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027.- Abuelo Olivares

Campo Pardeño

 

«Esto es un olivo», decía sonriente a la niña pequeña que fui, mientras me invitaba a palpar aquel tronco rugoso y acogedor al tacto, igual que su mano. No hubo un verano en el que no repitiera esa escena conmigo como si fuese la primera vez, sin perder la capacidad de asombro. Descubrir el mundo cada día, aunque no haya variado demasiado es una de las cualidades de mi abuelo, que como todas las suyas, sabe transmitir.

Me gustaba pasear con él entre las hileras de los árboles, un impresionante laberinto alineado con precisión matemática sobre laderas y llanos, que a los primos nos servía para jugar al escondite. Los surcos en la cara que le han dibujado los años recuerdan esos campos cuidados con mimo. La piel estriada no resta finura a sus modales, le añade carácter.

Bajo su apariencia de hombre sencillo late una gran riqueza interior y singularidades diversas. Basta con tenerle cerca para percibirlas.

Ser un hombre de campo no le impedía también ejercer como buen barbero. Arreglaba el pelo de jóvenes y ancianos. Según sus palabras, quien sabe recortar un olivo, una suma de arte y técnica, puede podar la cabeza de cualquiera. Para él, plantas y personas no son muy diferentes, seres vivos que requieren atención y un trato individual.

Sostiene que los brotes inferiores restan fuerza al conjunto, por eso, ramas y mechones bajos deben ser segados, mientras que las partes altas requieren cortes menos profundos. Siempre didáctico, acompaña cada acción de comentarios. Ni la tarea más simple es algo solo mecánico para él. Cortar los excesos de ramas y greñas forma parte de una filosofía aplicable a otras facetas de la existencia.

Al hilo de la poda y su técnica, dijo una vez que algún día entenderé que es necesario eliminar lo superfluo, dirigir la mayor parte de la energía y el empeño hacia aquello que lo merece. Entonces no comprendí lo que quiso decir, pero lo expresó con tanto convencimiento que di por hecho que esas palabras se cumplirían, que su significado, cualquiera que fuese, se abriría paso.

Generoso, siempre está dispuesto a hacer favores, convencido de que si la tierra es desprendida a la hora de suministrar lo preciso, los hombres también deben serlo, no olvidar que de ella han salido y será su último destino.

Le gusta contar que, como las hojas de sus olivos, verdes y lustrosas por el haz y blanquecinas en el envés, bajo cada lado brillante y alegre siempre hay una capa de tristezas enquistadas, cosas que pudieron ser y no fueron, o que tras haber sido ya nunca serán. Cuando termina de decir esto los ojos se le humedecen al recordar a la abuela.

Una vez me aconsejó que no rechazase la primera impresión, que todo lo que merece la pena necesita su tiempo, mientras yo hacía muecas por el amargor la primera vez que probé una oliva recién arrancada del árbol, un momento de la niñez que regresa cuando tomo una.

Dejé de ser una niña, pero no ello de visitarle y él de sorprenderme. Un día, en cuanto me vio, se puso a pelar una aceituna con su navaja, sin mediar palabra. Puso el hueso desnudo sobre la palma de la mano, para decir que una nueva semilla necesita sol, agua y, sobre todo, un terreno fértil. Luego señaló mi vientre. Incluso hoy me pregunto cómo pudo predecir mi embarazo cuando aún no lo sabía nadie, ni yo misma.

Ese mismo día volvió a hablarme en un modo enigmático. Dijo que mi obligación y responsabilidad era volcarme con mi hijo (también acertó con el sexo), pero una vez criado, debería desarrollar algo más, muy mío, que yo también tenía y tengo dentro.

Persuasivo, recuerdo el día en que convenció a Michael, mi marido, partidario todavía de cocinar con mantequilla, sobre las bondades del buen aceite, un líquido preciado que si tiene el color del oro no es por casualidad. Sabía que estaba ante alguien de mentalidad práctica, nacido en una cultura diferente, por eso le invitó a acompañarle hasta la almazara con su tractor. Delante de él descargó las olivas en las tolvas, para luego mostrar ante sus ojos todo el proceso, desde la limpieza a la extracción, el almacenamiento en tanques de acero y el envasado. Michael, ingeniero industrial de origen británico, fascinado con el proceso, diseñó para la fase líquida del residuo un nuevo modelo de pila de decantación, donde reciclar el agua que posteriormente se utiliza para regadío. Por ese trabajo ha obtenido distintos reconocimientos, pero para Michael no hay mayor satisfacción que escuchar al abuelo cuando habla del invento del marido de su nieta.

Solíamos acercarnos al pueblo durante unos días en época de recogida, por si podíamos ser de alguna ayuda. Él vareaba los olivos de forma tradicional, sin necesidad de palos eléctricos ni otros sistemas de vibración. A nuestro hijo Miguel le encantaba golpear las ramas junto al abuelo. Le enseñó que los frutos debían caer sobre las telas extendidas mediante toques suaves, con cuidado de no estropear las ramas, casi como un peinado; a buscar los puntos precisos para un resultado eficiente.

Hábil observador del fondo de las personas, decía orgulloso que su biznieto tenía un arte especial con las varas. Pocas veces le he visto equivocarse, tampoco en esta ocasión. El niño se convirtió en un joven hábil, que sabe trabajar con rigor. Cuando le entrevistaron tras proclamarse campeón de Europa de esgrima, agradeció al bisabuelo que sentase las bases de su técnica, aunque el hombre entonces no sospechase que había fomentado una vocación (¿o sí?) y nunca hubiera pisado un gimnasio.

