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039.- La niña Carmen

M.Serleg

 

 

Mi madre decía que cuando nací me llamó Carmen por la Patrona de los marineros, pero aquí el único mar es de olivos y las redes no recogen peces, sino aceitunas, que no son todas lo mismo, ya que dicen que por lo menos hay más de 300 clases. Mi madre nació en el Cortijo de la Cuna, en Sierra Morena, entre olivares y jaras. También lo hizo mi abuela y, antes, mi bisabuela y, en esta saga de mujeres me tocó el turno a mí. A Carmen.

Mi pobre madre decía que el día que nací, el atardecer se cubrió por una tempestad que le recordó a esas mujeres que esperaban a sus maridos echados a la mar sin saber si volverían a verlos, y que tanta angustia pasó, que Carmen me llamó. Digo pobre madre, ya que, desde que nací y tengo uso de razón, siempre estaba enferma. Decían del corazón. Yo tenía ocho años por aquel entonces y cuando escuché por primera vez “enferma del corazón” de boca de mi padre dirigiéndose hacia mi tía materna, Rosa, salté como gato pisado y corriendo fui hasta la alcoba de mi madre en busca de su abrazo. La encontré, como siempre, tumbada en la cama con su cara pálida y sus ojeras marcadas. Sin fuerzas para cogerme, era yo la que me escurría entre sus sábanas ágilmente y en su regazo le hablé.

— Madre, ¿le puedo hacer una pregunta?

— Dime mi niña – su voz sonó lejana y más fuerte la agarré.

— Si papá, la tía y yo te queremos mucho, ¿por qué dicen que estás enferma de corazón? – lo dije con tanto genio que, mi madre abrazándome fuerte, comenzó a reír.

— Ay, mi niña, me alegra muchísimo escuchar cuánto me queréis. Sé que es así. Mi corazón está triste Carmen, pero no porque piense que no me queréis o porque yo no os quiera, al contario, os amo y, a ti, mi pequeña, te adoro.

— Escúchame, — dijo mi madre — pronto dejaré de estar aquí con vosotros, tengo que irme a descansar mi niña. Pero no quiero que llores. Quiero que me guardes en tu corazón, que rías, que juegues. Debes ayudar a tu padre, sólo os vais a tener el uno al otro. Quiero que poco a poco crezcas y te conviertas en una mujer fuerte – miré a mi madre sin entender bien qué me decía en ese momento.

— Madre seré una mujer fuerte, tanto como la tía Rosa ¿la has visto tirando de los fardos en la aceituna? Papá y el tío con sus varas golpean las ramas y ella siempre tiene los fardos listos debajo de los olivos y cuando acaban con un olivo tira del fardo lleno de aceitunas y lo pone en el siguiente olivo. A veces les ayudo a estirar madre.

— Eso está muy bien hija, tendrás que aprender mucho de ellos.

— ¿Seré buena aceitunera mamá? – le pregunté con inocente entusiasmo.

— Estoy segura de que serás la mejor y que como yo, entre olivares, encontrarás el amor – decía mi madre entre suspiros acariciándome la cabeza.

— Y, ¿cómo voy a saber que he encontrado el amor, madre?

— El amor, ay, el amor es como una aceituna en la rama de un olivo.

Ese mismo día, al atardecer, el cura vino de Andújar hasta el cortijo. Escuché que a darle la Extremaunción. Me dijeron que era para que madre se sintiera mejor, que estaba muy cansada. Sin embargo, esa misma noche madre murió y yo me quedé sin madre y sin saber qué relación podría haber entre el amor y una aceituna en un olivo.

Los meses fueron pasando y la vida en el Cortijo, sin madre, se hizo más dura aún. Mi padre se iba a trabajar y me dejaba en casa sola, prometiéndome que volvería al mediodía con el pan a comer conmigo, pero la mayoría de los días no venía. Me quedaba hasta tarde esperándole sin pan y sin saber qué comer. Un día mi tía Rosa vino del pueblo a visitarnos, y como tantos otros días me encontró sola en la casa. Vino con unas gallinas, dijo que eran para mí, que las tendría que cuidar y alimentar y así, a cambio, ellas me darían huevos para alimentarme yo. De esta forma, con nueve años aprendí a cuidar de las gallinas, recoger los huevos del día y cocinarlos. Desde el día de las gallinas, mi tía Rosa venía cada vez más a menudo a verme y me enseñaba las labores de la casa. Un día, se esperó en casa hasta que mi padre volvió de trabajar, era casi de noche y escuché cómo mi tía le decía que no vendría más a ayudarnos mientras siguiera llegando de la taberna a esas horas a casa y oliendo a vino. Mi tía cumplió su palabra y no volvió más. Mi padre seguía llegando tarde a casa.

