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037.- El juicio

Mary Cruz

 

—Sí Señor Juez, reconozco que me equivoqué, mi conducta en parte no fue apropiada, pero lo hice por una justa causa, en su momento fui presa de las circunstancias, de la emoción, del entusiasmo, no logré controlarme, y lo peor, todo fue planeado, no dejamos nada a la improvisación, si tan sólo alguien me hubiese explicado las consecuencias, habría hecho las cosas de manera diferente, de momento lo vi como algo productivo, que más que perjuicios podría causar grandes beneficios, tanto tiempo trabajando en ello, realmente estaba en mora de finalizar este trabajo, que más que nada fue una promesa por cumplir, de ningún modo actuaría de mala fe.

Siendo así, me siento completamente responsable, juro que actué pensando en que no estaría del todo mal apoderarme de eso tan valioso pero tantas veces desechado, olvidado, subvalorado; no creí que causaría tal impacto hasta cuando me percaté que en aquella esquina alguien se encontraba observándome: al salir de la imprenta noté esa mirada inquisidora, me pareció familiar su rostro, pero la serenidad que me caracteriza no me permitió sospechar que algo así se veía venir. ¿Un juicio?, ni por mi mente se me pasó que estaría cometiendo algún ilícito y menos de las connotaciones de éste que me están endilgando, no le di importancia a eso, sin embargo, aquí estoy cumpliendo el llamado y ahora mismo le explicaré: Todo se remonta a aquella mañana de invierno cuando lo más interesante por hacer es quedarse por horas frente a la ventana viendo como cae la lluvia y cómo alguno que otro transeúnte desprevenido es empapado por algún chistoso conductor. Es la época en que todo parece ser tranquilo pero la imaginación y las ganas de crear comienzan a despertar inquietudes y sembrar deseos de materializar todo lo concebido por la fantasía, como cuando la mente poderosa de un infante se inicia en las lides del arte, no tiene límites, ni mucho menos freno.

Allí estaba yo, en mi labor de todos los días, como ayudante de cocina, bajo el olor hipnótico de aquel aderezo, el vapor de las ollas rebosantes de ingredientes y aquella mirada graciosa y pícara, la mirada de un profesional, de un experto que sabe perfectamente lo que hace, año tras año, afinando su arte, daba gusto verlo trabajar, de aquellos que respiran pasión por lo que hacen, qué bueno que eso es contagioso y yo como siempre, con mis cinco sentidos bien alerta, lista para lo nuevo, para lo exquisito, aprendí rápidamente, el ingenio y la creatividad definitivamente eran lo mío.

Señor juez y señores del jurado, cometí el gran pecado de atrapar cada una de las integrantes del alfabeto, me tomé la atribución de juntarlas en una magnífica concordancia que lograra la armonía perfecta y aferrar al lector, así como yo me quedé impregnada para siempre de ese pasmoso ingrediente; fusioné cada una de aquellas ideas que desde mi época de niña eran masivas, pululaban como un hervidero de abejas construyendo su panal, pero las mismas que para el común de la gente, se hacen cada vez más escasas, tuve el coraje de demostrar que el poder de la mente puede sobre todo lo demás, que solamente se requiere un poco de visión para notar como el universo conspira a favor de la inventiva.

Mi pregunta es: ¿Acaso los grandes pensadores o intelectuales, tuvieron que pasar por un juicio parecido? ¿Fueron señalados por pretender mostrar su brillantez? ¿Tuvieron que justificar y defender con uñas y dientes el don que la naturaleza les dio y ellos pulieron, moldearon a su gusto y con el pasar de los días los convirtió en dignos representantes de la humanidad?

Dejo a consideración entonces si la versión del señor que me denuncia es totalmente válida y me hace culpable de los cargos que se me imputan, menciona que fue timado, ultrajado, que se siente ofendido porque su más preciado tesoro fue puesto en riesgo por mi descaro al disponer de lo ajeno, por advertir lo que una mente inquieta es capaz de maquinar.

