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042.- De Bruselas a Entre Olivos

María Gema Marín Perozo

 

Esta noche hay brisa y las cortinas del cenador se mecen dejando pasar la dulce fragancia de los jazmines. Compiten con el aroma de la higuera, que desde la otra punta del olivar quiere dejar patente su presencia. Hemos preparado cena para dos a base de productos de la tierra: jamón de bellota, espárragos trigueros, tomates rellenos y ensalada de endibias, unas gordales picantes, un buen vino tinto y una botella de nuestro mejor aceite de oliva, el Premium. De postre: suspiros de almendra elaborados con los primeros frutos del almendro. Termino de rellenar dos jarrones de cristal con calizas blancas, enciendo sendas velas en el interior y espero paciente a los comensales de la habitación Arbequina.

Este cenador ha sido mi última idea.

Dentro del olivar, a doscientos metros del cortijo hubo una vez un chozo de ramas que en algún momento desapareció. Las inclemencias del tiempo terminaron por debilitarlo y alguien decidió sesgarlo de la tierra. Pese a su desaparición, su esencia nunca abandonó este lugar pues es el único sitio del olivar donde crecen amapolas. Un día, viendo un programa de televisión, se me ocurrió construir un cenador en el que los huéspedes del cortijo pudieran contratar una cena exclusiva. Más adelante, fuera de toda previsión, las parejas de la zona también empezarían a demandar este especial y único servicio.

De la misma forma que mi padre y antes mi abuelo fueron adquiriendo pequeñas extensiones de olivos hasta hacerse con unas cien hectáreas, yo fui transformando mi imaginación en ideas que a lo largo de los años se materializaron una después de otra.

Pero no siempre viví aquí, no siempre amé esta tierra y no siempre fui la persona que ahora soy.

Si diez años atrás alguien me hubiera dicho que dejaría mi puesto en Bruselas para vivir entre olivos perdidos de la España rural, le hubiera dicho que fuera a ver a un psicólogo si acaso me hubiera molestado en contestar…

Tenía un puesto de responsabilidad en una de las instituciones europeas que velan por el cumplimiento de la Política Agraria Común (PAC). Un puesto ganado a pulso, por mí y por mis padres, quienes me pagaron la carrera y quienes me sostuvieron y mantuvieron durante los años en los que estudié para sacarme una oposición de primer nivel en Europa.

Vivía en pleno centro de la capital belga, en un lujoso apartamento con todas las comodidades que me podía permitir, que no eran pocas. Compartía mi vida con Johanes, un holandés de mente cuadriculada, corazón tierno y espíritu pragmático que lo más cerca que había estado del campo era a diez mil pies, mientras sobrevolaba el cielo de cualquier ciudad en uno de sus viajes como comisario europeo. Mis contactos con el campo eran más estrechos, pero de alguna forma, mi mente mantenía los recuerdos arrinconados en algún lugar que nunca abandonaban.

Durante muchos años viví al margen de las necesidades y los requerimientos del campo y del sector primario. Su supervivencia no tenía ninguna relevancia en los presupuestos europeos, más allá de gráficas, análisis y cálculos sobre incrementos o decrementos de las ayudas destinadas a cada país.

Para mí, esa España que se pasaba la vida mirando al cielo anhelando sol o lluvia para sus cosechas, que no se resignaba al ver cómo su trabajo diario se perdía en las laberínticas trabas burocráticas de Bruselas, era una especie de «ente» ajeno por completo a mi realidad.

En mi trabajo, intentábamos analizar si las necesidades de los países se adaptaban a los pilares de la PAC y digo intentábamos porque ahora sé que cualquier trabajo sobre el campo realizado desde un cómodo, elegante y enmoquetado despacho, se queda en eso, en un mero intento. El sector primario pesaba como una losa en Bruselas y los países eran polluelos hambrientos a los que habíamos hecho dependientes del dinero europeo, sin el cual no subsistirían.

Un día, en mi mente apareció esta pregunta con luces de neón: «¿Cómo es posible que un sector tan vital para un mundo, como es el sector primario, que el ser humano necesita para poder vivir, no sea autosuficiente?»

A partir de ese día a mi memoria empezaron a llegar flashes, destellos e imágenes que no estaba segura haber vivido. Un verano caluroso a la sombra de una higuera con el discurrir del agua de fondo. El sabor de los higos deshaciéndose en el paladar con las pepitas incómodas entre los dientes, pies cubiertos de una fina capa de polvo. Manos mojadas de lavar lechugas recién cogidas, risueños rostros con churretes, sabrosos y rojos tomates irregulares a punto de reventar. Otro día recordaba un conejo pardo observándonos que cauto desaparecía entre los olivos. El crujiente bocado de una almendra recién partida o nueces salteadas entre la cesta de almendras.

