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062.- Una última parada en el olivar de mi abuelo

Lugo Montes

 

Habían pasado 6 meses desde la tercera guerra mundial, me había quedado solo en un país extranjero desolado por el hambre y la degradación cultural, todo aquel que había sobrevivido a la guerra se había convertido en un sobreviviente egoísta que velaba solo por su propia supervivencia, decidí un día volver a la vieja granja de mi abuelo Félix para tratar de alejarme del infierno de concreto que se había convertido mi ciudad natal, recorrí en una vieja camioneta kilómetros de camino devastados por el enfrentamiento, veía como entre más me alejaba de la ciudad lograba ver como la naturaleza tomaba control nuevamente del mundo y los pocos autos que veía en la vía venían en dirección contraria, seguramente buscando sustento y recursos en la ciudad, la triste realidad era que entre más te acercaras a cualquier zona urbana más probabilidades habría de tener una riña por comida, agua o establecimiento con cualquier persona que tuviera el mismo objetivo que tú. El mundo se había transformado en un lugar irreconocible, el clima era impredecible y las temperaturas eran casi insoportables la mayor parte del tiempo, la tierra en muchos países se había vuelto infértil y toxica, los ríos, lagos y mares estaban contaminados, solo la flora y fauna más fuerte había sobrevivido para ocupar lugar o para volverse una plaga incesante, yo a mis 27 años había quedado desconsolado al ver cómo me había salvado solo por estar en el lugar y momentos adecuados, mientras mi familia había muerto lejos de mí sin oportunidad de despedirse, cada día me preguntaba cuál era el propósito de que siguiera con vida y trataba de encontrar una razón viable para despertarme en las mañanas, había aprendido a cuidarme las espaldas y a no confiar en nadie, todo lo que conocía se había convertido en una imagen post apocalíptica de sí misma, todo lo que ocurrió era una realidad tangible que te hacia dudar de cuánto tiempo seguirías con vida, tras meditar mucho cual sería mi siguiente acción entendí que la granja de mi abuelo sería un buen lugar para pasar los días que me quedaban en este mundo agonizante, una parada para recordar, ya que tenía los mejores recuerdos de mi infancia ayudando a mi abuelo a cuidar el olivar que se extendía por kilómetros en todo su esplendor por ese lejano lugar, seguramente al llegar solo encontraría un páramo desolado, pensé que la vegetación se habría marchado al igual que los recuerdos de vacaciones de verano en aquel lugar, sin embargo al llegar a la granja luego de varios días manejando sin descanso pude notar como aun la entrada de la granja estaba en buenas condiciones parecía que nadie había irrumpido en la zona, así que decidí adentrarme en la granja abriendo las grandes puertas de metal que me separaban de mi infancia. Cuando vi por primera vez los adentros de aquel lugar solo pude divisar a la distancia dos olivos que se alzaban justo al lado de la que fue la casa de mi abuelo, volví a la camioneta para estacionarme cerca de aquel lugar y debido a la baja velocidad con la que fui acercándome pude darme cuenta como todo aquello que alguna vez me causo impresión de joven, había desaparecido por los condiciones actuales, al llegar a la casa me baje de la camioneta y me acerque a los olivos, me preguntaba cómo habían sobrevivido a tales condiciones, pero lo único que pude notar era como a los pies de estos árboles estaban las lapidas de quienes supuse eran mi abuelo y sus dos hijas, recordé a mis tías mirando a través del suelo tratando de encontrar su perdón por no haber estado en los peores momentos a su lado, me di vuelta y detallé como la fachada de la casa de mi abuelo resaltaba en el paisaje como ruinas de una antigua civilización, aunque la estructura prevalecía, la vida dentro de aquel hogar se había ido para siempre. Dejé todas mis pertenencias dentro de la casa y recolecté las pocas cosas que quedaban de utilidad dentro del área, pude notar como el olivar de mi abuelo se había mantenido a medias y entendí que esos árboles sobrevivirían a estos tiempos de incertidumbre, quizá con el tiempo los arboles más fuertes tomarían lugar como dueños y señores de estas tierras, aun sin la influencia y cuidado de los seres humanos, se repondrían a los inclementes cambios que