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064.- Finca Entreolivares

José Santiago Cano López

 

Es una calurosa noche de verano en la finca Entreolivares, propiedad de la familia Vázquez, en plena campiña jiennense. Desde lejos, se pueden divisar las luces y focos que dan iluminación al enorme y colorido patio. Tras una copiosa cena en la que no se ha escatimado en ningún tipo de detalle, es el anfitrión, don Alonso Vázquez, el que alza su copa y se dirige hacia los presentes, prestando al momento todos ellos atención a sus palabras.

—Queridos amigos, esta noche me honra vuestra presencia y soy dichoso de que nos acompañéis. Como sabéis, llevo más de 50 años dedicándome al mundo del olivar y del aceite de oliva. Mucho ha cambiado desde que por aquel entonces mi padre me dejara 70 olivos, todo su patrimonio, para que lo cuidara y me labrara un futuro. Hoy en día, la familia Vázquez cuenta con más de 700.000 olivos y estas bodegas en las que nos encontramos esta noche, que son el esfuerzo de años de duro trabajo— haciendo una breve pausa—. Habéis asistido a la presentación de este nuevo aceite con aroma a flor de azahar. Si cogéis la copa que tenéis a la derecha, podréis ser partícipes del aroma que evoca recuerdos y sentimientos encontrados. No cabe duda de que esta innovación sin precedente en un mercado cada vez más creciente y exigente como es el del aceite de oliva virgen extra de la más alta calidad es una victoria para las Bodegas Vázquez. Y no habría sido posible sin mis hijos Gonzalo, ingeniero agrícola y encargado de las fincas; mi hijo Fernando, experto en márketing y ventas; mi hija Sofía, encargada del departamento científico y gran artífice de este prodigio y la benjamina, Alicia, periodista de profesión, pero con el aceite corriendo por sus venas. Brindemos con y por el aceite que nos da la vida. ¡Salud!

— ¡Salud! — respondió todo el público al unísono.

Justo después de aquel instante, multitud de personas se acercaron a la familia para dar la enhorabuena por la puesta de largo del producto y por la magnífica cena que habían ofrecido.

Don Alonso, que a pesar de todo seguía llevando en su interior al humilde campesino que un día fue, se fue a su casa pronto. Se montó en su Mercedes C220 y comenzó a conducir. Su casa distaba del lugar de celebración del evento, las bodegas. Aquella noche no había bebido, como era costumbre en él. No tenía ningún problema más allá que los achaques propios de la edad, pero aquella noche ocurrió algo.

Tuvieron que pasar 20 minutos hasta que uno de los invitados que ya abandonaba la fiesta vio un coche que se había estrellado contra un viejo tronco que se encontraba en el suelo, avisando de la curva del camino. Fue en cuestión de segundos el bajarse del coche y comprobar que el accidentado era Alonso. Al instante se encargó de llamar a la familia y a los servicios sanitarios.

Una vez llegados todos, la ambulancia se llevó a Alonso al hospital acompañado por su hijo Gonzalo. Todos, consternados, fueron abandonando la finca, mientras el resto de hijos veían el desfile de coches.

Ya en el hospital:

—Don Alonso se encuentra estable dentro de la gravedad— informó el doctor a los hijos que habían llegado con el paso de la noche—. Las siguientes horas serán vitales en su evolución, Estaremos lo más pendientes posible de él, y tengan calma.

—Muchas gracias doctor – dijo Fernando con voz grave y afectada por el suceso.

—No entiendo cómo le ha podido pasar esto a papá. Llevaba toda la vida pasando por ese camino y él no era aficionado a la velocidad. Tuvo que pasarle algo. Estoy segura—aseguró Sofía—.

—Es pronto para adelantar acontecimientos. Ahora lo importante es que se recupere y él mismo nos hará saber lo que realmente pasó en ese momento —dijo Gonzalo aparentando tener la mayor serenidad del mundo, aunque en el fondo él sabía que algo había tenido que pasar para que a su padre le hubiera pasado aquel desgraciado incidente.

Alicia, que tenía el don de ser tan observadora como cauta, se dio cuenta de que en sus hermanos había demasiada calma, como si no le dieran importancia al incidente de la noche anterior –En breve estaremos todos juntos de nuevo en la finca— añadió Alicia.

