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056.- El deseo de un abuelo

María Jesús Rodríguez Pegalajar

 

—El Olivar, el olivo, la aceituna, son nuestra historia, la historia de nuestra tierra, de nuestro pueblo, de sus gentes… —contaba José a su nietecillo Jose, llamado así en su honor, algo que lo llenaba de orgullo y satisfacción. El abuelo lo llevó a pasear por la tierra que él tanto había trabajado junto a su esposa Rosa y abuela de Jose, cómo anteriormente lo harían sus padres y antes sus abuelos, sus bisabuelos…—. Por este motivo, Jose, te digo que estas tierras nos han visto crecer y tú formas parte de ellas; nos conocen como a sus propios olivos, ellos que han sido cómplices de nuestros juegos y travesuras de niños, nos han dado sombra en días de sol, incluso los más frondosos nos han servido de cobijo cuando la lluvia nos cogía desprevenidos, sus troncones han servido de escondite, si no queríamos ser vistos, cuántas veces hemos subido a sus ramas, nos han servido de caballo, de asiento. E incluso, si nos poníamos de pie, desde esa altura divisábamos la campiña, ¡éramos grandes sobre ellos! Hemos crecido a su lado y en la noche han sido testigos de nuestros amores, conocen secretos y confesiones; si hablaran, podían contar tanto…

José se emocionaba recordando aquellas peripecias de niños y jóvenes. El paseo los llevó a pararse ante uno de los olivos, lo contemplaron y el abuelo le preguntó:

—¿Le ves algo diferente?
—No abuelo, como todos —contestó Jose con seguridad. Entonces su abuelo le señaló el robusto y estriado troncón que se abría en abundantes ramas, y estas a su vez en otras hasta llegar a las hojas, espesas y brillantes, era el tiempo de la floración, las ramas cargaban ramilletes de bonitas florecillas blancas.
—Este es un momento muy importante para la futura cosecha, estas flores darán paso a las semillas y solo las privilegiadas darán lugar a nuestra querida aceituna.
—Qué interesante, abuelo. Me encantaría venir todos los días para ver cómo crece la aceituna; pero vivo tan lejos que es imposible. Aunque se me ocurre una idea, puedes grabar vídeos y me los envías por whatsapp. ¿Lo harás, abuelo?
—Tendrás que enseñarme, estoy dispuesto aprender por ti.
—¡Claro!, en estos días que vamos a pasar aquí yo te enseñaré a usar el móvil para algo más que llamar y tú me traes todos los días al campo.
—De acuerdo —contestó el abuelo, ilusionado por haber despertado en Jose esa inquietud por conocer la tierra.

Para los abuelos que se han criado entre olivos, viviendo en lo que ahora llamamos cortijadas, es una gran satisfacción que sus descendientes valoren el campo y lo mimen tanto como ellos lo han hecho durante generaciones. José seguía mirando aquel olivo centenario y no daba un paso adelante para continuar con el paseo, Jose comenzaba a impacientarse y, aunque andaba por allí subiéndose a las ramas o haciendo dibujos en la tierra con un palo que había encontrado, quería llegar a la linde, su abuelo le había dicho que esa línea separaba su olivar de el del vecino.

—Jose, ven, vamos a sentarnos aquí, a la sombra, ¿quieres que te cuente la leyenda de este olivo?, a mí me la contó mi abuela cuando tenía más o menos tu edad, nunca la he olvidado y es de todos el que más me recuerda a ella.
Aunque Jose quería seguir paseando, le llamó la atención lo de la leyenda y se sentó al lado de su abuelo, apoyaron la espalda en el troncón del olivo de enfrente y el abuelo comenzó con la historia, después de beber agua.

—Antes te he preguntado que si le veías algo diferente. Y si lo miras bien, te das cuenta de que es el más grande y frondoso, y su color intenso predomina entre los demás. Sus flores también son más abundantes, por lo que suele superar en fruto al resto.
Jose volvió a mirarlo y compararlo con los de alrededor.

—Llevas razón, abuelo, no me había fijado bien. Además me he metido por dentro y sus ramas forman entre ellas lo que parece un nido gigante, ¿eso qué es?
—Para acoger a la luna —dijo el abuelo, sin pensar en la confusión de su nieto al oír sus palabras.
—¡A la luna! —exclamó el pequeño, extrañado. Entonces miró con atención al abuelo pidiéndole con sus ojos que le contará más, y el abuelo comenzó.