 

—Mire señorita, la verdad no sabemos a ciencia cierta qué motivó esta denuncia, a mi despacho llegó una queja en la que mencionan que usted debe ser juzgada por el delito de fraude, debo imponerle una pena ejemplar pues lo que hizo no tiene ninguna justificación, su comportamiento es totalmente reprochable, no se puede ir por ahí tomando cuanta idea se le ocurra, transformándola y lo peor haciéndose la más popular, a costa del trabajo de los demás, estoy de acuerdo con el jurado que debe pagar por lo que hizo y enmendar su falta.

 

—Señor juez estoy dispuesta a pagar por lo que ustedes consideran una falta grave, reconozco entonces mi equivocación, como les comenté anteriormente, tomé desde que era niña la decisión consciente de escribir y plasmar en cualquier documento mi sentir, expresar sentimientos y emociones, robé estilos, frases, maneras de decir las cosas, tomé como modelo a aquellos que han podido a través de las letras hacerse inmortales, sí, es verdad, me apropié de su glosario, de todas las palabras para adornar mi escrito, si eso me hace culpable, entonces que caiga todo el peso de la ley, me siento responsable de arrebatar esas memorias, de haberme sumergido en el mar de la escritura, en el horizonte del arte, son ustedes quienes tienen el poder de pronunciarse por lo que hice, pero nadie me ha preguntado el por qué, nadie se ha interesado por conocer las razones que tuve para usurpar todos esos archivos y anotaciones, ni me han explicado quién es aquel personaje que tuvo la osadía de denunciarme sin escuchar mi versión de los hechos, nadie hasta el momento se había atrevido a plasmar en tan espléndido ejemplar todas estas composiciones.

Pido entonces que mi demandante, se haga presente y exponga sus fundamentos, creo saber quién es, porque en aquella esquina su atuendo lo delató y solamente alguien con sus características podría estar interesado en denunciarme por tomar aquellas innumerables fuentes de conocimiento y de saber, pero como les dije anteriormente, no le presté atención, noté sí su parecido con mi maestro, algo sorprendente, llegué a pensar que era él, sólo que ya no está con nosotros desde hace mucho tiempo, cuando por la crisis económica se vio en la penosa necesidad de cerrar el restaurante, por ello descarté la posibilidad y no di crédito a aquellas apariciones fantasmales propias de una novela de suspenso, consideré que podría ser alguien interesado en imitarlo, pero mi intención de citarlo aquí es conocer de viva voz el principal argumento por el que mi acto de supuesta inconsciencia lo llevó a radicar la presente acusación.

Cómo me gustaría que mi tutor estuviese aquí para que les explicara el por qué escribir se convierte en una gran terapia, casi igual a la de mezclar ingredientes y aromatizar preparaciones culinarias, las dos son estrategias para sobrevivir y traspasar el espíritu y el alma; no tuve más noticias de él, no sé si aún esté con vida, fue bastante lamentable el tener que despedirnos pero no tuvimos otra salida, no apelamos a otras opciones, se cerró el restaurante y con él todo nuestro empeño, lo planificado se derrumbó cual castillo de naipes, se esfumó como el vapor que emanaba de cada preparación.

 

—Dígame entonces señorita a quién se refiere cuando dice “mi maestro”, ¿quiere decir que él también es culpable o acaso cómplice?

 

—Señor juez “mi maestro” es el de todos y a la vez el de nadie, me refiero al Chef Rafael.

 

—No puede ser, está bromeando, le exijo respeto, para conmigo y los asistentes, cómo se atreve a involucrarlo en esto, me parece muy atrevido de su parte, efectivamente el Chef Rafael desapareció hace varios años, por qué dice eso de una persona tan honorable, no debería implicarlo de esta manera; mejor demos paso al demandante y procederemos a hacer lectura de la querella que la tiene en este momento frente a nosotros:

 

—Señor juez hago la denuncia formal del robo al que fui objeto, creo que me han quitado lo más preciado, me han ultrajado y me han ocasionado una gran decepción, he perdido la gran herencia de mi padre, todo lo que tenía, todo lo que me dejó, ya no podré cocinar como él, ha resultado alguien que aunque dice que fue su aprendiz, dudo mucho que haya sido así, mientras él estuvo al frente del restaurante fue muy celoso y hermético con sus recetas, no sé cómo logró obtener toda esa información, por ello me siento indignado y me vi en la obligación de denunciar este hecho, todo lo que aparece en ese recetario, debía mantenerse en secreto, es bastante extraño, es muy posible que haya sido víctima de algún chantaje y por eso lo hizo.