traería el tiempo y en el futuro el olivar seria todo lo que quedara para recordar en estas tierras, por un momento dudé acerca si debía quedarme allí para cuidar del legado de mi abuelo, pero al meditar por largas horas noté que en mi ausencia todo el olivar estaría mucho mejor, sin la influencia toxica de la humanidad cualquier entorno puede reponerse, yo por otra parte necesitaba estar en constante movimiento para no caer en cuenta de que me había quedado solo y que todo aquello que alguna vez fue algo familiar para mí ya había partido de este mundo, recuerdo haber recorrido la casa de mi abuelo por última vez viendo cada foto familiar, cada trofeo de su repisa, cada vestigio de su presencia, tratando de encontrar fuerza para seguir adelante, dejando como homenaje el poder organizar un poco lo que quedó en pie de este hogar, me senté en aquel sofá empolvado donde pase algunas de mis mejores navidades en la sala de estar de la granja escuchando historias de cómo cultivar y cosechar olivos y de cómo estos frutos habían sido parte primordial de la vida de mi abuelo, no recuerdo haber llorado ni haberme sentido desolado en aquel lugar, lo que sí pude concluir era que debía tratar de sellar esa zona para siempre, pensé que la única forma de que el olivar llegaría a tener un mejor mañana era dejándolo apartado del mundo, tomé todas las herramientas que pude y reparé cada rincón de las cercas que dividían los terrenos de la granja de mi abuelo de todo lo demás, modifiqué las puertas de la entrada para hacerlas casi impenetrables para cualquiera que quisiera volver a pisar esas tierras, limpie lo más que pude las lapidas de mis familiares y di una revisión al sistema de riego automático que aún quedaba en funcionamiento en algunas partes del lugar, después de haber hecho todo esto tomé los pocos objetos que cargaba conmigo, llené de combustible la camioneta y en la parte trasera de la misma hice lugar para guardar algunos víveres que me había encontrado en la cocina y el sótano de la casa, cuando estuve alistado para partir escuché a lo lejos el sonido de unos ladridos que se acercaban hacia mí, me sorprendí a ver a Virgilio el perro de mi abuelo que había olvidado totalmente, estaba asustado y delgado, debió haber pasado muchas penurias estando solo en aquel lugar, se me acercó con sus brillantes ojos y se lanzó encima de mí como una gran demostración de afecto, Virgilio parecía muy feliz de haber encontrado alguien que le hiciera compañía y yo también creí que sería lo mejor si ambos continuábamos nuestro camino juntos, lo subí a la camioneta y el con gusto se colocó rápidamente en uno de los asientos de la camioneta esperando que fuera pronto con él, me despedí de los restos sepultados de mi familia y me subí nuevamente a la camioneta con la firme conclusión de que no volvería a este lugar, al salir de los terrenos sellé la entrada y me quedé con la imagen del olivar futuro que se apoderaría de todas esas tierras o al menos ese era el futuro que quería para la granja de mi abuelo, un jardín del edén improvisado lleno de olivos y recuerdos, ahora debía escoger un nuevo destino e ir en compañía de Virgilio hacia una nueva versión de esta parte de la historia de la humanidad, sin embargo al verme desapegado de todo lo que alguna vez fue familiar para mí me di cuenta de que me había convertido en solo un sobreviviente ya no era parte de nada ni pertenecía a ningún lugar, debía atentan contra mis ideales de una vida plena e ir sin rumbo hacia el mañana tratando de encontrar razones para seguir habitando en este mundo, al menos ahora tener que cuidar y velar por Virgilio era razón suficiente para seguir mi camino y de una u otra forma debía reponerme y reconectarme con aquella parte de mi humanidad que conciliaba la idea de que este amigo de cuatro patas era la única familia que me quedaba en estos tiempos tan extraños, aun hoy sigo recorriendo las carreteras, pueblos y ciudades, cambiando de vehículos y de atuendo para mantenerme con vida, no sé qué depara el mañana pero supongo que Virgilio y yo debemos seguir existiendo por alguna razón y que aquel viaje a la granja no solo fue una despedida del olivar de mi abuelo y de su granja sino también una manera de reconectarme con un nuevo propósito que ahora sería cuidar de Virgilio.

 

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