Unas palabras a las que no encontraba sentido iban y venían dentro de mi cabeza: «Un año en crecer, no la vamos a dejar aquí». ¿Quién hablaba así? ¿Se refería a un animal? ¿A un ser humano?

De igual forma que a quienes se les ha amputado una extremidad la sienten como si aún la tuvieran, la sensación del miembro fantasma, o cuando alguien cercano desaparece de tu vida te sigue pareciendo que va a entrar por la puerta o que en tu teléfono vas a escuchar la melodía de su llamada, empecé a añorar la vida que me evocaban aquellas imágenes. Y lo extraño es que los recuerdos no aparecían en momentos de soledad o meditación. No. Surgían en plenas reuniones, cuando las discusiones eran más acaloradas porque cada vez me costaba más transigir con las exigencias de los países más fuertes o frugales, como los llaman ahora.

Empecé a ser consciente de la bisoña realidad con la que trabajábamos y que para nosotros era una normalidad asumida: que el futuro de los agricultores se discutía en aquellos despachos; que el campo no subsistiría si no fuera por las ayudas; que una decisión, un cero menos o un cero más en las cifras, podría suponer la vida o la muerte de una tierra cuyo fruto daba vida. Y por último y no menos importante, que el titánico esfuerzo por sacar la tierra adelante era sepultado en asépticos despachos por personas que jamás habían pisado un barbecho, doblado el lomo para recoger aceitunas o sentido el triunfo de conseguir una buena añada.

Uno defiende mejor lo suyo cuando sabe de lo que habla.

No podía seguir defendiendo la tierra desde mi despacho de cristal. Y dirán ustedes «¿defender?». Sí, defender, porque ya no podía seguir siendo indiferente y reaccionaba con vehemencia ante lo que consideraba que perjudicaba a la agricultura y a la dignidad del agricultor, pero carecía de argumentos para replicar a mis oponentes.

De la noche a la mañana dejé de reconocerme entre mis amistades, entre aquellos lujosos edificios, hablando otros idiomas, vistiendo ropa seria y, sobre todo, ante Johanes. Era un fraude como persona y no podía seguir viviendo en ese mundo. Le estaba dando la espalda a algo, ¿pero a qué?

Resolví dejar en barbecho mi puesto en Bruselas y mi relación con Johanes. ¡Cuánto me dolió ver su rostro decepcionado!, su mirada glacial y la altivez con la que me despidió, como si yo hubiera traicionado nuestro inexistente acuerdo de vida en común y pareja perfecta. Me costó dejarlo todo, dudé hasta el último momento, pero continuar así no tenía sentido. Mi vida carecía de objetivo o el que hasta entonces tenía, estaba errado. Lejos de contribuir, yo más bien restaba.

Volví al lugar donde se originaban mis recuerdos.

El viejo cortijo me recibió con condescendencia, «¿A qué vienes tú ahora?», me pareció que murmuraba. La construcción era de principios del siglo veinte y aunque las paredes se mantenían en pie, había que reforzar las vigas, la escalera principal y el tejado. Me adentré entre las hileras de olivos, algunos estaban marcados con pintura blanca. A diferencia del cortijo, me pareció que los olivos me decían «¡Ya era hora, hija!» «¡Menos mal que volviste!», claro que la mayoría tenían más años que el cortijo y habían sido testigos del devenir de generaciones enteras. ¿Me esperaban?

Enseguida mis sandalias se llenaron del fino polvo que levanta el caminar sobre la tierra compactada. Hacía más de treinta años que no andaba por allí y mis recuerdos se limitaban a una época muy concreta de la niñez, aun así, giré mi cabeza hacia la zona que buscaba. Aún no la veía, pero podía respirar su fragancia. Conforme me acercaba, su copa se asomaba entre las hileras de olivos y su perfume se intensificaba. Me alegró verla de nuevo, dominante y protectora como siempre. La guardiana del olivar. La higuera. Me senté apoyando la espalda en su tronco, gozando con los guiños del sol a través de sus hojas, cerré los ojos. Treinta años atrás había agua… El agua corría por algún sitio entonces, ahora no. ¡Había un huerto, claro! Un pequeño huerto al lado de la gavia, por eso íbamos al olivar a diario, para regarlo. Me levanté e introduje las manos en la tierra que antes ocupaba el huerto, aún era fértil y tenía humedad. En algún lado había un pozo, donde la tierra era más blanquinosa y compacta. Efectivamente, tras unos matojos sin desbrozar allí estaba el pozo con brocal, convenientemente cerrado, rodeado de pequeñas y homogéneas calizas blancas. Treinta años atrás un cubo rebosante de agua ascendía y chocaba contra las paredes guiado por una estridente carrucha. Mi abuelo regaba el huerto y daba el primer lavado a las verduras mientras nosotros comíamos higos a la sombra de la higuera y recogíamos almendras. ¿Almendras? Ah, en el entorno había un almendro, busqué y busqué, pero no lo encontré, no había sobrevivido.