A la mañana siguiente, Gonzalo se encontraba en los olivares, con la cuadrilla, pestugando los olivos, ya que era la tarea de ese momento cuando recibió la llamada de Alicia. Ella había decidido quedarse con su padre mientras sus hermanos volvían a sus trabajos. El olivar requiere de un cuidado constante, de un mimo especial para que una vez cosechado el producto se pueda obtener un producto de calidad. Y esa era la principal meta de la Bodegas Vázquez, excelencia por calidad. Fue en ese momento cuando Gonzalo recibió una llamada que le enmudeció y le dejó sin palabra, sin saber reaccionar. Su padre acababa de perder la batalla contra las heridas del accidente y moría. No podía creer que el patriarca de la familia Vázquez dejara de estar presente entre ellos. Ni él ni nadie lo podían creer.

Dentro de un funeral lleno de lágrimas por parte de los asistentes, Alicia volvió a darse cuenta de la entereza de sus hermanos. Comenzó a dudar si es que ella era demasiado sentimental y la que más sentía la muerte de su padre, o quizás que sus hermanos no sintieran tanto la muerte de su progenitor. No era ningún secreto que la relación entre ellos viraba más al lado profesional que al lado personal. Las apariencias delante de los asistentes, que hacía dos días habían participado en un evento mucho más diferente, eran mucho más importantes para ellos que el dolor de haber perdido a una parte muy importante de ellos. Todo ese distanciamiento del nexo de unión familiar venía a raíz de la partición de la herencia de su padre. Don Alonso había querido ser él mismo, en vida, el que legara en partes lo más similares posibles todo su patrimonio pues él, mejor que nadie, conocía todos sus terrenos. De ahí la discusión, ya que Gonzalo por ser el mayor pretendía tener una mayor parte en la herencia. Fernando, por haber hecho un enorme esfuerzo en márketing también quería recompensado ese esfuerzo en forma de una mayor parte en la herencia. Y Sofía también consideraba que gracias a sus aportes en el laboratorio merecía una mayor parte ya que la fama de los últimos años con los aceites con aromas especiales en gran parte, eran gracias a su labor.

Una vez llegados todos a casa de su padre, tanto sus hermanos como las parejas de ellos, Alicia no puedo resistir más el dolor que la apenaba por dentro y preguntó:

— ¿Por qué parece que os apena tan poco la pérdida de papá?

—Anda Alicia, no digas tonterías. Sabes que la pérdida de papá ha sido un gran mazazo para todos. Él nos guiaba tanto en el trabajo como en la familia. Su consejo en el olivar era esencial— respondió Sofía con cierto desagrado.

—Para todos es difícil de asimilar pero tenemos que ser fuertes y adaptar nuestras vidas a esta nueva situación. Él lo habría querido así—añadió Gonzalo.

Pero Fernando seguía sin decir nada. A pesar de sus palabras, Alicia seguía viendo algo que no era normal. No podía ser que sus hermanos le dieran tan poca importancia a todo lo que había sucedido. Pero la mayor sorpresa que se llevó Alicia fue cuando esa misma tarde el abogado de la familia aparece por el gran salón de casa del difunto don Alonso. Llegó a petición de sus hermanos, para iniciar cuanto antes los trámites de la herencia de su padre. Ni siquiera 24 horas habían pasado con su padre enterrado para que ya se estuvieran repartiendo todos los bienes de su padre. Acto que a ella le parecía totalmente penoso.

Tras un reparto lo más equitativo posible, vio en las caras de sus hermanos como una cierta tranquilidad al ver lo que iban a percibir. Ni un atisbo de preocupación por saber qué había pasado esa fatídica noche. Pero ella, que siendo periodista y llevando cierto afán de investigación muy dentro, averiguaría todo lo que había ocurrido.

Al día siguiente, Alicia comenzó visitando el lugar del accidente, para ver si podría encontrar allí algún indicio y así esclarecer las causas de lo que le pudo pasar a su padre. Su experiencia en otras investigaciones le había hecho aprender que siempre quedan detalles que pasan desapercibidos. Pero tras llegar al lugar del accidente, lo que halló no fueron precisamente datos de lo que pasó. Alguien había ido con el tractor y había arado toda la zona donde había tenido lugar el accidente. Apenas quedaban restos de lo que había pasado, sólo pequeñas manchas de líquidos.

