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046.- A través de la lluvia

Heriberto Ordóñez Delgado

 

Eran las cuatro y a través de las ventanas se veían correr algunos transeúntes sin sombrilla, pues empezaba a caer una lluvia melodiosamente suave por los andenes de la tarde.

El timbre del teléfono sacó a Fernando del aletargamiento en el que lo había sumido el correteo al otro lado de la calle: una mujer caminaba despacio con dos bolsas, aparentemente, de comestibles; parecía sin apuros, quizás porque se había resignado a mojarse. Un hombre, que apareció frente a ella, corría, como si lo siguieran los toros de San Fermín, la pasó golpeando y al caer sobre la acera se dobló un tobillo. Las bolsas fueron a parar al caño y ella quedó llorando, no sabía si del dolor en el tobillo o de la impotencia, causada por el hecho de que el sujeto regresó, tomó las dos bolsas y huyó con ellas.

Fernando no supo si atender el teléfono o socorrer a la chica. Cuando ya había traspuesto la puerta de su cuarto, decidió doblar a la izquierda para bajar los veinte escalones que lo separaban de la calle.

Al verlo cruzar en carrera, la mujer se sobresaltó nerviosa y trató de ponerse de pie, pero el dolor no se lo permitió.

—¿Se encuentra bien? –le dijo Fernando con preocupación —. ¿No se golpeó la cabeza verdad? ¿Dónde se golpeó, está herida? ¿Cree que sea necesario llamar una ambulancia?

—No, no es nada serio, es solo dolor, se me pasará pronto –dijo entre lágrimas— mientras intentaba levantarse nuevamente.

—Venga, sosténgase de mi hombro. Vivo aquí al frente, si no tiene inconveniente, la llevaré para que se seque y se limpie un poco.

Para entonces, ya la lluvia había empezado su invierno y Fernando trató de apurar el paso, pero no era posible. Subieron las gradas con gran dificultad. En el último escalón Fernando tropezó, ocasionando gran hilaridad.

—Espéreme, traeré hielo para que no se le inflame el pie. Es fácil ver que no hay fractura, quizá solo se torció el tobillo, como dice usted. A propósito, ¿qué prefiere, café, té o chocolate?

Ella se decidió por el café y Fernando le llevó además pastelillos, ibuprofeno y un paño para secarla.

Tenía Raquel unos ojos claros y una mirada onírica. Su cuerpo repartía prodigiosamente unos escasos treinta años.

A pesar de todas las atenciones, Raquel seguía pensando que no estaba bien haber aceptado entrar a esa casa con un desconocido.

—Gracias, sé que le he causado algunas molestias y…

—Por favor –la interrumpió Fernando— no tiene que darme las gracias, estoy seguro de que usted habría hecho lo mismo, si yo hubiera estado en una situación similar.

Raquel no respondió, siguió tomándose el café que le había ofrecido Fernando, mientras miraba un cuadro en la pared, que le quedaba de frente. Él la observaba complacido de que le estuviera haciendo compañía, ahora que ya tenía dos años de la desaparición de su novia.

—¿Está usted solo? –Le preguntó—.

—Sí señorita, estoy solo, no quisiera que tenga usted ninguna preocupación, pero si tiene algún resquemor, con el dolor del alma, la acompañaría hasta la salida. Sé que ahora está lloviendo torrencialmente, sin embargo, podría llamarle un taxi.

Ella pensó que sería descortés de su parte decirle en ese momento, que sí deseaba que le llamara un taxi. Lo vio de arriba abajo y asumió que era una buena persona, que no tenía de qué preocuparse.

—¿A qué se dedica? —le preguntó—.

—Pinto, soy artista plástico, pero además disfruto mucho de la cocina—.

—¡Ah sí! ¿Usted pintó el cuadro?

—Sí, señorita. ¿La molesto si le pregunto su nombre? El mío es Fernando, Fernando Salvatierra. Con todo lo que ha ocurrido, he olvidado presentarme.

—También yo, disculpe. Mi nombre es Raquel Suasso, para servirle.

—Pues es un verdadero placer, Raquel, celebro que… no, no debo celebrar que ese tipejo la haya golpeado y robado sus pertenencias, pero celebro conocerla.

—No ha sido nada importante, por fortuna usted estaba ahí. Y dígame ¿a qué se dedica, además de pintar?

—Solo eso hago. En la parte trasera tengo un estudio y es ahí donde pinto. Este cuadro aún no lo he terminado y lo traje a la sala, precisamente, para verlo con detenimiento y mejorarlo si eso es posible. También disfruto mucho el oleoturismo. Precisamente, salgo la próxima semana para Andalucía, a esos lugares de abundantes olivos. ¿Y usted a qué se dedica?

—Vea qué coincidencia. Yo soy curadora de arte.

—Pues esta es verdaderamente una coincidencia muy hermosa.

—Gracias por ese cumplido, es muy gentil, pero ahora quisiera preguntarle sobre el cuadro. ¿Qué desea representar en él?

—No se trata de nada especial. Es una imagen recurrente en los viajes que hago todos los años por el Mediterráneo. Una imagen un poco bucólica, con un acebuche frondoso en primerísimo plano y dos amantes, que disfrutan de su sombra. No le doy significaciones más profundas.

