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058.- Río abajo

Alberto Molina Galdon

 

El embalse de la ribera de luz se construyó para paliar las necesidades hidroeléctricas de la zona, devastada por el abandono de las instituciones y la necesidad de hacer frente a la ingente cantidad de regadíos que se multiplicaban por la comarca.

La noche del 6 de diciembre de 1961, después de las crecidas que acarreó la copiosa cantidad de lluvia del otoño en curso, los muros de contención, fabricados sobre una base de cemento y roca de pésima calidad, no pudieron soportar el peso del agua embalsada y se desplomaron sobre su propia base, dando así lugar a una de las mayores catástrofes nacionales, agravada por la escasa colaboración logística urgente y de búsqueda de posibles supervivientes, auspiciada por un Jefe de Estado pusilánime, preocupado por restar trascendencia informativa a este desastre y empeñado en conseguir que no tuviera resonancia internacional que pudiera manchar la imagen de una dictadura cruel, y servil con el más fuerte, que se prolongaba ya más de 20 años.

Virtudes apuraba sus últimos momentos de lectura sentada en la silla junto a la chimenea. La familia descansaba para hacer frente a la mañana siguiente a sus obligaciones. Oía el ronquido acompasado y estertoroso de “el lagartijo”, como lo llamaban en el pueblo, al otro lado de la puerta. Sus 4 hijos también descansaban, el mayor ya se había incorporado a trabajar en las faenas del olivar, y los menores aun iban a la escuela, Virtudes cada día pensaba en abandonar este pueblo olvidado por los gobernantes, y cambiar el destino de sus hijos, condenados a un ingrato futuro de esfuerzo físico extenuante y de penurias económicas, con unas temperaturas extremas y con el destino marcado con el color verde oliva en la frente de sus cuatro hijos varones. Se avecinaba el inicio de la recolección de la aceituna y el lagartijo le había dicho que Juan Manuel, el segundo de los cuatro, ya le iba había llegado la hora de empezar a trabajar, por lo que sería su primera temporada de recogida del fruto.

Estrella soñaba con poder acompañar a su padre en el Land Rover. Lo habían adquirido el pasado verano, y era un 4×4 que brincaba por rampas imposibles y que hacía saltar la imaginación de la niña. Pensaba en descubrir territorios ignotos, con los demás niños de su clase, hasta llegar a los confines de la tierra, y allí dar buena cuenta de un apetitoso helado de fresa mientras paladeaba el olor a pino y a acebo; y así, de esta manera, la mayoría de las noches le vencía el sueño.

Joaquín era un niño enfermizo y atildado, hijo del único ganadero que había en el pueblo. Pasaba las horas jugando con las niñas, y era acosado por este motivo por algunos de su clase. Albergaba vagas esperanzas de venganza, de poder progresar y quizás llegar a ser alguien importante a los que los demás debieran obedecer, una suerte de justiciero popular, aunque esta efervescencia se diluía rápidamente debido a la predisposición de su carácter al entendimiento y a olvidar rencillas. Joaquín pasaba casi todo el día con Estrella, y ambos compartían el sueño del viaje en el Land Rover, aunque fuera a la presa que, de manera amenazante, asomaba detrás de la colina.

Doña Margarita era una persona severa, de gesto apergaminado, de pocas alharacas gestuales y con unas frondas de cabello gris que le caían como cascadas espumosas hasta el inicio de los hombros y a veces se le pegaban sobre el cristal de sus gafas. Vivía en una de las casas impersonales que “el Régimen” había construido para los maestros, sin lujos ni derroches. Provenía del norte, suponiendo que encontraría en el mar de olivos refugio a un mal de amores que no había podido superar. Y, en cierto modo, así fue. En la intrascendencia de su vida cotidiana, había formado un nudo gordiano con los niños del pueblo, y aunque en determinadas situaciones prefería mostrarse tajante y en ocasiones más aun, distante, mostraba una fe inquebrantable en sus alumnos, añorando lo que no sucedió en lo relativo a sus deseos genésicos, y trasfiriendo sus anhelos a esos pequeños de edades variadas y de secreciones mucinosas que cambiaban de color y de textura según la estación del año.