Tuve otro flash, pero esta vez hacia el futuro.

El cortijo estaba reformado. Una pequeña recepción bajo la escalera, un comedor vintage con planchas para mantener la comida caliente y vistas al olivar donde una piscina había robado un poco de terreno, obligando a trasplantar veinte olivos hacia una zona más privilegiada: custodiar el camino de entrada a la vivienda.

Cinco habitaciones en la planta de arriba con diseño, baño y nombre propio: Picual, Arbequina, Empeltre, Manzanilla y Verdial. Una enredadera de jazmín que abrazaba toda la casa. Una terraza con vistas a poniente, desde la que se pudiera contemplar la puesta de sol por encima de los olivos centenarios. Un huerto con productos naturales, ecológicos y una zona para las gallinas donde cacarear a sus anchas y surtirnos de huevos a diario.

Durante el año que duraron las obras, estudié las mejores formas de rentabilizar el olivar teniendo en cuenta el tipo de tierra sobre el que estaban sembrados los olivos. Hablé con expertos agrónomos y sabios locales e incluso estudié las mejores técnicas de recolección para evitar dañar las propiedades de cada variedad. Porque para obtener beneficio del olivar sin depender de las fluctuantes, aleatorias y menguantes subvenciones, debía sectorizar la finca.

Apenas dos meses después de dejar Bruselas, Johanes, el amor de cabeza cuadriculada y analítica, apareció de nuevo en mi vida. «I understand you», me dijo. Confieso que fue bienvenido por dos motivos: uno, el amor y dos, su mente crítica y pragmática era justo lo que necesitaba para ayudarme con el olivar. Con su vuelta, mi carga empezó a ser más liviana.

Un año después, cuando nuestros ahorros estaban a punto de tocar fondo, recibíamos a los primeros huéspedes. Mi manejo de las redes sociales y la multitud de contactos que tanto Johanes como yo habíamos acumulado durante nuestros años en Bruselas, facilitaron la promoción de mi pequeña casa de huéspedes, a la que bautizamos como «Entre Olivos»

Nos formarnos en el tema del Aceite de Oliva Virgen Extra, él en el campo y yo con las catas y las ventas. Conseguimos un trato con una almazara de la zona y empezamos a fabricar nuestro propio aceite de oliva de alta calidad, el Premium, un reclamo importante para los turistas que se hospedaban en nuestra casa, además de para los restaurantes de la zona. Poco a poco comenzamos a venderlo a través de nuestra página web y la cosa empezó a despegar.

Desde entonces, no todos los años han sido buenos. En algunos, una agresiva helada o un tórrido e implacable verano nos ha sorprendido y gran parte de la cosecha se ha echado a perder. Otros, las temperaturas de la zona y las lluvias se han aliado para favorecer las cualidades de nuestras aceitunas, consiguiendo aceites únicos que se han alzado con algún que otro premio.

Fue en uno de nuestros paseos entre las hileras de olivos en el que llegamos hasta un sitio donde se percibía el débil contorno de una circunferencia en el suelo. Qué raro, pensamos, era perfecta. Bromeamos con alguna película en la que naves alienígenas dejaban marcas similares antes de atacar la tierra. No, no era nada de eso, entonces recordé que treinta años atrás en aquel sitio había un chozo. Sí, un chozo de varas largas entrelazadas, revestido con juncos y eneas que alguien construyó con destreza y que a lo largo de los años tuvo distintos usos. Aunque yo solo lo conocí como puesto de caza de mi abuelo, no sé cómo recordé que también había sido vivienda durante la guerra civil y luego refugio de pastores.