 

—Bien, Señor juez, yo fui su asistente por muchos años y le aprendí demasiado, no podía dejar pasar desapercibido su arte de mezclar el aceite de oliva en todas sus grandiosas preparaciones, un día le dije: ¿Por qué no regalarle a la humanidad el secreto de la felicidad escribiendo las recetas para que todos nos deleitemos con esas finas preparaciones y con su toque exquisito? Él con lágrimas en los ojos me dijo: “Toda la vida he querido hacerlo, sé que no debo ser tan egoísta, pero mi gran secreto es que soy analfabeto y no he encontrado a alguien totalmente confiable para que lo haga por mí”. El gran Chef Rafael al que todos admirábamos, al que le sobraba publicidad le faltaba algo tan sencillo como hacerse amigo de las letras y la capacidad para juntarlas, darles sentido y poner a disposición del universo entero su toque secreto. Entonces, Señor Juez ese fue mi error, querer plasmar en un recetario la magia del aceite de oliva y componer con cada palabra la virtud de quien engrandeció el uso de esta maravilla de la naturaleza, eso sí, sin dejar de darle todos los créditos a él, lo dicen las notas al pie de página.

Lo que nadie sabe es que esta tarea la habíamos comenzado en simultánea, él se encargaba de sus comensales y yo de sus recetas, así fuimos a lo largo de tres años, recopilando cada una de sus obras maestras, en todas absolutamente todas estaba incluido el aceite de oliva, era la clave de su éxito y cada vez que lo mencionaba, le brillaban los ojos y se sentía el hombre más importante del mundo. A mí me fluían las palabras y se me entumecían los dedos de tanto escribir, él se llenaba de orgullo, desbordaba en júbilo al ver cómo yo iba retratando paso a paso, su historia culinaria, presumía del gran equipo que conformamos, nos hicimos la fórmula ideal para este fin.

Así es que a todos los presentes les dejo claro que aprender a cocinar no es para nada difícil como tampoco lo es escribir, lo difícil es encontrar a una persona que pueda jugar con las letras y las palabras y construir el recetario que lleva tatuado el corazón y la valentía de un maravilloso Chef, el más famoso del mundo, pero que nunca aprendió a leer, ni a escribir: su arte era cocinar, y gracias al aceite de oliva pudo crear su sello personal y dejar su legado en este ejemplar que me han decomisado y ahora lo llaman la prueba reina.

Acepto los cargos y cualquier escarmiento porque ya de hecho estoy condenada a terminar mis días al servicio de la gramática, si es que han de privarme de la libertad acato tal decisión, no con esto podrán despojarme del deseo de escribir porque entre líneas he vivido y entre líneas moriré y donde quiera que esté mi gran maestro, sé que se siente pleno porque saqué a la luz su impenetrable mundo, no el que lo hizo famoso por su sazón, sino el que ocultó hasta el fin de sus días: cocinaba como los dioses, se debatía entre trastes, ingredientes e invitados, pero lo más importante para sus grandiosas creaciones era ese bálsamo, esa esencia cuyo aroma nos envolvía y casi nos hipnotizaba en las cuatro paredes donde todos los días nos dábamos cita, en el santuario de la aceituna, la cocina del gran restaurante Excelso.

