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026.- Un brindis por la tradición

Sandra Gómez Moreno

 

“Con el tiempo y una caña, hasta las verdes caen”, solías decir, mamá.

Recuerdo con tristeza la esperanza que siempre ponías en esta frase. Creías firmemente en que el tiempo, Dios o el karma eran los verdaderos justicieros sobre los actos de los demás y cuando me hablabas sobre ello, te miraba con tristeza.

Ahora, 20 años después, miro tu foto colocada en el centro de la mesa del despacho de papá, y sigo pensando lo mismo. No existe un Dios justiciero que castigue o premie. No existe el karma. Somos nosotros los que, con nuestros actos, premiamos o vengamos las acciones de quienes nos rodean. Estabas equivocada, mamá. Muy equivocada.

No te imaginas lo que te echo de menos. Hoy hace 20 años que te fuiste y parece que la noche lo sabe. Hace un viento atroz y huele a tierra mojada. El olivar parece que tiene vida propia. Las ramas se quejan de las sacudidas que le produce el viento. Creo que también se acuerdan de ti. Para colmo, la corriente entra por las ventanas y resuena por los pasillos, pareciendo que multitud de pasos me acompañan en esta solitaria estancia.

O quizás es el vino que estoy tomando que me hace oír cosas que no son.

Ay, mamá, me gustaría que estuvieras aquí para que vieras lo que he hecho. Igual no te sentirías muy orgullosa, pero sé que, si hubieras estado viva, no hubieras consentido lo que mi padre ha hecho conmigo. Siempre supo que el campo y la finca, no me gustaba, pero le dio igual.

“Debes seguir mis pasos, hijo mío. La tradición no se puede romper. Tus tatarabuelos, tus bisabuelos y tus abuelos han sido trabajadores de esta tierra desde hace siglos y se sentirían muy ofendidos si tú no lo hicieras.” Tú ponías los ojos en blanco cada vez que sacaba el tema. Y mira que le intentabas hacerle entender que no me podías obligar a hacer algo que no me gustaba. Que no era el fin del mundo y que se podía contratar a varias personas para trabajar en la finca. Era decirle eso y te miraba como si le hubieras insultado o algo peor.

Tú y yo lo habíamos hablado muchas veces, la familia y la tradición, no tenían ningún significado para mí. Solo llegué a conocer a uno de mis abuelos, el padre de mi padre, y apenas tuve trato con él. Todo el tiempo se dedicaba a sus tierras, a sus olivos, a su aceite… Menos estar en casa, lo que fuera. Que más de una vez me llegaste a comentar lo mal que lo pasaba tu suegra, al ver que su marido llegaba a las tantas de la madrugada, borracho y con olor a perfume de una mujer que no era el de ella. Como siempre, terminabas pasándolo mal, hasta que, por fin, un misterioso accidente de coche se llevó a ese malnacido. Por lo menos, a partir de ahí, la abuela pudo respirar cierta tranquilidad y ser feliz.

Y es que no lo entiendo. No comprendo cómo una tierra tan yerma y seca, que tanto dolor ha traído a las mujeres de esta casa, puede despertar esos sentimientos de fidelidad y amor tan profundos ¿Puedes creer que yo la odio? No soporto pisar ese terreno baldío, detesto su olor, el trabajo de la tierra… En fin…

Maldita tradición. Esa estúpida y arraigada costumbre que se mantiene por los siglos de los siglos como si fuera un dogma inexpugnable y que, si no la sigues, te obligan a hacerlo.

Pero ya sabes que papá cree en ella, cree en su trabajo y yo hago como que le creo. Este año ha arriesgado más de la cuenta invirtiendo mucho dinero en publicitar su producción, su maravilloso aceite, su fantástica empresa… Fíjate si ha sido temerario que ha confiado en mí para que haga algo fundamental para el desarrollo de la cosecha: el control de plagas.

Y ahora que lo pienso, mamá, creo que he sido la persona perfecta para llevar a cabo este arduo trabajo. Créeme cuando te digo que me he dejado la piel para que todo saliera adelante, para que todo saliera perfecto. Para que, con el tiempo, la oliva cayera al suelo y la oruga que tanto me ha costado ocultar, se enterrase en el suelo. Y así de esa manera, todo se arruinaba provocando, pérdidas, pérdidas y más pérdidas.

¿Y sabes qué? Que a pesar de haber obrado así, no me pesa. No me arrepiento. Debería sentir miedo, pero estoy muy tranquilo. Ya he perdido la cuenta de las copas de vino que llevo. Creo que borracho soy más valiente.

Sigo sentado en la silla del despacho de papá, esperándole. Porque sé que vendrá furioso a reclamarme, a pedir cuentas por destruir su patrimonio, a pedir explicaciones por ocultar la plaga de prays. Pero no me importa.

Ya le oigo. Por ahí viene, mamá. Ya está gritando. Desde la ventana del despacho observo cómo apenas se mantiene en pie y balbucea cosas sin sentido. Ha bebido mucho también. Otro valiente como su padre…

Entra en casa cerrando la puerta de un golpe seco, vociferando, maldiciéndome, tirando todo lo que encuentra en el pasillo. De lejos veo como camina hacia mí, mirándome con un odio y una rabia que nunca he llegado a conocer.

