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070.- Oscuro secreto

De anima

 

Esta es la triste y desafortunada historia de Hilario, un solitario anciano que vivía en un apartado caserón a las afueras, en un singular pueblecito de la provincia de Jaén.

Poco se sabía de Hilario, pues era esquivo y reservado. Apenas se dejaba ver por la ferretería de Damián o realizando alguna que otra compra de última hora en la tienda ultramarinos. Nuestro amigo era una persona sumamente introvertida, que hacía lo imposible por evitar a las personas, de tal forma, que incluso tenía un pequeño huerto que le proporcionaba lo indispensable para no tener que relacionarse demasiado. También era propietario de una gran extensión de tierras pobladas de olivares que, desde antaño, eran propiedad de sus antepasados.

A pesar de todo, Hilario no vivía solo, sino que junto a él se encontraba su esposa, la que por incondicionales lustros fue el amor de su vida y que, por caprichos del infortunio, ahora se encontraba postrada en una cama. Se comentaba que padecía una extraña enfermedad que le impedía exponerse al sol, motivo por el que su marido tenía una zona del caserón acondicionada para ella. Tal era la distribución que había dispuesto, que para adentrarse en la casa había que pasar un gran portón de madera y, después, un enorme pasillo que atravesaba toda la casa. Cuán grande serían las medidas de este, que parecían irreales, ajenas a las proporciones de la casa; en tanto, que antes incluso de comenzar la andadura, ya era evidente la falta de luz; de manera, que quien venía a visitarla pronto era consciente del inhóspito lugar en el que se adentraba: oscuro, silencioso y con innumerables habitaciones; todas ellas cerradas, menos una: la última, donde se encontraba Rosa, su mujer. Pocos eran los que se aventuraban hasta el caserón en tiempos, cuando aún era joven y gozaba del recuerdo de amigos o de algún que otro familiar ―pero aquello ya pasó.

Ella, de la que no se sabía demasiado, siempre había dado de que hablar, pues, eran tantos los años que llevaba enferma, que apenas si se la recordaba. Salvo Hilario, su marido, que no solo se ocupó de cuidarla, sino que siempre mantuvo vivo el recuerdo de primaveras y tiempos pasados…

A pesar de todo y como suele ocurrir, siempre hay alguien cuya vida no colma y, para encontrar consuelo, ha de hurgar en las de los demás. Ese era Julián, cuya curiosidad y rencor no tenían parangón. Conocía a Rosa, devota cristiana y asidua a su parroquia que, desde que comenzó su enfermedad, dejó de asistir ―como es lógico―. Pero en su enfermiza cabeza las cosas no funcionaban así. Julián, que desconfiaba de todo el mundo, sentía un odio incondicional hacia todo aquel que no le era afín; comportamiento este, que enmascaraba con su profesión, pues era el párroco del pueblo y, entre misas y chismes, pasaba desapercibido. A pesar de ello, no os dejéis engañar, pues era una persona vil y mezquina, que se aprovechaba de su posición para manipular a todo aquel que no le cayera en gracia. Para ello, se valía de secretos de confesión y otras artimañas a las que, con maquiavélicas argucias, les daba la vuelta para sacar provecho… ―siempre en nombre de Dios, por supuesto―. No en vano, se contaban numerosas historias de su descendencia española y de su relación con la Santa Inquisición, motivo este, por el que siempre causaba respeto entre los habitantes del lugar.

Su aspecto era bastante peculiar: De estatura media, grueso y llevaba una barba perfectamente perfilada; siempre vestía sotana y lustrosos zapatos ―irradiaba una pulcritud enfermiza―. Julián, haciendo gala de las interminables horas de ocio que su santidad le brindaba, llevaba un estricto seguimiento de todos y cada uno de los movimientos de Hilario, de manera, que incluso cuadraba liturgias para provocar algún que otro encontronazo.

Era martes de julio y hacía un calor sofocante. Ese día, el párroco, que le había dado una y mil vueltas al asunto, terminó por perder la paciencia. Años de enfermizas suposiciones lo llevaron sin remedio a tomar cartas en el asunto. La duda le corroía las entrañas; sospechaba que el bueno de Hilario pudiera haberle hecho algún daño a su esposa y, con la excusa de la enfermedad, nadie hubiese sospechado nada. Tal era la intriga, que Julián pasó a la acción. Comenzó por seguirlo, aunque las escasas salidas del anciano poco revelaron, a pesar de ello, no desistió y continuó indagando, situación que lo irritaba y sacaba de quicio, tanto, que incluso llegó a pasar alguna que otra noche escondido tras un arbusto de su propiedad, con la esperanza de descubrir algo.

Llegó septiembre y con él, un nuevo martes. Ese día estaba dispuesto a descubrir de una vez por todas el secreto de Hilario. ¿Qué misterio escondía esa casa? ¿Por qué llevaba tantos años sin ver a Rosa? ―no podía más…

Ya en el ocaso, y sin pasar las nueve, Julián se presentó en casa del matrimonio. Todo estaba tranquilo y, salvo por la luz de una de sus ventanas, parecía que no hubiera nadie en su interior. Tocó con dificultad la campanita de la entrada, que estaba algo oxidada y apenas sonaba. Transcurrieron unos minutos sin obtener respuesta, situación que hizo mella en el cura, tan tenso e iracundo que volvió a tocar la campana, esta vez con más fuerza, provocando así un sonido más agudo y desagradable.

