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059.- Recuerdos de la Almazara

Dalia

 

No es difícil imaginar la belleza de un valle de olivos y el aroma afrutado que llena tus sentidos mientras caminas tranquilamente al atardecer a su lado. Historia viva y presente en cada pequeña oliva que cae en las manos del recolector cuando cada otoño empieza la recogida y selección de las mejores para elaborar el oro líquido, como lo llamaban los antiguos romanos.

Ramón, es abuelo del pequeño Juan, pero también ha sido y será un hombre de campo. Curtido con largas jornadas de trabajo bajo el sol radiante de Andalucía que baña con sus rayos los fértiles valles. Sus manos grandes y fuertes están llenas de callos secos por el tiempo, que aún traen a su recuerdo los aromas a tierra y hierba fresca. Desde muy joven trabajó muchas horas, no solo recolectando olivas sino además en las alcazabas donde manualmente se elaboraba el mejor aceite del mundo.

Ahora toca ser abuelo y recorrer con su nieto los valles de su infancia y explicarle paso por paso todas sus vivencias, que ahora se han vuelto palabras y recuerdos llenos de nostalgia. Quizás su pequeño nieto no quiera seguir la trayectoria familiar cuando sea mayor, pero de una cosa está seguro Ramón, amará la tierra que pisa casi tanto como la ama él.

—Abuelo ¿no te cansas de venir aquí cada verano? — le preguntó Juan a su abuelo mientras caminaban por los verdes prados de olivo.

—No, jamás me voy a cansar de este paisaje.

—Y eso ¿por qué abuelo? Acaso no estás cansado ya de ver todos los días lo mismo, llevas aquí trabajando desde los trece años.

—Cuando uno ama lo que hace jamás se cansa.

—Papá me ha contado que te pasabas el día entero trabajando y que te veía tan solo por las noches y algún que otro domingo para hacer una comida en familia.

—La vida del hombre de campo es muy sacrificada Juan, aunque muchos puedan llegar a pensar que es fácil la verdad es que se trabaja mucho para llegar a fin de mes y tener las cosechas a tiempo.

—Cuéntame abuelo, ¿cómo era tu infancia en este lugar?

—A mediados del siglo diecinueve las cosas no eran tan fáciles como ahora, ya que España estaba sumida en la gran depresión a la que llego el país por culpa de la Segunda Guerra Mundial y eran muchos los niños y adolescentes que tenían que trabajar largas jornadas para poder ayudar a su familia. Era eso o mendigar en las calles, y yo preferí trabajar en el campo. Mi tío Mateo vivía en Jaén y me mandó a buscar a Madrid, ya que su patrón buscaba gente para recolectar la aceituna en otoño. Llegue a estas tierras con tan solo doce años y los bolsillos llenos de aire. Estaba tan delgado que cuando soplaba fuerte el viento casi me arrastraba con él. En un primer momento, solo recogía las olivas del suelo y seleccionaba las mejores para llenar los cestos, ya que era muy pequeño para llegar a los árboles, pero con el paso de los meses, y tras muchos pucheros y cocidos de la mujer de mi tío, crecí tanto que no me hacía falta ni escalera para llegar a lo más alto del olivo.

Aún recuerdo el primer sueldo que gané, no superaba las cien pesetas, pero para mí en aquellos momentos era una verdadera fortuna. Lo primero que hice fue comprarme unas buenas botas para trabajar, ya que solía faenar descalzo y no sabes cómo me terminaban los pies al final del día.

— ¿Quieres decir abuelo que no tenías dinero ni para zapatos?

—No, eran tiempos difíciles y el poco dinero que entraba en casa era para comer y pagar deudas, los zapatos eran sin duda un bien de lujo inaccesible para muchas personas.

— ¿Qué hiciste con el resto del dinero abuelo? Imagino que saliste de juerga con tus amigos.

— Jajajajajajaja, no hijo se lo mandé todo a mi madre para que pudiera comprar comida para mis hermanos pequeños.

— ¿Qué? Te pasas el mes trabajando y le envías todo el dinero a tu madre, será broma abuelo.

— Jajajajaja, tenía cinco hermanos pequeños que alimentar, en esos momentos no había tiempo para bromas.

— ¿Y tu padre?

—Mi padre murió durante la guerra civil, fue uno de los que se opuso al régimen franquista. Por desgracia murió muy joven y dejó sola a mi madre con ocho hijos pequeños.

—Qué lata abuelo, por eso empezaste a trabajar tan joven. Y dime ¿en qué consistía tu trabajo?

