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033.- La flor del aceite

Larsen Green

 

—Solano, ¿cómo sabe que llegó a esa hora? Usted no estaba aún en el patio, según me dijo Demetrio. —La mano izquierda empezó a tamborilear sobre la carpeta de cuero que había dejado, al inicio de la charla, alineada con el borde de la mesa.

—Yo no estaba en el patio, estaba aún en esta oficina. Ella vino muy temprano, incluso para buscar trabajo; aunque estemos en campaña, si viene alguien preguntando nunca es antes de las doce; sin embargo, esta mañana a eso…

—¡Coño!¡Responda a la pregunta! —Con la palma abierta golpeó violentamente, una sola vez, la mesa; de un lateral de la carpeta asomó la esquina de una fotografía—. ¿Cómo sabe que llegó a esa hora?

—Mire… Alonso, es su nombre, ¿no? Entiendo que usted es el inspector y yo… no sé, ¿un sospechoso? Le cuento lo que sé, o lo que creo que sé, soy un viejo parlanchín, escúcheme, tal vez así usted saque alguna conclusión. Tiene mala cara, ¿quiere un café?

—No, gracias, estoy bien. Perdone por lo de antes, a veces me traiciona el subconsciente, pero responda cuando le pregunte, últimamente vivo en un entresueño constante. Además, Solano, este caso es muy extraño, como si ella se hubiera volatilizado… Prosiga. —El inspector sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su camisa arrugada, con un giro imperativo de la muñeca hizo aparecer unos cuantos pitillos, atrapó uno con la comisura izquierda.

—Gracias. Si me da fuego… Sí, lo comprendo, yo también estoy en un duermevela perpetuo. Como decía, ella vino muy temprano incluso para buscar trabajo; aunque estemos en campaña, si viene alguien preguntando nunca es antes de las doce; sin embargo, esta mañana a eso de las ocho apareció por aquí. Estaba a la entrada de la fábrica, una señora con vestido negro y cabello blanco recogido en una coleta envuelta en una atmósfera lechosa, plantada junto a nuestro cartel ‘Almazara La Cueva’. Aunque tengamos el arroyo cerca, no es usual que la niebla venga, y si la hay se levanta pronto y nos abandona de forma repentina, pero hoy tenemos una londinense que no quiere irse, nos oculta el sol, como si estuviéramos en una gruta. Después del saludo le preguntó a Demetrio si había algún trabajo para ella, él le contestó que no; lógico, primero, por ser una desconocida, aunque algún forastero bueno hemos tenido; y, segundo, por la edad: aparentaba unos setenta, u ochenta. Como , dirá usted, y no puedo negarlo, además, mujeres del pueblo de mi edad y fuertes han pasado por aquí; esta almazara, al fin y al cabo, es de todos, y si se puede echar una mano a alguien, se le echa…

»Aunque Demetrio le dijo que no, ella dio unos pasos, cruzada en bandolera llevaba su cámara, la que usted encontró, y pidió dar una vuelta por la fábrica para ver si podía ofrecernos un trabajo. Petición rara, ¿no le parece? Yo, que había salido de la oficina al oírles hablar, me acerqué a la puerta. Le pregunté si había estado alguna vez en una almazara, orujera o encurtido de aceitunas. Ella dijo que no. Me sorprendió, la verdad, nadie busca trabajo en una almazara sin conocer la faena, como si ella tuviera unas habilidades que la capacitaran para regalar su saber en cualquier fábrica, más aún, en este siglo XXI tan tecnológico. Por hacer más rica la anécdota que contaría esta noche en el bar, quise saber si tenía alguna relación con el mundo del aceite. Ella volvió a negar. Y ya ve, por poder decir que negó tres veces al sector oleícola, le pregunté si, al menos, le apasionaban las aceitunas. Efectivamente, reiteró la negación. No me lo tome a mal, uno es solo un viejo estúpido. Me miró, no diría orgullosa, tampoco desafiante… En ese momento, no me pregunte por qué, será porque me sobraba tiempo, o porque ya me había alcanzado la vergüenza por mi actitud, le dije que le enseñaría la almazara, no sé si usted conoce cómo se obtiene el aceite.

—Sí, aunque me vea trajeado, algo sé, de hecho…

—Ganó su primer sueldo en una cuadrilla.