Fernando, en realidad, ocultaba el doloroso hecho de la ausencia de su novia. No supo cuáles fueron las razones que mediaron en su desaparición. Los familiares no sabían qué se había hecho, incluso pusieron una denuncia en su contra, tres días después de que no volviera a casa. Él fue objeto de entrevistas e indagaciones, registraron su mansión varias veces, buscando indicios.

Nunca se supo nada de esa hermosa chica de treinta dos años, que había salido de su casa para visitarlo una mañana de domingo.

Habían viajado juntos por los campos de Jaén y el Mediterráneo. Habían esculpido juntos la luna, los barcos, donde viajaban sintiendo el sabor agrio e intenso de las olivas negras.

–Creo que la obra tiene poca luz, muchos tonos grises, ¿a qué se debe? –insistió Raquel.

Ella poseía una sensualidad inusitada. Cada vez que hablaba parecía prodigar un decantamiento, aun así Fernando decidió no dar más explicaciones.

Aquella fue una tarde en la que se despertó Fernando de la urbana soledad a la que se había sometido después de la desaparición de su novia. Por meses, no había esperado más luna que las manchas lanzadas en su última obra. Esa tarde lo sorprendió una transeúnte desprevenida en ese primer rincón de su casa.

Ya habían terminado de tomarse el café, los pastelillos se habían agotado, el dolor se había desvanecido y el tobillo no mostraba mayor inflamación, ya se habían confesado algunos secretos y Raquel aceptó que Fernando la fuera a dejar hasta su casa.

Él le recomendó reposar por unos días y le rogó a una viejecita que los recibió, no dejarla salir hasta que estuviera repuesta.

Prometieron volverse a ver pronto, tomarse un brandy de jerez y ahondar en la producción de Fernando.

Cuando él volvió de Andalucía, se encontraron en un café con cualquier pretexto: “quiero que me hable de los olivos”, “y yo quiero, que me hable de usted y su abuelita”.

Después Raquel llegaba hasta tres veces por semana a visitar a Fernando, jugaba a la dirección de una sinfonía, ordenando todas las obras que aparecían desperdigadas por la inmensa casa, cambiando de lugar los muebles de la sala, aprendiendo la clasificación de aceites en función del tipo de oliva o aceituna y su procedencia: que la cornicabra es para repostería, pero también para ensaladas, asados y frituras suaves, que el hojiblanca es para los marinados de carnes, ensaladas suaves, vinagretas, mayonesas, en fin… Todo fue un ir y venir de ensaladas, carnes, postres, cuadros aquí y allá.

Después de dos semanas parecían hermanos inseparables, pero cuando se sentaban a la mesa o tomaban el té, a veces se miraban en silencio, como si quisieran decirse que estaban solos, que aceptarían un beso a riesgo de enamorarse. Una vez, eran las siete de la noche y después de una charla agotadora sobre la pintura del Renacimiento, Fernando se disculpó por interrumpirla:

—Lo siento, ayer no dormí bien, tengo sueño y quisiera descansar un poco. Si desea puede hacer lo mismo, ya sabe que cuenta con una habitación aquí o si lo prefiere, le llamo un taxi porque no creo tener suficientes energías para manejar hasta su casa.

—Claro, le dijo Raquel, no se preocupe, quizá lo mejor es que me marche.

—Tengo una mejor idea, venga, la invito a que nos tomemos una copa de vino y mientras tanto charlamos de temas menos complejos. Usted sabe que amo escucharla, solo que ya no le presto suficiente atención y no deseo ser desconsiderado.

Buscó el Cabernet Sauvignon, que había guardado, celosamente, en su cuarto y no en la cava, pues era un obsequiado de Raquel. Luego, salió hacia la cocina, tomó un frasco de aceitunas y un trozo de queso Manchego y regresó con su tabla y utensilios.

–Tenemos un problema –le dijo Raquel— parece que requerimos de un sillón para mí.

—Nada debe ser un problema, buscaremos. Haremos lo indecible por encontrarlo y si no aparece ninguno que nos sirva, se sienta conmigo, con gusto le haré un espacio –le respondió Fernando—.

Él escanció en las copas y se quedó en el sillón. Raquel no encontró dónde sentarse y no le quedó más remedio que la cama.

—Me encantaría invitarla a tomar unos vinos a la sombra de un acebuche en el Mediterráneo –le dijo Fernando — sin proponérselo.

—¿Similar a la pintura? Hábleme sobre el cultivo del olivo, a la postre me convence y lo acompaño.

—Bien, le diré que es en Andalucía, especialmente en Jaén y la cuenca alta del río Guadalquivir donde está la mayor parte del cultivo y también donde se da la mayor producción de aceites de oliva. España, Marruecos, Grecia, Italia y Túnez alcanzan la mayor producción de aceite de oliva en el mundo. ¿Se puede imaginar?

—¡Ajá!… ¿Y cómo llegó a conocerse ese cultivo?

