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076.- Mimetismo

Mario Blázquez

 

Mi madre me pregunta, preocupada, si todo está bien. Me apremia, temerosa, para que regrese porque ellos están al venir. Debo seguir la rutina de extremo cuidado para no ser descubierto. Mi hermano se esconde en las afueras del pueblo, rodeado de olivos, en una choza de apenas siete metros cuadrados, con un camastro, agua y comida que yo le llevo cada día. No sabemos si al final acabaremos toda la familia aquí. Lo único seguro es que este es el último reducto que ellos no conocen. Tuvo que huir de casa, le buscan, sin saber aún con exactitud para qué, pero esa incertidumbre resulta, incluso, más amenazadora.

No siempre fue así, de hecho, en un principio fue al contrario. No es tarea fácil explicar cómo ocurrió, supongo que son cosas inapreciables las que generan grandes cambios. Vivíamos en una casa muy pequeña y modesta cuando llegó un inesperado miembro más en la familia: mi hermana pequeña, lo que originó que necesitáramos una casa más grande para los cinco. Mi madre siempre había soñado con tener un cortijo, y mi padre, pese a que no era muy partidario, quiso darle ese gusto. Tras una larga búsqueda, encontraron uno que les encandiló en la Sierra Sur. Tenía alrededor de cuatrocientos metros cuadrados de vivienda y media hectárea de finca. Una vez acomodados en la zona, empezamos a disfrutar de las ventajas de vivir en la sierra, pero comprobamos que aquello parecía demasiado para nosotros. Éramos gente de ciudad y desconocíamos muchas cuestiones del campo. El cortijo estaba yermo por el tiempo que había estado abandonado. Mi madre intentó plantar algún tomatero, un ciruelo, lo que se le ocurría, pero sin criterio ni conocimiento. Ninguna semilla de sus plantaciones germinó, y si lo hizo, fue algo anecdótico, brotes luctuosos, yuyos que se arrancaban con más facilidad que las malas hierbas.

Así pues, y viendo cómo funcionaban otros cortijos de la zona, mis padres decidieron contratar a un granjero para que trabajase las tierras y rebrotase los olivos. Bernardo era una persona de pocas palabras, pero muy trabajador, ayudaba en todo lo que se le necesitara. Él conocía el calendario de siembra, y rápido se notó su mano en el cortijo: el agua era menos terrosa y empezaron a florecer algunos hierbajos, los troncos de los olivos se enderezaban con un prometedor renacimiento. En definitiva, tenía toda la cultura sobre el campo de la que nosotros carecíamos. Un día mi madre nos contó que había estado hablando con él y descubrió que dormía en su vieja camioneta, la misma con la que venía y se iba para trabajar. Su familia vivía en Cádiz. Mi madre decidió entonces dejarle la caseta destinada para utensilios, adosada a nuestra casa, para que Bernardo pudiera quedarse allí a dormir. Asimismo, mi madre se quejó de que ella sola no abarcaba a realizar todas las tareas del cortijo. Bernardo les propuso a mis padres que, por poco dinero más, si permitían a su mujer quedarse también en la caseta, ella podía ayudar en las tareas del cortijo. Así, apenas unos días después, llegó Antonia, la mujer de Bernardo. Era una mujer gruesa, con aspecto de haberse forjado en el campo. Una mujer que pasaba desapercibida. En realidad, los dos vivían allí como seres invisibles, en ese cuarto junto a la casa. Tenían una puerta por la que se entraba desde el exterior, desde la finca, y otra en la parte posterior, en el muro que compartía con nuestra casa. Pero esa puerta nunca se utilizaba, actuaban como si fuera una caseta independiente. Supongo que era lo mejor para no mezclarse en la convivencia.

Mi hermano cumplió los dieciséis años y pasó al bachillerato. Los gastos de la casa empezaron a dispararse, aparte de los sueldos de Bernardo y Antonia, el cortijo tenía muchos gastos de mantenimiento, de licencias, de impuestos, de gastos imprevistos. Y había ciertas reformas por hacer que Bernardo no podía acometer. Como mis padres aún tenían suficiente dinero ahorrado, convinieron que podían abrir una tienda de productos ecológicos en el pueblo y mi madre trabajar en ella. Esto provocó que llegara más dinero a casa, pero a la vez, que Bernardo y Antonia no pudieran llevar todas las tareas del cortijo entre ellos dos solos. Propusieron a mis padres que, si les permitían traer a su hija pequeña para que se quedara con ellos, también podría ayudarles en las tareas. Mis padres, que siempre se habían movido por una extrema honestidad, innecesaria en muchas ocasiones, accedieron, pero a cambio de que pudieran acondicionar la caseta para que estuvieran los tres en buenas condiciones.

