05. La carta de Pablo Picasso a Getsemaní

Juan Antonio González Ruiz-Henestrosa

 

De él han hablado todos.

De él han contado una historia y cientos de pequeñas historias.

De él han atestiguado sucesos antes de venir al mundo, de su nacimiento y de lo que aconteció en las veinticuatro horas siguientes desde que lo conocí.

Yo, que acostumbro a dar mi sombra, nunca se la pude entregar, pero conocí las suyas en aquella noche, después de que él bebiera el vino amargo de una traición.

Sus sombras. Lo digo en plural, porque no existe un hombre en esta tierra que tenga una sola que lo acompañe.

Él se arrodilló a mis pies. Me abrazó. Estuvo en silencio.

Él murmuró, aunque algunos dicen que rezó. Maldijo callado lo que no pudo pronunciar.

Su cuerpo se derrumbó. El calvario de los pensamientos.

Lloró. No hubo llanto, simplemente lloró. Lo hizo como cualquiera que siente la soledad, de la que muchos hablan, pero de la que todos huyen cuando se arrima.

Las lágrimas recorrieron su rostro, roto por una condena que su padre le sentenció al abandonarlo en manos de un mundo sin humanidad.

Sus lágrimas regaron mis raíces. Hizo germinar el fruto en la primavera, del que nació el aceite donde arroparon su cuerpo ungido.

Él me contó su historia. Una confesión de pecados, anhelos, tentaciones y arrepentimientos.

Él me reveló su sueño. Me lo hizo a mí, un olivo. Un simple árbol al que una paloma arrancó una rama para proclamar al mundo la paz.