—Durante el otoño tenía lugar la recogida de la aceituna. Cuando las teníamos en el almacén y tras seleccionar las mejores empezaba la molienda. Recuerdo como si estuviera ahí el sonido de la almazara moliendo lentamente las olivas para convertirlas en ese maravilloso aceite de color del oro. Podía pasarme horas allí viendo todo el proceso.

—A ver abuelo, sé que el aceite de oliva está buenísimo, pero no entiendo por qué tanto rollo con eso de llamarla el oro líquido.

—Porque lo es hijo, es oro puro, ya que no solo da sabor a todos nuestros platos, además es muy sana y también es un excelente elixir de juventud para la piel. ¿sabes que fue así como conocí a tu abuela?

— ¿Tomando aceite de oliva?

—No, jajajajaja, la conocí durante una ruta que estaba dando por el spa. Estaba haciendo turismo en Jaén y decidió pasar unos días en un hotel de la sierra para relajarse. Yo trabajaba en él y nada más verla me di cuenta de que era la mujer de mi vida con esos hermosos ojos azules como el cielo.

— ¿Dé dónde era ella abuelo?

—De Alemania.

— ¿Y cómo la conquistaste abuelo?

—Pues con mucho trabajo Juan, ya que tu abuela no hablaba ni una sola palabra de español y recuerdo que tuve que aprender a hablar alemán para poder comunicarme con ella.

— ¿Hablas alemán abuelo?

—Que va hijo, lo básico, al final fue tu abuela la que cansada de no entender lo que le decía la que empezó a estudiar español.

— ¿Y qué estaba haciendo abuela en el hotel?

—Vino a descansar y a disfrutar de los beneficios del aceite de oliva en la piel y cabello y se encontró con una enorme piedra en su camino, que no la dejo escapar jamás.

— ¿Qué piedra era esa, abuelo?

—Pues yo, la verdad es que desde que la vi pasar delante de mí no la dejé de seguir nunca más.

—Un auténtico flechazo.

—Y del bueno, ha sido la mujer de mi vida y todo gracias al aceite de oliva.

— ¿Por qué?

—Si ella no hubiera venido a Jaén a darse los tratamientos de belleza jamás la habría conocido, otra cosa más que le debo al oro líquido. Pero dejemos ya la cháchara y vamos a la cata de aceites.

—Abuelo, no sé si me va a gustar, ¿no sería mejor que fuéramos a degustar hamburguesas o patatas fritas?

—Por dios Juan, ¿en serio me dices que prefieres comida basura?

—Venga abuelo, enróllate y vámonos ya.

—Me enrollaré cuando tú lo hagas, venga vamos ya a la cata. Si te portas bien te prometo que después iremos de ruta de tapas.

—A ver abuelo el aceite de oliva es igual siempre, no le noto ninguna diferencia a la hora de comer.

—Por eso te he traído aquí, quiero que mi nieto note la diferencia a la hora de degustar aceite de oliva y no le den gato por libre nunca.

—Abuelo tengo ya doce años y te puedo asegurar que no dejaré que nadie me dé nunca gato por liebre.

—Entonces me quieres decir que cuando pruebas el aceite de oliva sabes diferenciar perfectamente las buenas de las copias baratas.

—Todas son iguales abuelo, no hay diferencias.

—Jajajajajaja, te aseguro que en cuanto salgas de la cata verás el mundo de otro color.

—Si tú lo dices abuelo, así será.

Mientras hablaban ambos llegaron al centro del olivar donde se realizaban las catas.

Nada más entrar vieron a un pequeño grupo de personas que al igual que ellos estaban allí para conocer un poco más sobre el aceite de oliva.

—Abuelo ha venido mucha gente, no imaginaba que le gustara esto a nadie.

—Juan te aseguro que cada día me sorprendes más con tus ocurrencias. Si esto te parece lleno, no te puedes imaginar cómo está en los meses de verano cuando la gente aprovecha sus vacaciones para hacer oleoturismo.

— ¿Más gente todavía? Pues imagino que esto debe ser la monda.

—Venga deja ya de hablar y vamos a coger sitio.

Nada más llegar al mostrador de catas, Pedro sacó un pañuelo de tela de su bolsillo.

—Voy a ponerte este pañuelo en los ojos, Juan.

— ¿Para qué abuelo?

—Para que degustes sin utilizar la vista, solo el olfato y el gusto.

—No veo que nadie lo vaya a hacer así abuelo.

—Pero tú lo vas a hacer así, porque quiero que no te acostumbres a ganarte la comida por los ojos si no por el gusto.

—Está bien abuelo como tú quieras — mientras su nieto refunfuñaba, Ramón le ató el pañuelo alrededor de la cabeza para taparle los ojos a su nieto. Una vez hecho eso empezó con la cata.

—Aquí tienes el primer vaso.

