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049.- Del árbol caído

Jerry

 

P: ¡Deja!, troncos tenemos más que suficientes para el fin de semana, busca ramas pequeñas para prender la llama.

H: No entiendo por qué no hemos comprado leña en la gasolinera, nos hubiéramos ahorrado esta paliza. Además estos árboles tienen más años que la tos y seguro que nos cuesta la vida encender la chimenea.

P: Cuanto más seca mejor y la de olivo es perfecta para calentar la casa. Yo siempre me quedaba embobado mirando sus grandes llamas amarillas, no deja casi brasas y nos ahorramos unos euros, que teniendo madera de sobra no sé porque tenemos que gastarnos dinero.

H: Por la pasta no es… que te conozco, lo que quieres es traerme a los campos del abuelo, vea cómo están de abandonados y llorarme un ratito contándome lo bonito que era antes y el aceite tan bueno que hacían. Si tanto te gustaba, ¿por qué no te hiciste cargo de ellos cuando murió?

P: Ni me lo planteé, eran otros tiempos y todos los jóvenes del pueblo hicimos marcha fuera. Nos fuimos sin mirar lo que dejábamos atrás y lo cierto es que durante años los olivos ni se me pasaron por la cabeza. Cuando cumplí los treinta, durante la temporada de recolección empezó a atormentarme la idea de mi padre echándome en cara que dejara perder las olivas en el suelo. Para colmo por esa época a Pepe ‘El Charquets’ le dio por enviarme una foto de los olivos abandonados repletos de fruto cuando iba de camino a su huerto de pistachos ecológicos. De niño, ‘Pepet’ siempre venía a echarnos una mano con la vara para sacarse unas ‘perras’ y, aunque no lo diga, también le jode ver que nadie se hace cargo de ellos. Lo peor es que sin ningún cuidado después de tantos años siguen dando olivas y más olivas, ideales para hacer un aceite que sería espectacular. Cada una que cae al suelo es un azote para mi conciencia.

H: Ya vale de auto flagelarte, ¡mira que te gusta! No te preocupes, el domingo cuando volvamos a casa después de pasar frío, alergias, asma y aburrirte de contarle a las abuelitas del pueblo lo mayor que te has hecho, se te habrá pasado tu nueva neura de la ‘España vaciada’ post confinamiento COVID. Además, ¿para qué queremos nosotros un millón de aceitunas? No te veo haciendo aliños a estas alturas.

P: Pues podría y he hecho muchos en esta vida, pero no tienes ni idea. Estas olivas en concreto no son de mesa. Después extender las mallas y de varear las ramas para que cayeran las olivas, las recogíamos y las cargábamos en el remolque del tractor para llevarlas a la almazara y hacer aceite. ¡Y qué aceite! Te lo podías comer solo con pan… y no como los caldos amarillos esos insípidos del súper a los que tú estás acostumbrado, que ni saben ni alimentan.

H: Puff!, sí que te ha dado fuerte esta vez el ataque de morriña rural, te falta pillarte una boina y un garrote…

P: No te pases de listo. Coge esa rama y vamos que tu madre estará histérica quitando polvo y telarañas del techo.

H: ¿Quién es Aldonza? En este tronco alguien grabó hace dos millones de años Aldonza y otro nombre tachado que no se acaba de entender, dentro de lo que en su día debía ser un corazón tallado en la madera.

P: Es tu bisabuela, una mujer increíble. Fue ella en realidad quien cuidó todos estos olivos, porque tu bisabuelo Eusebio era un viva la vida de primera y no daba ni chapa. De hecho estos campos los perdió jugando al Truc en el casino del pueblo y ella hizo lo indecible para recuperarlos.

H: ¡Joder! ¿Había un casino en este pueblucho? ¡Cómo se lo montaban los rurales de la época!

P: Antes en la mayoría de los pueblos había una especie de club social en la plaza mayor que se llamaban casinos, pero no había ruletas ni se jugaba al blackjack como tú te crees.

H: Pero por lo visto también se apostaba a base de bien y se perdían fortunas jugando a las cartas.

P: Y tanto, tu bisabuelo tenía fama de jugador y pendenciero y dilapidó buena parte de las tierras y animales que poseía. La pobre Aldonza sólo pudo reconquistar estas pocas anegadas realizando un gran sacrificio. Todos en el pueblo sabían que estas tierras tenían un gran valor sentimental para la familia y no se lo pusieron nada fácil.

H: ¿Qué sacrificio y por qué este campucho es tan especial para los Zafón Rubio?

P: Vaya tela… Rubio es el apellido de tu madre… que ni si quiera es del pueblo. Es muy especial para los Zafón porque antes de que hubiera cementerios a las afueras de los pueblos, a los difuntos se los sepultaba debajo de las iglesias, pero a nuestros antepasados los enterraban aquí, entre estos olivos. Cuentan que los devotos aldeanos y el cura les negaron la entrada a la iglesia a nuestros antepasados cuando un tatara-tatarabuelo tuyo se enredó con una morisca. Dolido y muy enojado, renegó de la fe cristiana, maldijo a Dios a voces en medio de la Plaza Mayor y cambió el lugar de sepultura familiar. Durante varias generaciones, incluso después de construido el nuevo cementerio, los Zafón despidieron aquí a sus finados y por eso tu bisabuela no dudó en hacer lo que fuera necesario por recuperar esta tierra considerada santa para ella.

H: ¡Qué me estás contando! Y yo recogiendo troncos como si nada e igual me aparece por ahí un fémur de neandertal.