—Sí, lo adivinó —reconoció el inspector, acomodándose en la silla.

—Claro, normal en esta provincia. Antes de mostrarle la almazara, le pregunté si quería cambiarse de calzado, para que no se manchase sus alpargatas de esparto; rehusó, pero sí aceptó mi viejo bastón de nogal. En el mismo patio le expliqué tranquilamente, aunque luego me di cuenta que era innecesaria toda explicación, cuál era el funcionamiento de la fábrica; la verdad es que tengo don de palabra, será por ser un lector voraz, o por ser un cinéfilo. Resumiendo, le expuse que en nuestra almazara, como en todas, entran las aceitunas y, tras una serie de fases que adorné en exceso, se obtiene el aceite de oliva. ¿Sabe lo que me dijo?

—No, ni idea y, sinceramente, no estoy para adivinanzas. —El inspector entrecerró los ojos y dio una calada profunda al cigarro cogido con el pulgar y el índice, exhaló el humo por una de sus comisuras.

—Se apoyó en el bastón firmemente, me miró como si evaluase si merecía la pena que yo escuchara lo que me tenía que decir y se sacudió la falda morada procesión.

Montesinos, yo siempre he sentido la almazara como un ser vivo, uno maravilloso, mitológico, más me lo parece hoy con esta bruma que desdibuja su boca de cintas transportadoras y sus mofletes de tolvas verdes. Los esforzados olivareros lo miman y lo alimentan con la deliciosa cosecha de aceitunas y la almazara, un ser sabio, transforma las hojas y ramillas en sabroso alimento para los animales, las piedras de la limpia en útil relleno para los caminos, el hueso de aceituna en apetecible biocombustible, el agua de lavado en necesaria fuente para el campo y la pulpa, la ambrosía de la aceituna, en aceite de oliva para disfrute de las personas. De hecho, usted podría presentar a este ser mitológico, tal vez exagerando un poco, como sostén de los cuatro elementos de la naturaleza.

—Alonso, yo en ningún momento le había dicho mi nombre, en verdad, ni mi apellido, Solano; si no nos habíamos presentado, menos le iba a decir mi apodo. Mis antepasados siempre vivieron en las cuevas encaladas que están en la falda de la ermita, ya no, claro, la generación de mi abuelo fue la última, pero el apodo perdura, al patriarca de la familia siempre se le ha llamado Montesinos. ¿Cómo lo podría saber ella?, únicamente los muy allegados me llaman así, para el resto del pueblo soy Solano. Además, cuando escuché lo del ser mitológico, los cuatro elementos… guardé silencio, desvalido. En ese momento supe que ella también tendría una anécdota que contar, que las tres negaciones que me regaló eran tres risotadas que tuvo la buena educación de no airear. Ese razonamiento nace de unos sentimientos alimentados desde la propia raíz del olivo. Derrotado, le ofrecí mi brazo, se asió a él y me entregó mi viejo bastón como si presintiera que necesitaba un amigo; en esa proximidad aprecié en el vestido unos lunares discretos, blanquecinos, y degusté un ligero aroma a tomate. Después, nos dirigimos, guiados por ella, hacia el olivo centenario del patio.

Montesinos, antiguamente los olivos también vivían en esta tierra donde se asienta la almazara. Cierto que no era tan plana como ahora, sino una ladera juguetona que se extendía hasta descansar en el río que, por aquella época, tenía un puente de piedra con un blasón en el centro del ojo. Veníamos por esta zona a almorzar, cruzábamos el puente, subíamos la suave pendiente y nos acomodábamos cerca de un venero que había por aquí. Después de la comida, los mayores dormitaban a la sombra de un buen olivo y los niños jugábamos. En primavera, seleccionábamos las ramas tiernas más floridas y nos hacíamos unas tiaras verdes y blancas muy hermosas. Y justo cuando los adultos decían de irnos, para alargar algo más la estancia, yo corría como loca, con mi faldita persiguiéndome, el pelo negro bailando y a carcajadas iba de un olivo a otro en zigzag.

