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043.- El viejo olivo de mi abuelo Serafín

Andrés Fornells Fayos

 

Vine al mundo en una humilde casita de campo. Esta casita contaba con más de doscientos años de antigüedad, y sus deteriorados muros conseguía rejuvenecerlos mi madre vistiéndolos con la deslumbrante blancura de continuas capas de cal. Su parte delantera exterior la adornaban montones de macetas que, llegada la primavera convertían aquella zona en un alegre y fragante vergel multicolor.

Mis jóvenes ojos de entonces veían aquella vieja vivienda como el lugar más hermoso y entrañable del mundo entero. Constaba de tres habitaciones, un saloncito, un cuarto de baño y una cocina. Todas estas estancias eran lo suficientemente grandes para lo que necesitábamos de ellas.

A mi madre le habría gustado fuese la cocina un poco mayor de lo que era porque en verano, el calor de los fuegos, cocinando, le quitaban las ganas de poder ser feliz, según expresión suya.

Por las mañanas del estío, con la ventana que en ella había, abierta, era medio soportable la temperatura, pero a partir del mediodía había que cerrarla porque el calor de afuera era mayor que el calor de adentro.

A veces, por esa ventana abierta se colaba algún pájaro que había extraviado su rumbo y mi madre le hacía palmas para que se fuera, pues más de una de estas avecillas despistadas, ya fuera por el susto, por incontinencia habitual, o por lo que fuese, soltaba en cualquier parte lo que su cuerpecito no quería retener más tiempo.

Mis padres trabajaban en la fábrica de conservas de don Damián, el hombre más rico del pueblo, del que nadie hablaba mal en voz alta porque eran muchos, dentro de aquel municipio, los empleados en su empresa.

A mi abuelo Serafín, al que yo adoraba, lo recuerdo con el pelo blanco y el rostro bellamente arrugado, en el que destacaban sus ojos mantenedores con su viveza del único resto de juventud que aún no le había abandonado.

En el patio de la vivienda mantenía él muy productiva una pequeña huerta que nos proveía de cuantas hortalizas necesitábamos. En un rincón de aquel terreno, pegado a la pared teníamos un destartalado gallinero con varias gallinas y un gallo muy chulo al que yo procuraba no acercarme por los dolorosos picotazos que me arreaba.

—¿Por qué a ti, el gallo, no te hace nunca nada, abuelo? —solía yo preguntarle al padre de mi padre.

—A mí se guarda mucho de molestarme con su pico, porque sabe puedo enfadarme y retorcerle el pescuezo.

—¿Y cómo sabe el gallo eso, abuelo?

—Porque es un gallo muy listo.

—Y malvado también es, abuelo. ¿No te has fijado en ese brillo tan peligroso que tienen sus ojos?

—Le gusta presumir de fiero —le entraba la risa al decirlo—. No te acerques a él. Déjalo en paz, y él te dejará a ti en paz también.

Las gallinas sí permitían les acariciase la cabeza y, más de una cacareaba demostrándome que le gustaba. Cuando madre me encargaba recoger los huevos que ponían, yo procuraba no pasar cerca de “Aníbal”, nombre que le había puesto mi abuelo al gallo por haberse llamado así un héroe antiguo favorito suyo por haber derrotado varias veces a los poderosos y fanfarrones ejércitos romanos que terminaron adueñándose de nuestro país.

Y hablando de antigüedad haré especial referencia al olivo que teníamos muy cerca de las filas de chumberas que marcaban la linde de nuestra propiedad. Este matusalén vegetal, aseguraba con orgullo mi abuelo, tenía más de dos mil años de existencia.

—Este árbol, nene, ya estaba aquí antes de que naciese ese desdichado hijo de Dios al que unos hombres muy malos crucificaron, y que se llamaba Jesús. ¿Te imaginas si este olivo tuviese voz y contase todo lo que ha visto a lo largo de los siglos?

—¡Ja, ja, ja! Abuelo, entre miles de cosas contaría que a ti y a mí nos gusta sentarnos un rato a su sombra, escuchar hablar a los pájaros, y escuchar como frotan sus hojas agitadas por el airecito de la mañana. Y también nos escuchará a nosotros agradecerle las aceitunas que nos regala todos los años, que luego llevamos al abuelo Ambrosio, el molinero, que las convierte en riquísimo aceite del mismo color que el oro.

—Sí, nene, todo eso nos contaría —encantado mi querido anciano con la conversación que estábamos manteniendo.

Yo nunca le decía, para que no pudiese considerarme un flojo, que odiaba recoger las aceitunas porque esta tarea me dejaba molido de cansancio y con las manos doloridas.

El tronco del olivo tenía numerosas grietas. Heridas que le iba infringiendo el paso de los años. Cuando yo era muy chico me escondía dentro de la mayor de ellas y, a veces, cuando mi madre me llamaba para comer, los fines de semana, yo le respondía imitando a los pájaros. Los imitaba tan mal que de sobras ella sabía era yo el que trinaba. Y entonces decía levantando la voz, en tono jocoso:

—Verá ese pájaro, como no venga enseguida a comer, lo dura que está la suela de mi alpargata.

