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022.- En los márgenes de la longevidad

Guillermo Pedrosa Calvache

 

Despierto sintiendo una suave brisa de aire caliente. Qué raro. Normalmente es un ruido, una alarma o el propio estrés el que me saca del sueño. Pero hoy ha sido el aire. Si afino mis sentidos puedo percibir el sonido del viento arañando mi piel y sacudiendo todo mi ser. Quizá todavía duermo y sueño que he despertado. Es agradable este silencio seducido por el vaivén de las ramas y las hojas, y el leve arrastre de la tierra seca ¿De dónde sale este viento? En mi dormitorio no corre un solo soplo de aire fresco. Y no hay hojas ni tierra. Puede que haya despertado en un lugar que no recuerdo.

No quiero abrir los ojos, prefiero abandonarme a esta sensación de desconcierto. Me siento bien, robusto y longevo. Tengo los pies incrustados en el suelo. Estoy atrapado en él y conectado a una vida escondida, salvaje y libre que habita bajo la superficie. Siento como bebo de esa vida, como nutre la fuerza de mis brazos ¿Cuántos tengo? No soy capaz de contarlos. La luz penetra en mí de una manera que no lo había hecho nunca. Es un sueño, no hay duda, no estoy en mí. Aunque mi pensamiento es demasiado ágil como para seguir dormido ¿Sueño, o me he convertido en algo que no conozco? Sea lo que sea, soy un ser, un ser que se agarra a la tierra y a la luz. Tengo vida pero estoy inmóvil. Mis brazos, aunque recios y esbeltos, están privados de la capacidad de movimiento. Mi piel es firme y tosca, no se eriza ante la presencia del viento. Es como si estuviera petrificado.

¡Sí que me muevo! Si me concentro puedo percibirlo, pero es un movimiento distinto, más sosegado y menos efusivo. Mis brazos se alargan con lentitud y paciencia imperecedera, de ellos brotan muchas manos y muchos dedos, prolongaciones de mi ser que se estiran en busca de luz ¿Y mis pies? Están arraigados pero también crecen, se hunden en la tierra y exploran la vida secreta del subsuelo. Voy a abrir los ojos. Mi curiosidad supera esta inexplicable y placentera sensación de paz.

¡No puedo abrirlos! ¿A caso me he quedado ciego? No lo creo, veo sin necesidad de mirar. Tengo otros sentidos, otro sentir. Y aunque casi no me muevo siento mi transitar. Me muevo en el tiempo, en los márgenes de la longevidad.

Poco a poco voy comprendiendo que no estoy solo, estoy cerca de mis hermanos ¿Cuántos son? Puedo sentirlos a mi alrededor. La misma fuerza, la misma robustez, la misma vida que nos amamanta. Soy y somos para siempre ¿Me habré convertido en inmortal? Somos uno y somos todos, somos los que somos, los que seremos y también los que hemos sido. Es extraño pero es así, estamos unidos.

¿Dónde está la luz? Se ha ido. Y el viento sopla cada vez más fuerte. No me asusta, confío en la corpulencia de mis brazos y en la sujeción de mis piernas. Nada ni nadie podrá arrancarme de este lugar. Este es mi sitio. El viento me trae la lluvia, me trae la esencia y el aroma de mis hermanos, es casi como si nos tocáramos. La tierra está blanda y se llena aún más de vida con el agua. Puedo sentir su frescor, cómo cae del cielo, cómo se encharca y se hunde en el suelo, cómo nutre mis entrañas y empapa todo mi ser ¡Qué gozo!

Ya han parado. El agua y el viento. La luz no ha regresado pero tengo la certeza de que volverá. Todo está calmado. Y en medio de esta quietud emerge la vida que habita bajo la superficie, pequeños sonidos, vidas minúsculas que trepan por mi piel. No los veo y no los escucho pero sé que están ahí. Recorren mis extremidades, habitan en mí. Se alimentan de mí igual que yo de ellos ¡Qué bello!

No quiero despertar de este sueño. Las horas, los días, las semanas, los meses y los años ya no cuentan. Ahora sólo cuenta la luz, el agua, la sed, el calor, el frío y la tierra. Y el tiempo es sólo eso, ausencia y abundancia. Si me concentro puedo sentirlo todo. Ya no me creo atrapado en el suelo. Hay mucho de mí que viaja con el viento, mucho de mí que habita en los diminutos visitantes y que se va con su vuelo. Hay mucho de mí que ya crece en otras tierras.

Hace tiempo que no llueve pero no tengo miedo. Soy resistente y puedo con esto. Algunas de mis manos están secas, la vida ya no fluye en ellas, pero otras brotarán cuando regrese el agua. Y volverá, como la luz que siempre vuelve.