Los años fueron pasando, uno tras otro, y cuando cumplí los 18 años entendí por fin porqué mi tía dejó de venir a vernos. Desde que madre murió, a padre le dio depresión, él sí que tenía el corazón triste, tanto para no dejarlo amar a su única hija por completo. Terminaba de trabajar y se pasaba el día en el bar llorando su pena y de paso, gastándose el dinero del jornal que ese día había ganado haciendo que cada vez fuéramos más pobres. En sus momentos de lucidez, estaba conmigo y me enseñaba a sembrar el huerto y las labores del olivar, las mejores épocas del año para cada hortaliza o vegetal, o cuándo había que quitar las pestugas o echar el abono. En la época de aceituna, entre noviembre y febrero, me enseñó a trabajar en la aceituna. Siempre iba con él y su cuadrilla, donde mi tía no volvió más, al principio medio jugando y con los años como una más de la cuadrilla. Poco a poco todo lo aprendía hasta que ya no necesitaba de nadie para llevar a cabo las labores en la casa o en la cocina, donde había aprendido a hacer numerosos guisos que siempre me sabían bien, con sabor a aceite de oliva. En la huerta, cada vez más grande, comencé a vender mis propios productos en el pueblo y con eso me ganaba un dinerillo. En otoño, antes de que comenzara la aceituna me iba al olivar con un cubo y lo llenaba de aceitunas para aliñarlas. Después de comer me colocaba el viejo delantal con manchas tozudas de aceitunas y con el cubo de lleno de estas me colocaba junto a la machacadera, que era un instrumento de madera que me ayudaba a machacar las aceitunas. Las machacadas las iba echando en otro cubo con agua. Ahí las dejaba, cambiándoles el agua todos los días, hasta que perdían el amargor y las aliñaba. Yo salía al campo en busca de los aliños, que básicamente consistían en hojas y ramitas de lentisco, tomillo e hinojo. Así fue pasando mi vida hasta que cumplí los 18 años, cuando todo volvió de nuevo a cambiar con la muerte de padre ese mismo año. Cirrosis certificó el médico. Murió en agosto, en pleno verano, en unos de los días más calurosos de mi vida. Con la muerte de padre, pensé que todo para mí había acabado. Sin un hombre no me querrían en la nueva campaña de aceituna y ese siempre había sido nuestro principal sustento.

La misma noche del entierro de padre, la tía Rosa volvió al cortijo. A suplicarme perdón decía. Sin embargo, por la forma en que entrecruzaba sus manos sabía que venía a algo más.

— Carmen estoy preocupada por ti. ¿Has visto hoy al dueño de las tierras en las que vives? A Don Francisco, vi cómo te daba el pésame.

— Sí tía, dijo que en unos días vendría al cortijo. Necesita que hablemos, me dijo.

— Ay Carmen, ¿qué vas a hacer ahora? Ni niña ni mujer, sola en este cortijo, sin un hombre… ¿quién se hará cargo de las tierras, del olivar? Me temo que Don Francisco te va a pedir que abandones el lugar Carmen. Sabes que me tienes, ¿verdad? Puedes venir conmigo a mi casa.

¿Irme del cortijo? Del que había sido mi hogar y el de mi familia durante generaciones, donde había crecido y me había hecho mujer. El cortijo de la Cuna, junto a la Sierra de Andújar, donde había aprendido a trabajar los olivos desde que tengo memoria.

— No tía, gracias, pero yo ya tengo casa.

Con dos besos en la mejilla y un cuídate mucho, mi tía abandonaba el cortijo. El día había sido tan duro y estaba tan preocupada que sin cenar subí a mi cama. Abrí las grandes ventanas de madera y en el horizonte una gran luna me saludaba en el alto cielo. Luna llena. Mi madre me solía contar historias relacionadas con la luna llena, historias de las gentes de esta tierra y que yo le hacía repetirlas una y otra vez. Historias de enamorados que se amaban bajo los ojos de esta, también de amantes fugitivos; historias de suicidios, madre decía que la luna llena le hablaba a la mente de las personas y les hacían cometer locuras, como a la mujer del manijero del cortijo de las Prensas, que se tiró a un pozo, decía que porque su marido la engañó; y también historias de cambios, cambios vitales decía, aunque yo no la entendía.