Cuando nuestro hijo alcanzó el metro noventa de estatura volví a preguntar al abuelo qué era eso que yo tenía que sacar de mi interior cuando mi hijo creciese. Se limitó a decir, con esa sonrisa suya, que lo sabría con el tiempo y por mí misma.

Todas las noches de su vida mientras pudo, menos la más triste, cuando veló a la abuela antes del entierro, hojeaba libros y periódicos bajo la luz de lámparas de aceite, auténticas reliquias de la familia. Aseguraba que las bombillas hacen daño a la vista.

A su manera, era un intelectual. Conocía todas las palabras posibles utilizadas como vocabulario específico en su trabajo: camada, entresaca, envero o espuerta, pero su léxico estaba enriquecido con muchas otras, fruto de innumerables lecturas. Pese a su avanzada edad, aún conserva una vista excelente.

Como buen agricultor fue ecologista, aun cuando esta palabra todavía no estaba en boca de la gente. Nadie le dijo que un solo litro de aceite usado, arrojado por el fregadero, puede contaminar miles de litros de agua, pero siempre supo aprovecharlo para fabricar jabón, con el que obsequiaba a amigos, vecinos y familiares. Añadía azafrán para tintarlo de amarillo, pimentón si el tono buscado era naranja, con cáscara de cebolla y té lograba colores beige, o vestía la pastilla de verde con hojas de romero.

Cuando algo era demasiado rígido decía convencido que basta engrasarlo con un poco de aceite de oliva virgen, sin necesidad de productos químicos. No solo lubricaba cerraduras y bisagras, sus palabras también podían suavizar cualquier discusión entre su grupo de amigos durante una partida de cartas, o en un debate demasiado enconado sobre política o fútbol.

Valiente, nunca se dejó avasallar por ofertas ni presiones cuando quisieron comprarle el terreno, su segunda piel, para construir un campo de golf. Lo fácil hubiera sido acceder, firmar los papeles cuando ya empezaba a sufrir los rigores de la vejez. Solo cuando le faltaron las fuerzas suficientes para cultivar vendió el olivar a una familia del pueblo, personas que también aman el campo. Sabe que está en buenas manos. Además de vivir de lo que la tierra ofrece, lo han abierto al oleoturismo, para que la gente pueda conocer la cultura del olivar.

Con los ahorros y su pensión como trabajador agrícola costea una residencia donde le cuidan. Nunca ha aceptado ninguna ayuda. Nada más lejos de su intención que molestar a nadie.

Es una de las mejores personas que nunca conoceré.

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(Hasta aquí transcurre la carta que logré que entregasen al abuelo, al hilo de los acontecimientos que paso a relatar)

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Tuvo los primeros síntomas. Los médicos de la residencia le diagnosticaron gripe, pero él sabía que, como sus olivos cuando les atacaba un hongo, podría ser el principio del fin. Los pulmones se le llenaron de manchas.

Dentro de aquellas paredes varias personas dejaron este mundo, una realidad durísima y difícil de detener. Las noticias eran muy preocupantes. El mal se extendía por el planeta y se cebaba en este tipo de centros. A los familiares no nos dejaban entrar por razones sanitarias de posibilidad de contagio, los empleados no podían salir.

Como en una maldición, los apacibles residentes morían sin que nadie pudiese evitarlo, hombres y mujeres llenos de experiencias, personas con nombres y apellidos, miembros de una generación luchadora, a quienes debemos tanto.

Quisimos pensar que él, vigoroso por naturaleza, podría superar ese virus imparable llegado de Oriente. Yo le imaginé como protagonista de imágenes similares a las ofrecidas a veces en televisión, con enfermos que atravesaban un pasillo, una vez superado el patógeno, entre aplausos de sanitarios y trabajadores.

Nuestros deseos parecieron cumplirse cuando supimos que tuvo una mejoría significativa. Aún era necesario que permaneciese aislado y en observación. Fue entonces cuando le entregaron esta carta.

A pesar de tenerlo prohibido y estar muy débil, al amanecer se las ingenió para sortear controles y escabullirse de la habitación donde permanecía en cuarentena. No se detuvo hasta el jardín del recinto.

Le encontraron sentado junto a un olivo, su lugar favorito, con el rostro lleno de paz, una sonrisa satisfecha y mi carta entre las manos, ya sin vida. Pudo confirmar, en sus últimos momentos, cuánto le queríamos.

No parecía hecho para este mundo que acababa de volverse mucho más triste, en el que apretones de manos y abrazos se convirtieron en un peligro, gestos que para él eran mucho más que una acción motora, con los que transmitía su seguridad y calor, afectividad y decisión, la energía de la tierra.

Ese día comprendí al fin, como dijo que ocurriría, que las palabras son parte fundamental de mi vida, algo que siempre he sabido pero aún no había asimilado. Con ellas, las que le escribí, el abuelo se despidió de la suya, para no dejar de leer allá donde se encuentre, a la luz de lámparas de aceite, rodeado de olivos.

Desde entonces me dedico a la literatura a tiempo completo. Tengo esbozada mi primera novela. También la dedicatoria: «Al abuelo Olivares. Nada hubiera sido igual sin él».

 

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