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063.- El olivo de las almas

Miguel Duval

 

La neblina oscura engullía de sombras a los jienenses que bailaban al ritmo de las llamas de sus lumbres. El silencio se retorcía al calor de los picantes melenchones que sucumbían en canciones románticas de amantes y de placeres cuanto menos carnales. Daniel se sonrojaba oyendo como sus conocidos cantaban obscenidades que ni el mismísimo San Antonio Abad hubiera tan siquiera imaginado. La víspera de San Antón es mágica y las hogueras se encendían por la ciudad de Jaén quemando los restos de la recolección de la aceituna. Ese otoño, como todos, Daniel recogió las aceitunas de sus olivares. Su padre le enseñó a quererlos.

–Su edad es eterna, Daniel. Y tú también formarás parte de su alma.

La noche se condensó entre risas y habladurías hasta que el frío viento de enero heló de cenizas los fuegos. La noche andaluza de San Antón dibujaba un mar de estrellas infinitas que se movían parpadeando como luciérnagas. Daniel, lejos de ser luz de luciérnaga, estaba perdido en la oscuridad y locamente enamorado de Bea. Doña Beatriz era una mujer de tez morena y cabello de azabache. Sus ojos verdes revoloteaban moviéndose al ritmo de sus labios de rojo carmesí, húmedos y dulces, de cuyos besos sublimes los enamoraba a todos. Dicen ser que la mujer andaluza es la mujer más bella del mundo. Y Daniel sufría esa verdad en todas sus carnes. Su cabeza de serrín desayunaba el nombre de Bea todos los días, pero lejos de su cautiverio, la chica seguía al baile de todos sus pretendientes.

–Somos diferentes, Daniel. –Dijo su padre untando de aceite virgen un trozo de pan– ¿Recuerdas cuando te dije que los olivos tienen alma? – a Daniel le dolía la cabeza de los excesos de la noche de San Antón, y no podía pensar con claridad. Su padre arqueó una ceja y prosiguió: –Hay olivos que son sagrados y de linaje azul –susurró–. Son eternos.

Daniel le miró con cara de incredulidad. Siempre había pensado que su padre tenía demasiada imaginación y buena madera como escritor.

El cortijo de los Sabina se elevaba por encima de unos montículos sesgados por una infinita cuadrícula de verdes olivares. Daniel estaba orgulloso de su padre y le admiraba. Su padre perseguía el sueño inalcanzable de conseguir hacer el mejor aceite de Andalucía.

–Para la perfecta dieta Mediterránea, Daniel –solía decirle con una sonrisa de esperanza.

El amanecer de San Antón dejó a padre e hijo en contemplación neuronal, meditativos y en digestión de los vinos y de la cata de aceite del trasnochar.

–Los olivos son milenarios, Daniel. Viven para toda la eternidad.

Daniel no tenía madre y nunca supo por qué.

El frío amanecer de aquella mañana les dejó una bruma rosada que cubría con telarañas de hielo el pequeño jardín del olivo viejo.

Su padre cruzó el porche del cortijo y caminó lentamente hacia un olivo gris que resplandecía en brillantes tintes azulados. Lo tocó con las yemas de las manos. –¿Sabes cuantos años puede vivir un olivo, Daniel? Daniel no respondió, sabía que los olivos podían vivir miles de años.

El cielo se abrió de color púrpura como si quisiera nevar. –Hace frío, padre.

La mañana festiva de San Antón transcurrió aburrida y en estudio. Daniel terminó de leer un manual de implantes de hojalata para olivos que crecían desviados –la homosexualidad en los olivares no estaba bien vista–, mientras que su padre aprovechaba el frío invernal para quemar los restos de ramas y hojarasca de la última cosecha.

La cena fue de silencios y de cansancio por unas fiestas que digestivamente iban a peor. –Salvo por las canciones, Daniel, que al menos son picantes y atrevidas. No como los vinos que nunca te acuerdas de ellos hasta que viene su resaca.

Esa noche la luna luchó contra las nubes para poder brillar con la ayuda del viento. El viento silbaba por los ventanales de la habitación de Daniel.

Daniel tuvo un sueño que fue un arrebato de pesadilla entre un olivo y Jesús. El surrealista sueño relataba un olivo resplandeciente de azul que fue rescatado por una bella mujer para llevárselo lejos de las manos mancilladas de sangre de los romanos.

–El olivo viejo –repetía Daniel en su ensoñación.

Se despertó del sueño revelador con un fuerte golpe en la cabeza. La ventana se abrió silbando un viento helado. El despertador le cayó encima y el golpe exacto se produjo a las seis de la mañana. Daniel se incorporó y se conjuró contra el maldito contador de horas para dejarlo lejos de su abasto. El viento se colaba por el ventanal y enfrió la habitación. A fuera, el jardín del viejo olivo languidecía entre hierbas amarillentas que sucumbían secándose en el frío enero de Jaén. El olivo resplandecía azulado perfilando el amanecer en el horizonte.

Daniel cruzó el ventanal y caminó descalzo por la hierba mugrienta hasta el olivo. La luna lo iluminaba de viejas sombras que oscurecían su verdadera historia. Recordó el sueño y como Jesús acariciaba las aceitunas del viejo árbol. Daniel cogió una aceituna verde y la masticó. Fue entonces cuando su mente se fue lejos de Jaén y del mundo entero. Se estiró en la hierba y divisó la osa polar que brillaba cada vez más fuerte. El brillante aro de luz le hizo cerrar los ojos y un cosquilleo en la cabeza le provocó un mareo y se durmió. Su estado de relajación le imposibilitaba despertarse y se quedó desnudo hasta el amanecer, sin frío y sin miedo. Daniel se había transformado en el alma del viejo olivo.