P: No digas chorradas. De eso hace cientos de años y tampoco las tengo todas conmigo de que esa historia sea 100% verídica. Es una leyenda que ha pasado de generación en generación en nuestra familia para recalcar la importancia de la tierra que nos daba sustento. Estén o no enterrados aquí, se dejaron media vida trabajando estos campos y perderlos suponía la miseria absoluta. Por eso tu bisabuela tachó el nombre de tu bisabuelo de ese tronco cuando la perdió y por eso tuvo que hacer de tripas corazón y rebajarse hasta límites insospechados para recuperarla, llegando a donde ningún ser humano debería degradarse jamás.

Cuando una noche tu bisabuelo llegó a casa borracho y con la cabeza gacha, tu bisabuela no le hizo reproche alguno, hacía mucho que sabía que ese ‘joc fora’ y esa mano maldita llegarían. Cuando una tarde tras otra te juegas media vida con varios vinos de más, el coraje te embriaga, el buen juicio se desvanece y la suerte te es esquiva. Esta vez ni siquiera intentó justificarse con un basto invencible o unas más que fundadas sospechas de juego sucio. No le quedaba orgullo ni para esgrimir una excusa. Destruido, Aldonza no le dejó ni una mirada de odio o compasión a la que aferrarse, con la cabeza bien alta y un gesto de determinación en el rostro, tu bisabuela se quitó el mandil, cogió una muda, a dos de sus hijos y se fue directa al caserío del viejo Benancio, el nuevo propietario de las tierras. Era bien sabido que mucho antes incluso de que enviudara hace más de una década, bebía públicamente los vientos por ella. El trato para recobrar lo que antes era suyo por derecho se cerró en una forzosa convivencia de por vida, una vergüenza y humillación sin límites, malos tratos continuados y la cesión sin condiciones de su propio cuerpo y el de su hija menor al viejo y a sus dos primogénitos, abusos que dieron como resultado una buena retahíla de bastardos.

No me sorprende tu rostro de perplejidad con tu algodonada conciencia primermundista actual, que no concibe ni por asomo semejante abnegación, pero en esa época sabían muy bien lo que es pasar hambre de verdad. Es una muerte en vida, lenta y dolorosa. Llega un momento que tu cuerpo para hacer frente a la inanición empieza a comerse a sí mismo y el tormento es indescriptible. No tener con qué sustentar a tus hijos y verlos con impotencia languidecer día tras día ante tus ojos es un castigo más severo que cualquier hostigamiento físico que pudieran infringirle el viejo y sus vástagos.

A un lado de la balanza Aldonza puso la supervivencia de cinco de sus hijos y como único contrapeso su alma y a su única hija. Por desgracia la pequeña no pudo soportar las tropelías de las que fue objeto y el segundo invierno de convivencia su cuerpo sin vida apareció colgado de la rama de aquel gran olivo del fondo, balanceándose por el viento junto a los cadáveres de dos viejos galgos putrefactos, repudiados, sentenciados y ahorcados sin clemencia por haber cumplido años y perdido facultades.

Otra vez no pongas esa cara de estupor, en la sociedad actual pasa lo mismo pero ahora sabemos edulcorarlo mejor. No tienes más que fijarte en el trato que durante esta última pandemia del Coronavirus les hemos prestado a nuestros mayores en las residencias. Han muerto solos y desasistidos en sus habitaciones. Después de toda una vida luchando, criándonos, cotizando y trabajando para crear este estado del bienestar del que ahora disfrutamos, les privamos del derecho a una muerte digna y a un último abrazo de despedida de sus seres queridos.

Cerramos con llave las puertas de sus cuartos y les dejamos morir con el pretexto de reservar las camas de hospital y los respiradores para los enfermos más jóvenes, como si ellos fueran ciudadanos de segunda con menos derechos que los demás solo por tener más años y haber perdido facultades. El que a buen seguro ellos fueran los primeros en aceptar su destino con tal de no poner en riesgo la salud de los demás, no debería servirnos de consuelo, si no agravar nuestra culpa y remordimientos. Nos creemos buenos, muy buenos, y a la hora de la verdad somos unos desarraigados, cobardes, pusilánimes y, encima, hipócritas.

Mira el ejemplo de tu bisabuela, que vendió su alma al diablo por un puñado de olivos, no por su valor material que era escaso incluso para entonces, si no porque perderlos significaba dejar desprovistos de recursos y de valores a su prole. ¿Qué futuro les esperaba a sus hijos con un padre alcohólico en la ruina total moral y económica? En cambio nosotros abandonamos a nuestros mayores a su suerte y dilapidamos su legado sin darles oportunidad alguna. Luego disfrazaremos nuestra desvergüenza con un donativo puntual a alguna ONG africana. Sí, tienes razón, estos árboles son mi deshonra y mi traición a la memoria de quienes dieron su vida por ellos. Y vámonos no vaya a ser que me arme de valor y yo también busque una cuerda por aquel viejo olivo del último bancal. Además mientas hablaba me han enviado un WhatsApp de la oficina y tengo que volver a toda prisa para solucionar un problema con la red de internet. Aceptemos lo que somos y regresemos a casa.

H: Papá, ¿por qué no vas a solucionarlo y vuelves mañana? Para cuando estés de regreso, mamá y yo ya habremos acabado de quitarle el polvo y las telarañas a la casa y podremos centrarnos en tratar de arrancar el viejo tractor del abuelo. A estos olivos todavía les podemos extraer mucha vida.

 

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