Don Juan era el cura, y había mostrado esperanzas en el desarrollo y construcción de la presa, de hecho fue él mismo, quién, de acuerdo con instrucciones del Régimen, había sido el encargado de darla por inaugurada. Iba semanalmente a la escuela a impartir clase de religión y de moral católica, y como Dña. Margarita, sentía que, de aquella hornada de niños del curso 61/62, sin lugar a dudas, alguno llegaría a estudiar en la universidad, y quién sabe, si dirigir alguna empresa importante o ser presidente de algún estamento y, llegado el caso, hacer que de alguna manera, esta comarca emergiera y dejara atrás el atávico olvido de los gobernantes.

En el pueblo había dos bares, una tienda de ultramarinos, un zapatero, una oficina postal en la que había también una telefonista, una panadería que hacía las veces de quiosco y también estaba Juan Pedro, el padre de Estrella que a su vez tenía conocimientos de fontanería y electricidad. La mayoría de sus habitantes se ganaban la vida en el campo, y no precisaban de más necesidades que las ya establecidas, algunos mirando con cierto recelo la vida en las urbes, que la incipiente emigración conllevaba, esquilmando de gentes los pueblos y que se cernía como la sombra de la guadaña en sus calles; otros no tanto, como Virtudes, la madre de Juanma.

El lagartijo apuraba su quinto de cerveza en el bar de Eulogio. Charlaba de manera ocasional y errática con los demás del bar, de manera que no formaban grupos ni corrillos, cada uno pagaba su cuenta y consumían cada cual a su ritmo. La mayoría de las veces, hablaban sobre la sequía, la cosecha o las labores que tal tierra precisaba en aras de conseguir mayor rendimiento a la aceituna.

Pero ese día El lagartijo estaba poco dispuesto a la conversación. Virtudes no paraba de atosigarle, rumiando pensamientos de abandonar el pueblo y trasladarse a Barcelona, como su hermana, a trabajar en una empresa de confección, donde le habían dicho que sería bienvenida. Y al lagartijo ya le había buscado un trabajo su cuñado en el aeropuerto, como mozo de carga. Sus hijos podrían estudiar en la facultad y vivirían en un piso con calefacción. El lagartijo ahora pidió un tercio, pensando que quizás así podría mitigar esa angustia recurrente y lúgubre de abandonar su pueblo, e instalarse en un bloque de pisos cementados. Pero el tercio de cerveza no tuvo efecto disuasorio, sino todo lo contrario, y sus miedos acrecentaron.

El padre de Estrella paseaba su flamante 4×4 por las calles empedradas del pueblo. Definitivamente, su motor Perkins era mejor de lo que le había dicho el vendedor, y con la palanca de cambios con reductora podía llegar hasta el más escarpado rincón para llevar los mantones y llevarlos de vuelta a la cooperativa llenos de aceituna. A su lado esta vez iban Estrella y Juanma, que disfrutaban y no paraban de decirle que era el día más feliz de su vida. Nunca más olvidarían este primer viaje en coche de sus cortas vidas. Asomaban la cabeza por las ventanillas y saludaban a los paseantes, hacían arabescos con las manos mientras sentían como el coche iba ganando velocidad y las mantenían fuera, al aire. Una vez el padre de Estrella les explicó a los niños las precauciones necesarias para la salida a la circulación del coche, decidieron ir a la presa. El agua relucía límpida, y la quietud de las aguas no podía presagiar lo venidero. Barbos, black bass, carpas, percas e incluso peces gato habían proliferado y anidado en las profundidades del embalse, y los niños intentaban con escaso éxito divisarlos y reconocerlos mientras el padre de Estrella los miraba y sonreía.

La cartera llamó a la puerta y pasaron unos minutos hasta que Virtudes pudo desembarazarse del gato que se había enredado entre sus piernas y apenas la dejaba avanzar. La carta estaba sellada en Manresa y era de su hermana. Le venía a decir que las condiciones en la empresa de confección eran abrumadoras para la época, con un sueldo más que digno, horarios partidos con descanso para el almuerzo, la empresa se podía hacer cargo de la guardería de los más pequeños, vacaciones remuneradas, derechos para los trabajadores que ella no había podido ni siquiera imaginar en el remanso de paz que era su pueblo. Incluso le decían que el trabajo para el lagartijo era aun mejor que el que le habían dicho en un principio, puesto que se necesitaba personal de manera urgente, y el salario era suculento. Mañana por la mañana le daría un ultimátum a su marido: o se iba a Barcelona con ella, o se iría ella sola con sus hijos más pequeños; los dos más grandes se quedarían con el lagartijo en el pueblo.