Fue ahí donde descubrimos la gran destreza e ingenio de Bernardo para casi cualquier trabajo que se le encomendase. Tiró el muro de la caseta, aquel que daba a la finca, y lo reconstruyó de manera que supuso una ligera ampliación. Obviamente, tuvo que ganarle terreno a la finca, pero apenas resultó perceptible. Nosotros nunca entrábamos en su caseta, por lo que tampoco éramos conscientes de qué cambios habría realizado en su interior. Su hija, Claudia, se instaló en el cortijo. También ella tenía esa extraña habilidad genética para pasar desapercibida, su presencia no alteró la convivencia en el cortijo. Sabíamos que ellos hacían su propia comida, que dormían allí durante la semana, que Claudia iba a la escuela, aunque desconocíamos a cuál, y que los fines de semana seguían yendo a Cádiz para poder estar junto al resto de su familia.

Debido a una mayor demanda de productos ecológicos, mis padres decidieron vender productos de nuestra propia cosecha. Pero para ello debíamos crecer también en su cultivo en las tierras. Consultaron a Bernardo y Antonia si conocían a alguien de confianza. Su referencia era muy estimada, de modo que lo dejaron en sus manos y, apenas unos días más tarde, llegó una joven pareja: Reyes y Daniel. Vendrían a trabajar por las mañanas, desde el amanecer hasta el mediodía.

La vida en el cortijo parecía fluir de forma que cualquier persona que entrara se adaptaba perfectamente a ese mecanismo ya engrasado, y, lo que era más sorprendente, apenas era manifiesto en nuestra vida cotidiana. La relación con Bernardo, Antonia, y su hija Claudia era superficial pero cordial. Digamos que, a pesar de vivir pared con pared y compartir la finca, no había una relación amistosa, pero tampoco una sobria distancia jerárquica. Reyes y Daniel trabajaban de manera diligente y profesional. No coincidíamos mucho con ellos como para conocerles ni sabíamos dónde vivían, solo que venían a trabajar en un viejo Megane y se marchaban a su hora.

En nuestras huertas comenzaron a brotar de manera abundante zanahorias, rábanos, tomates, lechugas y patatas que tuvieron mucho éxito en la tienda. Los olivos también comenzaron a ofrecer sus beneficios. Hasta nuestra casa se fue cubriendo de plantas, puesto que a los pies de sus muros plantaron la campanilla y la hiedra, plantas trepadoras que empezaron a enraizarse desde el suelo y a ascender por las paredes exteriores. Al parecer, estas plantas son el resultado de una evolución, de una adaptabilidad para sacar el máximo partido de todo lo que hay a su alrededor, trepando para conseguir la fotosíntesis.

Un pequeño malentendido alteró la armoniosa convivencia. Surgió, al menos así lo creo, a raíz de que Bernardo y Antonia solicitaran a mis padres si podían traer a su hijo pequeño, Alfonso, que tenía catorce años. Mis padres tuvieron ciertas reservas sobre aquello, valorando que cuatro personas iban a ser muchas ocupando aquella caseta, por muy bien acondicionada que la tuvieran. De hecho, era lo que más les preocupaba, la posibilidad de incurrir en alguna ilegalidad. Digamos que su petición incomodó a mis padres. Pero Bernardo y Antonia aclararon que no pedían ni más espacio ni más dinero por su llegada, solo pretendían tener al menos a sus dos hijos pequeños con ellos, y con eso ya les bastaba, al resto de la familia la verían como hacían todos los fines de semana, cuando iban a Cádiz.

― ¿Cuántos hijos tendrán? ―me preguntaba mi hermano mayor un día―. Son como conejos.

Justo después, empezó a tratar de inocularme una demente sospecha suya. Un domingo que paseábamos por la finca, me invitó a que me acercara.

―Crece rápido esta planta ―señaló mientras observaba como las trepadoras, la campanilla y la hiedra, empezaban a colorear de verde un metro y medio de altura de los muros de la casa.

Pero no era eso lo que quería contarme, eso solo fue algo que le despistó momentáneamente de su propósito. Se detuvo frente a la puerta de la caseta de nuestra familia vecina.

― ¿No te parece que este muro no estaba ahí antes? ―me preguntó, en cuclillas, como si estuviese estudiando el terreno.

Yo negué con la cabeza, no entendía adónde quería llegar.

―Lo que quiero decir es… ¿no notas que se ha desplazado? Juraría que antes este muro no llegaba hasta aquí, sino, como mucho, hasta aquí ―dijo, mientras con las palmas de las manos trataba de medir las distancias.

