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021.- Mi corazón es tuyo

Antonio Manuel Herreros Vega

 

Juan se apeó del tractor. Llevaba tres días intentando arrancar el grueso tocón del centenario olivo que estaba junto a la alberca vacía. Hacía dos años que un rayo había quemado el árbol, lo tuvieron que cortar y ahora estaba intentando arrebatárselo al pesado suelo.

Los rayos de sol del mediodía buscaron los ojos azules de Juan y lo cegaron por un momento. Con una mano se protegió de las luces del soberano y con la otra cogió la azada que descansaba en el suelo, dispuesto a levantar los apelmazados terrones de arena de alrededor del tocón, en un último intento de despojarlo de la tierra. Una, dos, tres… y hasta diez veces hincó la pesada herramienta en el suelo.

El sol se levantaba ya por encima de su cabeza cuando, de repente, los mismos rayos que lo habían cegado hacía un momento, hacían brillar algo escondido entre las robustas raíces del anciano olivo. Juan dejó la azada a un lado y con sus callosas manos liberó una pequeña cajita de marfil tallada con mil filigranas florales.

El corpulento hombre se sentó, pesadamente, en la decadente losa de piedra que rodeaba la alberca, que a esas horas estaba caliente por el incipiente sol de junio. Se regocijó con su tesoro. Por un momento, no supo bien qué hacer hasta que, al cabo de un instante, procedió a abrirla con sumo cuidado.

……..

Hamid se paseaba nervioso entre los olivos. Se frotaba las manos y se atusaba el manto que tenía en los hombros para protegerse del frío del otoño. Los olivos estaban ya cargados de verdecillas aceitunas, que eran la señal de que ese año la cosecha sería estupenda. Este invierno el trabajo será duro. La luz del día se fue apagando, y dio paso a un despejado cielo oscuro cargado de luminosas estrellas. El halo de la luna y el candil encendido en el muro de la casa daban una tenue claridad grisácea al emparrado de la entrada. La impaciencia llegó a ser desesperación. Estaba esperándola a ella, a Saida, su amor. Esa noche habían decidido escaparse juntos y dejar atrás sus aletargadas vidas y empezar de nuevo en un lugar en el que nadie los conociera. Pero ella no apareció. Hamid se sentó en la fría losa de piedra de la sonora alberca, al resguardo del olivo que había plantado años atrás con su padre y así, de esa forma, se dejó conquistar por el sueño. Y soñó con ella… Esos olivos habían sido testigos del amor inconfesable de los jóvenes. Él, un pobre campesino dedicado a la recolección de la aceituna, que con tan solo dieciséis años tuvo que hacerse cargo de la alquería y de las pocas tierras que le dejaron sus padres cuando éstos murieron. Su pelo castaño y su tez dorada hacían que junto, a su espigada figura modelada por el trabajo en el campo, fuera un muchacho muy atractivo. Ella era algo más joven que él y era la hija de Alí Mennon, el importante y poderoso señor de la fortaleza de Hisn al-Turab y dueño de casi todos los olivos de la zona.

Se habían conocido una fría mañana de enero en las cercanías de la almazara de la entrada a la medina. Él llevaba cargadas las dos mulas que tenía, cuyas alforjas, rebosantes de aceitunas negras recogidas el día anterior, pretendía moler. La yegua de la chica había perdido una herradura en la bajada al llano y estaba esperando a que el dueño de la almazara, propiedad de su padre, le herrara el caballo.

Parecía una alucinación. Allí de pie, con su vestido azul cielo y su azabache pelo negro ondeante por la brisa de la mañana. Los almendrados ojos pardos de ella se cruzaron con los de él y el amor brotó en sus palpitantes corazones.

A partir de ese encuentro comenzaron sus furtivas citas. Ella, con la excusa de ir a cabalgar acompañada de Aisha, su dama de compañía, visitaba la alquería de Hamid cada vez con más frecuencia.

Allí, al resguardo de las higueras, los manzanos y los perales, disfrutaban de su amor los dos jóvenes. En los calurosos días de verano los amantes se despojaban de sus ropas y se mecían uno junto al otro entre las frías aguas que brotaban de la alberca que había junto a la casa.

–Mi corazón es tuyo, mi amor– repetía una y otra vez Saida a Hamid en sus apasionados encuentros.

Aún estaba oscuro cuando Hamid abandonó su sigiloso sueño y preparó la mula blanca para subir a la medina. Tenía que averiguar qué le había pasado a Saida. En la lejanía se divisaban pequeños destellos de luz de las antorchas de las torres vigías de la fortaleza, cuando la mula, cargada con granadas, higos secos y algunas verduras del huerto, seguida por Hamid se encaminó en busca de sus anheladas respuestas. Pronto llegaron a la base del montículo natural que formaba el baluarte. Hacía muchos años que los califas de la península habían elegido ese mirador natural para erigir un pequeño bastión del cuál, más adelante, sacaron provecho y amurallaron todo el perímetro del cerro y construyeron la hermosa y viva medina de Hisn al-Turab.