¿Qué es eso que me pesa en la punta de los dedos? Parece que quiere tocar el suelo. Afloran en mí con elegancia e indiscreción, extraen mi jugo y atraen a los visitantes. Se multiplican y cada vez son más pesadas ¿Son acaso mi razón de ser? No lo creo. Mi razón de ser es beber el agua, saborear la luz, hundir los pies en el suelo y expandir mis brazos al cielo. Estar y dejar ser a todo lo demás, ese es mi sino. Pero estas perlas no dejan de pesar como si anhelasen liberarse mí. No quiero soltarlas.

Mis hermanos están inquietos, también lo estoy yo. Desde que nacieron las perlas una presencia extraña cohabita nuestra tierra y nos observa. Nos estudia. Son piratas que quieren hacerse con nuestro tesoro. Me rodean y me golpean. Son sólo pequeñas sacudidas que no me hacen daño, pues soy macizo y vigoroso. Zarandean mis brazos más delgados, los que aún se mecen con el viento, y las perlas caen, como si estuvieran esperando esas leves convulsiones para desprenderse de mí. Caen impacientes y, a pesar de todo, siento alivio. Alimenté esas perlas con mi zumo y a través de ellas llegaré a otras tierras y a otras vidas. Así pues, tomadlas. Aunque sea con malas artes ¡Haceos con ellas!

Aprendemos a convivir con la extraña presencia. Nos ha traído agua, un agua que es diferente, como ellos, que no cae del cielo y que no sabe igual, pero que calma nuestra sed. Nos vaporizan con mejunjes artificiales para exterminar la vida de nuestros minúsculos habitantes. Empezamos a comprender que nuestra tierra no es sólo nuestra. Aunque el tiempo nos ha enseñado que nosotros, mis hermanos y yo, somos sus habitantes nativos, y que ellos son sólo peregrinos fugaces. La tierra habla en un lenguaje que ellos no entienden.

El aire ya no sabe como antes, algo ha cambiado. El viento nos trae aromas envenenados ¿Qué están haciendo ahí fuera? Algunos hermanos ya no crecen con la misma fuerza, algunos incluso nacen enfermos ¿Qué está pasando? Cuando venga la lluvia acabará con todo, arrastrará los brebajes que nos cubren la piel y limpiará el aire de las fragancias contaminadas. Todo volverá a ser como antes.

Vuelvo a sentir la inquietud en mis hermanos. Otra presencia insólita nos acecha. El viento nos cubre del cielo con una nube negra. Nuestros pequeños habitantes, los que han sobrevivido al veneno inventado, se esconden bajo tierra ¿Por qué huyen? La firmeza de mis brazos se quiebra ante esta nueva presencia. Todo mi ser crepita. Es un monstruo cuya furia crece con los latigazos del viento y que me engulle en su feroz mordisco. En la nube negra se carboniza la piel de mis hermanos, debajo de ella se esconce el verdadero mal. Una rabia ávida por destruir todo cuanto toca con su llama. La llama también me ha atrapado a mí, prende mi piel y devora mis entrañas. Y yo sólo puedo gritar y unirme al lamento de mis hermanos, pero nuestra voz no se escucha más allá del crepitar de nuestros cuerpos ¿Es éste nuestro fin? Nos resignamos y gritamos más alto.

El cielo nos ha escuchado y nuevos vientos traen la lluvia. La llama no puede prender el agua, estamos salvados. La nube negra por fin comienza a desvanecerse. Tras la lluvia aún persiste un rastro liviano de humo en el aire, y las cicatrices que ha dejado la llama aún afligen nuestra piel. Serán difíciles de olvidar. Hemos aprendido lo que es el miedo.

Otra vez la calma. Otra vez el tiempo. La sed y el sosiego. Vivimos, enfermamos y sanamos. Los que ya no están no han dejado de estar. Su vida habita en otro lugar. Nos hemos acostumbrado a compartir la tierra con los piratas. Nos necesitan para cosechar las perlas, por eso nos dan agua, exterminan a los parásitos y neutralizan las plagas que nos quieren extraer la vida. Aunque algunos de sus remedios nos hieren más que nos sanan. Puede que a su manera ellos también sean parásitos, visitantes que buscan la manera de coexistir en este delicado equilibrio.

Y así, nuestra vida empapa la tierra, y la tierra y el agua empapan la nuestra. Ya casi no me acuerdo de quien era antes de empezar a soñar. Sólo sé que no quiero despertar. Que me dejen ser, ser para siempre.

 

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