A mí me pareció una de sus estupideces.

Finalmente, pese a las reticencias, el pequeño Alfonso se instaló en la caseta de nuestro cortijo junto a sus padres y su hermana. El pequeño, sin embargo, no pareció heredar ese gen de la discreción de sus progenitores. No es que fuese un muchacho conflictivo, pero estaba en una edad en la que tenía las hormonas revueltas y demasiada energía. Un día, mi hermano y yo estábamos pegando unas patadas al balón fuera de la finca. Alfonso se acercó a nosotros, pidiéndonos si podía unirse. He de decir que esta fue la primera vez que las dos familias hacíamos algo juntos. Los padres de Alfonso, que estaban cerca, trabajando en el campo, nos observaron inquietos.

― ¿Qué tal vivís en esa casa? ―le preguntó mi hermano.

Alfonso no pareció entender la pregunta, ni a qué se debía, así que le contestó como solía hacerlo yo, encogiéndose de hombros.

―Me refiero a si estáis cómodos allí. ¿Hay suficiente espacio? ―insistió mi hermano.

―Sí ―respondió lacónico Alfonso.

Aquí es donde, como anticipaba, surgió un altercado, leve, presumiblemente sin importancia. Mi hermano, fiel a sus fantasías, cuando terminamos de jugar, le propuso a Alfonso un intercambio de camisetas. Es lo que hacen los grandes jugadores, como gesto de compañerismo, le dijo. Alfonso no supo qué hacer, y, casi empujado por mi hermano, se despojó de la camiseta y se la entregó. La camiseta de Alfonso era corriente, ya sucia de haber jugado con ella. Mi hermano le entregó la suya, también sucia. Era la camiseta del equipo de fútbol del pueblo con la que jugaba todos los domingos por la mañana: roja, con una serigrafía en el dorso, el número “6” y su nombre. Nos retiramos a casa, mi hermano con la camiseta de Alfonso en su hombro, y Alfonso con la suya a su caseta.

Mi hermano me pidió le prestara atención cuando se aseguró de que Alfonso ya había entrado y no nos veía. Yo me detuve a observarle. Se agachó hasta el límite del muro de la caseta y me dijo que prestara mucha atención. Entonces, escarbó en la tierra con las manos, hasta que sacó un madero que estaba enterrado.

―Cuando lo enterré hace un par de semanas, el muro estaba aquí, a la altura del madero. Compara dónde está ahora. ¿Ves lo que te decía?

Calculé, a ojo, un par de metros desde donde mi hermano desenterró el madero hasta donde estaba el muro de la caseta, que nacía contigua a una de las paredes de nuestra casa y se adentraba en la finca. Según la teoría de mi hermano, la caseta de nuestros inquilinos había crecido en longitud. Pero, nuevamente, pensé que trataba de asustarme, de tomarme el pelo. ¿Cuándo iba a haberse realizado esa obra? Bernardo no habría tenido tanto tiempo en nuestras ausencias.

Lo habitual era echar toda la ropa sucia en una pila al lado del fregadero, y esta aparecía ya limpia y planchada en nuestros armarios. Cuando el domingo por la mañana mi hermano fue a ponerse la camiseta de su equipo de fútbol, se dio cuenta de que no estaba donde solía encontrarla. Solo en ese momento recayó en aquel intercambio con Alfonso. Corrió escaleras abajo desde su habitación hacia la caseta. Nadie se encontraba allí al ser domingo. Mientras todo esto ocurría, yo subí hasta nuestro cuarto, abrí el armario y comprobé que allí estaba la camiseta de Alfonso, limpia, planchada y doblada.

Mi hermano recurrió a mis padres, quienes se negaron a entrar en la caseta. Parte del trato y del salario de Bernardo y Antonia era la cesión de la caseta. Tras mucho discutir y mi hermano alterarse, porque el partido empezaba en breve e iba a llegar tarde, mis padres accedieron a entrar solo para ver si hallaban la camiseta. Pero la llave que tenían no encajaba, no era la llave de esa cerradura. A mi padre le resultó extraño porque acordaron que tendrían una copia por si la perdían o ante cualquier imprevisto. Mi hermano aprovechó su rabia para contarles a mis padres su teoría sobre el desplazamiento del muro de la caseta, pero sin obtener el interés esperado.

Los partidos del domingo era su máxima ilusión, lo que ansiaba durante toda la semana. No podía perdérselo y apenas tenía ya tiempo de encontrar una solución. Cogió la camiseta más roja que encontró y le dibujó un “6” y su nombre debajo. Mi padre le llevó al pueblo y yo les acompañé, como hacíamos todos los domingos. El árbitro puso pegas acerca de esa camiseta, y el entrenador optó por no hacerle jugar. Solo le sacó al campo en los últimos diez minutos, lo suficiente para convertirse en blanco de burlas y risas por parte del equipo contrario, del suyo propio y del público asistente.