La mula blanca, conocedora del camino, enfiló el sendero de la subida. Coronar la cima de Hisn al-Turab no era tarea fácil ya que el camino existente era un serpenteante y pedregoso sendero que llevaba hasta las murallas de la cuidad. Amanecía y Hamid se encontró en su camino a varios vecinos de alquerías colindantes que, como él, subían lentos el camino para vender sus productos en el mercado.

Cuando se aproximaba a las torres de la alcazaba, Hamid notó que alguien lo observaba desde arriba. Esa mañana la torre vigía tenía ojos para él y no eran los de los habituales guardias que custodiaban la fortaleza. El chico se inquietó y optó por rodear la muralla y entrar por la puerta del postigo. Dejó atrás las calles del arrabal y caminó, detrás de la mula blanca, al abrigo de la parda piedra de la muralla, hasta llegar a la otra entrada a la medina. A esas horas ya estaba abierta y entraban y salían numerosas bestias cargadas de mercancías y algunos labriegos y habitantes de la cuidad que iban o venían del campo. Hamid zigzagueó por las sinuosas calles de Hisn al-Turab. Muchas de las casas de ladrillo encaladas en blanco estaban abiertas y enseñaban a sus moradores que empezaban la jornada con su trajín habitual. Palabras susurrantes que salían de los patios interiores, olores a buñuelos fritos, risas, llantos de niños… Pasó delante de los baños con su fachada de piedra profusamente decorada con motivos simétricos y subió por la parte lateral del hospital. La mula blanca llegó al zoco y Hamid se abrió paso entre la gente que empezaban a mercadear. Se dirigió hasta el puesto de Muhammad, un viejo amigo de su padre cuya cara, surcada de duras arrugas, denotaban que había sido un hombre curtido y tallado por el sol al que le vendía los higos y las brevas de las higueras del huerto secados al implacable sol a lo largo del caluroso verano.

El zoco era la plaza principal de la medina. Allí se celebraba el mercado en días alternos. Presidiendo esa plaza estaba la mezquita mayor con su espigado minarete coronado de azulejos azules. El zoco era un caos de puestos formados por tablones provisionales, colocados sobre rústicos caballetes en los que se vendían multitud de productos, hortalizas, frutos secos, huevos, leche y por supuesto aceite. A un lado del zoco había unas pequeñas tiendas en los bajos de un edificio de dos alturas en los que se podían encontrar vasijas y cántaros de barro, zapatillas y túnicas de diversos colores, finas telas de seda e incluso un pequeño bazar en el que se podía comprar pulseras de fino oro talladas con primorosos calados.

En un momento dado alguien le tocó el hombro.

–Buenos días Hamid– nuestro señor Alí Mennon quiere verte.

Hamid se volvió asustado y miró al hombre fijamente a los ojos. Omar Ben Abdul estaba frente a él. Era el jefe de la guardia del castillo. Un hombre de musculatura prominente, de mediana edad, con pelo ralo y oscuro como los días de invierno y con una mirada de lobo que daba escalofríos.

La incertidumbre llenó la cabeza de Hamid y su cuerpo se estremeció por un instante. En un segundo se agolparon en su cabeza miles de preguntas, aunque solo una requería de su pronta respuesta: ¡Dónde está Saida!

Omar Ben Abdul escoltó al muchacho por las calles de la medina apartando, sin ningún miramiento, a cualquiera que osara interponerse en su camino. En poco tiempo llegaron a la alcazaba. Los guardias que custodiaban el acceso se formaron cuando vieron llegar a su superior. Traspasaron el arco de herradura de la entrada y se presentaron en el patio de armas. De ahí subieron unos cuantos escalones y, en un instante, se encontraron dentro del palacio del señor. Pasaron a un vestíbulo ricamente vestido de azulejos azules y amarillos y asomaron a un amplio patio rodeado de naranjos, enmarcado por una pequeña fuente de la que brotaba una armoniosa y sonora agua. Hamid tenía la esperanza de que Saida estuviera esperándolo y que saliera de alguna de las muchas estancias por las que cruzaron, pero ella no estaba por ningún lado. Parecía que el palacio estuviera desierto. Un instante después, Hamid se encontró dentro de una gran sala con un precioso artesonado de yeso ricamente decorado con mil motivos de figuras geométricas. Alí Mennon, con porte regio, estaba sentado en unos almohadones y leía con atención un pergamino. Vestido suntuosamente con una túnica color verde, tenía los rasgos inequívocos de la muchacha. Sus ojos almendrados y su pelo, lleno de rizos azabaches, eran los que ella portaba. Cuando vio entrar a los dos hombres dejó a un lado la lectura y le hizo un ademán al joven para que se sentara. Hamid obedeció y se acomodó en unos cojines que había echados en el suelo.

