MásQueCuentos

025.- Malafacha

Juan Pedro Agüera Ortega

 

Las cuadrillas de jornaleros llegaron agotadas al cortijo tras el duro día entre los olivos del marqués. En la lejanía, Sierra Morena despedía el día con alegres azafranes. Las pequeñas cuadrillas familiares fueron directas a la gañanía, cada una a su correspondiente habitáculo de reducidas dimensiones. La cuadrilla principal primero descargó los utensilios en el cobertizo, bajo el escrutinio del Josele, el tajador: las escaleras de tijera, las varas, los lienzos y los cedazos de mimbre, siguiendo un minucioso recuento. Después a las cocinas, a reponer fuerzas.

Con la bota de vino ya refrescando las gargantas, el Josele y don Jacinto, el manijero, se encargaban de los pagos. Uno a uno, los jefes de cuadrilla iban entregando su mitad de vara tajada y, tras la comprobación con la mitad del Josele, recibían lo acordado, a razón de tres reales por fanega. El último fue Ramiro, cuya cuadrilla era la más numerosa.

Hecho el reparto, la barriga llena y el vino soltando las lenguas, algunos se sentaron alrededor de la lumbre a conversar antes de ir al jergón o dormir en el suelo, con la manta como único acomodo.

La zona común de la gañanía del cortijo del marqués era amplia, sin duda habían estado alojados en lugares peores, el pago era decente para los tiempos que corrían y el vino quitaba las penas. Ramiro y algunos hombres de su cuadrilla gastaban bromas al calor del fuego, en aquella fría noche de octubre.

—Hoy nos hemos ganado el sueldo —brindó Ramiro, alzando la bota—. Cincuenta fanegas.

—Sí que ha cundido, sí —apostilló Antoñito el fino.

—Somos gente de oficio —quitó importancia Salustio. Muchos asintieron al halago.

—Hasta el nuevo cumplió como el que más —dijo Paco el inquieto, señalando al rincón—. ¿No te unes a nosotros, compadre?

Con movimientos lentos salió bajo la manta y se acercó al semicírculo. Los compañeros hicieron hueco y le pasaron la bota de vino.

Paco el inquieto le dio una amistosa palmada en la espalda y le preguntó:

—¿Te llamas Miguel, ¿no?

Miguel asintió.

El fuego lo iluminó. Vestía un calzón marrón hasta media pierna, camisa de lino basto, blancuzca, con manchas de sudor en el cuello ancho, un chaleco ajustado, con remiendos, y faja de paño negro a la cintura, entre la que abultaba una navaja. Durante el día se protegía del sol con un sombrero de ala ancha, que apenas dejaba entrever su rostro, pero, en aras del descanso, había quedado en el suelo, junto a su manta, y todos pudieron ver sus rasgos. Un pañuelo le cubría la cabeza, donde se intuía la ausencia de pelo. Gruesas y anchas patillas conectaban con una barba oscura, frondosa y mal cuidada, surcada por una amplia cicatriz que dividía su mejilla izquierda desde la oreja hasta la barbilla. Ni siquiera la espesa barba era capaz de ocultar tan pronunciada depresión en su fisionomía. Sin embargo, la mirada de los jornaleros se centró en el parche negro que cubría su ojo derecho.

—¿Cómo fue el suceso? —señaló Paco el inquieto al ojo oculto, con la prudencia ahogada en el vino.

Miguel volvió el rostro hacia él y tras un silencio tenso, respondió.

—Una esquirla de metralla, en Bailén.

—¿Luchaste contra los gabachos junto al general Castaños? —preguntó con admiración Luisito, el más joven de la cuadrilla, sentado en el lugar opuesto del semicírculo.

—Supongo, entre la humareda de la pólvora, los gritos y la matanza, era difícil reconocer al de al lado —bromeó Miguel—. Pero sí, dicen que Castaños dirigió aquel estropicio.

—¿Estropicio? Si derrotamos a los franceses —objetó Luisito.

—Lo hicimos, pero ¿a qué precio? —Miguel se señaló la marca de su rostro—. Recuerdo del sable de un dragón francés.