—Bueno, leí por ahí que, aparentemente, se originó en las culturas fenicia, asiria, judía, egipcia y griega, pero se cree que también en otras culturas del Mediterráneo. Hay unas tablillas micénicas en barro, que proceden del reinado de Minos, 2500 años a. C., así que, como podrá ver, es una cultura muy antigua.

Raquel se sentía dominada por el triunfo de una somnolencia creada por el vino, que empezaba a desdoblar la exactitud de las cosas. Ya no le prestaba atención y solo atinó a abalanzársele al cuello para darle un beso estremecedor, que fue correspondido.

Al amparo de algunos recuerdos, Fernando logró quitarle la blusa, los zapatos y el pantalón y descubrió que la desnudez de Raquel parecía una despedida a la pubertad, como si acabara de marcharse, para quedar el nacimiento de una nueva piel confirmando sueños. Ese cuerpo se desdibujaba en sus manos, como un contorno fresco, cual silueta danzando salmos.

Para entonces, habían abierto tres botellas y los últimos sorbos los tomaron semidesnudos y cuando Raquel pudo tomar un respiro antes de emprender la cabalgata por la cascada de los deseos, se percataron de la luna traspasando los cristales a través de la ventana, desde la cual la había visto hacía tres meses bajo la lluvia. Entonces continuó la danza y fue ella la Odalisca de sus sueños al contraluz y fue él su esclavo recorriendo pasos desde todos los inviernos posibles. Y pensó que Leibniz tenía razón, por lo menos en ese ahora estaba en el mejor de los mundos posibles.

Hasta podría creer que el amor es eterno, pensó, mientras sus manos surcaban los contornos de esa piel tersa, en la ambiciosa composición de la juventud y fueron sarcásticos los pensamientos y al límite de la cúspide se caía la piedra y emprendía de nuevo el recorrido por esas montañas para liberar a Angélica del fuego, de la catástrofe.

“Estamos en el mejor de los mundos posibles. ¡Qué pena saber que este mundo se acabará mañana! Y es probable que no vuelva nunca más, que solo queden las ruinas de tanta precisión y belleza, que solo me queden los lienzos para emprender el recuerdo de esta piel”, pensaba Fernando.

Raquel se quedó con los claroscuros, imprescindibles para dar rienda suelta a ese momento en que la sumía la naciente noche.

No pidió más que ese cuerpo en la intimidad de los cuadros y posó Venus pululando gestos eróticos, danzarinos, mientras algunos renacentistas viajaban acariciando sus senos.

Ella le dio la espalda y la curvatura calculada de su cuerpo siguió una sinuosa línea de seducción. Él emprendió el diseño, sin transgredir las formas que se vertían entre sus dedos y descendió hasta los pliegues erógenos de ese cuerpo jadeante entre sus manos, como un anuncio in crescendo.

Raquel se entregó al placer de ese descenso, serpenteó su espalda mientras él, en la abstracción de sentirlo, reconocerlo, la tomaba por el dorso y miraba la clásica curvatura de ese cuerpo oprimido contra su pecho.

Fernando emprendía una y otra vez la arquitectura de esas líneas hasta las molduras que se derretían en quejidos susurrantes, gatos urbanos en los rincones, en los aleros, en los techos del vecindario y se sumieron en una sola anatomía anunciando pletóricos el nacimiento del día.

Se detuvieron un instante por la tentación de pensar que todo es perecedero, que no hay nada eterno, para no morir silenciosamente, olvidarse y ser olvidado.

Finalmente, se durmió Raquel y él se sumió en la edad del barro, por aquello de que volviera el fantasma de unos muslos tendidos en la cama para invitarlo a morir despacio en una selva llena de apocalípticos deseos, donde el miedo se pierde y asistimos gloriosos hacia la muerte.

Empezó a descifrar el verde-azul de sus ojos, los labios jugosos hasta el beso o el deseo, cargados, sedientos, como un Guanacaste pletórico de sol, radiantes, sensuales, pecaminosos, como el origen del hombre. Ella seguía durmiendo y él se detuvo en el movimiento de su respiración. Sus senos, como promontorios de miel, subían y bajaban al ritmo de la luz que se avecinaba.

Desde esa noche se sucedieron tantos encuentros apasionados, que Fernando empezó a perder la cuenta, pero también empezó a necesitar verla todos los días. La llamaba por la mañana, la tarde o la noche y le susurraba que ya no era nada sin ella, hasta que un día al abrir la puerta para recibir el pan, que le llegaba todas las mañanas, encontró un sobre que leyó impaciente:

“Quiero que sepa que es generoso, muy generoso y que me acuesto pensando en usted y me levanto viendo su mirada, tras la cual se esconde tanta dulzura.

Pienso en sus deseos, pienso en usted como es, con su sonrisa, su intelecto, su forma de verme mientras estoy desnuda. Pienso en su ser completo, como si fuera un obsequio, imperturbable, incompartible, como si lo amara desde siempre, mientras sueña y vive cada día y no quiero que nada sea más fuerte que su deseo de vivirlo.

Quiero que sepa que lo llevaré siempre en mi corazón y nada ni nadie me lo quitará.”

Le escribió Raquel, un día antes de partir a otro lado del mundo.

 

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