–Sé que amas a mi hija y que mi hija te ama a ti– dijo pausadamente Alí Mennon mirando de soslayo al muchacho.

Hamid no salía de su asombro, entonces él lo sabía.

–Me encantaría que mi amada hija pudiera elegir– prosiguió. –Yo tuve la oportunidad de casarme con su madre y me colmó de felicidad hasta que ella murió, pero Saida no podrá hacerlo. La semana que viene se casará con Addul Mejid, el señor de Shawdar.

–¡Noooo! – de la garganta de Hamid salió, como si fuera un silbido animal, esa palabra. –¡No! – volvió a repetir, esta vez bajando el tono que ya era trémulo. –Eso no puede ser, ella me ama a mí…

A la vez que su voz languidecía, lo hacían sus extremidades y su cabeza. Sabía que este era su final, que nunca más podría estar junto a ella, olerla, besarla, amarla y eso le rompió el alma.

–Lo sé– dijo alzando la mano el señor, anticipando cualquier réplica del muchacho. – Sé que es como dices. Ella me lo ha contado, me ha suplicado una y otra vez, diciéndome que te ama. Pero no hay elección, Saida se tendrá que casar con Addul, será feliz junto a él y no hay nada más que decir.

– ¿Podría decirle adiós, al menos? – rogó Hamid juntando sus manos y poniéndose de rodillas delante de su señor.

Éste lo miró a los ojos y dijo:

– No.

Hamid salió de la alcazaba, bajando, como alma en pena, la dura pendiente; sin mirar dónde pisaba. Si no hubiera sido por la mula blanca, seguro que se hubiera despeñado por alguno de los riscos del empinado cerro.

Hamid llegó a la alquería y se recostó cansado bajo la protección del olivo que había junto a la alberca y allí, solo pudo cerrar los ojos y quedarse dormido.

–Mi corazón es tuyo– decía Saida entre risas –Mi corazón es tuyo mi amor.

Al despuntar el alba, se despertó con el ruido de unos cascos de caballos. Hamid se sobresaltó al ver salir de la bruma, que cubría el olivar, a tres corceles. Desconcertado por la visión, se levantó de un impulso.

Un jinete se apeó del caballo, era Omar, el jefe de la guardia de la alcazaba. Traía un talante serio que hizo que la sangre de Hamid se helara y que sus pies se agarraran al suelo, como si tuviera raíces que no lo dejaban moverse.

– ¿Que haces aquí? – pudo preguntar el joven, esperanzado de que Alí Mennon hubiera aceptado los ruegos de su hija.

–Vengo a entregarte esto– lo manda mi señor – y le tendió un pequeño cofre de marfil con preciosas incrustaciones de filigranas florales.

En un instante todo se tornó en silencio absoluto y el aire se quedó como en suspenso. Los ojos del joven se turbaron de lágrimas y cayó al suelo de rodillas.

Con rostro de mirada inexpresiva y los ojos acuosos por el llanto, Hamid ya no escuchaba las palabras de Omar.

–Anoche– prosiguió el jefe de la guardia – nuestra amada Saida, en un arrebato de desesperación por perder tu amor y tener que obedecer a su padre, subió a lo alto de la torre del castillo y se lanzó al vacío. Su cuerpo, tendido en el frío suelo, fue recogido por los sirvientes del señor y llevado al palacio. Allí lo limpiaron y lo ungieron con perfumes de azahar y almizcle.

No se dio cuenta cuándo Omar Ben Abdul, con sus hombres, salió de la alquería al trote de regreso a la medina.

Hamid se quedó largo rato de rodillas con la mente rebujada de sentimientos y sensaciones, al cabo volvió en sí, y se dio cuenta de la cajita. Con manos temblorosas, la abrió y su alma se quedó seca. Dentro estaba el corazón de Saida, que cuidadosamente había sido colocado por el padre de ésta. El deseo de su amada era que Hamid tuviera su corazón para siempre.

Por instinto, hizo un pequeño agujero bajo el olivo de la alberca y enterró el cofre. Ese sitio había sido testigo de sus besos, de sus caricias, de su pasión y es donde tenía que descansar para siempre el corazón de su amada Saida.

……

Juan, perplejo por el hallazgo, se acordó de la leyenda que le contaban de pequeño, de aquella princesa mora que se había despeñado por la torre del castillo, loca de amor por un morito que le había robado su corazón.

Testigo de que ya no era una leyenda sino una realidad, y sabedor del significado que tenía aquel cofre, lo volvió a enterrar bajo el tocón del centenario olivo y volvió a casa.

 

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