Su padre lo encontró tiritando a la hora del desayuno. En seguida le miró a los ojos. Los ojos de Daniel resplandecían de un verde incandescente brillante. Su padre suspiró comprendiendo en seguida lo que había sucedido. Le despertó suavemente con un vaso de agua y Daniel salió lentamente de su misterioso letargo.

Le cogió una mano y la puso justo en el tronco del olivo.

–Escúchale.

Daniel se sobresaltó y notó en su mano el calor del olivo.

–Atesora memorias antiguas de nuestro mundo –dijo su padre con solemnidad.

Daniel se sonrojó y por primera vez vio que su padre era más joven de lo que debería ser.

–Has tomado el fruto de la eternidad, Daniel –dijo su padre que no se hacía mayor.

Su padre le acercó una manta y le cubrió el rostro. Daniel tenía las manos ardiendo.

–¿Recuerdas lo que escribieron los evangelistas sobre Jesús en el nuevo testamento?

Daniel no recordaba casi nada de la clase de religión.

–Hace dos mil años Jesús paseaba por un jardín de olivos después de la última cena. Los romanos lo cazaron comiéndose una aceituna verde de un joven olivo.

Daniel se sobresaltó y un pensamiento imposible le estalló en la cabeza.

– ¿Este tronco de olivo estuvo en contacto con el mismísimo Jesús? –pensó–.

Su padre sonrió. –Sé lo que estás pensando, Daniel. Tienes la misma cara de sorpresa que cuando mi padre me lo contó a mí. Y la misma cara de tu abuelo cuando tu bisabuelo se lo contó. Y así, durante los siglos de los siglos, generación tras generación.

El cielo lloraba aún gotas heladas de húmeda escarcha.

– Pero, ¿cómo puede ser? – preguntó Daniel angustiado.

Su padre tenía la vista perdida en el horizonte. Su voz quebrada parecía conocer la leyenda en todo detalle. –Los escritos evangélicos dicen que Jesús estuvo acariciando el árbol de la paz, en el Monte de los Olivos de Jerusalén, bendiciendo a los humanos. Poco después los romanos lo detuvieron y ordenaron cortar todos los troncos de los olivos que hubieran mantenido algún tipo de contacto con el hijo de Dios.

–¿Les quitaron el alma? –preguntó Daniel.

–Los desangraron a todos y los apilaron para quemarlos.

–Una historia muy triste, padre –dijo Daniel con los ojos llorosos.

–Todo mal tiene una parte bendita. Se dice que una mujer, de nombre María Magdalena, se los llevó por la noche. No se sabe cuántos olivares salvó, pero sí que sabemos que la valerosa mujer se orgulleció de mantener viva una parte de Jesús. Los discípulos de Jesús visitaban la finca de la mujer y se tomaban el aceite que destilaban esas aceitunas. El eterno Grial del aceite verde de olivo los mantenía siempre jóvenes, hasta que los romanos se dieron cuenta. Los mataron uno a uno, y fue otra vez la iniciativa de María Magdalena la que se los llevó, en barco, lejos de su poder.

Daniel se quedó helado. Un mar de infinitas dudas se le amontonaban en su pequeño cerebro.

–Tienes las mismas dudas que tenía yo –respondió su padre–. Tú mismo lo tendrás que descubrir, en estricto secreto, pues del secreto depende la existencia del olivo viejo. El padre de Daniel le acercó un cofre que contenía un frasco de aceite. –El elixir de la juventud, Daniel. Reconocerás que la leyenda es cierta una vez tomes un sorbo de aceite. El aceite es el alma del olivo.

Daniel pensó que se trataba de un sueño y se pellizcó un brazo.

Su padre se lo miró con unos ojos brillantes que denotaban sabiduría y amor.

–Envejecerás con todas tus facultades y morirás con una edad que nunca podrás contar a nadie. Ni tan siquiera a Bea.

–¿Y mamá, padre?

Su padre se lo miró con tal tristeza que se le rompía el corazón. – Tu madre nunca quiso tomar el aceite, por falta de fe, hasta que la enfermedad se la llevó.

Daniel se entristeció y las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Tenía los ojos verdes como las aceitunas.

La voz de su padre resoplaba en su cerebro con una contundencia inusual.

–Tienes la savia del olivo y toda su eternidad. Eres el elegido para expandir el aceite de nuestras tierras al mundo. Tu misión, Daniel, es que la gente viva mejor y con mayor calidad de vida.

Daniel se contemplaba en el espejo del comedor. Su rostro era más sereno y maduro. Sus brazos más anchos y su cuerpo se estilizaba como por arte de magia.

Seguía enamorado de Bea, pero sin el descontrol loco de la pasión.

Ese mediodía comieron en el porche del cortijo contemplando el viejo olmo.

Su padre le observaba con una sonrisa disimulada que le arrugaba los párpados.

Dando fe del cambio físico y mental que estaba sufriendo su hijo, le dijo:

–Sobre Bea, será mejor que la invites una tarde de verano a tomar un poco de aceite, si ella quiere. Separó la silla de la mesa y cruzó las piernas. –Sólo así sabrás si ella es tu alma gemela. Si lo es, verás como por arte de magia vuestras almas se unen. Compartirás sus sueños y ella los tuyos. Seréis sólo uno, hombre y mujer a la vez.

Su padre cerró los ojos. El sol trepaba por encima de los montes moldeados de olivos.

Daniel siempre recordará la festividad de San Antón. Ese mismo día empezó a fraguarse el sueño del mejor aceite de oliva virgen del mundo.

¡Todos los sueños empiezan con una gran inspiración!

 

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