Juan cogió entre las manos el pequeño vaso y antes de probarlo removió suavemente el aceite para que poder disfrutar antes del aroma. Nada más entrar por su nariz se dio cuenta de que era un aroma a frutos maduros, que le recordaba a la fruta dulce de temporada como las ciruelas o las uvas. Al sentir como el aroma le llenaba todos los sentidos por fin decidió saborear el delicioso manjar que tenía entre las manos. Como era de esperar era un aceite con sabor afrutado pero con un suave toque picante que le llegaba hasta la garganta.

—Dame otra, abuelo, que sea igual de buena que esta.

Ramón cogió otro de los vasos de cristal y se lo puso a su nieto en las manos. Hizo el mismo proceso, pero esta vez no era el aroma dulce que esperaba si no avinagrado. Con mala gana lo probó y noto en su paladar un sabor muy agrio y ácido.

—Uffff abuelo, este aceite está muy ácido me retumba hasta la nariz.

—Jajajajajaja, lo sé hijo.

— ¿Por qué te ríes abuelo? No me parece nada gracioso que me hayas dado este aceite agrio aposta.

—Fuiste tú el que dijiste que todos los aceites son iguales ¿recuerdas?

—Pues si dije eso rectifico mi teoría. ¿por qué tiene ese horrible sabor?

—Sencillo, es el resultado de no haber limpiado bien los capachos donde se elabora el aceite, dejando restos de pasta seca que termina por agriarse.

—Ahora prueba este a ver qué te parece.

—Ummmmm, tiene un sabor muy picante, mucho más que la otra.

—El aceite que acabas de degustar es tan picante porque se ha elaborado con aceitunas muy verdes que se suelen recoger al principio de la cosecha.

—Pues me ha encantado.

—Bueno creo que por hoy es suficiente explosión de sabores en tu boca, mañana si quieres volvemos.

—Vale, pero vamos a comprar antes una botella de este sabor abuelo, me ha encantado.

—De acuerdo.

Mientras ambos caminaban por el valle en dirección a la casa de campo de Ramón, Juan no pudo evitar volver a preguntar a su abuelo.

—Te pasas gran parte de año aquí abuelo ¿por qué no te vas ni en vacaciones?

—Cuando conocí a tu abuela pasamos los mejores meses de nuestra vida aquí, yo trabajando en el campo y ella en el hotel, ya que era muy buena con los idiomas. Recuerdo que nos encantaba pasear por estos valles por la tarde e incluso dormir sobre la hierba fresca en verano contemplando las estrellas. Esta fue una de las razones por la que construí esta pequeña casa aquí, por tu abuela, ella adoraba este lugar.

—Yo no la conocí, ¿cómo era ella?

—Era la mujer más dulce de la tierra y siempre tenía una sonrisa en los labios, incluso cuando discutíamos por tonterías, ella me quitaba rápidamente el enfado con su sonrisa.

—La echas mucho de menos ¿verdad abuelo?

—Demasiado, por eso estoy siempre por aquí. Este lugar me recuerda a ella, su aroma, su sonrisa y sus tremendas ganas de ser feliz. Cada vez que cojo un rastrillo y le doy pequeños golpes al olivo para que caigan las aceitunas o simplemente me siento en la almazara esperando que se muelan las olivas y brote el aceite la veo junto a mí sonriendo. Le gustaba tanto estar aquí que aún puedo sentir su presencia en cada rincón.

—Ahora lo entiendo abuelo, no vienes aquí porque seas un adicto al trabajo, vienes aquí por estar más cerca de la abuela.

—Tú me preguntaste la razón y ahora ya la sabes.

—Abuelo ¿sabes una cosa? Me iba a quedar tan solo este fin de semana porque pensaba que esto de estar aquí contigo iba a ser un verdadero rollo y prefería estar con mis amigos en la playa, pero ahora me doy cuenta no solo de lo bien que se está aquí sino además de lo mucho que me gusta compartir contigo estos momentos. Por eso he decidido, si tú quieres claro, quedarme lo que resta del verano aquí contigo y que me enseñes más cosas sobre el oro líquido.

Ramón no pudo evitar emocionarse y de sus cansados ojos brotaron dos silenciosas lágrimas.

—Por supuesto que quiero Juan, y más sabiendo que todo lo que ves algún día será tuyo y tendrás que sacarlo adelante. Porque detrás de todo esto que ves hay mucho más, trabajadores, producción, distribución y un largo etc…

—Vamos a empezar por el principio, que aún tengo mucho tiempo para aprender todo lo que quieras enseñarme.

—Como decía siempre tu abuela:

“Mientras quede luz en el horizonte siempre habrá camino que recorrer y olivas que moler en la almazara”

 

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