Tres días de duelo me dio Don Francisco. Lo supe cuando vi levantarse polvo arenoso en el horizonte. Me apoyé la hachuela al hombro, más tarde seguiría desvaretando los olivos, y salí al camino a esperarlo llegar. Don Francisco conducía un Land Rover Santana color beige, que es el color que todos los Land Rover tienen aquí. Frenó a mi encuentro.

— Buenos días Carmen, suba – dijo abriéndome la puerta del vehículo – la llevo hasta el cortijo. Así llegamos a la vez y se ahorra la caminata.

Obedeciendo y sin mediar palabra alguna durante el corto trayecto hasta llegar al cortijo, bajé del Land Rover y le invité a pasar dentro.

— ¿Le apetece un poco de agua, Don Francisco? — le pregunté ofreciéndole el botijo de barro.

— Gracias Carmen. Dígame, ¿Cómo se encuentra? – dijo el tras secarse la boca con la manga.

— Bien, ando preocupada por el calor, aunque tenemos buena cosecha este año Don Francisco. Las ramas de los olivos están llenas de aceitunas. Ayer abrí una de las aceitunas y ya está creciendo el hueso, por lo que también se está formando el aceite. Espero que el sol no les haga daño y que la mosca no venga fuerte.

No sabría describir exactamente la forma en la me miraba Don Francisco. Pareciera que no entendiera lo que acababa de decirle.

— No era a eso a lo que me refería con mi pregunta, pero buena apreciación Carmen – quedó unos segundos en silencio y comenzó a mirar alrededor de la estancia – Precisamente de eso quería hablar contigo, ¿nos sentamos?

Sentí los nervios en el estómago mientras atendí a su petición.

— Eres joven y bonita, toda la vida por delante. Seguramente más de un buen mozo esperando a que yo salga de este cortijo para venir a rondarla. Su tía Rosa me comentó que se iría con ella a vivir al pueblo, ¿es eso cierto?

— Soy más que joven y bonita, Don Francisco. Tengo estas dos manos que me ayudan a trabajar, y créame que lo hago bien duro cada día. No conozco a mozo alguno ni me interesa hacerlo y en cuanto a lo de mi tía, eso que le ha dicho es falso.

— ¿Falso?, ¿por qué me iba a engañar? Mira chiquilla, mírame, ya estoy viejo – dijo pasándose las manos por su canoso pelo – mis hijos no quieren saber nada de la finca, tu padre ha muerto y en su lugar queda una niña… De la finca tendrá que encargarse otra familia Carmen. Sé que tu familia lleva muchas generaciones aquí y me apena que esto acabe aquí, pero…

— Pero no acabará Don Francisco. Yo soy una mujer, no una niña y con su permiso, quiero proponerle llevar yo la finca – le dije serena y con contundencia sin dejar de mirarle a los ojos.

— ¿Tú? ¿cómo vas a hacerlo tu sola? — dijo con sarcasmo a la vez que con toda su atención puesta en mí.

— He crecido en este olivar Don Francisco. Como se dice en el pueblo, lo he mamado desde chica y sé lo que hay que hacer. Irme con mi tía no es una opción y no tengo otro sitio a donde ir. Le pido una oportunidad para demostrarle que puedo hacerlo por mí misma. Conozco bien a la gente del pueblo y tengo la cuadrilla de padre de muchos años. Además, mi padre me enseñó las labores, el cómo y el cuándo. Confíe en mí, por favor.

Silencio. Segundos que se transformaron en siglos.

— Cualquiera que me escuchara en este momento, a la vez que viejo me llamaría loco. Demuéstrame eso que dices niña. Tienes un año Carmen. Que tengas un buen día.

Y con esas palabras Don Francisco salió del cortijo. Sorprendida, aún no me había podido levantar de la silla cuando escuche abrirse la puerta del Land Rover, segundos después cerrarse y arrancar con prisa. Don Francisco se iba dejándome en las manos la oportunidad de mi vida.

