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072.- Serafín, el guardián del olivo

Matías Antonio Moreira Dilosa

 

El día en que Serafín se hizo pequeñito, nadie se percató de su desaparición. En realidad, aquel viernes nadie lo vio llegar al olivar por la mañana. Además, ningún compañero de la recolección lo vio irse de allí por la tarde. Éste había ido a trabajar como siempre. Y es que el pobre, no había desaparecido de Jaén para nunca más volver. Todo lo contrario, nuestro recolector amaba su tierra y nunca pensó en marcharse. Más bien, Serafín fue allí, junto a los árboles, como todos los días. Sin embargo, luego de su transformación, lo vio todo más grande; lo vio todo gigantesco.

No se volvió diminuto apropósito. El tema fue que los habitantes del olivo milenario lo achicaron para transmitirle un conocimiento que unos pocos elegidos tenían el privilegio de saber.

Serafín se encontró de un momento a otro frente a unos individuos de aspecto extraño que lo observaban sonriendo. Estos llevaban trajes grises y cinturones enormes. Detrás de ellos, había como pequeñas ventanitas y plataformas que trepaban por el tronco retorcido del árbol de olivas.

Todo parecía realmente maravilloso debido a la enormidad de las aceitunas que se veían por todas partes.

El más bajo de los individuos celestes que lo observaba, llevaba en sus manos una pistola que Serafín creyó la causante de su tamaño. Éste, además, pensó que los habitantes del olivar parecían mucho más avanzados en tecnología e inteligencia que cualquier ser que él haya visto en libros o televisión. Le sorprendió que en todos los años que llevaba junto a los árboles nunca se dio cuenta que hubiera gente viviendo en el tronco y las raíces.

Serafín estaba realmente sorprendido y asustado. No alcanzó a correr de allí porque no había lugar a donde escapar ni a donde esconderse. Simplemente se quedó paralizado observando los ojos enormes de los pequeños habitantes del tronco.

El más anciano parecía un gobernante. El viejo lo llamó por su nombre con un tono jovial.

Serafín creyó estar en un sueño de la locura. Pensó que quizás aquello era el cielo. Pero reconoció que por donde se lo viera, aquel enorme edificio o tronco era el olivar milenario de toda la vida.

Como no pretendía ser descortés, nuestro recolector le devolvió el saludo. Les preguntó a las criaturas celestes de ojos grandes y melenas amarillas porque lo habían vuelto tan diminuto. Les preguntó con miedo si pretendían dejarlo así para siempre.
Sin dejar que el gobernante le respondiera, le preguntó si pretendían comérselo. Además, les preguntó quienes eran y de donde habían salido.

El gobernante lo miró a Serafín con una sonrisa de oreja a oreja. Luego, El hombre mayor soltó una carcajada.

Los demás individuos de ojos grandes permanecían en silencio.

El gobernante le dijo a Serafín que no tuviera miedo. Ellos no pretendían comerse a nadie. Con las aceitunas que había por todos lados ya les bastaba para alimentase. Tampoco, pretendían dejarlo allí para siempre. Sólo se habían tomado el atrevimiento de volverlo más pequeño para que Serafín los pudiera ver.

Como pueden imaginar, nuestro amigo no se podía creer lo que estaba escuchando.

El gobernante se llamaba Maxitool y era el anciano de mayor jerarquía de todos los que habitaban el olivo.
Maxitool explicó a Serafín la razón por la que este se encontraba con ellos aquel día. El viejo le contó que la causa de su pequeñez se relacionaba con un suceso ocurrido en la noche de los tiempos. Uno de los antepasados de Serafín había ayudado al pueblo del olivo a resolver un inconveniente muy importante. A cambio, el pueblo de Maxitool se había comprometido a homenajear cada cien años a los descendientes del ser humano que había sido tan importante para ellos.

Denominar a la gente celeste como pueblo del olivo, era simplemente una forma de decir. Ellos hicieron del olivo milenario su hogar luego de que su planeta a miles de años luz de distancia se marchitara. Cuando el pueblo de Maxitool vio la tierra, descendieron en sus naves en lo que es hoy la actual Jaén. Allí vivía un señor agricultor romano llamado Persio. Dicho hombre, recibió a los habitantes del planeta desaparecido de una manera tan hospitalaria, que Maxitool juró nunca más olvidar a este ser humano. Cabe mencionar que Persio les ofreció sus tierras para que se asentaran el tiempo que quisieran.

Fue así como los Garditanos y el agricultor solitario se volvieron grandes amigos.

Persio dejaba junto al olivo tinajas de aceite para que el pueblo de Maxitool se alimentara. Además, el romano acompañaba la tinaja del mejor aceite con canastos de pan casero preparados en su horno de barro.

Así, pues, el pueblo de Maxitool disfrutó durante muchos años la producción de Persio como si éste fuera su protector.

El gobernante del espacio exterior había conocido a Persio. Esto fue así ya que los Garnitanos vivían mucho más tiempo que cualquier ser humano. Por esta razón, los homenajes de su pueblo duraban miles de generaciones humanas.

