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040.- Arráncame la piel

María Ángeles Molina Godoy

 

El aceite chorreaba sobre aquella tostada de pan blanco, empapándola con un extraño dibujo abstracto, de aquel líquido verde.

El aroma de aquellos dos alimentos mezclados, hacía relamerse a la persona que observaba a Julia en aquellos momentos.

—¿Qué es? —preguntó Omar.

—¿Esto? —contestó ella levantando la aceitera de la que salía el líquido— Es aceite de oliva, ¿nunca lo has probado? Este es el jugo que sale de la aceituna que recogen cada día.

—No —contestó el muchacho— huele bien.

Julia le ofreció entonces la tostada para que la degustara.

La expresión del chico lo decía todo. Aquel exquisito sabor del aceite mezclado con pan, activó los sentidos de sus papilas gustativas, relamiéndose y saboreando aquella delicia. El pan crujía en su boca y la grasa del aceite se esparcía, suavizando su paladar con un característico amargor afrutado, que deleitaba los sentidos del joven.

El calor de aquel hogar, el sabor y el aroma que llenaban la estancia, la plácida imagen de Julia moviéndose por su cocina preparando el sofrito de tomate y pimiento en la sartén de hierro, bien cubierto de aceite, le aportaban un sosiego y una paz que le hacían sentirse en su propia casa.

La capacha para el día siguiente; una chaucha de tomates conservados en botes, con ajo, cebolla, huevo cocido y atún, aliñado todo con orégano, sal y aceite de oliva, dentro de la fiambrera. El lomo de orza cortado en trozos grandes, apañado con especias anteriormente y frito en abundante aceite, para conservarlo bañado en el mismo. El pisto que preparaba en el fuego y el pan recién horneado, componían un ritual, que él observaba embelesado sin quitar ojo a la aceitera, que se movía regando generosamente cada una de las comidas.

El descubrimiento de este producto natural que se criaba en la zona y de cómo todo lo relacionado con la cultura del lugar estaba ligado a él, le parecía muy curioso.

Omar llegó unos meses antes a España por el estrecho de Gibraltar, montado en una patera. Él como tantos otros, salieron de su país en busca de una vida mejor. En el duro trayecto que recorrieron hasta llegar a España, murieron algunos de los que le acompañaban. Fue un largo y penoso viaje sobre aquellas aguas azules y frías que el atlántico le ofrecieron, hasta juntarse con el mediterráneo.

Nunca olvidaría lo que sintió cuando al fin vieron las playas de Cádiz. Allí se quedaron sus llantos sobre las olas flotando, allí se acunaban sus sueños bajo la mirada de las gaviotas que sobrevolaban sobre sus cabezas. Y cuando en la arena de la playa sus pisadas se quedaron marcadas, no pudo evitar echar la vista atrás. Recordó su aldea de chozas con tejado cónico en el país Bassari o la región de Kédougou. Las extensas praderas salpicadas con baobabs, los chimpancés saltando en los árboles y meciéndose en sus ramas. Los bassari y los basik, las tribus más autóctonas de la zona, celebrando sus ceremonias y sus danzas de las máscaras, mientras los animales salvajes campaban a su alrededor libres como el viento. La imagen de mujeres cargando sobre sus cabezas todo tipo de productos, y entre todas ellas, una que volvía la cara para sonreírle y decirle adiós; su madre.

Salió de su país, Senegal, cargado de sueños, que intentando alcanzar su destino se tornaron en pesadillas. Pero el azar le permitió que una familia lo acogiera y le arreglara los documentos para obtener la nacionalidad española. Ahora se buscaba la vida en Jaén. El chico se movió por distintas provincias y pueblos buscando trabajo, hasta que encontró en Canena su destino.