Se apoya en el marco de la puerta, agitado, furioso, lleno de ira. Me desprecia más de lo que yo puedo imaginar.

Se abalanza a la mesa, agarrándose a ella, porque apenas mantiene el equilibro. Y me grita:

—¡Tú! ¡Maldito bastardo!

Le miro como si la cosa no fuera conmigo.

Viendo que no le respondo, me observa de arriba abajo con una cara que demuestra un asco que nunca había visto.

—¿Qué? ¿Ya estás contento? ¿Crees que arruinando la cosecha de tu padre eres más mayor? ¿Más valiente? ¡Eres imbécil! ¡Un inconsciente!

Sigo sin decir nada. Me limito a mirarle y a escucharle, mientras apuro el último trago de mi copa de vino.

—¿No tienes nada qué decir, maldito borracho de mierda? Tenía que haberte dejado en la puerta de la finca y que te hubiera recogido un mendigo ¡O mejor! ¡Que te hubieras muerto de hambre! ¡Desgraciado! —dice golpeando con fuerza la mesa, haciendo que los marcos de las fotos y una copa de vino que tiene colocada a su izquierda se tambaleen.

Y cae al suelo. De pronto, rompe a llorar desconsolado. He destruido su vida, su trabajo, su patrimonio. Creo que estoy enfermo, o muy borracho. No siento compasión. No me da pena.

Tras unos minutos llorando y murmurando cosas sin sentido, levanta sus ojos y me pregunta con pesadumbre:

—¿Por qué?

Suelto una carcajada irónica y me animo a responder.

—¿Ahora te preguntas por qué he hecho esto? ¿Ahora, que he arruinado todo tu trabajo, te acuerdas? ¿Acaso no sabías que nunca he querido estar aquí? ¿Qué mamá y yo te lo decíamos y tú nunca nos escuchabas?

Sigue llorando, aunque menos apesadumbrado. Me mira queriendo saber más.

—Tú siempre has sido un gran defensor de la tradición, de los valores, de los principios. Los has empleado bien con todo el mundo, menos con quien más lo necesitaba: tu mujer y tu hijo. Siempre nos dejabas de lado. Lo primero era el olivo, las plagas, el aceite, los contratos, los proveedores, los unos, los otros… Pero los que convivíamos contigo te echábamos de menos, y nunca estuviste. Ni en las buenas, ni en las malas… Y mucho menos en la muerte de mamá…

—¡Cállate!

—¿Yo? Tú, cierra tú la boca y no te atrevas a mencionar a mamá, o de aquí no sales con vida. Siempre te saliste con la tuya y al no estar ella, ya no había nadie que te llevara la contraria ¡Enhorabuena! Tu hijo trabajando en la empresa familiar como brillante heredero de ella ¿Y sabes lo que voy a heredar? ¡Las orugas que se ha tragado la tierra!

Da un grito desgarrador, desesperado. Le estoy desquiciando. Le estoy haciendo ver que es su hijo, al que siempre ha odiado y despreciado, quien tiene el poder.

No sé bien cómo, consigue levantarse y sentarse en la silla que se sitúa delante de mí. Parece que ha dejado de llorar y de nuevo me mira con la soberbia que siempre le ha caracterizado. Carraspea y atina a decir:

—¿Y todo esto lo dices ahora porque estás borracho? ¿Bebes para calmar tu conciencia?

No le respondo. No tengo ganas de continuar con una conversación entre dos personas que nunca se han tenido en cuenta, y que después de tanto tiempo de silencio y dolor nada van a solucionar.

Me fijo en que mi padre desvía su mirada hacia la copa de vino que ve encima de la mesa. Vuelve a mirarme sin comprender qué demonios hace ahí.

—La he colocado para que, durante unos breves segundos, nos demos una tregua y brindemos por la tradición, por el esfuerzo y el sacrificio.

Resopla con furia y antes de estamparme la copa vacía en mi cara, bebe su contenido.

—No te mereces tener mi apellido. Ojalá te hubieran comido las orugas esas y te hubieras muerto. Intentaré sacar adelante la finca sin ti. Márchate esta noche.

Con una voz profunda y seca, le respondí:

—Eres tú quien no te mereces un hijo como yo. No te preocupes, no te va a dar tiempo a hacer nada. Con el tiempo y una caña, hasta las verdes caen, papá.

—¿Cómo?

No tuvo tiempo para decir nada más. Tras una serie de convulsiones, vómitos, ahogos y quejidos, el veneno hizo su efecto y mi padre cayó al suelo.

Por fin suspiro aliviado.

Y creo que, para celebrarlo, me sirvo lo que queda en la botella.

Inexplicablemente el viento se calmó y se hizo el silencio. Me fijo en el cuerpo inerte de mi padre y me siento en paz. Por fin todo terminó. Cojo la foto de mamá con la mano izquierda, mientras que con la derecha alzo la copa de vino a modo de brindis.

—Por el olivar. Por el aceite. Por la tradición. Porque las reglas hay que romperlas. Por ti mamá. En un ratito te veo. Te quiero.

 

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