, y menos a los ocho años, desde el siguiente verano descubrí en el mar otro horizonte infinito, aunque con frecuencia me hallaba tratando de rastrear, entre sus tonalidades verdosas, aquel matiz amarillento, oscurecido, de la oliva y, al no conseguirlo, decidí recrearlo con una caja de oleos que me habían regalado en mi último cumpleaños. Nunca me había gustado la pintura, aunque recordara con admiración los dibujos del maestro del pueblo, pero cuando tuve ante mis ojos el verde de la aceituna surgido de mis manos supe a qué quería dedicar mi vida. Y pinté mil paisajes diversos, con todos los matices posibles de verdes y de amarillos. Y pinté a Carmen y a Pilar, a Vanesa y Raquel, a María y Ana, pero jamás me sentí tan satisfecho con los retratos como con las marinas o los campos que se escapaban de mis lienzos, dispuestos a seguir viviendo fuera de mis trazos. Y así como el color oliva teñía mi pintura una y otra vez, ninguna almazara surgió de entre mis pinceles, ninguna tina, ningún molino. Los recuerdos, creía, se reservaban para las noches de insomnio.

Y pasaron los años. Algunos, no demasiados. Y tuve que retornar al pueblo para cerrar la casa, muerto mi tío tiempo atrás, muerta mi madre solo hacía unos meses. Me resultó extraño apartar la persiana verde y abrir con llave la puerta que jamás se había cerrado durante mi infancia, cruzar el comedor y la cocina, bajar al patio y encontrar allí la misma puerta recia y áspera de antaño. La almazara seguía en penumbra, fresca, pero su olor era otro y, aunque aún se distinguía un fondo de tierra húmeda, no había matices a frutos, solo una acidez difuminada. Las telarañas habían descendido desde el techo para adueñarse de las tinas, mientras los capachos yacían desordenados y la prensa, inmóvil, rezumaba una profunda tristeza. O tal vez fuese mía esa nostalgia. Sí, debía surgir de mí y, desde allí, teñirlo todo. Me fui. No quise regodearme en mis recuerdos y volví a la ciudad, a mi estudio, a otros lienzos que, siendo míos, parecían ajenos, pues había perdido el color oliva y no lograba encontrarlo.

* * * * *

Hoy he regresado al pueblo. Había decidido vender la casa y el olivar; no tenía sentido conservar unos muros a los que no pensaba volver, y me habían hecho una oferta hacía unas cuantas semanas. Se trataba de una empresa que quería convertir la antigua almazara en algo así como un museo.

—Quedan pocas almazaras antiguas tan bien conservadas. Cuando obligaron a usar el acero inoxidable, por higiene, muchas se adaptaron a la nueva reglamentación y cambiaron sus antiguas prensas y tinajas. Otras simplemente se desmontaron, se vendieron por piezas para diversos usos. Por eso nos interesa comprar la suya, que se conserva entera, como antaño. Nuestra empresa cuenta con una almazara ecológica en la zona y quiere ofrecer visitas guiadas que comiencen en su casa, explicando cómo se hacían antes las cosas, para acabar en nuestras instalaciones y comprobar la evolución del sector.

Me consolaba pensar que no iban a tirar la casa de los abuelos para construir un pequeño bloque de tres alturas, que era en lo que se estaba convirtiendo la calle, según había comprobado en mi anterior visita. De todos modos, aunque ya había aceptado el acuerdo y aquella mañana estaba dispuesto que firmase la venta, rogué a mi interlocutor que, si fuese posible, me enseñara su almazara. Sentía una curiosidad inmensa por saber cómo se trabajaba en la actualidad y, sobre todo, esperaba recuperar el color oliva para mi paleta, ese que había perdido, como si solo una almazara pudiese devolverme lo que otra, la del abuelo, me quitara meses atrás. La experiencia, debo reconocerlo, fue asombrosa; aquella moderna maquinaria, con sus cilindros brillantes y esos decanters que tanto me recordaban a los aclaradores que yo conocí, la manera de reutilizar los residuos, la caldera de biomasa, la explicación referente a la extracción en dos fases… Todo, en fin, me fascinó y, aunque no imaginaba que aquellas superficies pulidas y brillantes hubiesen podido hechizarme como el barro y la tierra que conociera de niño, creí que quien tanta pasión ponía en conseguir su aceite seguro cuidaría de mi almazara.

Y aquí estoy ahora, en la sala de espera del notario. Mientras aguardo la llegada de la parte compradora he acabado de escribir estas líneas que comencé ayer noche, como si al darme cuenta de que hoy iba a cortar de manera definitiva con mi pasado, necesitara recoger en unas pocas palabras todo aquello que fui o sentí o quise, quizá para no olvidarlo. O para no olvidarme. Llegan ya. Acabaré luego.

* * * * *

No la reconocí al principio. Ni su pelo corto, ni la mirada que ocultaban sus gafas, ni la sonrisa que despuntaban unas ligeras arrugas. No la reconocí. Solo al pronunciar su nombre el notario levanté la vista, inquieto, y me quedé contemplándola, rebuscándola en su rostro actual. Maruja me sonrió. Seguí sin reconocerla, aunque sabía que era ella, que solo podía ser ella. Después de la firma, hablamos, comimos juntos, nos contamos las vidas, las vividas y las soñadas. Y regresé a la ciudad, a mi estudio, tranquilo, sin nostalgia ni tristeza, dispuesto a comenzar un nuevo cuadro. Este que ahora contemplo. Mi mejor obra. El que jamás venderé por más que mi marchante insista, porque me gusta la mirada de esa criatura contra el fondo de unas tinas, el reflejo de su iris verde oliva, de nuevo en mi paleta, las hojas de la higuera entre sus manos, los verdes y los ocres. Hasta las telarañas me gustan.

 

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