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073.- El olivo del olvido

Santiago Navas

 

A esas horas de la madrugada, sólo estaba abierto un pequeño bar donde la gente tomaba el primer café del día. Siempre que viajo y puedo hacerlo, me encanta salir a pasear temprano para ver cómo la ciudad se va despabilando y se prepara para una nueva jornada. Las gentes que salen adormiladas de los portales, los vehículos que carraspean por las calles aún frías… y recibir al sol que va colándose entre las esquinas, lanzando destellos en los charcos que ha dejado un camión de regar, o la lluvia cuando la hay; el olor del amanecer en los jardines desparramados por la ciudad, como islas de fragancia virgen.

Ese día decidí estrenarme con las cuestas de la ciudad de mi destino. Me paré a hurgar entre la amplia oferta distribuida por taburetes y pinzas metálicas colgando en el escaparate de un quiosco, quizá el primero en abrir en la ciudad, quizá dispuestas para emular los tenderetes del zoco de la que fue un día medina en la encrucijada de las caravanas, hasta que el verde-oliva de la portada de una publicación llamó mi atención en una de esas ediciones de prensa local. Contenía, entre otras noticias, la presentación de un artículo que continuaba en su interior y que anunciaba un reportaje sobre un pueblo de los llamados “olvidados”, pero aparte del color y de la fotografía de una vieja casa de labor, lo que me atrajo fue el título: “El Olivo Del Olvido”, tal cual. Lo compré inmediatamente, parecía que alguien lo había compuesto como preámbulo a mi viaje a esas tierras calizas, donde el verde oro motea el horizonte y hace brillar el atardecer con las gotas del sudor de sus moradores.

Aproveché la cercanía del bar y me apropié de una mesa: pan tostado, tomate y aceite era la mejor oferta que podía recibir para acompañar la lectura que me disponía a disfrutar. Un café para calentar los suspiros de la madrugada, que aún eran como el agua fresca con que me acompañaron el desayuno, sin yo pedirlo, y todo casero y familiar, una mujer con delantal me sirvió con una sonrisa, saliendo directamente de la cocina, plato en mano.

“Nos dirigimos hoy” escribía el periodista “a un lugar de leyenda, a una casería que aún se mantiene en pie tal y como fue, uno de esos que en este caso comenzó siendo un conjunto de casas que el modernismo denominó pueblo, aldea o ciudad tan solo teniendo en cuenta el número de sus habitantes, pero no la influencia que tuvo sobre la vida de la comarca; olvidado ya, tan solo un recuerdo de tiempos mejores, se la conoció como Villa Oliva del Aceite, cuyo nombre ya nos informa de bastantes cosas. Fue ésta una población fugaz que nació de forma espontánea, creció por necesidad y se ahogó por falta de espacio, adormece ahora en el otero de la sierra que la vio surgir, borrado ya el segundo apellido, ‘de arriba’, que adquirió cuando se constituyó la otra población gemela, la ‘de abajo’, en el valle por donde entonces transcurría un camino junto al río y hoy hay una autovía. Entonces, éste se hizo a base de posadas para los trabajadores que acudían ‘a la aceituna’ y, con parada y fonda, para los viajeros que iban hacia el sur, en busca del mar o hacia el norte, en busca del negocio dentro de tierra.

“Villa Oliva del Aceite, Villa Oliva de Arriba (o la Casería del Aceite, que es como se conoce por la zona actualmente), nos espera tranquila al final de un largo sendero de ascensión constante, donde antes los borricos se cruzaban cargados de suministros y trabajadores, ahora abunda el yerbajo y los matojos salvajes que la ausencia de cuidados deja crecer. El cansancio sólo se compensa con las hermosas vistas hacia el olivar que se pierde en el horizonte. Y al llegar a la cima, casi extenuados por el esfuerzo, un frondoso olivo nos recibe plantado en una especie de rotonda provista de un murete de piedra de la zona que, a modo de asiento colocado allí exprofeso, nos permite recuperar el resuello; nos cobija con sus ramas centenarias, al tiempo que con una mueca de guasa nos observa ‘echar el bofe’, comparando estos turistas de ciudad con aquellos trabajadores de alpargata. Y sólo cambia la cara cuando oye acercarse las motos, que con su ruido se atreven a blasfemar contra el recogimiento del lugar. Ya no vive nadie aquí o, mejor dicho, casi nadie.

“Porque entre algunas ruinas de viejas casas de techos hundidos, cristales rotos y tabiques desmoronados, destacan dos construcciones. Una es la Casería y la otra, la Ermita o Parroquia de cuando la aldea estuvo habitada, con su torre campanario, que comenzó teniendo otro uso en su función primera, el origen del asentamiento. En la Casería vive un solo habitante que, cuando llega el fin de semana o determinadas ocasiones, desaparece ante el aluvión de visitas extrañas: se recluye en el patio y las estancias del interior y cierra a cal y canto todo lo que se ve desde la calle para que parezca olvidado. Pero nosotros hemos obtenido el premio, nos ha recibido don Edelmiro, cuya edad no diremos por expresa petición suya, pero que a cambio nos ha contado la tradición o leyenda de Villa Oliva del Aceite.