—La contemplé con compasión, estaba totalmente desorientada, nuestra almazara está aquí desde hace dos siglos. Alonso, sentí pudor al escuchar esas palabras, a veces me ha pasado algo así, estar en un sitio y pensar que estoy en otro. No es que hayamos perdido la razón, sino que el corazón presiente algo que hace que te transportes a otro tiempo, a otro lugar. Cuando eso me ha ocurrido, yo estaba con alguno de mis hijos, normalmente con el mayor, el futuro Montesinos. Ella, por el contrario, tenía a su vera un extraño que había intentado dejarla en ridículo. No me parecía honesto seguir y no advertirle del error, permitir que siguiera soñando con un pasado que no había existido, al menos en este lugar, pero no encontré los arrestos para enfrentarme a su mirada. Pensé que tampoco le haría mal dar un paseo y hablar con alguien que estaba dispuesto a escuchar. La animé a seguir andando para acercarnos al pozo, la niebla muy espesa persistía, el sol no encontraba ni un minúsculo lucernario. ¿Otro cigarrillo?

—Solano, me ha adivinado usted el pensamiento. ¿La vio andar con inseguridad, titubear?

—… No, al contrario, desde que me devolvió el bastón diría que, después de acomodarse un par de veces la cámara de fotos, comenzó a andar con un aire más resuelto, coqueto incluso, y antes de llegar al pozo liberó el pelo apenas entrecano y me brindó una tersa sonrisa.

—¿Falda negra o morada procesión?, ¿pelo blanco o apenas entrecano? ¡Tiene que ser más preciso! —Cada palabra de la última frase la acompañó con un golpe seco de uno de sus índices en la carpeta de cuero.

—…Tenía pensado decir, por no parecer loco, que la falda era siempre negra y su cabello blanco, tal y como la vio Demetrio. Pero qué sentido tendría, después de lo que ha ocurrido. Así pasó, o así lo viví.

—Pero eso no tiene ningún sentido, haga memoria, tal vez sufrió usted uno de esos vahídos que le dan con su hijo, o ahora esté empezando a tener alucinaciones.

—… Pudiera ser, pero no creo. Déjeme seguir, por favor. Como le decía, nos dirigimos hacia el pozo, que es puramente ornamental ya que la bomba para extraer agua la tenemos arriba, al lado de la entrada. Mi padre me contaba que de niño sacaban de allí agua, ahora simplemente es para que los chavales vean cómo se hacían las cosas antiguamente.

Este pozo… será el venero que le comentaba antes, sí, lo presiento; era caudaloso todo el año, aunque más en invierno. No tenía este brocal ni el pozal, el agua susurraba a pie llano y por su propio peso se deslizaba por el tobogán de la ladera hasta sumarse a la del río. En la junta había una poza cristalina no muy profunda, hacíamos pie, en la que nos bañábamos los niños antes del almuerzo. Jugábamos a salpicarnos agua o barro, a carreras con las hojas plateadas de olivo… ¡Mire! No me había dicho nada, este es el blasón del puente que le decía, ¿se acuerda?

—Alonso, el blasón está incrustado en el propio brocal del pozo, seguramente usted no se habrá percatado; yo no tengo noticias de que estuviera en ningún puente. Ella se puso de rodillas, con ambas manos lo tocaba, más bien lo veneraba, pensaría que ese escudo daba credibilidad a lo que me contaba. Aunque, como le he dicho, no le había comentado nada, ella tuvo que notar por mi expresión, si no que la tomaba por loca, sí, al menos, que no me creía lo que me decía. Recorrió cada uno de los recovecos de la piedra. Guardé silencio, porque uno no sabe qué significan algunos símbolos, de qué memoria brotan algunas demostraciones de afecto. Cogió la cámara, pero no tomó ninguna foto; sin embargo, me comentó que era lo único valioso que tenía, que era toda su vida. Se levantó de un juvenil salto como si quisiera desechar un recuerdo, se volvió con decisión y echó a andar ligera, demasiado rápido para mí, aunque la podría haber seguido por la fragancia a alloza que emanaba, en su falda de tablas…

—¿Qué…?

—Almendra verde, es lo que iba a preguntar, ¿no?, que qué era una alloza.

—Sí, lo adivinó, otra vez —afirmó el inspector, moviéndose inquieto en la silla.