Pronto se corrió por el pueblo que el hombre que más olivos tenía en el margen derecho del alto Guadalquivir había perdido la cabeza a la vez que resonaba en boca de todos el nombre de la nueva manijera, la niña Carmen.

Los meses fueron pasando uno tras otro, las familias se iban preparando para la nueva temporada de aceituna y el día de los Santos, a escasas semanas de empezar la nueva cosecha, a la salida del cementerio me encontré con la tía Rosa. Fuertemente nos abrazamos.

— Carmen, ¿has hablado con tu cuadrilla? Los hombres no quieren trabajar para ti. Piensan que una mujer y encima siendo una chiquilla no puede ni debe llevar sola una finca tan grande.

— ¿Eso dicen los hombres? Con los años que llevamos juntos… ¿Tú que piensas tía? – dije apesadumbrada.

— Yo creo que no llevan razón.

— Pues ayúdame, este año vuelves a la cuadrilla. Si los hombres no quieren trabajar, busquemos mujeres.

No fue tarea fácil reunir a cinco mujeres que supieran varear, conducir y con la destreza necesaria para arreglar los aperos que seguro se romperían, pero, sobre todo, que quisieran trabajar conmigo en la finca. Con la ayuda de mi tía, pudimos convencer a las tres hijas solteras del cortijo las Prensas, la viuda de Ramón, el guarnicionero del pueblo, que tras su muerte dejó cientos de deudas obligando a su mujer a cerrar el negocio; y Dolores, gitana de nacimiento y siempre en busca de jornal. Junto a mi tía y a mí, éramos siete mujeres dispuestas a trabajar y cambiar nuestras vidas. Para Santa Cecilia, las hijas solteras del cortijo las Prensas ya vareaban los olivos, mi tía y yo movíamos los fardos de un olivo a otro y cuando estaban bastante llenos de aceitunas, entre todas los vaciábamos a la pala del tractor. La viuda del guarnicionero iba cogiendo las aceitunas salteadas a la vez que arreglaba cualquier rotura en los fardos o avería del tractor, pues había ayudado durante años a su marido y había aprendido bien. Dolores la gitana, que sabía conducir el tractor, aunque en su vida recibió ninguna clase, cuando cargaba la pala con aceituna iba hasta el remolque y allí la vaciaba. Una vez terminado el jornal, Dolores iba hasta la almazara de Don Francisco, en Andújar, y allí la descargaba. Sesenta días de duro trabajo marcaron el final de la cosecha. Yo volví a quedarme sola en el cortijo y Don Francisco no apareció en todo ese tiempo ni tampoco su dinero por los jornales realizados.

Con la llegada de la primavera, salía al campo a pasear en busca de espárragos. Un día, tras cortar uno en una esparraguera situada a los pies del olivo, levanté la cabeza y el campo había florecido. Amapolas junto a mostazas blancas y caléndulas me saludaban llenando la finca de color y vida. Pronto el pastor del pueblo comenzó a traer sus ovejas a la finca donde se alimentaban y de paso abonaban el olivar. Sin darme apenas cuenta, de nuevo llegó el verano. Lavaba la ropa en la pila cuando lo oí llegar.

— Aquí tienes Carmen – me dijo extendiéndome un sobre color camel mientras me secaba las manos en el delantal.

— Buenos días Don Francisco, ¿qué es esto? – comencé a abrir el sobre con manos temblorosas.

— Eso es tuyo Carmen, lo que os corresponde tanto a ti como a esas muchachas que trajiste del pueblo. Sé que vine tarde, pero quería ver qué eras capaz de hacer en el tiempo que te di y después de un año aquí estoy, sorprendido y agradecido. Gracias Carmen. Sólo me queda por aclarar una cosa más contigo.

— Dígame, Don Francisco – dije agitada.

— ¿Querrías quedarte en este cortijo otro año más?

Le apreté fuerte la mano a Don Francisco y salí corriendo hacía los olivos, donde me adentré, salté y tiré al suelo de alegría. Sí, lo había conseguido. Desde el suelo miré hacia arriba, el sol me daba en la cara y me cubrí los ojos con la mano. Entre los dedos pude distinguir la rama de uno de los olivos con algunas aceitunas pequeñitas y entonces lo entendí. Mi madre tenía razón. Había encontrado el amor.

 

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