Entonces, observó como el visillo de uno de los ventanales se desplazaba unos centímetros, lo justo para desvelar la figura de Hilario que, alertado por la campana, salió a mirar.

― ¡Hola, soy Julián, el cura! ―gritó, con cierta inseguridad.

― ¿Qué quiere? ―contestó de malos modos.

―Hace mucho tiempo que no charlamos y he venido a ver como se encuentran usted y su esposa.

Las palabras de Julián que, no sonaron nada convincentes, hicieron desconfiar al anciano, que se tomó su tiempo antes de decidir.

Tras un rato salió de la casa y se dirigió hacia la verja que le separaba del cura. Con paso firme y sin levantar la mirada, encaró el camino de adoquines hasta llegar a él. Una vez en frente y sin mediar palabra, descorrió el desvencijado cerrojo de la entrada y retomó el camino de vuelta a casa. Julián, que permanecía inmóvil, miraba como se alejaba sin saber qué hacer, aunque pronto reaccionó y, levantándose la sotana para no tropezar, dio una pequeña carrera hasta alcanzarle.

Hilario, que entró con unos pocos pasos de ventaja, le indicó que cerrara el portón de madera y lo acompañase. El cura, que obedeció en silencio, prosiguió la marcha adentrándose en el pasillo. Pronto, comenzó a llamarle la atención que, por más que caminaba, no veía el final; el extraño pasillo parecía no tener fin. A pesar de ello, el solo pensamiento de estar tan cerca de la respuesta que tanto le había atormentado, era como un bálsamo para el alma; un extraño elixir que le daba fuerzas para seguir adelante.

A medida que avanzaba por aquel angosto pasillo, la luz se extinguía como si de una llama se tratase. Apenas si podía distinguir ya la quebrada silueta de su anfitrión, a quien seguía a poca distancia.

Justo antes de llegar a la habitación de su esposa, se detuvo.

―Hemos llegado, pase y espere en esta sala. Voy a avisarla y enseguida podrá hablar con ella.

―Pero…yo… ―apenas le dio tiempo a mascullar.

Receloso, entró en la sala y tomó asiento sobre un polvoriento tresillo de otra época. Transcurría el tiempo y la paciencia Julián se agotaba. Parecía que las paredes de la estancia menguaran a voluntad, de manera que, poco a poco fueran consumiendo el poco oxígeno de la habitación. Por si fuese poco y, para terminar de angustiar a nuestro ya diezmado párroco, junto a la esquina, la rama de un viejo roble moribundo golpeaba la vidriera sin cesar, provocando un estremecedor sonido que apenas le dejaba pensar.

A pesar del obsesivo deseo de Julián por conocer la verdad, su templanza había tocado fin. De alguna forma debía precipitar los acontecimientos para poder salir de allí cuanto antes, pues lo que comenzó siendo una gran idea para inmiscuirse en la vida del anciano, se terminó convirtiendo en una mala corazonada…

El sudor ensortijaba la frente del pálido siervo de dios que, sin una pizca de paciencia ni consuelo, se armó de valor y corrió hacia la puerta con toda la agilidad que su tosco cuerpo le permitía. Una vez junto al quicio, y con sumo cuidado, asomó la cabeza al pasillo. El sudor le corría por la cara y le empapaba el alzacuello. Su corazón latía como una locomotora; jamás pudo imaginar semejante situación ni en la peor de sus pesadillas. Tras mirar a ambos lados del pasillo, y sin apenas ver nada, decidió avanzar hasta la siguiente habitación, lugar donde se encontraba Rosa ―de una vez por todas despejaría el misterio que tanto le atormentaba y se marcharía.

Comenzó avanzar por el oscuro pasillo. Prácticamente palpaba las paredes como único medio de orientación; palmo a palmo y paso a paso, hasta la habitación. El silencio y la oscuridad se podían sentir como un punzón en la nuca.

Tras una eterna y sofocante marcha, Julián llegó al fin a su destino: la última puerta… Agarró el pomo y comprobó que estaba encajada. Un simple empujón y todo se habrá acabado ―pensó. Entonces, y con sumo cuidado, abrió lentamente el picaporte para no hacer ruido, e irrumpió en el aposento de Rosa. Enseguida, accionó el interruptor de la luz y… Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que, donde habría de hallarse la cama, no había nada; ni objetos ni enseres… solo el amplio vacío que conformaba la estancia. En su lugar: tierra; un abrupto suelo de turba, como si de un enterramiento se tratase ―el cura se estremeció con toda su alma.

La sorpresa fue tal, que Julián se quedó paralizado. Tras él, sintió una presencia que le heló la sangre ―ya era demasiado tarde para reaccionar―. El viejo, que se había colocado detrás, dejó caer una pesada azada sobre él, con tal fuerza, que le quebró el cráneo en dos ―el ruido fue desgarrador.

Mientras se desplomaba, entre agonizantes lamentos y aún en sus últimos estertores, podía oír vagamente la voz de Hilario que decía:

―Ahora lo entenderás todo y por fin podrás descansar, ella te lo explicará…

 

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