—Como le decía, ahora en su falda de tablas la parte interna de los pliegues verdeaba y la externa era violeta, las pocas canas del cabello habían dejado paso a un color negro brillante. No me mire así, yo lo viví sin sobresalto, como algo natural en ella, como si fuera su particular maduración, como un dulce embrujo del que no quería despertar a pesar de lo extraordinario, o más bien por eso. Únicamente dio un par de pasos y se quedó parada, mirando el horizonte. Supuse que algún otro recuerdo había ensombrecido su alegría, por eso le propuse ver el molino antiguo; suelo dejarlo para el final de las visitas guiadas porque impresiona ver cómo se obtenía antiguamente el aceite, está rodeado de los depósitos, como si le rindieran homenaje a la primitiva forma de extracción del aceite.

El molino de piedra transmite paz, sosiego, me hace sentir como en casa. La fuerte inclinación de las muelas habla de su personalidad, el granito desportillado de su vida, el aroma que aún se percibe de su tradición. ¿Puedo sentarme?

―Le dije que sí. Le comenté que iba a dar la luz decorativa del molino, lo hace aún más imponente. A los pocos pasos escuché jaleo, me di la vuelta y la observé: era ya una niña. Estaba dando cabriolas y a carcajadas iba de un depósito a otro en zigzag; su imagen multiplicada infinitamente en las superficies especulares de los depósitos brillantes. Era feliz. No sé qué pude tardar, no más de un minuto. Cuando regresé… ya sabe lo que había. El vestido verde aceituna y la cámara de fotos. Busqué a la niña, a la adulta o a la vieja, pero no encontré a nadie. Llamé a Demetrio para que viniera inmediatamente, pero tenía la seguridad de que él tampoco la hallaría. Después ya sabe, llamamos a la policía.

― ¿Nada más?, ¿alguien trasteó la cámara o tocó el vestido? ―preguntó apoyando los antebrazos en la mesa del despacho de la oficina.

―No, nos dio reparo tocar algo, como si el vestido y la cámara fueran su propio cuerpo tendido.

—No hay quien pueda creer lo que cuenta, por muy agotado que me encuentre por el duermevela. Al contrario que usted, yo soy muy racional —El inspector se dejó caer en el respaldo de la silla y resopló.

—Pero usted, Alonso, me cree.

—No, Solano, pero creo que no miente. Usted piensa que realmente ocurrió toda esa fantasía que me ha contado. —El inspector abrió con parsimonia la carpeta de cuero—. Mire estas tres fotos, por favor, son de la cámara de ella.

—Esta… es una ladera con olivos, muy hermosos, por cierto. Esta otra… una poza de la junta de dos arroyos mansos. Esta… me parece increíble… tal y como lo encontramos, el vestido verde aceituna, con la falda extendida como un capote, a los pies de mi molino de piedra. Está hecha desde arriba, cómo pudo hacerlo. No lo entiendo, pero tampoco me sorprende… Fíjese, parece que hay un hilito de aceite que mana del propio vestido y va al sumidero del antiguo algorín, ¿lo ve?

—Sí, es verdad, ¿y eso es importante?

—Nunca hay aceite tirado en la bodega. De hecho, cuando regresé de dar la luz y me encontré esa… composición, no había aceite, seguro, uno tiene el ojo acostumbrado. Vamos fuera, venga conmigo. Ese sumidero da a una vieja alberquilla en desuso. Si ahora tiene algo, será agua que se haya filtrado, si no estará seca.

—Parece mentira que todavía permanezca el manto de la niebla, ¿qué espera encontrar aquí? —preguntó el inspector antes de entrar en un pequeño cuarto.

—No lo que estamos viendo, desde luego.

—¿Qué ocurre?, es aceite únicamente, ¿no?

—Aspire profundamente, mejor si cierra los ojos y se concentra, olerá una fragancia a manzana verde y a hoja de olivo, con carácter. ¿Sabe? Huele a mi niñez, cuando, sin ninguna presión, sino por el propio peso de las aceitunas, manaba el primer zumo. La flor del aceite.

—¿Qué me está diciendo, que ella…?

—Yo le he contado lo que ha ocurrido desde que ella vino esta mañana. No le digo nada. Los dos estamos observando lo mismo.

El inspector salió al exterior. Lucía el sol.

 

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