La recolección de la aceituna había comenzado y los campos se llenaban de jornaleros que ayudaban a que este fruto tan codiciado, fuera recogido. El avance en la maquinaria había ganado terreno en los cultivos y recogidas tradicionales, y los tractores que cargaban la aceituna, las máquinas vibradoras que tiraban los frutos de los árboles y las sopladoras que la amontonaban en la tierra para recogerla más tarde, se mezclaban con la gente que los manejaba en sus distintas tareas. Tras las máquinas, los hombres y mujeres terminaban de derribar la aceituna con sus varas, en las ramas pequeñas o “pimpollos” para recoger el máximo de la cosecha y llevarlo más tarde a la almazara. Allí el prensado y la molturación, unidos a un exhaustivo proceso, sacaban del fruto aquel aceite virgen que resultaba ser manjar de Dioses para los paladares.

Los campos se llenaban de vida y de sonidos que volaban por el aire, como míticos gigantes que gritan para comunicarse.

El paisaje que la provincia presentaba era tan especial y distinto, que el chico se enamoró de esta tierra nada más llegar.

Los olivos milenarios se extendían como una inmensa alfombra verde, sobre la tierra veteada que acogía sus raíces. Las hileras formadas por los árboles perfectamente alineadas, se cruzaban en parcelas, dando atractivo a tan peculiar dibujo.

El olor de la aceituna caída del árbol, se mezclaba con los cogollos y el barro sobre los mantones. El cimbrear de sus ramas para que soltaran su fruto, resonaba por doquier en los extensos campos.

Julia era lo más parecido a una madre, que el chico encontró en su nuevo destino. La mujer le daba ropas de sus hijos que ya no le quedaban bien y techo en un anexo que tenía su vivienda dentro del pueblo. A la noche ya cansado, su pequeña chimenea humeaba para calentar la estancia donde vivía.

Un día llegó a la casa Marina, una chica joven sobrina de la mujer. Omar estaba asomado a su puerta y la vio. La muchacha destilaba frescura, y su pelo mechado sobre aquella piel blanca en la que resaltaban unos hermosos ojos negros, lo dejaron impresionado. Ella se acercó para darle las buenas noches amablemente. Tenía la mano envuelta en una venda, su falta de costumbre en el vareo hizo que le salieran unas ampollas, que a la noche cuando terminaba el trabajo intentaba aliviar.

—¿Qué te ha pasado en las manos? —le preguntó Marina.

Hablaba aún bastante mal el idioma, pero se defendía, y entre palabras y señas la chica lo entendió.

—Déjame echar un vistazo —le dijo.

Se descubrió la mano y ella lo examinó.

—Es normal —continuó diciendo la muchacha— los primeros días hasta que la piel se curte, suele pasar esto. Te traeré algo para que te alivie el dolor.

Eran demasiadas palabras juntas para que él las entendiera, pero solamente el gesto de preocupación por su estado, era gratificante.

No todo el mundo lo trató bien cuando llegó a España. Para algunos era un bicho raro como sus compañeros del mismo color de piel, un intruso más que venía a quitarles el trabajo, según ellos.

Pero debajo de aquella piel oscura, había un corazón que escondía carencias afectivas y sentimientos encontrados, en su intento por adaptarse a su nueva situación.

Aquel ungüento que ella le trajo al día siguiente, al que llamaba “agua lavada”, a base de una mezcla de aceite de oliva, agua, balsamina macerada y otras hierbas, consolaron y curaron aquellas ampollas en un breve espacio de tiempo. El roce de los dedos frotando su piel y el estímulo del cariño con que Marina lo trataba, le hicieron levitar sobre su silla.

Los días pasaban y Omar se sentía satisfecho. Ya le pagaron los primeros jornales y podía enviar dinero a su madre y hermanos, para ayudarles en su situación.

Aquella tierra se le estaba metiendo en la sangre y aunque añoraba a su gente y sus costumbres, aquel rincón de Andalucía comenzaba a ofrecerle unas nuevas ilusiones de futuro.

Pensaba que no le importaría pasar allí el resto de sus días. Aquella gente era amable, lo trataban bien y se preocupaban por su bienestar.