Durante la Edad Media, los Garditanos decidieron volverse más pequeños de lo que eran. Las baterías de las naves se habían llenado lo suficiente de energía solar para realizar el trabajo. Persio ya no estaba entre ellos. Sus hijos y nietos continuaron cuidando el árbol y a los Garditanos luego de su muerte.

Los Garditanos pudieron abandonar la tierra con el paso de la estaciones; pero era necesario antes cumplir con la promesa que le habían hecho al señor agricultor. Así era el pueblo de Maxitool

Pero todo esto, Serafín lo sabría más tarde.

Y es que aquel viernes de su iniciación, Serafín se sentía dentro de una novela de ciencia ficción. Aquello no era otro planeta; aquello era el árbol en dónde su abuelo se protegía del sol del mediodía mientras mojaba el pan casero en una tarrina llena de aceite extra virgen. Sí, aquello era el planeta tierra, aquello era el olivar de Jaén. Sólo que ahora se veía todo desde la perspectiva de un pájaro. Mas bien, desde la perspectiva de una oruga o de una hormiga.

Serafín siempre amó la naturaleza. Su abuelo le había enseñado a tratar a los árboles como si fueran personas. El buen Pepe era así, trataba a los olivos como entidades vivas que tenían oídos y sentimientos. Nunca pudo Serafín olvidar a su abuelito. El nieto siguió sus ejemplos todo lo que pudo.

Entonces, allí fue cuando nuestro protagonista comprendió todo. Maxitool quería iniciar a Serafín en los secretos del olivo como lo habían hecho los Garditanos con su abuelo.

Como efecto de la telepatía, Maxitool efectuó unos círculos en el aire con su bastón de mando. Al cabo de unos instantes, Serafín y Maxitool se vieron en la plataforma superior de la copa del olivo. Detrás de ellos, había reproducciones virtuales de Persio y de cada uno de los antepasados de Serafín. En el ultimo lugar de la fila de representaciones, estaba la imagen de Pepe.

Serafín lloró de emoción al ver a su abuelo en aquel holograma. Maxitool puso una mano sobre el hombro del muchacho y los dos se quedaron observando la imagen del pasado que parecía viva.

De hecho, la figura de su abuelo comenzó a moverse como si éste estuviera allí escuchándolos. Y es que su abuelo, antes de abandonar el plano físico, dejó que Maxitool copiara parte de su esencia en el centro del árbol milenario.

Entonces, Maxitool dejó que la imagen del abuelo de Serafín explicara al muchacho todo aquello que estaba pasando.

Luego de la explicación de su abuelo, el buen recolector de Jaén comprendió que su vida era muy especial. Es decir, Serafín sería el nuevo responsable de preservar los secretos del árbol durante toda su vida. Además, él debería pasar a su nieto los conocimientos prohibidos que su abuelo había guardado para él.

Todo sería distinto para Serafín desde aquel día. Desde aquel viernes normal, los Garditanos reconocieron a un nuevo Guardián del olivo.

Después de aquel momento mágico, los Garditanos trajeron una enorme mesa voladora y colocaron allí pan, oliva y un sinnúmero de deliciosos manjares ante el atardecer que se manifestaba frente a la plataforma.

Serafín se quedó estupefacto en la cena mientras saboreaba el aceite extra virgen de los habitantes del olivo. Este era sabrosísimo ya que su pureza no se podía comparar con ningún aceite que él hubiera probado. Debido al tamaño que esta gente tenía, los aceites se elaboraban a partir de diez o veinte aceitunas enormes.

Un grupo de Garditanos músicos interpretó unas melodía hermosas con guitarras fabricadas a partir de cortezas caídas.

La luz de la luna se filtraba entre las hojas y las ramas mientras un grupo de pajarillos dormían.

Después de la hermosa interpretación, todos aplaudieron. Al cabo de unos instantes, los músicos siguieron con un repertorio que llevó a que medio olivo bailara y cantara. Aquello era una verdadera celebración.
Luego del baile y la fiesta, Maxitool explicó a Serafín que el olivo milenario se iría con ellos en unos cientos de años. La situación era que el árbol así lo quería; éste pretendía viajar a otros mundos y llevar sus aceitunas a otros lugares.

La alianza entre el olivo y los Garditano se pudo llevar a cabo porque el pueblo extraterrestre tenía la habilidad para comunicarse con el planeta y con toda la naturaleza en su conjunto. Ella les hablaba a través de todas sus criaturas: les hablaba con aire, el cielo, la luz y las plantas.

Serafín y Maxitool se quedaron conversando toda la noche sobre estos temas. Nuestro protagonista entendió de esta forma que la Tierra sabía quiénes eran sus amigos y sus enemigos.

Por otro lado, el recolector, descendiente de un romano llamado Persio, dimensionó la conexión existente entre todas las criaturas que habitaban este mundo. De dicha colaboración, el olivo les entregó a los hombres el sabor de sus frutos. Así eran las cosas desde siempre.

Ahora bien, dicho todo esto, debo detener mi historia aquí.

Lo único que puedo agregar sobre Serafín, es que nunca pudo volver a los olivos como antes lo hacía. Él se convirtió, desde aquel viernes, en el guardián del olivo de su abuelo, en el guardián de un pueblo extraterrestre y diminuto, en el guardián de una pequeña parte de nuestra madre naturaleza.

 

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