Yo acudía corriendo junto a ella, nos fundíamos en un abrazo riendo con todas las ganas y entonces ella jugaba conmigo al tiovivo, un ejercicio que consistía en cogerme ella por debajo de las axilas, comenzar a girar sobre sus pies, elevar yo mis piernas y girar al ritmo suyo, siempre menos tiempo del que a mí, entusiasmado con aquel juego, me habría gustado.

Mi madre nunca me había pegado con la alpargata, pero yo conocía que ésta hacía daño por habérmelo contado los amigos míos que sí tenían una madre que la empleaba con el trasero suyo.

Mi padre también jugaba conmigo, pero sus juegos tenían el componente de gustarme, pero también de darme miedo, pues consistía en lanzarme al aire y recogerme cuando yo caía. Y también estaba lo de darme la voltereta. Puesto yo de espaldas a él, me pedía doblase el cuerpo hacia adelante, pasara mis manos por entre mis piernas, él me cogía entonces las manos y me hacía dar, manteniendo mis manos fuertemente cogidas, una vuelta en el aire y aterrizar en el suelo de pies. En aquel giro yo veía durante unos segundos el cielo, luego su pecho y finalmente sus piernas.

Cuando realizaba conmigo este juego, si mi madre se hallaba cerca siempre solía advertirle:

—No le hagas eso tantas veces, Agustín. No puede ser bueno que al niño le baje con violencia la sangre a la cabeza.

El abuelo, por el contrario, decía que era bueno que la sangre circulase por todo nuestro cuerpo incluida la cabeza y, cuando no teníamos próxima a madre yo me subía al olivo para, tal como me había enseñado él, colgarme por las corvas a una rama y soltarme de manos bajo su vigilancia, igual que hacían algunos artistas de circo.

Yo no pasaba mucho miedo. Primero porque estaba convencido de que no iba a caerme y, segundo, porque en el caso de ocurrirme así, él me habría cogido en el aire evitando me hiciese daño.

Si alguien nos hubiese preguntado en esa época, si éramos felices, nosotros cuatro habríamos respondido que inmensamente. En aquel pueblo tranquilo, habitado por buena gente, todos nos conocíamos. Todos sentíamos como propios las alegrías, los problemas y las enfermedades de los demás. De algún modo podía decirse formábamos una gran familia.

Don Matías, el cura era un anciano bonachón que llevaba siempre caramelos en los bolsillos y los niños, para conseguir uno de ellos solo teníamos que contestar a su cantinela cuando se detenía delante de alguno de nosotros:

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

La mayoría de nosotros no sabíamos el significado de estas palabras ni nos preocupaba averiguarlo. Eran cosas de la religión, como el latín en la santa misa que no era necesario entenderlo para seguir la ceremonia murmurando cualquier cosa cuando las beatas rezaban, levantarte o sentarte cuando lo hacían ellas, que sí se sabían a la perfección las diferentes partes que componían aquel culto.

Mis pecados nunca me atormentaron mucho durante esa época, pues eran insignificantes. Desobedecer en más de una ocasión a los padres. Jugar al frontón en la pared trasera de la iglesia, algo que nos prohibían sin entender nosotros porque, pues no existía en todo el pueblo pared más grande y lisa que aquella.

También nos tenían prohibido tirarle piedras a la elevada torre por la que circulaban, a mucha altura los gruesos cables del tendido eléctrico. Piedras que le tirábamos para demostrar puntería y por gustarnos el sonido metálico que producían los impactos.

También era considerado pecado saltar el muro que cercaba la huerta del Cojo Leandro y comernos sus melocotones y ciruelas.

Él salía a veces, de su casucha y nos amenazaba con su cayado. Nosotros salíamos corriendo como gamos y, al llegar al muro nos ayudábamos los unos a los otros a subir hasta lo alto de él y saltar a la calle. Esto nos significaba tiempo y esfuerzo. De haber querido el Cojo Leandro, habría cazado a más de uno de nosotros, o dicho a nuestros padres el hurto realizado, para que nos castigasen, pues nos conocía a todos. Seguramente encontraba diversión observando nuestra acelerada fuga, quizás despertándole recuerdos de cuando él podía correr, antes de que una caída desde lo alto de su tractor lo desgraciase de por vida.

Había dos diversiones nuestras que no parecían ser pecado, pero disgustaban a los padres de todos nosotros. Coger nidos de pájaros porque una caída desde lo alto de un árbol podía desgraciarnos; y colarnos en el mercado cuando lo habían cerrado, para organizar competiciones de caza de moscas.

Encima del alargado banco de mármol donde el pescadero colocaba sus peces permanecían siempre millares de moscas. Nosotros por turnos, haciendo barrido por encima de una punta de la losa hasta el final, íbamos cerrando la mano con tantas de ellas como nos era posible retener. El campeón se llevaba de premio una canica de cada uno de los perdedores. Las canicas más preciadas eran las de Fermín, que su padre le conseguía de los cojinetes que cambiaba en su taller mecánico.