“Cuando los ‘moros’ invadieron desde el sur y constituyeron la red de torres de vigilancia que llevaban los mensajes por el cielo de norte a sur, como si fuera el telégrafo, escogieron este otero y situaron aquí a un habitante de la zona, recuperado de la herencia colonizadora habida en la Península, para ocupar un puesto de importancia en esta nueva etapa. El hombre no quería vivir solo en aquellas alturas, así que se llevó a su familia con él y cuando alguno de los miembros pudo, se turnaban en la vigilancia, mientras, establecieron su hacienda, con agua fresca de un manantial y tierras apropiadas, nació el asentamiento. Luego, se vino otro familiar que se trajo también a los suyos; entonces se turnaban entre más en las tareas de vigilancia y mensajería en la torre, así atendían mejor el huerto. Según la población creció, comenzaron a trabajar las tierras ganadas al otero ya que nadie podría disputárselas y plantaron olivos que trajeron para su cultivo; desde tiempos romanos, el aceite de la Bética era muy apreciado en el mundo conocido hasta entonces. Pronto se vieron favorecidos por el comercio que por los caminos de abajo pasaban y montaron una almazara, se hicieron con más tierras, doblegaron el monte y lo convinieron a su servicio y, al crecer, ya no era suficiente solo una familia grande, tomaron jornaleros de los pueblos cercanos. Pero el otero se colmató, además de los desmontes y las tierras altas, la población que se vino por el trabajo ocupaba demasiado espacio, una sola calle que ascendía hacia la torre de vigilancia era el único espacio vacío; en cada casa, un patio con huerto, en cada huerto hortalizas, frutales y olivos. Y en el campo, únicamente olivos. Y cuando las tropas cristianas bajaron por aquellas tierras y los árabes se retiraron, las familias de Villa Oliva del Aceite decidieron reconvertir la torre en una iglesia y rescataron la imagen de una Virgen que alguien mantuvo escondida en un tronco todos esos años, pasándola de padres a hijos. Como nadie sabía qué advocación darle, la depositaron sobre un altar de madera, de olivo claro, adornado con ramas verdes cortadas para tal fin y el cura, que tampoco sabía, encontró la solución: Virgen del Óleo, luego del Aceite y más tarde de la Oliva.

“Don Edelmiro nos contempla desde su arrugada faz, fruto del trabajo y el sol, sus ojos acuosos y tristes lo expresan todo. Es fácil adivinar que él es un heredero de aquella dinastía de habitantes íberos, luego romanos, luego hispanomusulmanes, luego moriscos, luego cristianos… pero siempre pegados a su tierra. Generaciones y generaciones de ellos.

“Y continúa su relato diciéndonos que, con el tiempo, el pueblo se quedó pequeño e incómodo, por su difícil ascensión. La gente quería disfrutar de las pequeñas riquezas que iba ganando, tener una casa propia, un poquito de tierra para sembrar sus alimentos… así que la mayoría se trasladaron a la parte baja, junto al río, en tierras sin dueño y bien regadas, protegidas del frío iracundo que en el invierno azotaba el otero y del sol que insistente arrasaba en verano. Los propios familiares se fueron en su mayoría, cerca de la almazara o a la ciudad, muchos años después, según iba creciendo ‘la reala’ de primos y hermanos. Y de las chozas del valle, se construyeron casuchas, luego casas con posada y después hoteles y gasolinera, que es lo que hoy hay junto a la autovía. De los jornaleros no queda más que un pequeño recuerdo, de la almazara, el antiguo edificio, y en vez de viajantes nobles y noveleros, hoy vienen turistas camino del sur o de vuelta al norte.

“Paseamos y nos va contando que, pasado el tiempo, añadiendo las casas que había junto a torre de vigilancia, reconvertida en campanario, se construyó la iglesia Parroquia, él tiene la llave, pero dentro ya no hay bancos, ni adornos, ni efigies, sólo una gran Cruz de madera de olivo en el altar. De la unión de otras cuantas casas, los abuelos de su abuelo hicieron la Casería del Aceite y el resto lo dejaron para cultivos, los únicos olivos que se quedaron fueron los que bordeaban la montaña de arriba abajo. Don Edelmiro se emociona al recordar, los ojos inevitablemente se le humedecen, se nos viene a la garganta preguntarle si tiene familia con la que pueda ir a vivir, pero parece un insulto después de todo lo que nos ha contado: él morirá aquí, lo de enterrarse ya se verá, sus herederos dirán, pero es imposible que salga de su aldea. La tarde avanza anunciado el ocaso, el mismo que ya pregona en este sitio su dominio, no hay futuro para la Casería. Estamos sentados a la entrada, en el murete que rodea el único olivo centenario que aún queda y don Edelmiro nos anuncia que se retira, acumula más cansancio que años y tiene por costumbre acostarse pronto, le espera la cena, acompañada de unas olivitas curadas por él mismo, aceitunas siempre en su menú, olivas de su oliva, la de la entrada, la que mantiene viva y centenaria, como él quizá, a la que llama EL OLIVO DEL OLVIDO”.

Acabé el artículo mojando un último pellizco de pan en un platillo de aceite que la buena mujer tuvo a bien servirme. Bebí un trago del agua y cerré el periódico. Estaba muy claro donde debía dirigir mis pasos, sólo quedaba preguntar, seguro que el dueño del bar, tras la barra y ahora que había pasado el aluvión de los que iban rápidos al trabajo, más tranquilo, me podría indicar por donde subir para visitar la Casería del Aceite.

 

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