Imaginé una plataforma de unos veinte centímetros de alta, o más, treinta o cuarenta, a la que se accediera a través de un par de escalones. Lo suficientemente alta como para que se pudieran ver en la lejanía las luces del pueblo. Una mesa, flores, luz de velas entre las calizas blancas del pozo y cortinas de algodón ondulantes. Estrellas, luna y una cena romántica. Johanes no lo veía claro, ¿quién iba a cenar ahí, en mitad del olivar pudiendo hacerlo en la terraza del cortijo? Pero yo sí lo veía, aquel sitio no podía quedar sepultado entre olivos, aquel sitio, al igual que la higuera, el huerto, el pozo, el cortijo y los olivos, había formado parte de este lugar desde hacía siglos. Si aún se resistía a desaparecer, bien merecía otra oportunidad.

A regañadientes, mi holandés de cabeza cuadriculada y corazón tierno, accedió. Con la ayuda de un maestro carpintero, construimos un bonito cenador tal y como yo había imaginado: un hexágono con vigas de madera y jazmines enredados, cortinas de algodón blanco, mesa y dos sillas, velas entre calizas, copas y mantelería con ramitas de olivo bordadas. Colgamos varias imágenes en nuestra página web y, para nuestra sorpresa, las reservas empezaron a acumularse.

Estamos asfixiados por las cargas impositivas, pero nos desvivimos por mantener con esfuerzo lo que hemos logrado. Nuestros productos están trabajados con pasión, sol, lluvia, tierra y heladas caprichosas que quitan y dan. Hemos descubierto que en el campo no todo vale lo mismo, si tienes un buen producto, la diferencia se paga.

Me reconcilié con la imagen que me devolvía el espejo, supe que empezaba a aportar a la vida. En nuestra casa de huéspedes damos trabajo a unas tres personas y a casi veinte jornaleros en época de siembra y cosecha, algunos nos ayudan también en la huerta.

Pero aún me faltaba algo, ¿cómo podía sacar rendimiento a toda mi experiencia, a todo lo que había aprendido sobre el campo en general y sobre el olivar en particular?

Una mañana, una de las limpiadoras me trajo un libro sobre el Zen que había encontrado en una de las habitaciones que nuestros huéspedes acababan de dejar. Me fue imposible contactar con ellos, así que me lo llevé a la terraza con vistas a poniente y empecé a hojearlo hasta que las páginas me llevaron a esta frase:[1]

 

Los sistemas de organización y de gobierno pueden resultar en algunas ocasiones más adecuados que otros, pero están creados e integrados por personas. Por lo tanto, la evolución individual es una cuestión importante para los procesos de desarrollo social.

 

Lo cerré y alcé la mirada más allá de las copas de los olivos, donde la línea en la que campiña toca el cielo. Había llegado el tiempo sembrar en Bruselas.

Al subir al coche en el que Johanes me llevaría hasta el AVE, me volví para mirar el cortijo, «No tardes mucho en volver», me pareció escuchar.

Mis olivos seguirían allí, esperando a que volviera, sabían que lo haría. Johanes quedaría al cargo de todo, y lo haría encantado, aquel era su lugar en el mundo. Desde que volvió a mi vida, no pasa ni una noche sin agradecerme que le abriera los ojos. «No puedo imaginar mi vida sin estos olivos», dice en perfecto español.

Cuando deshice la maleta en nuestro antiguo piso de Bruselas, unas aceitunas ya maduras estaban esparcidas entre mi ropa. Las cogí y las sostuve entre mis manos, me las llevé a la nariz tratando de retener el poco olor que aún les quedaba. Fue en ese preciso instante cuando mi mente me devolvió la nítida imagen de unos niños con churretes que, aburridos de coger aceitunas, dejaban algunas en el suelo, mi abuelo nos regañaba y decía sosteniendo una diminuta Manzanilla entre índice y pulgar: «Esto tan pequeño ha tardado un año en crecer, no la podemos dejar aquí para que se entierre y se pudra en este terruño».

Alterno mi puesto en Bruselas con mi dedicación a Entre Olivos.

Ahora estoy en paz conmigo. Sé lo que tengo entre manos. Conozco los problemas a los que se enfrenta el olivar español y, por ende, todo el sector primario.

Ahora discuto y negocio las ayudas con argumentos sólidos, contundentes y hasta irrebatibles.

Ahora abogo para que estas ayudas vayan en la dirección adecuada: fortalecer, innovar, generar empleos de calidad, controlar los excedentes e impulsar el sector primario en general, la agricultura y el olivar en particular.

Ahora mi cometido es devolver al campo y al olivar la dignidad que un día le quitamos porque tanto esfuerzo no puede enterrarse ni pudrirse bajo ningún terruño.

[1]. La esencia del Zen, de Thomas Clearly.

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