Estas competiciones nuestras nos las tenían prohibidas, porque según nuestros mayores, las moscas eran portadoras de enfermedades que podían transmitirnos. Enfermedades solíamos padecer las habituales: el sarampión, la rubeola, la varicela, etc.. Diarreas por comer fruta verde, las padecíamos con cierta frecuencia. Ni de las unas, ni de las otras culpábamos a las moscas.

De repente, la vida de muchos de los habitantes de nuestro pueblo sufrió un cambio, inesperado, radical, terrible, que terminó con la existencia tranquila y segura que hasta entonces habían vivido muchas familias, la mía entre ellas.

Este cambio desestabilizador, dramático, provino de la inesperada quiebra y cierre de la fábrica de conservas del señor Damián. Éste cerró su fábrica y como los acreedores, sindicatos, gobernantes y trabajadores no llegaban a un acuerdo, el asunto apuntaba a que iba a eternizarse, y que cuando se resolviese no devolvería los empleos a quienes los habían perdido. Los parados tuvieron que preocuparse por la apremiante actualidad y buscar colocarse en el único sitio que veían factible esa posibilidad: en las industrias de la capital.

Y allí marchó mi padre dejándonos pendientes de la esperanza de que él pudiese sacarnos de la miseria que nos amenazaba. Por suerte consiguió colocarse muy pronto en un taller de reparación de coches. Transcurridos varios meses, por lo eficiente y trabajador que era pasó a oficial y entonces, alquiló una pequeña vivienda y allí nos fuimos todos, dejando al abuelo profundamente entristecido, pero con la certeza de que con su huerta y sus animalitos él podría sobrevivir.

Y comenzamos una nueva vida añorante la anterior. Teniendo que acostumbrarnos a las aglomeraciones de gente, a cruzar calles sin que nos atropellasen los vehículos, a respirar aire contaminado y a soportar ruidos ensordecedores.

Cada vez más de tarde en tarde íbamos a ver al abuelo. Las horas que pasábamos con él eran dichosas para los cuatro. Él y yo siempre encontrábamos un rato para cobijarnos debajo del olivo milenario y charlar largo y tendido, recordando hechos pasados y contándole yo todo cuanto hacía en la gran ciudad. Me traía algunos dibujos míos, y mi abuelo Serafín los gozaba, y admiraba considerando que era geniales.

—Algún día serás un pintor famoso —me pronosticaba esperanzado e ilusionado.

—No me importa ser famoso, abuelo. He dibujado siempre porque me gusta mucho, como tú ya sabes. Ojalá volviese a ser todo como fue antes. Jamás volveré a ser tan feliz como era cuando los cuatro vivíamos aquí, abuelo.

Él se pasaba la callosa mano por los ojos húmedos y decía:

—La vida, a menudo, nos obliga a renunciar a la felicidad a cambio de sobrevivir, como ha sido vuestro caso.

Y nos dábamos un abrazo de esos tan intensos que parece puedes conseguir se junten los corazones de dos cuerpos diferentes.

El tiempo fue avanzando tan inexorable como acostumbra. Un día el abuelo nos dio la luctuosa noticia de que había muerto su gran amigo el molinero, el que convertía en dorado aceite las aceitunas de nuestro viejo olivo sobre cuyo tronco más de una vez lloré yo por la dicha perdida.

Y un fatídico día nuestros vecinos del pueblo, el matrimonio Muñoz, ancianos también, llamaron a mi padre para darle la dolorosa noticia de que el abuelo Serafín había caído muerto en su huerta. El corazón le había fallado. Ellos, con no poca dificultad lo habían llevado a su casa y nosotros debíamos acudir al pueblo a hacernos cargo de los tramites del entierro.

Mi padre lo organizó todo, y madre y yo fuimos al pueblo justo para acompañar al abuelo hasta el cementerio. Los tres lloramos sobre su ataúd y cuando los enterradores cerraron su nicho, sentí que una parte muy importante de mi ser quedaba allí dentro con él haciéndole compañía en su triste soledad.

Mi padre le vendió la casa y el terreno a un matrimonio inglés de mediana edad que, habiéndose jubilado, querían vivir en un sitio tranquilo.

La casa la echaron abajo y en su lugar levantaron un pequeño y moderno chalé. Yo nunca he tenido trato con ellos.

De tarde en tarde, la añoranza me lleva a coger mi coche, realizar un buen número de kilómetros y desde un altozano, donde lo puedo ver con absoluta claridad, observo el olivo milenario que tanto sabe sobre mi familia y sobre las familias que a lo largo de tantos siglos se han cobijado bajo su sombra y aprovechado de sus generosos frutos.

Este año se cayó una de sus ramas más gruesas y lloré por ella como si la considerase un miembro suyo irremediablemente perdido.

Algunas religiones les atribuyen alma a los árboles. Ese olivo que por un periodo muy corto de tiempo pudimos llamar nuestro, poseía alma pues cuando yo lo observaba desde la distancia, tenía la sensación de que sus ramas, moviéndose, me hablaban. Me hablaban con esa sentida ternura del viejo y fiel amigo que nunca se olvida de nosotros.

 

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