—Quien más, quien menos, todos sufrimos con el Pepe Botella y sus tropas —dijo Ramiro—, nunca se pasó tanta hambre en la región.

—Por suerte, hace años que los echamos —dijo Salustio y lo acompañó con un escupitajo al suelo.

—Eso me ha recordado —aprovechó Paco el inquieto —la historia del bandolero Malafacha. ¿La conocéis?

—Aunque te digamos que sí, nos la vas a contar de igual manera —comentó socarrón Antoñito el fino.

Paco el inquieto sonrió y comenzó su relato.

—Cuentan que la batalla de Bailén se ganó gracias a Malafacha y su banda. Andaban por Carboneros en busca de víveres, que en la serranía escaseaban, cuando vieron el fusilamiento de varios lugareños por parte de los gabachos. Su crimen: ocultar comida al ejército del emperador. Tal fue la rabia que sintieron al ver a los compatriotas así tratados, que emboscaron a la partida de forrajeo gabacha y acabaron con la mayoría de sus miembros.

—Y por eso los franceses se murieron de hambre —cortó Antoñito el fino, y todos rompieron a reír.

—Los trabucos atronaron aquel atardecer —lo ignoró Paco el inquieto, y retomó la atención cuando las risas se calmaron—, las monturas, asustadas, arrojaron a varios jinetes a tierra. Eran más de una docena, pero los hombres de Malafacha abatieron a tres de ellos con sus disparos. Acto seguido, saltaron al camino y pasaron a cuchillo a los desmontados, aprovechando el desconcierto. El sargento y dos o tres se resistieron, dieron muerte a uno de los bandoleros, pero las pistolas eran más eficaces que los sables en aquel estrecho camino. Al final, un par de ellos consiguieron huir, el resto pagó por sus crímenes.

—¿Qué tiene eso que ver con Bailén? —preguntó Luisito intrigado.

—La acción de Malafacha y su banda fue interpretada como un acto de las tropas del general Castaños —explicó Paco el inquieto—, que los refuerzos franceses no situaban tan al norte. Esto les llevó a extremar las precauciones al cruzar Despeñaperros. Mientras, Dupont, el general franchute, se encontró con los nuestros en Bailén y se vio atacado por varios frentes. Las tropas españolas ocuparon los cerros e hicieron retroceder a los franceses. Dupont, desesperado, envió correos solicitando la ayuda urgente de las tropas de refuerzo, que se estaban agrupando en La Carolina. Ni uno solo de los correos llegó. Según cuentan, Malafacha y su banda cortaron los caminos y acabaron con docenas de ellos. Sin los refuerzos, Dupont y los suyos mordieron el polvo, y la reputación de Malafacha empezó a convertirse en leyenda.

—Cada vez que la cuentas Malafacha mata a más gabachos —criticó Antoñito el fino y todos rieron.

—Es lo que tienen las historias, que crecen con el tiempo —dijo Ramiro—. Vayámonos a descansar, que mañana nos esperan los olivos del marqués.

El alba los sorprendió subidos a los carros rumbo al olivar. Los menos afortunados caminaban junto al transporte, agradecidos al menos de no portar las escalas y los lienzos al hombro.

En el tajo, el Josele distribuyó las cuadrillas y entregó a cada jefe su media vara partida. Hacía una mañana fría en las tierras jienenses, pero el trabajo pronto desentumeció los músculos.

Ramiro y Salustio, los más veteranos, extendían los lienzos bajo los olivos. Luisito y Antoñito el fino se subían a las escaleras de tijera para ordeñar las aceitunas más altas. Miguel, Paco el inquieto y Segundo se encargaban de las ramas bajas. Si quedaban algunas aceitunas inaccesibles, Severino y Primitivo las vareaban, mientras los demás comenzaban el ordeño del siguiente olivo. Después, Martín el tieso y Manuel el gitano, vertían el contenido de los lienzos sobre los cedazos, para ser expurgados, labor que realizaban María la del Severino y Angustias la viuda.

Una vez quitados los lienzos, el resto de mujeres recogían las aceitunas del suelo, bajo la atenta mirada de Faustino, el rabero.