Doña Margarita había tomado una decisión. Era una persona con determinación y no quería languidecer añorando lo que nunca pasó. Como si fuera un capricho del destino, vio a la cartera con su pasear alegre, saludando a unos y a otros, rebosando entusiasmo y alegría. Al día siguiente Doña Margarita iría a la oficina postal para jugar la única bala que le quedaba en la recámara. Tras años de cavilaciones, había decidido que tenía que tomar la iniciativa: le mandaría una carta a ese amor vernal que dejó en el norte, y al que la distancia y el tiempo no habían hecho nada más que empoderarlo. Se mostraba dispuesta a recuperarlo, o por lo menos a disfrutar de esa oportunidad que un destino caprichoso y quizás precipitado, le robó.

Don Juan soñaba con arreglar el retablo de la iglesia. Él también tenía inquietudes mundanas, y creía que había llegado la hora de reverdecer el aspecto del templo y contribuir así a la mejora del pueblo en general, haciéndolo más agradable para paisanos y forasteros. El arreglo de las campanas, que ya estaban dando signos inequívocos de desgaste, debería esperar, al menos un año, hasta la siguiente campaña de la aceituna, suponiendo que fuera por lo menos, como la que estaba en curso actualmente. Mañana iría personalmente a hablar con el alcalde para ver de qué manera estos proyectos eran viables o no.

Joaquín odiaba ese apéndice que no hacía más que enturbiar su desarrollo. Esa noche cogió las tijeras de pescado de su madre y realizó una tentativa de incisión, para, cuando se den las condiciones oportunas, poder arrancarlo de raíz y separarlo del resto de su cuerpo. El pene, a sus 12 años, no le estaba ocasionando más que problemas.

Pero esa noche la presa de la ribera de la luz rugió con un fragor espantoso. Más de 200 metros de muro de contención se vinieron abajo, y alrededor de dos hectómetros cúbicos de agua se deslizaron río abajo hasta el pueblo, situado a unos 6 km de distancia y en el margen del río.

Solamente Virtudes, debido a su insomnio pertinaz, tuvo tiempo de intuir y acaso vislumbrar la desgracia. Sobre su mesita de noche había una carta con destino Manresa. El resto del pueblo dormía y descansaba para acometer al día siguiente otra jornada más de aceituna.

El juicio se celebró al año siguiente. Un hombre con acento norteño que decía conocer a Doña Margarita esperaba ansioso el veredicto. La vida de ésta costó 80.000 pesetas al estado, la del Lagartijo más, en concreto 95.000 pesetas, por ser varón. Por la de Joaquín, su padre sólo recibió 25.000 pesetas. Y por la de D. Juan, como era cura, 120.000 pesetas. Y el Land Rover con su magnífico motor Perkins, y más de cien vecinos del pueblo, todavía descansan probablemente en el fango del fondo del pantano, porque nunca encontraron sus cadáveres. Ninguno de los culpables pisó el suelo de la prisión.

El pueblo, primariamente con sus casas encaladas de blanco y callejuelas estrechas y empinadas, fue sustituido por otro con arquitectura norteña, con casas de paredes plúmbeas y grisáceas, con calles arquitectónicamente armoniosas pero inapropiadas para un pueblo andaluz y olivarero. Más de la mitad de los supervivientes vivieron como una ofensa, tanto la compensación por el costo de las vidas, como la creación de un nuevo pueblo extraño para ellos, y se vieron obligados a emigrar, como Virtudes, que se fue con sus hijos a Cataluña; el lagartijo al fin, pensó ella de manera algo macabra, consiguió lo que quería, no moverse de su pueblo. Estrella creció y se estableció en una de esas casas anodinas, que le recordaban a la de Doña Margarita.

 

Este relato va dedicado a las víctimas y a los supervivientes de la catástrofe de Ribadelago, en Zamora, en 1959, en la que fallecieron 144 de los 532 habitantes del pueblo al ser arrasado por la riada que se originó tras la rotura de la presa de Vega de Tera.

 

 

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