—Cuenta la leyenda que este elegante olivo tiene ese brillo especial porque está enamorado, un amor de años, que sobrevivirá a todas las generaciones, porque los enamorados son inmortales. Su enamorada es la Señora Luna, dicen que ella le dedica toda su luz durante la noche. E incluso de día, aunque se esconde, no lo hace del todo para observar a su amado el Señor Olivo. Ella sufre con cada corte que se le hace en el tiempo de la poda del olivar y lo demuestra porque mientras esto sucede se coloca delante del sol para quitar luz a quienes están trabajando, incluso en la época de la recolección de la aceituna, los aceituneros se piensan mucho el acercarse, ella cree que le están pegando, entonces le envía tanta energía para que resista y no sienta el daño, que les es imposible tirarle toda la aceituna.
—¿De verdad, abuelo?, ¿un olivo enamorado de la luna?, esto es muy extraño.
Jose no quería herir a su abuelo diciéndole que eso no podía ser verdad, así que continuó escuchándolo. Aunque la historia le sonaba irreal, estaba interesante. José notó que su nieto se distraía y para llamar su atención le acarició el pelo, el niño se colocó en posición indio, con los codos sobres las piernas y apoyando la cara en sus manos, la vista en el majestuoso olivo y esperando que el abuelo continuara.

—Por ese motivo, Jose, este olivo destaca sobre los demás: en altura, en lo robusto de su tronco, además si contáramos las ramas comprobaríamos que es el que más tiene, su espesa hojarasca y el brillo de sus aceitunas lo hacen especial; pero, ¿sabes, Jose? —dijo llamando la atención del niño, que aunque parecía ausente no lo estaba y escuchaba, la historia de la Luna y el Olivo había captado su atención—. No siempre fue así, me contaba mi abuela que este olivo no terminaba de crecer, pasaban los años y los demás que habían sido plantados al mismo tiempo eran ya olivillas bien crecidas; pero él no avanzaba. Mi abuela, que era una niña, venía todos los días desde su cortijo con un cántaro de agua, llegaba sin aliento para alimentar a la desvalida planta. Un día, cayendo la noche, ya con la luna desplazando al sol, paseaba con su madre y su padre, los cuales hablaban de la necesidad de sacarlo de raíz y sustituirlo por otro, y que quizás se lo habían dado enfermo. Mi abuela entristeció, se acercó a él, lo rodeó con sus brazos, apoyó la cara entre sus pequeñitas ramas, miró al cielo con lágrimas en los ojos y observó a la luna. La miró fijamente, aún no era noche, pero ella ya estaba ahí, redonda, luna llena. Sus padres, que observaron la escena, la tranquilizaron diciéndole que si tanto se había encariñado con él, ahí lo dejarían para ella. Eso la hizo emocionarse y entre llantos agradeció a la luna y le pidió que en la noche lo cuidara, y del día se encargaría ella. Hice un pacto con la luna, me decía mi abuela, orgullosa de haberlo sacado adelante con la ayuda de ella, jamás se le olvidaba nombrarla… Y así, Jose, fue como el olivo que tienes delante se convirtió en el gran ejemplar que es hoy, con el cariño de la niña que fue tu tatarabuela y la señora Luna. Muchas historias lo rodean, todas hablan de su enamoramiento, pero en nuestra familia creemos que el amor de la Luna por el Olivo ha sido y es como el amor de una madre por un hijo. Ella se dedicó a él, y cuando la abuela nos dejó, también lo cuidó durante el día. Cada noche, bien entrada la madrugada, la Señora Luna se acomoda entre sus ramas, en esa especie de nido que tú has visto. La próxima luna llena estarás aquí aún, vendremos y observarás la imagen, en ese estado ocupa todo el hueco, su luz ilumina al olivo por completo, hasta la última hoja de sus ramas. Es emocionante verlos, desprenden felicidad.

José miró a al niño, su cara lo delataba, se había emocionado con la historia, él también lo estaba, cada vez que la contaba el vello se le erizaba y alguna que otra lágrima asomaba por su mejilla, afloraban recuerdos de su infancia entre esos olivos, sus padres y sus abuelos. José no se había perdido ni una sola luna llena observándolos y siempre pedía el mismo deseo, que su familia no dejara de cuidar y mimar esas tierras, esa era su mayor preocupación. No perdía la esperanza, y aunque sus hijos estuvieran fuera, no las olvidaran.
Jose se levantó y arrodilló frente a él para abrazarlo fuerte, mientras le decía:

—Abuelo yo las cuidaré.

Para José ese era su mayor anhelo, pero el deseo de su nieto tendría que batallar con la vida que seguramente sus padres querían para él, aunque las palabras del niño lo llenaron de esperanza.

 

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