Pasado el mediodía, hacían descanso para comer. Gachamiga, gazpacho, galianos, cocido, guilindorro, puchero, andrajos…, según el día. Siempre acompañados de queso, pan y vino. Al menos el Marqués o, más bien, don Jacinto se portaban en eso.

Ya en el cortijo, con la luna despuntando por Sierra Morena, hicieron una fogata al raso para no desvelar a quienes descansaban en la gañería con sus chanzas.

Miguel estaba un poco apartado del fuego, con la espalda en la pared del recinto, sin quitarse el sombrero, mientras el resto disfrutaba del vino y las historias de Paco el inquieto.

—Malafacha y su banda dejaron la Sierra de Hornachuelos y se refugiaron en la de Andújar —prosiguió Paco el inquieto su relato sobre el origen de la banda—. Después de la hazaña de La Puebla de los Infantes, los gabachos intensificaron su búsqueda y descubrieron su escondrijo. Los de Malafacha solo salvaron el pellejo gracias a su mejor conocimiento del terreno. Por Andújar el hambre escaseaba menos que los piojos y las gentes de los pueblos apenas si tenía para subsistir. El ganado era confiscado por las tropas imperiales y la hambruna mataba a más gente que las armas.

—Buenas noches —saludó el Josele, el tajador—, ¿hay sitio en la lumbre y un trago de vino para un trabajador?

Las miradas se posaron sobre él, inquisitivas. No era común que los trabajadores del cortijo se relacionasen con los jornaleros.

—Claro que sí —señaló Ramiro, echándose a un lado e indicando a Luisito que se apartara—. ¿Qué le trae por aquí esta noche?

—Nada en particular, salí a tomar el aire y escuché las voces —respondió mientras agarraba la bota que le ofrecía Ramiro—. Siempre me han gustado las historias si están bien contadas —elevó la bota en dirección a Paco el inquieto.

Miguel se arrebujó en las sombras.

—Prosigue —indicó el Josele, pasando la bota—, estoy deseando saber más.

—Un pastor que andaba por los pastos cercanos a Molino La Nava —continuó Paco el inquieto—huyó a la sierra al ver llegar a los franceses, a sabiendas de que no hacían prisioneros a la hora de confiscar viandas. Sus ovejas iban camino de Montoro, cuando se encontró con los de Malafacha. Al sentir su desgracia, picaron espuelas y fueron al encuentro de los gabachos, antes de que cruzaran el Guadalquivir…

—¿De Malafacha? ¿De ese malnacido va toda la historia? —interrumpió el Josele.

—Es un héroe de guerra —señaló Luisito con inocencia.

—¿Un héroe? —dijo despectivo el Josele—. Un asesino, querrás decir. Antes de que llegasen los gabachos andaba por Écija asaltando caminos y haciendo viudas.

—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó Antoñito el fino, inquisitivo.

—Porque era de mi tierra, de La Carlota —alegó el Josele—, cerca de Écija. Lo conocí de niño. ¿Queréis saber por qué se echó al monte?

Miguel se incorporó un poco entre las sombras.

—Creo que tenemos un nuevo narrador —dijo Antoñito el fino, dando un codazo amistoso a Paco el inquieto—. Adelante —invitó a seguir al Josele.

—Malafacha era un arrendador, un labriego sin tierras, que malvivía alternando el trabajo de jornalero con lo que daba su tierra. Su mujer era una belleza, una moza a la que sedujo siendo casi una niña y a la que preñó. Sus padres no pasaban escasez, pero la repudiaron cuando quedó encinta. Ante la necesidad, cuando podía, ayudaba a Malafacha en el campo propio y en el ajeno, pero las más de las veces quedaba sola al cuidado de la niña. Un día, de regreso del olivar, Malafacha sorprendió a su mujer con un apuesto mozo en el lecho. Tal fue la ira que se apoderó de él, que fueron incontables las veces que enterró su navaja en el desnudo pecho del mozo. Su mujer, a voz en grito, se interpuso entre él y su amante, pero solo consiguió quedar malherida. El odio y la cólera de Malafacha fueron tales por el agravio sufrido que, antes de huir y echarse al monte, cortó el cuello a su hija delante de su moribunda mujer, para que su último recuerdo en esta vida fuese el dolor más inmenso que puede sentir una madre.