Aquel acto tan inesperado no hacía otra cosa que confirmar que algo estaba pasando y que se le estaba escapando. Inmediatamente después de encontrar así el lugar del accidente, fue a hablar con su hermano Gonzalo. Él como encargado de las labores de la finca tendría que saber mejor que nadie porqué alguien había arado aquel trozo de tierra.

—Hola Gonzalo, ¿podemos hablar un momento? — Preguntó Alicia al parar su hermano el tractor debajo de la sombra de un olivo, pues se encontraba precisamente con el cultivador arando.

—Si claro, dime Alicia— dijo él mientras aprovechaba la parada para beber un poco de agua.

—¿Quién ha sido el que ha arado el lugar donde papá tuvo el accidente? —preguntó Alicia intentado no perder la calma, pues la rabia que llevaba por dentro se estaba cada vez apoderando más de ella.

—He sido yo mismo. Había restos de aceites y líquidos que lo único que hacían era contaminar el suelo, así que recogimos la mayor parte y se aró lo que quedó. ¿Por qué ese interés en eso ahora?

—Quería ver si había algún detalle que nos ayudara a esclarecer qué pasó esa noche —añadió Alicia—.

—Alicia, hazme caso y créeme, es mejor no remover más lo que pasó y dejarlo estar. Los médicos dijeron que tuvo que ser un fallo por algún tipo de mareo y seguro que así fue. No hay que darle más vueltas.

Y sin mediar ni media palabra más, Alicia se fue, dejando a su hermano allí. Y viendo que más que un acelerador, su hermano estaba siendo un freno para su investigación particular, decidió acudir a su hermana Sofía. Quizás ella fuera más coherente con la situación y se prestara un poco más a colaborar.

De camino al laboratorio de la finca no dejaba de pensar en su padre. En porqué en cuestión de unos segundos todo había cambiado de una forma tan estrepitosa. Había sido una noche increíble, de esas cenas de gala con gente importante en las que la familia presumía de todo lo que habían llegado a conseguir. Su padre estaba especialmente orgulloso de ellos. Y ahora ya nunca más volvería a escuchar su voz.

Sofía se encontraba en su despacho. Pasaba gran parte del día metida en ese despacho, rodeada de papeles, tubos de ensayo y pruebas. Había dedicado todo su tiempo desde que acabó de estudiar a trabajar para las bodegas. Tanto se había centrado que prácticamente no tenía vida personal.

—Sofía, ¿puedo hablar contigo un momento? — preguntó Alicia tras llamar a la puerta.

—Sí claro, pasa por favor. Dime, ¿de qué se trata? – respondió Sofía.

—Verás, he ido a ver el sitio del accidente de papá, pero Gonzalo había arado toda la zona. No ha quedado casi ni rastro del accidente de papá. Sólo quería ver si había algo que pudiera arrojar un poco de luz y ver si hubo algún fallo. Yo sólo…

—Alicia, –detuvo Sofía de inmediato la conversación—, deja ya el tema. A todos nos duele que papá ya no esté entre nosotros. Pero no sigas por ahí. Lo único que vas a conseguir es hacer daño, a ti misma y a nosotros.

—Yo había pensado en ir a ver el coche. Saber dónde está y echarle un vistazo, sólo eso— replicó Alicia—.

—Que no, Alicia, de verdad, no sigas.

—Está bien— contestó Alicia, sabiendo que no iba a ser así la cosa y que iba a llegar hasta el fondo del asunto.

Camino de su piso en la capital, donde Alicia vivía, no dejaba de darle vueltas al tema que tantos quebraderos de cabeza le estaba trayendo. Le parecía imposible la situación a la que sus hermanos la estaban exponiendo. Desde pequeños, su padre les había inculcado el amor hacia la provincia de Jaén. El aceite de oliva corría por sus venas, desde pequeños habían visto todas y cada una de las tareas que se desempeñan en el cuidado del olivar. Sabían que el oro líquido era lo más grande del mundo. Y ahora parecía que por querer tener mucho de ese oro, se había cobrado una vida. Todo por el poder, la avaricia y el dinero.

Alicia pensó que quizás la única forma de encontrar alguna solución a sus problemas fuera examinar el coche para ver si podía dar respuesta a sus sospechas. También sabía que si hasta el momento no le había sido fácil avanzar en sus investigaciones, a partir de ahora no le iba a ser menos. Al igual, sabía que no le dejarían entrar a ver el coche al desguace en el que se encontraba. Para poder dar con esa información, tuvo que ponerse en contacto con una amiga que era parte del cuerpo de la Guardia Civil, la cual le dijo en qué lugar se encontraba el coche.