Regresó a casa dolido y enfurecido. Mis padres habían tratado de consolarle, el lunes por la mañana lo solucionarían, pero él no esperó. La mayoría de las veces, Bernardo y Antonia, junto con sus dos hijos, regresaban el domingo por la noche. Cuando escuchamos el motor de su coche llegando y estacionando en la finca, mi hermano y yo estábamos en nuestra habitación leyendo antes de dormir. Me dio en el brazo y me ordenó que me vistiera. Bajamos aprisa las escaleras con la precaución de no ser descubiertos por nuestros padres, que veían la televisión en el salón. Mi hermano caminaba con violencia incontenida hacia la caseta, como si fuera a hacerle pagar a aquella familia la humillación sufrida aquella mañana. Golpeó la puerta con ímpetu hasta que salió Claudia. Mi hermano y yo quisimos curiosear hacia el interior de la caseta, pero ella apenas dejó hendidura para ello.

―Queremos hablar con Alfonso ―dijo arrebatado.

El chico salió con un semblante sombrío y extrañado. Mi hermano le explicó la confusión con las camisetas, pero, por sus gestos, Alfonso no parecía haber entendido lo mismo. Claudia había asistido ecuánime a sus explicaciones.

―Si os las cambiasteis, ahora tu camiseta le pertenece a él y a ti la suya. Solo podréis volver a cambiárosla si los dos estáis de acuerdo.

Mi hermano, reculando a un talante conciliador, formuló el trato. Pero Alfonso se negó. Entonces Claudia sentenció que los tratos debían respetarse.

―Fuiste tú quién las cambió, ¿verdad? ―la acusó mi hermano.

― ¿Yo? No, fuisteis vosotros. Yo seguí vuestro acuerdo, respondió ella.

―Esa camiseta es de un equipo de fútbol, ¿para qué la quiere él? ―protestó mi hermano.

Después se puso más nervioso, furioso.

―O me devuelves mi camiseta, u os vais esta misma noche tú y tu familia de aquí. Hablaré con mis padres.

Antes de que mi hermano pudiese cumplir su amenaza, la hendidura de la puerta de la caseta se ensanchó. Ante nuestra sorpresa, salieron Reyes y Daniel. Mi hermano volvió a explicar su historia desde el inicio a quien consideraba una autoridad superior. Pero Reyes y Daniel convinieron, de igual modo, que Alfonso tenía derecho a quedarse la camiseta.

Mi hermano, lleno de impotencia y rabia, cumplió su amenaza. Mis padres quisieron tranquilizarlo, lo trataron como un malentendido, un juego de chicos que entre mayores solucionarían.

No dieron importancia a este asunto, pero, a partir de ese momento, como decía al principio, son cosas imperceptibles las que generan grandes cambios. Los días, aparentemente, se sucedieron con leves, lánguidas modificaciones: una mención por parte de Bernardo y Antonia sobre una irregularidad en su contrato; el muro de la caseta que se desplazaba hacia dentro de la casa y que cada vez parecía apoderarse de mayor espacio; las plantas trepadoras, la campanilla y la hiedra, cuyo crecimiento resultó incontrolado e invasivo, revistiendo los muros y envolviendo la casa por completo; Reyes y Daniel no se marchaban el fin de semana, si es que alguna vez lo hicieron; tampoco Antonia y Bernardo parecían ya tener necesidad de visitar a sus otros hijos, aquellos que vivían en Cádiz; Alfonso jugaba los domingos en el equipo del pueblo con una camiseta con el número “6” y un nombre que no era el suyo.

Así, hasta el presente, donde ambas familias negociaron nuevas condiciones de convivencia en el cortijo, en nuestra casa, que es ahora más pequeña que la caseta creciente. Mi hermano infringió una norma y se enfrentaba a un castigo indeterminado que iba a ejecutarse el domingo. Por eso huyó y permanece escondido. Tratar de arrancarle la camiseta por la espalda a Alfonso, mediante puñetazos y patadas, después de un partido, no fue buena idea. Tal vez pensó que todo se precipitó ahí, en ese momento en que la perdió, y se aferró a recuperarla, como si ese pequeño trozo de tela fuera un tótem que significara recuperarlo todo.

Llego a casa después de visitar a mi hermano y tranquilizo a mi madre. Ella y mi hermana están preparando la cena y tendiendo la ropa. Yo me dirijo a los olivos, a seguir ayudando a mi padre.

 

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