Quedó en silencio, para que sus últimas palabras calasen en las conciencias de su audiencia. Iba a proseguir, cuando Miguel se le adelantó.

—Es curioso cómo cambian las historias según quien las cuente, ¿verdad? —dijo con voz profunda y cortante desde las sombras.

—Es posible —respondió el Josele, mirando hacia la oscuridad donde estaba Miguel—. Para ellos es un guerrillero heroico, para los que somos de Écija, un asesino desalmado.

—Lo curioso es que yo también soy de Écija —añadió Miguel, con la mitad de su rostro iluminado por un resplandor rojizo, excepto el parche—, y conozco otra versión de esa historia.

—Hoy nos iremos tarde a la cama —señaló Antoñito el fino en tono jocoso, pero la tensión no se suavizó.

—En ella —prosiguió Miguel, sin hacer caso del comentario de Antoñito el fino—, un hombre honrado, su mujer y su hija, son contratados como cuadrilla en un cortijo. El manijero los acepta a pesar de la corta edad de la niña, apenas seis años. Quizá la hermosura de la mujer tuvo algo que ver en aquella suerte. Trabajan duro día tras día, para compensar la poca destreza de su hija. Sin embargo, está enferma y su madre queda en la gañanía para cuidar de ella. Durante una de las ausencias del marido, recibe la visita del manijero, quien amenaza con echarla si no le concede sus favores. La hermosa mujer se niega, se resiste y emplea todo su brío para espantarlo. Ante el desaire, el manijero, rojo de ira y lujuria, deja pasear su filo, agarra a la niña y amenaza con rajarla. Con el miedo en el cuerpo y el desgarro en el alma, la temerosa madre le permite saciar sus ganas. El regreso del marido sorprende al manijero saliendo de la humilde morada, aun ciñéndose la faja sobre los calzones. El agotado jornalero echa la vista al interior de la habitación y comprende el tamaño de la afrenta. La cólera nubla su juicio, libera su faca y se arroja en pos del manijero. Los hombres del cortijo se interponen y su furia quita la vida a un mozo. Entre golpes y filos consiguen reducirlo, con tan mala fortuna que lo dan por muerto. Cuando recobra la consciencia, se encuentra enterrado en estiércol con los cadáveres de su mujer y su hija a su lado. Malherido, huye al monte y, desde entonces, las autoridades lo buscan por asesino.

Con estas últimas palabras, se levantó del suelo, se acercó a la lumbre y dejó caer su sombrero. En el rostro del Josele apareció un ápice de reconocimiento.

—José de Écija llamaban a aquel manijero —dijo Miguel sacando su navaja—, pero le perdí la pista hace mucho tiempo. Cuando me hablaron de un tajador llamado el Josele, de Écija, que andaba por estas tierras, me vino al recuerdo el apodo con que su madre llamaba a aquel bellaco antes de ocupar su destacado puesto. Era una remota posibilidad, pero no perdía nada por comprobarlo. ¿Quién me iba a decir que después de tantos años, por fin iba a cobrar mi venganza?

Josele, José de Écija, se incorporó con pánico en la mirada, balbuceando algunas palabras…

—No…, no puede…, no puede ser.

Miguel se quitó el parche y el pañuelo y se abalanzó sobre el Josele, quien no tuvo tiempo de reaccionar. Sus rostros apenas quedaron separados por un aliento.

—¿Recuerdas mejor ahora? —escupió su odio Malafacha, mientras retorcía la hoja en el estómago de José de Écija.

Con la vida derramándose entre los dedos de Malafacha, la expresión del Josele abandonó el terror inicial y dejó paso al rencor.

—No fui el último que la hizo gozar —susurró con los ojos entrecerrados y una media sonrisa vengativa dibujada en el rictus.

En respuesta, Malafacha lo acuchilló de nuevo y lo dejó caer a tierra, exánime.

—«Ya tenéis una nueva historia para contar delante del fuego», dijo Malafacha antes de huir en plena noche, por los campos de olivos, en dirección a Sierra Morena —sentenció Paco el inquieto, incapaz de cerrar la boca, mientras Miguel se perdía entre las sombras.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up