Tuvo que sobornar a un Guardia de Seguridad para poder examinar el coche, ya que sabía que no le permitirían visitar el coche. Principalmente examinaría la parte inferior. Y con la ayuda de una linterna, pudo comprobar que sus sospechas eran totalmente ciertas. Se podía ver de forma clara, en medio de aquel amasijo de hierros, que alguien había manipulado el sistema de frenos, alterando su estado de forma que quedara completamente inservible antes el accidente. Eso explicaba que no hubiera huellas de una frenada brusca en los metros previos al lugar del accidente. Tras fotografiar el coche y abandonar el desguace, tomó como decisión inamovible no contar nada de lo visto a sus hermanos. Ni siquiera con Fernando, con el que hasta el momento no había compartido nada de lo averiguado.

El siguiente paso sería ver las grabaciones de las cámaras de seguridad. Según las mismas, ninguno de sus hermanos había abandonado la fiesta esa noche. ¿Quién podría haber sido entonces?, se preguntaba a sí misma. Lo que sí tenía claro es que sus hermanos eran esquivos a saber nada más sobre esa noche, lo cual, a su juicio, los convertía en sospechosos, por macabro que pareciera. Lo único que le parecía más raro era que Fernando miraba mucho el móvil por debajo de la mesa. Hizo zoom en la imagen para ver si podía sacar algo en claro de lo poco que se veía en la cámara de su espalda. Pudo comprobar que era una app de moda para enviar mensajes de forma cifrada. Lo único que podía hacer era hackear el móvil y comprobar esos mensajes.

Recurrió para ello a uno de los contactos que le facilitaba información para sus artículos. No sin mucho esfuerzo y horas de trabajo pudo acceder a la aplicación. Dentro de la conversación se podía ver claramente cómo se hablaba en clave. Interesado y ejecutor. Se especificaba la forma de entrada a la finca, la ejecución del trabajo y la transacción del dinero acordado previamente. Esa era la prueba que le faltaba para acusar a su propio hermano de la muerte de su padre.

Reunió a sus hermanos en el salón de la casa de su padre. Ese salón en el que tantos y tantos momentos habían compartido.

—Os he reunido a todos aquí para comunicaros que a pesar de vuestros intentos de frenarme en este asunto, he investigado la muerte de papá. No ha sido fácil, he tenido que recurrir a favores para poder llegar al fondo de este asunto. Gonzalo, tú mismo araste la zona del accidente, así quitabas la mayor parte de las pruebas. Previsor, como siempre. Tú, Sofía, me desanimabas al tiempo que seguías todos mis pasos. Y tú Fernando, fuiste el negociador. Tú mismo te encargaste de buscar y tratar con el ejecutor. He de decir que estaba completamente segura de que habías sido tú. La aplicación en tu móvil podría hacer a cualquiera creer que eras tú la mente pensante de este crimen. Pero no decidí dejarlo ahí. Seguí investigando. Tras comprobar la señal del móvil y triangular su posición, decidí rastrear el móvil y acceder a él. Tu contacto había dejado abierta la aplicación bancaria. Y tras seguir el movimiento del dinero, llegamos hasta una cuenta de un banco con sede en las Islas Barbados, paraíso fiscal. Tras entrar en esa cuenta, lo más sorprendente no era el pago, sino el titular, más bien, titulares. Y la cláusula de no poder realizar ningún pago sin la conformidad de los tres. Resulta que tras un blanqueamiento de dinero e inversiones nefastas, estabais en la más absoluta ruina, debiendo ingentes cantidades de dinero. Tras descubrir papá esto, os quiso desheredar. Pero no lo podíais permitir. Con su muerte, matabais dos pájaros de un tiro. No decía nada y además pagabais gran parte de la deuda con la herencia.

En ese momento, y tras la denuncia de Alicia, entraron cuatro parejas de agentes de la Guardia Civil, arrestando a sus hermanos. Y sin decir ni una sola palabra, abandonaron en manos de los agentes la casa de los Vázquez.

Alicia se puso un vaso de whisky, salió al balcón y contempló los olivares por los que su padre tanto había luchado. Satisfecha y dolida a la vez. Había perdido a su familia pero había hecho justicia por su padre.

 

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