Todo lo anterior estaba muy bien, funcionaba a la perfección, pero le hacía falta un escudero que dejara como legado su compendio de sabiduría, ya que la vida nunca le mostró lo fascinante que resulta encajar de manera sincrónica, eso que llaman letras, le privaron del placer de verlas bailar y contonearse en un texto convertido en monumento; entonces los comensales que se deleitaban con sus platos ahora lo harán con sus recetas, culpable sí soy, por pretender estimular los sentidos e ir más allá de lo que perciben las papilas gustativas, y en este preciso momento en que me reencuentro con la inspiración a flor de piel, escribo este relato antes de ser dictada mi sentencia.

 

—Pues señorita – dijo uno de los jurados -, ahora que lo menciona, todos coincidimos en que deben primar las buenas intenciones y de no ser por su brillante idea pues nos estaríamos perdiendo la oportunidad de deleitar aquellos deliciosos platos, que vivan las letras y que viva en usted el deseo de escribir, tal como es su voluntad, hasta el final de sus días, la declaramos inocente judicialmente hablando, pero moralmente culpable de hacernos víctimas de su propio invento, desde que salió a la venta este espectacular compendio, no hemos podido dejar de agregarle a nuestros platos el ingrediente que los inmortalizó a los dos, a él por sus preparaciones y a usted por sus escritos: El aceite de oliva.

 

En ese momento todos se pusieron de pie, sus rostros reflejaban asombro, acababa de ingresar a la sala nada más y nada menos que el mismísimo Chef Rafael, su silla de ruedas la empujaba una hermosa joven de aproximadamente veinte años. Todos, incluido el juez se dispusieron a escuchar a este gran personaje que con voz entrecortada y frágil dio su versión de los hechos:

– Todo, absolutamente todo, ha sido una absurda equivocación de mi hijo al querer suplirse y valerse de mis recetas para enriquecerse y ganar fama y prestigio, este ejemplar que traigo conmigo, es mi boleto de entrada a mi merecido descanso, a mi descanso eterno, ya podré morir en paz sabiendo que esta fascinante dama, hoy acusada injustamente por un inconsecuente ambicioso, fue la única digna de mi confianza y admiración. Culpable soy yo por no sobreponerme a eso tan terrible que significó acabar con mi sueño de toda la vida, cerrar el restaurante fue para mí el inicio de una vida triste y sin sentido, que vine a recobrar cuando vi materializado nuestro sueño en esta obra, ahora de todos; no tuve la valentía de volver a ver a quien me acompañó por varios años y no sólo endulzó mi vivir sino que me inyectó dinamismo, energía y vitalidad, quise esconderme en mi propia melancolía y no dejar que personas tan extraordinarias me vieran caer. Incurrí en el peor error de mi vida al alejarme, pero aquí estoy presente para hacerles saber que esta persona a la que acusan es culpable, pero por enseñarme a soñar y perseverar en lo que se quiere, es una brillante escultora de palabras a quien expreso excusas en nombre de todos los que se valdrán de mis recetas para conquistar paladares, seducir los sentidos y cautivar con innovadoras e increíbles creaciones gastronómicas; solicito que sea exaltado su gran talento, un don como este no debe ser coartado, por el contrario, nuestro cometido siempre fue estimular y alentar a todo aquel apasionado con tan sublime ocupación, y les prometo que en el tiempo que me queda de vida, así lo continuaré promulgando. Pido que se levante esta sesión y la acusada sea declarada inocente.


En realidad, señores y señoras, sé que han pasado varios años y ahora que lanzo mi segundo recetario basado en el aceite de oliva como su gran protagonista, no podía dejar pasar inadvertida esta historia que fue el comienzo de mi incursión en el mundo de los restaurantes, hoy, con mi tercer local funcionando, puedo asegurarles que el éxito exige que ante las adversidades, la gallardía y la osadía se conviertan en la única alternativa válida para ver todos los sueños hechos realidad, lo demás se cultiva, mejora y perfecciona, en mi caso, por ejemplo, fue imprescindible la fuerte influencia de las enseñanzas del maestro de maestros, el Chef Rafael quien murió siendo el más famoso del mundo y nadie desde ese juicio pudo olvidar el gesto en su rostro cuando el juez dijo sin más: “Este caso queda cerrado…”

 

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