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030.- Ahora que se dice de volver (El laberinto de los días)

María Socorro Mármol Brís

 

Ahora que se dice de volver a los pueblos, resulta que nosotros, los de entonces, no somos mucho más que forasteros errantes y melancólicos en busca de patria.

Sin ponerle mucha atención a mis regomellos, me doy cuenta de que somos los últimos restos que vamos quedando de la generación de los melancólicos.

Tal como nos agarró la edad, estábamos condenados de antemano a la melancolía, porque, después de abandonar nuestros olivares, fuimos tan de ninguna parte que apenas nos quedan los recuerdos; que nos moriremos trasteando en la memoria de olores tan propios como la jámila, los alpechines y el gorgoteo la leña todavía verde espumarajeando en el fogón; o el tufo de las támaras ardiendo en mitad del tajo, dándole amparo momentáneo a los amagos de sabañones. A veces nos distraemos de la invocación de nuestra juventud tratando de dispensar ajenos resquemores con el recurso de mirar de reojo la estampa de los señoritingos de nuestra generación, para hacerlos responsables de lo nuestro.

Bien pensado, entra dentro de lo sensato admitir que los señoritingos pudieran pertenecer también de los de las melancolías, si se tiene en cuenta que, según parece, ellos fueron los más perjudicados, los que más perdieron, porque tenían más y demás que perder.

Y es que digo yo: ¿cómo podremos nosotros sanearnos los rencores, y sanarnos de tanto desconsuelo, si no nos consentimos ni mirar de medio lado a los señoritingos con algo de clemencia, ahora que nos asemejamos a ellos más que nunca?

Puestos a aparejar borricos, a alguien habrá que cargarlo con las culpas, como decía el cura; aunque el cura siempre nos echaba la culpa a nosotros a sostrazo limpio. Sobre todo, cuando en su almendrera, (la de su propiedad, sin saberse a ciencia cierta la procedencia del título) se clareaban los bultos ya bien engordados, y a nosotros nos daban retortijones las tripas de tanto verdín, y nos nacían boqueras, como a los gorriatos recién salidos del cascarón, a fuerza de rascarnos la pelusa de las allozas tiernas afanadas en huerto ajeno y tener que digerirlas.

Eso por no mentar los ceberillos de la rebusca filibustera. Nuestros buenos reales le sacábamos a los de la cooperativa cuando, algunas noches sin luna, llenábamos de matute nuestras esportillas en las olivas sacras del presbítero, antes de que los aceituneros apalabrados para la tarea entraran al tajo, y rindieran cuentas de las arrobas de aceite que cosecharía la Virgen cada año, tan provechosamente administradas por el abate. Total, lo afanado por nosotros no daría ni para estrujar una panilla de aceite, y eso no debía tener mayor pena que la de lo venial.

Lo malo es que siempre había algún santurrón o alguna beata que nos denunciaba como a una plaga, aunque solo fuera por congraciarse con el mandadero de Dios.

Algo ayudaría el municipal de por entonces en la delación −me apunta un añejo olor a pana apelmazada y correaje recién lustrado con sebo de oveja. Uno de esos olores viejunos de los que vienen acosándome en estos tiempos de encierro, como azuzándome nariz arriba a regresar y repantingarme en mitad de las olivas sin rastrear hasta que se termine el silencio.

Entonces, cuando lo de las boqueras, digo, o cuando lo de la rebusca en tajo sagrado sin cosechar, en noches de luna sombría, el cura nos llamaba al confesionario. Y, después de señalarnos el cuadro de las ánimas en cueros, ardiendo en la pared de la derecha según se entraba a la Iglesia, nos interrogaba sobre nuestras andanzas, clavando en los nuestros unos ojos más afilados que la espada del arcángel san Miguel del cuadro de la sacristía. Nosotros acabábamos por confesar nuestra culpa ratera, más que nada por aquello de blanquearnos la conciencias a medio hacer y sin percudir todavía con resabios defensores.

Pereciera que fuese el momento que el cura esperaba con regodeo. Luego de menear la mano diestra en las tinieblas de su garita de madera, a manera de bendición, por no decir de entreno para su uso inminente en faena menos santa que la de bendecir, y agarrársela de seguido con la siniestra como si quisiera postergar algún instinto sacrílego, nos ordenaba de manera inapelable que lo esperábamos en la lonja el tiempo justo para darle tiempo a él a que se despojara de los atarres bendecidos.

Me pongo a pensarlo, y no puedo decir qué dolía más, si los palmetazos del maestro Montoro encima de los sabañones de la aceituna o los sostrazos del cura en mitad de los carrillos cuarteados por las ansias de pan y aceite con azúcar por encima. Pero de los dos escarmientos aprendimos algo: que todo es transitorio. Hasta el dolor más terco, de esos que no tienen cuerpo al que agarrarse y se te agarran al alma como un pecado capital.

Todo es transitorio, sí señor.

Todo, menos los olivos inmortales, y las ganas de volver entre los olivos, cuando te has ido o te han llevado sin darte razón.