Pero había algo que lo diferenciaba de los demás; su oscura piel. Cada vez que veía a Marina el corazón le daba un vuelco. La joven levantaba en él sentimientos desconocidos y en sus largas noches en soledad, fantaseaba con poder llegar a tener una relación con ella y vivir tranquilamente en aquel lugar.

Luego con el día volvía la realidad. Solo era un inmigrante más, unas manos para trabajar, solo eso. ¿Cómo podía ser tan idiota para pensar que aquella hermosa joven podía enamorarse de él?

Y sus brazos musculosos, comenzaban a golpear las ramas de los olivos con todas sus fuerzas. Los recios y retorcidos troncones del árbol, lo arropaban en su desconsuelo y le parecían un hogar en mitad de aquellos campos hermosos y fértiles.

Mirando al cielo, los rayos de sol se filtraban entre sus ramas y los racimos de aceituna ya morada, casi negra, brillaba con el rocío de la mañana, sintiendo en su subconsciente que eran los ojos de la gente que dejó atrás asomando su emoción en la distancia. Quería ver en aquellos frutos también, las miradas de los campesinos que los plantaron en los días ancestrales que trascurrieron hasta alcanzar la magnitud y el poderío que hoy mostraban. Su imaginación le hacía fantasear con aquellos troncones, viendo en ellos las formas de una hermosa mujer, que seductora, curvaba su cuerpo para atraerlo. Entonces él llegaba y abrazaba aquella bella dama colmándola de caricias y de amor, en tanto las aceitunas caían al suelo, pletóricas, descargando el peso que torcía sus ramas para que ella lo pudiera rodear con sus brazos. Y de repente volvía a la realidad.

Los sonidos cobraban vida de nuevo, las voces resonaban entre los trabajadores del tajo y él con sus manos ya encallecidas, agarraba de nuevo su vara para descargar su desconsuelo sobre las ramas. Golpeando en su delirio, la impotencia de sentir que el destino está marcado por la cuna y el lugar donde naces.

Injusto, pero cierto. Una cruel realidad que marca a las personas en el transcurso de su vida.

Y al ver cómo aquel fruto tan hermoso, caía de las ramas sobre sus cabezas y los mantones que extendían al pie de los árboles, sentía que aquella lluvia de aceitunas, lo aliviaban.

Ahora se preparaba sus tostadas en la casa, freía los alimentos con el oro líquido que descubrió y regaba sus ensaladas con él. Ahora aquella tierra, aquellas personas, aquellas aceitunas aliñadas con sal y tomillo, y su aceite, se habían convertido en parte de su día a día. El olor de la leña de olivo que consumía la lumbre daba sabor a sus guisos, y al salir al campo cada mañana, el paisaje inigualable que lo rodeaba reconfortaba su alma.

En las heridas de su piel quería asomar un tono claro sobre sus cicatrices. “¿Tendríamos dos pieles todos los humanos?” —se preguntaba— “¡Qué absurdo eres Omar! ¿Cómo puedes pensar algo así? Si esto fuera cierto, todos buscarían esa otra piel para, como los camaleones, poder adaptarse al medio en el que viven. Pero las risas son iguales, las penas duelen de igual forma, el amor… el amor hace temblar todos los cuerpos y vibra el alma, cuando las pieles se funden y los ojos se cierran. Entonces los sentidos cobran vida, sin que nada más importe”

Aquel muchacho de ojos grandes se mecía en sus cavilaciones, tratando de encontrar respuesta a sus preguntas, para alcanzar la dicha en el destino que tanto ansiaba.

Una mañana Julia lo encontró sentado en el escalón de su puerta, frotándose con un estropajo de esparto el brazo, cómo si pretendiera desollárselo, y le preguntó:

—¿Qué haces Omar?

El chico la miró con ojos compasivos y le contestó:

—Arrancándome la piel.

 

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