La verdad sea dicha, y volviendo a los tiempos de antes del viaje sin retorno: tras recibir los guantazos repartidos con largueza por aquellas manazas ungidas de perdones con penitencia previa, nos sentíamos castigados por merecimientos propios, y en condiciones de acometer nuevas fechorías, sin la carga de las viejas a medio redimir.

El bueno del cura, por decir algo, atizaba a sus anchas; y nosotros persistíamos, engolosinados con las allozas o con las aceitunas del cura, redimidas en nuestras caras. Y, si no es verdad lo que estoy contando, que se lo digan a quien yo me sé, que para entonces ni siquiera era municipal todavía, sino chiquillo como nosotros. Él fue de los que luego se quedó donde debía quedarse, y allí sigue, socarrón y parsimonioso, sin conocer lo que es de verdad la melancolía.

La cosa es que, para cuando comenzó a picarle a las criaturas metidas en redaños la desazón de la estampida, un tal Juan Rulfo, del que todavía no se hablaba en las escuelas, ya había escrito aquello tan asombroso del Pedro Páramo, que tanta fama le dio, mientras que en los atochares de por allí comenzaba a dejarse caer la plaga de la deserción:

“De allá para acá se consumió la gente; se desbandaron los hombres en busca de otros bebederos”.

Hay que ver. Venía a narrar por anticipado lo mismico que pasó poco después en los pueblos de los olivares, como si el escritor que estoy mentando hubiera nacido en mitad de nuestras olivas en lugar de ser de las Américas, donde a lo más que llegan es a tener campos enteros de henequenes, formados en hileras, pero sin la disciplina de nuestros árboles. O tal que, si fuera un profeta, y estuviera escribiendo de lo nuestro antes de que pasara según pasó, como si supiera de antemano que íbamos a ser la generación de los melancólicos, y quisiera ponerlo por escrito por ver si así nos daba qué pensar.

No fuimos nosotros, los gurruminos sin desbravar todavía, quienes decidimos el éxodo. Ellos, los mayores, que eran los que mandaban en nosotros, nos arrancaron de aquellas péñolas de Sierra Mágina, ariscas como se conocen pocas; no desenraizaron de nuestros barrancos engatusados por la ponzoña enrosada de las adelfas; pero, sobre todo, nos expatriaron de nuestras interminables hazas, donde los ejércitos del aceite permanecen desde siempre en perfecta formación, dispuestos al pase de revista más exigente.

Fueron ellos, nuestros padres, los que, por sacarnos de la peste de la miseria sumisa, nos arrastraron hasta la peste de los cenagueros en los suburbios de las ciudades, en las que, según engañifaban los que se fueron primero y volvieron para la romería de la Virgen, no existía ni la penuria, ni los braseros sin cisco; ni mucho menos los señoritingos de mocasines lustrados por las mozas al servicio de las grandes mansiones y de los amos de los zapatos recién lustrados. Allí, donde llegaron los que se fueron de los pueblos, todos eran tan iguales que hasta se vestían de iguales, con monos de sarga, empezando por el capataz que, con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que era tan malafollá como los señoritingos, solo que con maneras más semejantes a lo arisco de las nuestras.

Y el escritor de las Américas, el Juan Rulfo ese, contando de lo suyo como si contara de lo nuestro:

Recuerdo días en que Comala se llenó de “adioses” y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con intenciones de volver.

El día de nuestros adioses se había juntado mucha gente en derredor de la camioneta. Habían ido a despedirnos con ojos de “a-dónde-iréis” y con el alma en vilo, rumiando el mal bocado de echar ellos también el pie al estribo del coche y olvidarse de los olivos que, a fin de cuentas, tampoco eran tan suyos.

Ellos, nuestros mayores, los que nos sacaron de lo que no era nuestro para llevarnos a lo de nadie, de seguro que se fueron como los de ese pueblo al que le dicen Comala, con intenciones de volver.

Quedarse, podrían haberse quedado. Por lo menos tenían un techo propio con corral donde tomar la fresca. Lo que pasa es que estaban hartos de escuchar lo que ni siquiera se escuchaba por entonces en los pueblos sin tener que amagar la cabeza, y cambiaron los silencios racionados a tres duros el jornal por el ronroneo y el sofoque del coche de línea, que, una vez amontonados en su interior, nos iba repartiendo por el itinerario como quien reparte sacas de correos: “a estos los dejo en Madrid”; “a estos me los llevo hasta Azagra, y luego seguimos con los de Cataluña”. “Mejor que los que tenéis que seguir viaje echéis una cabezada en el coche, porque no vamos a parar si no es para mear por la mañana”. “Por lo que pone aquí, en la guía de ruta, parece que algunos quieren seguir viaje hasta la vendimia de los franceses…”. −Y el chofer de la camioneta, que hacía de chofer, y de cobrador, y de jefe de expediciones con práctica de acarreo, cual manijero de rebaños humanos, señalaba un renglón en el papel, semejante a una guía de ganado, con un dedo desplegado desde el pulpejo de unas manos sin callos, indicadoras de no haber empuñado una azada desde mucho tiempo atrás−. “¡No te digo! Si hay algunos tan tarambanas, que están dispuestos a llegar hasta Alemania”. “¿Y eso queda muy lejos?” −el más chico de entre nosotros era incapaz de quedarse sin preguntar; lo mismo que hacía en la escuela, hasta que el maestro Montoro le atizaba en los morros con el cuadradillo−. “Eso queda en ese país donde se habla con tantas erres que malamente se alcanza a remendar la garganta después de despellejársela en intentos inútiles por entenderse con los de la abacería donde se compran las kartoffeln, o con los polizei”.

“¿Qué son las kartoffeln?”.

“Las patatas, nene, las patatas; ya verás tú lo que es comer patatas y carecer de aceite” −y el chofer se agarraba el mondongo por encima del cinto, ponía los ojos en blanco, echaba mano al volante y vociferaba su “vamos-que-nos-vamos” con el que comenzaba cada periplo como si fuera el intendente de los caballicos de la feria.

¿Qué habrá sido de aquella camioneta y de su chofer?

Lo que sí hicimos nosotros, los chavales de entonces, cuando empezamos a ser grandes, y ellos, nuestros padres, comenzaron a decaer en su esperanza de regreso, y el cuerpo principió a encartonárseles tanto como a nosotros el nuestro a pedirnos picardías, fue vender sus casas de los pueblos, que ya solo nos daban a nosotros disgustos y quebraderos de cabeza. ¡Para qué queríamos unas casas donde todavía se aprovechaba el corral para los menesteres más perentorios y se guisaba sobre las trébedes, siempre expuestos a una quebrancía! Total, para dos días al año, tampoco era cosa de ponerse a adecentarlas haciéndoles un retrete y una cocina de formica con grifo de agua corriente, como habían hecho los que se quedaron, pudiendo emplear los dineros en veinte metros de apartamento de playa, donde ponernos a coger la color de los señoritingos con alberca propia, para darnos luego un garbeo por el pueblo durante la feria, y restregarle por los morros a los rezongosos de siempre lo que se habían perdido con lo de hacerse los haraganes en el pueblo en plan cateto, y no tener agallas para emigrar como nosotros.

¡Lo que habrán podido reírse ahora!

Pero quién iba a pensar que, con tantos adelantos como los que hay en las capitales, nos iba a pasar lo de la epidemia, sin tener donde echar mano de un buen remedio con el que atajarle el paso al gusarapo invisible, ni un poco de aire que no fuera el de los balcones de las ocho de la tarde, quien tuviera balcones…

Lo peor ha sido el encierro forzoso sin corral.

Y los muertos sin responsos.

Y los viejos sin arrimo.

En estos días, no pocos de los pocos que van quedando han dicho de volver a sus casas del pueblo sin saber que se las habíamos vendido.

Claro que −cavilábamos en las peores horas− en cuanto escampe lo de la epidemia, siempre podríamos comprar alguna de las muchas casas que estaban en venta por cuatro perras el verano pasado.

Pero ahora todo se sabe; y, según cuentan, han retirado los carteles del “Se vende”. Ha desaparecido como desaparecían por entonces las allozas del cura, las aceitunas de la rebusca antes de tiempo y el aceite en las alcuzas.

Y luego están los resabiados, que dicen que allí no quieren forasteros. Como queriendo ignorar que somos hijos de quienes se fueron de allí sin enterarse de que era para siempre.

¡Forasteros!

Nosotros, que les damos la vida cada verano cuando volvemos luciendo nuestro aprendizaje de capital y enseñándoles maneras…

Pero no puedo dejar de reconocer para mis adentros que la idea de volver se nos encona ahora de mala manera y más que nunca, hasta asemejarse a aquel chiquilleril peregrinaje forzoso hasta el confesionario del cura, a cuya ventanilla de reparto de furiosas absoluciones regresábamos cerriles, dispuestos a recibir nuestra ración de sostrazos con tal de comer allozas tiernas, aunque fueran robadas, o mojar un sopón de pan recién hecho en la lámpara de San José, con quien la Virgen, por entonces, repartía el aceite del año junto con el cura.

¡Ah, quién no pudiera dejar estos balcones con vistas a la calle de los humos silenciados y volver a los olivares y a las almendreras de Sierra Mágina!

Ellos, los pocos que van quedando de los que allí nacieron, nos trajeron aquí como a una reata cargada con mercancía de matute.

Nosotros, los que vendimos sus casas, porque no habíamos nacido allí, quisiéramos volver porque, como se decía en Granada, “un pino es un pino, nazca donde nazca”, y llevamos en la sangre el olor de las pestugas siempre recién chaspadas.

Lo malo es que ni somos de aquí, ni allí nos quieren, porque dicen que somos extraños emponzoñados de capital.

Ahora que se dice de volver a los pueblos, resulta que nosotros, los de entonces, no somos mucho más que forasteros errantes y melancólicos en busca de patria. Una patria de pan y aceite.

 

 

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